La Rioja
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El desfile de mayo
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Fernando Sáez Aldana | 24-05-2018 | 05:37

No solo las francesas del célebre soneto de Garcilaso. Todas las armas son odiosas. Tampoco hay guerras justas, legítimas o santas. Todas son igual de condenables, espantosas y perversas. Sobre todo las que enfrentan a compatriotas, a vecinos y a hermanos, de las que España exhibe un infalsificable currículo. La última finalizó el 1 de abril de 1939 y, a pesar de que «después de una batalla perdida, nada es tan triste como una batalla ganada» (Wellington), el 19 de mayo siguiente el ejército sublevado desfiló ante la tribuna del dictador para celebrarlo. Hasta 1964 el recordatorio anual de que el régimen se sustentaba en el ejército que ganó una guerra civil se celebró todos los mayos como «Desfile de la Victoria», pero a partir de aquél año sería «de la Paz» formando parte de la campaña propagandística de los «25 Años de Paz».

Tras la muerte del generalísimo, el desfile se recicló como acto principal del «Día de las Fuerzas Armadas», que ha continuado celebrándose todos los mayos por el centro de Madrid salvo excepcionales giras del carísimo espectáculo por provincias (reconozcamos que, molestias ciudadanas y dispendio aparte, que esa es otra, el escenario logroñés no puede ser más acertado: una calle cuyo nombre contiene las palabras general, vara y rey). Sorprende que antimilitaristas y memoriones históricos no digan ni mu ante una parada militar heredera directa del franquismo vencedor de una atroz guerra civil.

Pues, aprovechando que el ejército pasa por Logroño, un servidor manifiesta su rechazo, no por montar este desfile militar concreto sino cualquiera. Entiendo que frente a un ataque haya que defenderse y reconozco la labor de las fuerzas armadas españolas luchando contra el mal en el exterior o ayudando a la población civil en apuros. Pero en mi opinión nada justifica la exhibición callejera de armas mortíferas en un ambiente festivo. No discuto la necesidad de disponer de cazas, carros de combate, fusiles, lanzacohetes y fragatas. Pero su sitio es en el mejor de los casos el cuartel y en el peor el campo de batalla. Alardear en la calle de instrumentos bélicos destinados a provocar sufrimiento, destrucción y muerte, aunque sea en defensa propia, se me antoja desagradable por no decir impúdico. Y que la gente se estremezca de emoción bajo el ruido infernal de los aviones que aterrorizan a sus víctimas cuando llegan en serio, o sea a matarlos, no me parece sintonía del pueblo con sus fuerzas armadas sino pervivencia de una morbosa como frívola fascinación popular por los alardes militares en tiempo de paz. El verdadero espectáculo será ver por una vez Vara de Rey sin doble fila. Ha tenido que intervenir el ejército para lograr lo imposible. El año que viene, por el Paseo de Gracia. A ver qué pasa.