La Rioja

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El Bobadilla y el Talgo
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Fernando Sáez Aldana | 16-03-2017 | 06:19

La perversa costumbre de no llamar a las cosas por su nombre por desagradable o duro que resulte, aplicada a lo que pasa en Cataluña, está escribiendo todo un capítulo en la floreciente historia del eufemismo en España.

¿Recuerdan el «conflicto» vasco? Pues ninguna de las tres acepciones de esta palabra era aplicable a lo que estaba sucediendo, a saber: (1) Oposición o desacuerdo entre personas, salvo que lo fuera porque muchas se oponían a que las extorsionaran, secuestraran o asesinaran; (2) Guerra o combate derivados de una rivalidad prolongada, porque los rivales compiten por lo mismo y aquí unos agredían y otros sufrían, y (3) Situación en que hay que decidir entre varias opciones, porque sólo había una: derrotar a la bestia terrorista.

En Cataluña llaman ahora procés a la delirante iniciativa unilateral de convertir esta región del reino de España en una república independiente. Sin duda es un «proceso», o conjunto de fases sucesivas de algo, sólo que todas vulneran las leyes vigentes en el país al que, mal que les pese, pertenecen. La segunda palabrita más utilizada por esta panda de traidores sinvergüenzas es «desconexión», con el resto de España se entiende. Palabra que significa (1) Interrupción del funcionamiento de un aparato o sistema al cortarle el suministro de energía (¿de verdad quieren eso?) y (2) Falta de relación o unión entre varias personas o cosas, lo que, como sabemos, nunca sucede si uno no quiere. Y la penúltima frivolidad semántica respecto a lo que en realidad es una grave crisis institucional y un auténtico golpe de estado no armado, es esa tontería del «choque de trenes», descriptiva de lo que puede suceder cuando las capacidades de rebelión y desobediencia de unos y de incompetencia de otros se agoten.

Desde luego, la colisión de dos trenes a gran velocidad puede ocasionar una tragedia de dimensiones catastróficas, pero dependiendo de qué trenes estemos hablando. No será lo mismo el choque entre dos mercancías impulsados por mastodónticas locomotoras a 140 por hora que entre un moderno Talgo y aquél trenillo de vía estrecha que recorría los 33 kilómetros entre Haro y Ezcaray en hora y media, al que los jarreros bautizaron «Bobadilla» por la poca cosa que les parecía comparado con los trenazos de verdad que pasaban por la estación del Norte. Así veo esto del choque de trenes como metáfora de la colisión institucional entre un Estado poderoso y una de sus comunidades, por muy autónoma que sea. De manera que, si el Bobadilla del secesionismo catalán no descarrila antes por exceso de velocidad y finalmente se produce el encontronazo será desagradable, sin duda, pero mucho menos si se viaja en el Talgo.

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