La Rioja
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Libertad de chicha y nabo
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Fernando Sáez Aldana | 09-03-2017 | 06:16

Amigos lectores, en septiembre me caerán los sesenta y cuatro y a estas alturas de la novela me resbala lo que piensen o digan de mí a cuenta de mis opiniones publicadas en este su diario. Uno es insolente desde pequeñito y el paso del tiempo te enseña que, cuando eres joven, tu insolencia genera un fuerte rechazo que se va diluyendo  hasta desaparecer casi a las puertas de la tercera edad, lo que permite deducir que lo intolerable no era que fueses insolente sino joven.

Ustedes saben que servidor no profesa el credo católico y menos los de las religiones no verdaderas. Pero, como he confesado en varias ocasiones, no sólo respeto profundamente a los fieles creyentes sino que los envidio porque la fe les hará más soportable, digo yo, su penoso tránsito por el lacrimoso valle de la existencia terrenal. Desde este respeto hacia el sentimiento religioso de los devotos practicantes, que no es más que una faceta del que merece toda opinión o creencia siempre que no hiera, indigne o moleste, me repelen numeritos como el que montó la denominada Gala Drag Queen de Las Palmas en los pasados carnavales. El espectáculo fue considerado blasfemo con razón por muchas personas ofendidas en su sentimiento religioso, pero reconozcamos que estos tipos, o lo que sean, ejercen su derecho a expresar cualquier mamarrachada que se les pase por la neurona… siempre que no traspase la raya de la legalidad.

Y a eso voy. Resulta que un va un juez y ordena retirar de la circulación madrileña un autobús por publicitar que los niños tienen pene y las niñas vulva. Mi primera perplejidad al respecto es que alguien gaste dinero en proclamar tamaña evidencia, abrumadoramente cierta desde un punto de vista estadístico, y la segunda, que tal «mensaje» pueda llegar a considerarse una provocación e incluso un delito, nada menos que «de odio». Entonces, ¿qué son una Virgen-drag desnudándose y un Cristo-drag contoneándose en la cruz? Imagino otro cartel proclamando que «el varón insemina y la mujer gesta, pare y amamanta, que no te engañen» y me pregunto de nuevo, primero, qué sentido tendría promocionar semejante perogrullada, y segundo, cómo puede resultar no ya ofensiva sino delictiva, pero no un sacrilegio perpetrado en público por individuos, dicho sea de paso, con todo el derecho a transportar en la entrepierna lo que gusten. Es la Ley del Embudo aplicada a la libertad de expresión: unos pueden expresar lo que quieran, aunque pueda ofender a muchos, pero otros no, aunque moleste a pocos y además sea cierto.

Bueno, pues ahora ya pueden algunos tildarme de meapilas, retrógrado, transexualófobo o lo que les salga de la chicha o el nabo. Como dije al principio, me la refanfinfla. En nada, sesenta y cuacho.

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