La Rioja
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Qué torra más da
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Fernando Sáez Aldana | 17-05-2018 | 04:28

En las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011 el Partido Popular obtuvo una victoria impresionante: el 44,63% de los votos, que le reportaron 186 diputados, 32 más que en las anteriores. El PP ganó en todas las provincias salvo en Guipúzcoa y Vizcaya (PNV), Lérida, Gerona y Tarragona (CiU) y Sevilla y Barcelona (PSOE, que se descalabró hasta los 110 escaños). Ni Ciudadanos ni Podemos existían entonces. Un reciente sondeo de intención de voto elaborado por Metroscopia (ajeno por tanto a la cocina del CIS) concede al PP el 21% y el segundo puesto.

Para un gran partido político tal caída de la confianza de los votantes en tan poco tiempo es tan catastrófica que en cualquier país con verdadera tradición democrática provocaría la dimisión de su líder y la renovación de su cúpula. Pero el señor Rajoy ahí sigue, imperturbable, como si el descalabro no fuese con él, dejando por el camino los cadáveres que haga falta y alegando los presuntos éxitos macroeconómicos de su gobierno como justificación de su aferramiento al poder.

Los casos de corrupción que han minado al PP no son la única causa de su derrumbe. También lo es su pésima gestión por el máximo responsable del partido, cuya táctica consiste en callar, no actuar y abandonar las cosas a su suerte. La gente puede entender que surjan problemas. Que un partido se financie ilegalmente. Que entre tantos surjan algunos chorizos. Incluso que un gobierno regional nacionalista se rebele contra el Estado al que pertenece. Son cosas que pasan. Lo incomprensible e inaceptable es que quien puede y deba no reaccione con rapidez, contundencia y eficacia. Dejar que los temas se pudran hasta que el hedor sea insoportable es propio de un mal gobernante, aunque sea gallego.

En estos ocho años han surgido en España problemas extremadamente graves y un presidente del gobierno incapaz de afrontarlos debería quitarse de en medio para dar paso a quien al menos quisiera intentarlo. Sólo por su ineptitud para evitar que un fanático sectario, repugnante xenófobo racista y enfermo de odio a España nombrado a dedo por un prófugo gobierne Cataluña, aunque lo haga como el perro sumiso a la voz de su amo, debería marcharse. Pero qué torra más le da a don Mariano.

No obstante, al Estado español menospreciado chuleado, toreado y ultrajado por este fantoche, por sus compinches y por el «puto amo» (Rahola), le quedaba hasta ayer un as en la manga para asestar un golpe a la insurrección secesionista: su Jefe. El Rey. Felipe VI tenía en sus manos la preciosa oportunidad de catapultar el prestigio de la Corona negándose a firmar el nombramiento de este indigno presidente títere de la Generalidad catalana en el BOE. Se hubiese metido a España en el bolsillo para siempre, media Cataluña incluida. Pero eso ya no tiene remedio. Y sí da. Mucho.