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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Un bombón para el monstruo

Los recientes acontecimientos políticos han reforzado mi escepticismo por la llamada democracia («gobierno del pueblo»), al menos tal y como se entiende y ejercita en España, donde más bien sigue vigente el «todo para el pueblo pero sin el pueblo» definitorio del despotismo ilustrado, con el agravante de que nuestros pequeños déspotas son bastante poco ilustrados.

Me asombra que un tipo al que ese pueblo presuntamente soberano no ha elegido y por tanto ni siquiera es diputado en Cortes pueda aparecer por allí y derribar a un gobierno democráticamente elegido. Será lícito pero no lo puedo entender. Es como si un pretendiente despechado irrumpiera en el banquete de una boda al que por supuesto no fue invitado y echase de una patada al novio para ocupar su lugar junto al amor de su vida, el poder, avalado por la aprobación de la mayoría de los convidados al banquete, entre ellos algún cuñado, para encima repartir la tarta nupcial sólo entre sus amigotes.

El golpe de parlamento con el que Sánchez ha echado a Rajoy para ponerse él debería animarnos a todos los ciudadanos a ver realizado el que por analogía con el sueño americano he llamado en otras columnas «la pesadilla española»: llegar a lo más alto desde la nada absoluta. Si se puede llegar a ministro no sólo desde el absoluto desconocimiento del sector sino incluso aborreciéndolo, un servidor podría ser ministro de Sanidad si no fuera, claro, porque mi condición de varón hetero con amplia experiencia en el ramo me deja prácticamente sin opciones.

Quienes ya hemos conocido docenas de gobiernos sabemos que la «admiración de la novedad» de la que hablaba Gracián siempre acaba en decepción, cuando no reprobación, porque esperar que el nuevo gabinete o la nueva ministra vayan a arreglar tus problemas o siquiera mejorarlos es ilusorio. La formidable maquinaria estatal es un monstruo siempre hambriento que para sobrevivir necesita engullir sin descanso ministros, subsecretarios, secretarios de Estado y directores generales, sin importarle si son competentes o ineptos, independientes o sectarios, de derechas o de izquierdas, legales o pillos, señores o señoras.

Este gobierno gestual de relumbrón y altos vuelos, insostenible con 84 diputados, le puede durar al monstruo lo que un bombón a un laminero, pero al pueblo soberano le da igual éste que el saliente que el siguiente. Los cambios de gobierno sólo afectan a los pocos miles que cesan o nombran. A los muchos millones que vivimos de nuestro trabajo qué nos importa, al final nunca pasa nada y si algo cambia será a peor. Todos los gobiernos y gobernados pasan pero siempre queda ese terrible Gargantúa del Estado que deglute apetitosos gobiernos para tarde o temprano defecarlos. De éste solo ha tardado una semana en soltar el primer cuesco.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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