Al pie del cañón

Antes de opinar sobre la fractura de cadera del Rey, las circunstancias en las que se produjo y las críticas abrumadoramente negativas que ha suscitado, aclararé cuatro cosas.
La primera es que me opongo al maltrato a los animales y eso incluye los espectáculos basados en torturarlos hasta la muerte y también la caza, una actividad necesaria en otros tiempos para la supervivencia humana pero reconvertida hoy en el pretendido deporte de disparar por placer contra un bicho indefenso para fotografiarse sonriendo sobre sus cadáver tras la hazaña. Lo mismo me da que la cacería sea legal y si se trata de perdices, muflones o elefantes.
La segunda es que considero a Don Juan Carlos de Borbón el funcionario de mayor rango del país. Como tal, desempeña un oficio con carácter vitalicio, cobra un sueldo procedente del “dinero de todos” y, como todos, aprovecha sus ocasiones de evadirse del rutinario trabajo yéndose de vacaciones o de escapada cuando pueda, según sus posibles y adonde le apetezca. Con la diferencia de que hace ya diez años que S.M. podría haber alcanzado el sueño de todo funcionario, jubilarse, pero él seguirá al pie del cañón hasta el final.
La tercera es que, a pesar de tanto comentario malintencionado, al Rey no se le rompió el fémur “durante una cacería en Bostwana”; dicho así parece que hubiera recibido un trompazo del animal al que pretendía abatir, pero lo que le ocurrió a este paciente artrósico de 75 años con una prótesis de rodilla es que se cayó por la escalera de su hospedería. Si le hubiera sucedido lo mismo en un hotel después de asistir a la ejecución pública de seis toros, por ejemplo, nadie diría que se cayó “en el transcurso de una corrida” (bueno, quién sabe) y, lo que es peor, nadie se escandalizaría porque hubiera aprovechado un fin de semana libre asistiendo al festejo, aunque fuese invitado y en la Conchimbamba.
Y la cuarta era que, incluso “con la que está cayendo”, que yo sepa nadie estamos dispuestos a renunciar a nuestros merecidos días de holganza haciendo lo que nos guste, siempre que sea legal y nos lo podamos permitir, y me da igual si es una cacería en África, un todo (pero todo) incluido en el Caribe o unos diítas en Benidorm.
Con tanta cuestión previa no me queda espacio para pronunciarme, así que lo resumo: en este país hay muchos hipócritas, desmemoriados, leñadores de árbol caído y profesores de ética ajena que deberían besar por donde se apoyan las muletas de este anciano cascado al que tanto le deben y que, en la recta final de su trayectoria, hace bien en disfrutar sus ratos privados –si no forman parte de su trabajo, que esa es otra- como le dé la real gana. Ya verán la caja de truenos que se destapará en este desagradecido país el día que desaparezca. Que nos dure, aunque acabe como un tratado de cirugía ortopédica.

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