Salir de la urna

Después de treinta y cinco años votando en todos los referendos y elecciones a las que he sido convocado, he llegado a una conclusión tan alarmante que casi no me atrevo a confesarla: creo que no soy demócrata. Resulta intolerable, lo sé, pero no sólo me temo que ya no creo en la democracia sino que he llegado al escandaloso convencimiento de que perjudica la salud social. Descubrir esta aberración me ha sumido en tal estado de ansiedad, angustia y desesperación que, espoleado quizá por el instinto de supervivencia, intento escapar del desvarío buscando razones que justifiquen mi valiente decisión de salir de la urna, aún exponiéndome al oprobio de la censura pública, pero que  alivien a un tiempo mi atormentado espíritu.

Una vez más, el diccionario ayuda. democracia: 1. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno. 2. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado. ¡Menos mal!, porque al menos aquí, nada de eso. La intervención ciudadana se reduce a escoger dos papeletas cada cuatro años y si me has votado no me acuerdo. Siempre me ha parecido injusto un sistema que otorga igual valor al voto del sensato que al del botarate, al del legal que al del sinvergüenza, al del sabio que al del necio, al del inteligente que al del estúpido o al de quien cotiza a Hacienda casi la mitad de lo que gana que al del instalado en el subsidio. Pero más inaceptable todavía es que esos votos desinformados sólo sirvan para que los partidos trapicheen repartiéndose la tarta del poder, coloquen a su gente y mangoneen a sus anchas allí donde gobiernen, en demasiados casos a través de irresponsables, transgresores, ineptos o corruptos, hasta la próxima intervención del pueblo en el gobierno, o sea hasta los siguientes comicios. Así que: si poner en el cargo que sea a un incapaz leal en lugar de al más preparado; si compincharse perdedores para gobernar en perjuicio del más votado; si el voto del indeseable decide lo mismo que el del intachable; si la participación del pueblo en el gobierno del Estado se reduce a votar con las tripas cada equis años; si la separación de poderes es una filfa; si las investigaciones parlamentarias son una burla indecente; si se adelantan elecciones por interés partidista, si los partidos son empresas que colocan a su gente y designan a sus candidatos a dedo en listas cerradas, y si los gobernantes nefastos se van de rositas tras su pésima gestión, si esto es la democracia, pues lo dicho. Y no me vale lo del sistema menos malo, porque tiene que haber otro mejor, o un modo mejor de ejercerlo. Ahora sólo me falta contactar con otros salidos de la cabina electoral para montar nuestro Día del Orgullo, con desfile y todo. Qué pasa.

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