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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Cobardía

Aunque Cristina Cifuentes ya es un cadáver político, cuyos restos no han sido respetuosamente inhumados sino arrojados a los perros por el telediario, su caso me inspira dos reflexiones sobre un vicio moral tan mal visto como practicado en estos decadentes tiempos: la cobardía.

Con respecto a la primera, siempre me llama la atención que incluso los delincuentes pillados in fraganti cometiendo una fechoría nieguen haberla cometido y se declaren inocentes o traten de justificarse como si la policía, los tribunales y la opinión pública fuésemos idiotas. Ahora resulta que ese indeseable del Chicle estranguló a su víctima «involuntariamente», y, en el otro extremo de la gravedad delictiva, que Cifuentes no sólo retiró el envoltorio de dos cremas antiedad en un Eroski y se las metió al bolso debido a un «error involuntario» sino que aseguró haberla comprado en otro sitio hasta que le demostraron que mentía. Se entiende que alguien ceda al impulso de hacer algo indebido, pero incluso la peor bajeza puede merecer cierta redención o al menos compresión si uno tiene el coraje de reconocer que actuó mal y de mostrarse arrepentido. Sucumbir a la tentación es debilidad. Negarlo, indignidad y cobardía. A lo hecho, pecho.

La segunda se refiere a la implacable destrucción del personaje público utilizando aspectos poco edificantes de la persona privada como práctica indecente de la lucha política. A Cifuentes no la han despojado de la presidencia de Madrid ni han arruinado su carrera política por métodos democráticos, como una moción de censura o unas elecciones, sino con maniobras tan feas como ilegales, perpetradas por indignos enemigos políticos —de su propio partido, parece— que se mueven en la guerra sucia como ratas en el albañal. La moderna caza de brujas consiste en rastrear el pasado de personajes públicos relevantes en busca de alguna de esas meteduras de pata humana en la vida privada con la que destrozarlo públicamente. Un desliz sexual, un tuit desafortunado, un hurto de poca monta, una falsificación de firma irrelevante, un positivo en el alcoholímetro tras una cena familiar o un escamoteo de IVA en la factura del fontanero, aún legalmente prescritos, pueden acabar con las carreras de un gobernante, un catedrático, una estrella del cine, un premio Nobel o un director de orquesta sin importar la excelencia demostrada en el desempeñado de su cometido público por el que sí debería ser evaluado.

En esta sociedad integrista de la corrección política hay demasiado odio, demasiada intolerancia, demasiado sectarismo, demasiada hipocresía. Demasiado pecador, anónimo, rencoroso y cobarde, arrojando las piedras que merecería recibir con más motivo que el lapidado. O lapidada.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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