La Rioja
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La calita feliz
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Fernando Sáez Aldana | 05-10-2017 | 05:17

Rolf Dobelli (1966) es un empresario y novelista suizo que hace cuatro años publicó «El arte de pensar con claridad», recopilación de 52 columnas periodísticas dedicadas a describir errores frecuentes de lógica que, como reza el subtítulo, «es mejor dejar que cometan otros». El librito, del que se vendieron 400.000 ejemplares sólo en Alemania y que se lee en media tarde, expone de forma amena las numerosas falacias y sesgos que adulteran nuestro raciocinio y equivocan nuestra toma de decisiones cotidianas. El caso es que he echado en falta un error que estoy por comunicar al autor: la falacia del regreso al lugar donde fuiste feliz. Consiste en empeñarse en añorar el escenario donde viviste una experiencia cuyo buen recuerdo te impele a visitarlo de nuevo.

Hace treinta y cinco años tres jóvenes parejas de amigos pasamos unas vacaciones con sendos hijos de dos añitos en Almería, donde descubrimos una hermosa cala desierta y de difícil acceso y aguas cristalinas donde nos bañamos, buceamos y hasta pescamos. Conservo fotos de aquella jornada inolvidable con los niños desnuditos embadurnados como croquetas en una arena oscura y los papás compartiendo su felicidad en un paraíso enteramente nuestro. Bueno, pues en una reciente escapada a aquel privilegiado litoral, preso de un ataque de nostalgia, me empeñé en volver a la calita feliz. Allí seguía, claro, tan bonita e inaccesible como entonces, pero petada. En medio mitad, una jaima cobijaba a una ruidosa familia en torno a la nevera portátil, y la poca arena restante se la repartían niños gritones, una pareja de mediana edad exhibiendo sus flacideces génitomamarias, una pareja dale que te pego a las palitas y, lo peor de todo, una plaga de mosca costera, que es pequeña pero se te pega a la cara y no te suelta. Sólo te librabas de ellas metiéndote en el agua, donde te esperaba una parejita abrazada besuqueándose sin tregua y unos pececillos que te mordisquean los talones, en mi caso cebándose con el roce producido por una puñetera zapatilla que por algo estaba tan rebajada en el outlet. Así que en segundos se esfumó el hechizo del lugar idealizado durante décadas como imagen de una época feliz, de una juventud y una infancia perdidas que pensaba reencontrar, detenidas en el tiempo, desparramadas por aquellas rocas volcánicas, aguas cristalinas y arenas cenicientas. Abandoné el lugar contaminado de jaimas, gritos, peloteos, flacideces, pirañuelas y mosquitas jodonas preguntándome, a propósito de los enamorados que horas después seguían magreándose apasionadamente con el agua hasta el ombligo, cómo pueden estar unos huevos cociéndose tanto tiempo sin alcanzar el punto de ebullición. También es verdad que era un domingo veraniego, el peor día para añorar paraísos perdidos. A quién se le ocurre.