La Rioja
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La venganza de don Pedro
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Fernando Sáez Aldana | 25-05-2017 | 05:18

«Quítenle a su teatro el humor; desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro». El elogio es de don Ramón María del Valle-Inclán hacia don Pedro Muñoz Seca, quien, como otro dramaturgo español, Federico García Lorca, vilmente asesinado en el infausto 1936 por escribir cosas como el «Romancero de la Guardia Civil española», fue vilmente asesinado el mismo año en Paracuellos del Jarama por escribir cosas como «La oca (Libre Asociación de Obreros Cansados y Aburridos)», «Anacleto se divorcia» y otras sátiras contra la República. La diferencia es que el primero está mitificado y nunca pararán de buscar sus restos mientras que el segundo estaría olvidado de no ser por «La venganza de Don Mendo», esa divertidísima obrita elevada a la categoría de clásico del teatro español. Y, por supuesto, que a nadie le importa dónde estén sus huesos.

Don Mendo, ya saben, es víctima de una traición y cuando todos lo daban por muerto reaparece para consumar su venganza. Igualico que don Pedro Sánchez, defenestrado en su día por la nobleza y rehabilitado ahora por el proletariado puño en alto. Creo que la clave de su victoria sobre la baronesa andaluza fue la gran promesa electoral que lanzó pocos días antes de las primarias: «Mi primera decisión si soy reelegido Secretario General será pedir la dimisión de Rajoy». Ya está. Ese es todo su programa. Hoy, como antes de su deposición (de deponer), seguimos ignorando sus ideas para combatir la amenaza yihadista o la sublevación independista catalana, reducir el paro, mejorar los salarios y las pensiones y demás tonterías de las que debería ocuparse un aspirante a gobernar el país. Su único objetivo político es echar de la Moncloa a don Mariano Rajoy, algo que deseamos incluso los que jamás lo votaremos a él para que le suceda. El renacido Sánchez ha regresado del exilio ulterior a su derrota como Napoleón cuando escapó de la isla de Elba y trató de recuperar el poder perdido. El intento duró los famosos cien días, al cabo de los cuales sus enemigos le dieron definitivamente para el pelo en Waterloo. Como no se atrevían a cargárselo, volvieron a confinarlo en otra isla pero esta vez perdida en medio del Atlántico, de la que no regresó, mientras su imperio se desmoronaba y Francia restauraba la monarquía.

En todo caso a Sánchez le deseo un final más parecido al de Bonaparte que al de don Mendo, quien tras vengarse de los que quisieron destruirlo acaba apuñalándose («Sabed que menda es don Mendo y don Mendo mató a menda») como remate final de una astracanada en la que, como en este pesoe, muere hasta el apuntador. Políticamente, claro.