La Rioja
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La explotación del éxito
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Fernando Sáez Aldana | 06-07-2017 | 06:38

De mi instrucción castrense apenas recuerdo un par de enseñanzas. Una, que el primer objetivo estratégico del soldado en el frente es «ver sin ser visto». Un gran consejo, aplicable a tantos momentos de la vida civil. La otra es aquello de la «explotación del éxito» o persecución del enemigo cuando se bate en retirada para machacarlo.

Como tantas libertades, la homosexualidad en España fue reprimida, perseguida y castigada por el nacionalcatolicismo con la colaboración de la psiquiatría. Además de psicopatía y pecado, ya era delito antes del régimen franquista, pero éste modificó la republicana Ley de Vagos y Maleantes para incluir a los homosexuales. Después, la democracia española no sólo despenalizó y despatologizó la homosexualidad sino que fue pionera legalizando el matrimonio entre individuos del mismo sexo. Otro derecho reconocido fue, naturalmente, el de huelga.

El miércoles de la semana pasada tomamos un metro en Madrid a las trece menos diez sin saber que a la una comenzaba una huelga de maquinistas coincidiendo con las jornadas del llamado «orgullo mundial» o multitudinario exhibicionismo callejero de la condición homosexual con todas las bendiciones oficiales. En la siguiente estación el tren se detuvo y tras minutos de incertidumbre se nos ordenó por megafonía abandonarlo «por avería». Las puertas se abrieron y los centenares de borregos sumisos que transportaba el convoy –con tanta diversidad que los había incluso heterosexuales– salimos inmediatamente y en silencio, sin que a nadie se le ocurriera dirigirse al maquinista para preguntarle de qué avería se trataba y, de paso, cómo se llamaba, para denunciarlo por si aquello fuese el abuso intolerable que parecía y seguramente fue. Se conoce que el tipo también hizo la mili porque permaneció agazapado en su cabina de cristales oscurecidos, viendo sin ser visto pero, sobre todo, jodiendo a mansalva sin ser jodido.

Fuera, la monstruosa urbe, tomada por miles de individuos afectados al parecer de «exceso de estimación hacia uno mismo y hacia los propios méritos por los cuales la persona se cree superior a los demás» (definición de orgullo), calentaba motores para la gran fiesta. Los pendones pseudoarcoíris pululaban por doquier y no sólo en fachadas, tascas y tiendas ávidas de hacer su agosto sino de sedes del poder como el Ayuntamiento, la Comunidad y hasta la embajada de Trump. Mientras debido a la huelga cruzábamos a pie una Puerta del Sol abarrotada de meaderos plantados ante un gigantesco escenario verbenero, me preguntaba qué sentido tendrá continuar la «lucha» en un terreno tan conquistado. Y entonces me vino a la cabeza lo de la explotación del éxito.