La Rioja
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Buses
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Fernando Sáez Aldana | 27-04-2017 | 04:33

Aunque lo parezca no es lo mismo propaganda que publicidad. Los folletos de supermercado que atascan nuestro buzón, las cuñas radiofónicas y los anuncios en el periódico o la tele animando a consumir no son «propaganda» sino publicidad. La propaganda también persigue «vender», pero ideas o creencias, no cosas. Buen ejemplo es la propaganda electoral, con la que los partidos pretenden colocarnos promesas que nunca cumplen a cambio de nuestro voto. Las campañas electorales son tan insoportables como inútiles porque no cambian la intención de voto de la gente, pero al menos duran poco. Dos semanas cada cuatro años se pueden soportar, aunque entre europeas, nacionales, autonómicas y locales son muchas más.

O duraban. La tendencia actual es hacia la campaña electoral permanente. Los partidos –e inevitablemente los medios– ya no se conforman con bombardearnos de manera inmisericorde durante catorce días con cuñas, pasquines, papeletas ensobradas y ese insufrible tono histérico mitinero con el que los candidatos arrancan el aplauso de los suyos. Ahora los vamos a tener todo el año dando la barrila pero con una novedad: el autobús-anuncio como vehículo de propaganda rodante.

Tras la repercusión mediática del autobús del pitilín y la pocheta, los estrategas de Podemos han pensado que es mejor idea que el buzoneo del falso folleto de Ikea, ejemplo de propaganda disfrazada de publicidad, que como tantos otros iba a la basura sin hojearlos. De habérseles ocurrido hace dos años hubiesen fletado el Castabús, pero como ya forman parte de la Casta han tenido que inventarse otra conspiración enemiga, la Trama, y por ahí van, tan contentos, denunciándola con su Tramabús.

Como esto cuaje ya veo las ciudades colapsadas por el tráfico de buses propagandísticos visibilizando sus mensajes, como, por ejemplo, los Noesnobús, Patxibús y Susibús evitando coincidir en el mismo barrio. O el Soberabús de los secesionistas catalanes, con uno de los faros un poco torcido, cuyo gasóleo es el que quiera trasvasarle el Cupbús, un peligroso microbús que siembra el caos al no respetar stops, rotondas ni semáforos; el Pepebús, financiado por una constructora a cambio de la concesión de una autopista ruinosa que habrá que rescatar; el Bildubús, un bus turístico secuestrado a punta de pistola de las de verdad y tuneado para la ocasión; el Ciudabús, desorientado por un GPS de los que te acaban metiendo en Bonicaparra, la caravana de Mareabuses (verde, blanca, roja, naranja), el arcoirisado Lgtbibús… Pero sin duda el más peligroso será el Alabús, en realidad un obús lanzado por un yihadista con renta de ciudadanía y tarjeta sanitaria contra una aglomeración de infieles en zona peatonal. Los otros, al menos, no matan. De momento se conforman con autocar las narices.

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