La Rioja
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Una apé nada recomendable
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Fernando Sáez Aldana | 08-02-2018 | 06:18

Hay que ver las cosas que puede hacer un teléfono inteligente o, ya de manera inevitable, un smartphone, a no tardar traducido por la Real Academia como esmarfón. Suena fatal, lo sé, pero seguro que tan mal como sonaría en su día «saxofón» (no el instrumento, de bello timbre, sino el nombre debido a su inventor, Adolphe Sax, uno de los pocos belgas que han pasado a la historia por algo, y ello gracias al entusiástico apoyo de un francés, Hector Berlioz).

A los usuarios en general y adictos en particular del esmarfón no voy a descubrirles sus innumerables presuntas utilidades, muchas de ellas perfectamente inútiles, desarrolladas en cientos de aplicaciones o, lamentablemente ya, apps o apepés, apócope del inglés application, como si no pudiera abreviarse apés, que además de español es más corto. En fin, a lo que vamos.

Cuando advirtió el gran parecido que existía entre el rostro de una chica y el de su madre, un amigo mío le dijo al novio de aquella que los dioses le habían concedido el don de ver el futuro. Es cierto. No hay nada más cruel que una foto antigua, más atroz cuanto más vieja sea la foto y más joven el fotografiado. Hasta ahora se necesitaba el paso de una generación para demostrar la profetizada semejanza física de alguien con uno de sus progenitores. Pero he aquí que una de las innumerables aplicaciones del esmarfón llamada Face App (hay otras parecidas) puede modificar el aspecto facial del usuario que previamente se haga un autorretrato o, seguramente sin remedio para siempre, un selfie o «selfi».

Con un simple toque de pantalla, o sea un clic para entendernos, nuestro rostro va cambiando según le pongamos o quitemos gafas, barba, sonrisa o flequillo, le estiremos la piel (un lifting, quiero decir), lo cambiemos de sexo o lo introduzcamos en el túnel del tiempo. Esta última «utilidad» puede parecer divertida cuando se pone la marcha atrás, pero lanzándola al futuro la instantánea decrepitud resultante puede ser aterradora en una sociedad, obsesionada con luchar contra los años embadurnando las arrugas con carísimos ungüentos «anti-edad», en la que ni los mayores creyentes en otra vida dichosa y eterna quieren que se les acabe ésta.

Esta perturbadora aplicación de su móvil permitirá a los jóvenes ver cómo serán de mayores sus parejas sin necesidad de conocer a sus padres. Pero tiene sus fallos: probándola en mi propio careto, fui dándole a los botoncitos «sonrisa», «joven», «perilla», «mujer» y los cambios podían ser sorprendentes y hasta divertidos. Pero cuando pulsé «vejez», la muy impertinente y grosera me lo dejó prácticamente igual. No se la recomiendo. Menuda porquería de apé, o como se diga.