La Rioja
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El timo del euro
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aldama | 06-01-2005 | 18:56

Cierto día del año 2002 una mujeruca trataba inútilmente de pagar su compra en un colmado de Haro. Mientras ofrecía su monedero abierto a la tendera para que se cobrara, rezongaba: «¿Hay que ver, la que nos han preparado, estos sinvergüenzas!». La pobre anciana de entendederas caducadas se refería a la entrada en vigor del euro y a los mandones que la habían decretado, pero la infeliz no sabía que lo peor estaba por llegar. Y no era, precisamente, el lío de la conversión de sus cuartos de toda la vida a los nuevos. Ignoraba que, aprovechando el histórico acontecimiento, en este país donde la picaresca ha alcanzado la gloriosa categoría de género literario estaba a punto de perpetrarse el mayor de los timos de su historia, una estafa de proporciones tan gigantescas como cuarenta millones de primos, la familia más numerosa del planeta, estafados a diario: el timo del euro. Desde el tocomocho hasta el cajero automático la tecnología del timo ha progresado mucho en España, pero el fin es el de siempre: engañar a incautos para quedarse con su pasta. Pues en el timo del euro esto se consigue aplicando la siguiente sencilla equivalencia: una peseta es igual a un céntimo. De manera que lo que antes costaba cien pelas ahora cuesta cien céntimos, o sea un euro, que son ciento sesenta y seis de las antiguas pesetas (superflua coletilla: ¿acaso las hay modernas?). El resultado, un encarecimiento del 66 por ciento (¿pero cómo coño calcularán el IPC?). Ningún artículo de consumo, desde una vivienda a una gominola, está exento de la macroestafa. Pero mientras que uno ya se perdía antes con los ceros del piso, el subidón general de precios vilmente agazapado tras el euro es más evidente en esas cosas pequeñas pero de primera necesidad: un huevo, una barrita (¿que no baguet, por favor!), una lechuga, un chato de vino. Cuánta razón llevaba la señora María de mi pueblo: menuda nos prepararon aquellos canallas. Pero eso sí, con la complicidad necesaria de una legión de avispados pícaros tan hábiles que, al parecer, sólo tres de cada diez riojanos nos hemos dado cuenta de que nos están timando.