La Rioja

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Una extraña obsesión
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Fernando Sáez Aldana | 20-04-2017 | 04:40

Una de las falacias más utilizadas en la tergiversación es la conocida como post hoc ergo propter hoc, que significa: (ha sucedido) después de esto, luego (ha sido) a consecuencia de esto. Ejemplo: tomé un brebaje elaborado con hojas de ciprés y al rato cedió mi jaqueca; ésta, por tanto, se fue por ingerir la pócima. Pero tal presunta relación causa-efecto es absolutamente falsa. No hay evidencia científica de que la hoja de ciprés sea eficaz contra la migraña. Ambas cosas simplemente se sucedieron en el tiempo, y habría que saber si beber semejante porquería no retrasó un final de la cefalea programado para esa tarde. La medicina proporciona innumerables ejemplos de esta falacia: muchas mejorías (y empeoramientos) se atribuyen erróneamente a terapias aplicadas con anterioridad, algunas no tan inocentes como una infusión.

Otro ejemplo: según la DGT, 175 personas perecieron en 2015 en España en accidentes de tráfico por no llevar puesto el cinturón de seguridad. A ver. Esas víctimas A) no llevaban abrochado el cinturón y B) perecieron en accidente. Pero, ¿B es la consecuencia directa de A? Imposible saberlo. Si sufrieron un infarto mortal mientras conducían, se despeñaron por un barranco, cayeron a un pantano o fueron aplastados por un camión es discutible que no llevar puesto el cinturón fuera la causa de la muerte. Es más: de los 1.126 muertos por accidentes de tráfico en 2015, solo el 15% (175) no llevaban puesto el cinturón. Volviendo el argumento como un calcetín, como el 85% sí lo llevaban podría concluirse que es mucho más peligroso abrochárselo que no.

Sofismas estadísticos aparte, aunque no se pueda evaluar con rigurosa exactitud el efecto positivo del «cinturón que salva vidas» en un accidente, es razonable aceptar que tal efecto existe. Pero, ¿justifica la histérica persecución policial desplegada contra quienes cometan el horrendo crimen de circular sin ajustarse el cinturón? La manía persecutoria de la DGT ha llegado al extremo de salir con cámaras especiales y hasta con helicópteros a cazar conductores que olvidan atarse al asiento o deciden no hacerlo porque les agobia. Pues allá ellos. Ejercen la misma libertad individual que quienes deciden seguir fumando aunque el tabaco cause nueve de cada diez cánceres de pulmón. Decenas de miles de personas mueren al año por fumar, soplar o estar gordos, no moverse del sofá y untarrear salsas, frente a, concedamos unas docenas, por no abrocharse el cinturón. ¿Por qué al mismo Estado que actúa como sobreprotector con estos se la sopla que enfermen o la palmen aquellos? ¿Alguien entiende esta extraña –y quizá enfermiza– obsesión institucional por el puñetero cinturón de seguridad? ¿Eh?

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