La Rioja
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Por el San Millán
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Fernando Sáez Aldana | 19-04-2018 | 05:05

Hace once años escribí una columna titulada «Premios» que distinguía dos clases: los que prestigian a los premiados y los que se prestigian por ellos. El modelo de los primeros son los Nobel, huelga explicar por qué. Y como ejemplo de los segundos propuse los hoy Princesa de Asturias, «que empezaron como una ocurrencia provinciana y a base de premiar a gente muy famosa pero con un residuo de vanidad sin satisfacer han consolidado su relumbrón». Es cierto, tú creas los premios Villa de Turruncún para ruinosos octogenarios famosos en activo, se los concedes a Clint Eastwood, Mick Jagger, Akihito y Benedicto XVI y como los acepten ya tienes consolidado para siempre un Premio de postín mundial, si te llegan vivos a la ceremonia de entrega.

Con respecto a los premios literarios también hay dos tipos: los que se conceden como reconocimiento a un escritor consagrado, como el Cervantes, y los que exigen presentarse con una obra concreta, como el Nadal, el Planeta o, aquí en casa, el Ciudad de Logroño. Este último, inicialmente de novela, nació en 2006 premiado con 90.000 eurazos y publicación. Entonces un servidor opinó públicamente que en España había ya demasiados premios literarios, aunque casi ninguno dotado de semejante pastón, que el Logroño acabaría siendo uno más y que cuánto mejor instituir el Premio San Millán de la Cogolla de Literatura en Lengua Española con vocación de competir con el mismísimo Cervantes (dotado con 125.000). Como no habría que presentarse, la adjudicación sería tan sencilla como ofrecérselo a alguno de los eternos aspirantes al Cervantes, que hay muchos y muy buenos, dárselo (lo aceptarían encantados) y a tirar leguas.

Veinte años después del subidón que siguió a la declaración de Yuso y Suso como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, San Millán languidece paralelamente al devaluado premio Logroño, que ya no es ni de novela y ha reducido su dotación a 20.000, que, a ver, más que el Nadal todavía. El San Millán supondría una revalorización no sólo de nuestros monasterios, que verían afianzado su prestigio como cuna del castellano escrito (y del vascuence) frente a sus competidores, sino de La Rioja como patrocinadora de uno de los dos certámenes literarios más importantes del segundo idioma más hablado en el mundo. Y todo por pongamos sus primitivos 90.000, una migaja de los 1.500 millones largos de presupuesto de esta Comunidad.

Esto, como digo, lo propuse en plena era Sanz, pero como nadie me hizo caso relanzo la idea con la promesa de reconocer que no fue mía sino de alguien del gobierno con tal de que cuaje.