Farsas y leyendas

Cuesta trabajo creerlo, pero la víctima del suceso que me dispongo a referirles, además de confiable colega, es una persona seria e incapaz no ya de fabular sino de exagerar siquiera lo que le sucedió hace no mucho cuando conducía su vehículo por Rotondia, antes Logroño. Se aproximaba a la siguiente glorieta cuando el conductor que lo precedía, sin causa aparente que lo justificara, pegó tal frenazo que lo dejó clavado en el sitio. El hombre reaccionó como pudo pero no evitó que su paragolpes delantero contactara con el trasero del otro. Digo “contactara” porque el presunto impacto no produjo ni un rasguño. Pero, al momento, la puerta del conductor y las dos traseras del coche alcanzado se abrieron a la vez y, como los pilotos de un avión a punto de estrellarse, sus tres ocupantes salieron como lanzados del habitáculo y se estamparon contra el asfalto entre dramáticos quejidos. Los presuntos lesionados, que no se dejaron ni tocar por el médico, fueron rápidamente trasladados al hospital por las tres ambulancias que acudieron al lugar del presunto siniestro formando parte del aparatoso dispositivo que se activa en estos casos. Aplicando el protocolo, a los tres sudamericanos (que no eran precisamente aquel trío musical de los años 60) les colocaron su collarín y los trasladaron encamillados a urgencias, donde sin duda consumieron abundantes recursos pero ninguno tan valioso como el tiempo asistencial de un personal sanitario habitualmente desbordado. Según la compañía de seguros era la tercera vez que aquella banda montaba el mismo numerito, y ésta es mi reflexión: la ceguera de un sistema organizado para abordar de modo irracional situaciones clamorosamente fraudulentas. ¿En qué cabeza cabe que por un mínimo golpe trasero los ocupantes de un coche puedan salir despedidos del habitáculo empujados por fuerzas físicamente imposibles? La policía personada en el escenario de la farsa debería pensar por su cuenta y, de entrada, multar a los tipos por no llevar puesto el cinturón de seguridad, además de denunciarlos por simulación y obstrucción del tráfico, aunque lo mejor sería echarlos de España. Cuento esto y me dicen que no es nada comparado con lo de aquel gitano fiambre que su tribu lanzó a las ruedas de un coche para simular un atropello mortal en Vitoria: descubierto el macabro engaño, al atónito conductor le recomendaron que no los denunciara por los daños ocasionados a su vehículo porque encima lo podrían rajar. Espero que sea una leyenda urbana, aunque después de lo sucedido al compañero ya me creo cualquier cosa.

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La Rioja

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