La Rioja
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Autor: aldama
Igualdad (I)
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aldama | 11-07-2007 | 6:55| 0

Este gobierno y su partido se han empeñado en que mujeres y varones seamos iguales con inquebrantable determinación pero equivocando el camino que debe seguirse si se desea obtener una verdadera igualdad sexual, que no es el legislativo sino el biomédico. Pues la mayor diferencia entre el hombre y la mujer, la condición que ha definido sus diferentes roles sociales desde la prehistoria, es la maternidad. Mientras ellos, físicamente más fuertes, pasaban el día fuera de la choza o la cueva cazando o guerreando, ellas permanecían tejiendo, cocinando, y cuidando de la prole, tareas fisiológicamente condicionadas por la naturaleza humana, ya que sólo el cuerpo femenino podía (y puede aún) gestar, parir y amamantar, mientras que el masculino estaba mejor dotado para soportar los agotadores esfuerzos de la lucha. La consecuencia fue el sometimiento de la mujer y su relegación casi a sierva del hombre, hecho que perdura en los peores lugares del planeta. Por aquí las cosas han mejorado algo y tras las progresivas conquistas de alma, sufragio, pantalones, curro, paridad y poder, las diferencias sociales entre hombres y mujeres han ido reduciéndose pero sin desaparecer porque obviamente siguen siendo ellas quienes conciben, dan a luz y crían, (y muchas ya de paso hacen la compra, ordenan la casa, lavan, tienden y planchan a pesar de meter las mismas horas que los hombres en su trabajo sí remunerado). De manera que en la edad del ipod, como en la de piedra, la anatomofisiología de la reproducción siguen condicionando esa diferencia entre sexos que obsesiona al ejecutivo. Por tanto, la primera medida para acabar con ella debe ser sacar la gestación del vientre de la mujer. Hoy se puede fecundar en un tubo e implantar el embrión en el útero de otro mamífero y dentro de poco en una máquina incubadora, de modo que mientras el feto crezca en el interior de una estufa o de una oveja mamá podrá dedicarse a las mismas cosas que papá sin las incomodidades del tripón, las revisiones, el parto o la cesárea y la baja maternal. Los hospitales se librarían del marrón de la obstetricia y llegado el momento se abre la incubadora o se sacrifica la oveja y listo; oveja (o perra, vaya) que frente al útero artificial ofrecería la ventaja de poder criarla en casa para no perder los vínculos con el futuro bebé, que al ser iguales para ambos progenitores, observadores externos del embarazo, acabarán para siempre con el mito de la maternidad como causa de la inferioridad de la mujer. El siguiente paso será suprimir por decreto esa servidumbre ancestral de las mujeres que es la lactancia materna, pero esto ya será cosa del otro jueves.

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Un triste viaje
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aldama | 28-06-2007 | 9:44| 0

El asesinato por odio hasta la muerte descubre una de las caras más abominables del peor bicho de la creación, el ser humano. Para quienes defendemos el derecho sagrado a la vida incluso del malhechor más desalmado y hemos dedicado nuestro esfuerzo profesional a la preservación de la salud y por tanto de la existencia, matar intencionadamente resulta el más horrendo de los crímenes. Pero si todo asesinato nos infunde pavor, ninguno tanto como el protagonizado por seres que en otro tiempo se amaron. El homicidio nunca encontrará justificación pero hemos llegado a aceptar que el fanatismo político o religioso, la delincuencia organizada, la justicia justiciera o el vil terrorismo acaben con la vida de individuos inocentes con la misma resignación que ante un trágico accidente o la enfermedad incurable. Sin embargo, disparar a quemarropa, degollar con el cuchillo jamonero o martillear el cráneo a presuntos seres queridos (padres, hermanos, parejas) son atrocidades que siempre nos desolarán. Raro es el día en que el desgraciario no nos atraganta el segundo plato con otro parricidio, uxoricidio o infanticidio, pero este goteo de crímenes sólo es la ensangrentada punta de un inmenso iceberg de odio hundido en las gélidas profundidades del desamor. Lo que más me impresiona del individuo corriente esposado camino del calabozo tras haber hacheado a su madre o estrangulado o su esposa o apaleado a su bebé es el misterioso proceso vital que le haya podido conducir desde el afecto al rencor. En el caso de la llamada violencia de género (que a pesar del nombrecito no consiste en irrumpir en un comercio para destrozar su mercancía) debe de existir un punto de inflexión, una raya más allá de la cual la misma piel que antaño se ansiaba acariciar repela como un ortigal, los mismos ojos que se comieran el amado rostro lo rehuyan con aversión, el obsequio mutuo de atenciones, caricias y sonrisas se trueque en fuego cruzado de acusaciones, reproches y censuras, un momento a partir del cual hasta ese rescoldo de la antigua pasión que es el cariño acabe extinguiéndose, la mera presencia del otro (no digamos sus ruidos, olores, manías, silencios, flacideces y demás miserias) resulte insoportable y el tálamo del amor devenga en su túmulo. Es en esa crucial etapa todavía inofensiva del triste viaje desde la ternura al aborrecimiento cuando los antiguos amadores deberían apartarse para siempre antes de que el veneno de la inquina se apodere de sus corazones transformando la convivencia en un infierno potencialmente mortal. No debe alarmarnos el porcentaje de parejas que se separan sino el de las que se despedazan.

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Chicleros
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aldama | 21-06-2007 | 9:44| 0

El cuerpo humano está perforado por siete u ocho orificios, según el sexo. Cinco son bien visibles en la parte más noble de la anatomía, la cabeza, mientras que los demás ocultan su nefanda condición de bocas colectoras y escenario de guarreridas en el otro extremo del tronco, pero todos están ahí para comunicar nuestro particular microcosmos con el mundo que lo rodea a través de una relación bi o, mayormente, unidireccional. Oídos y nariz son receptores sensoriales de estímulos exteriores, así que funcionan de fuera adentro a pesar de mocos, cerumen y legañas. El ano y la uretra, desprovistos de cualidades sensitivas, están para expeler y no recibir, excepción hecha de supositorios, pedicaciones y edemas. Solamente la boca y la vagina admiten ambos sentidos, pero mientras que ésta puede verse en algunas portadoras relegada a la misma única condición excretora de residuos que sus orificios vecinos, la boca no conoce reposo ni renuncia dado que participa de tres importantes sistemas que la comparten como puerta de entrada o salida: el digestivo, el respiratorio y la fonación. La versatilidad de la boca no conoce límites. Mientras que por las orejas sólo penetran sonidos y puntas de meñiques, por la nariz olores, aire y puntas de índices y por el culo y sus aledaños mejor no hablamos (aunque media humanidad mande continuamente tomar por allí o invite a introducirse de todo a la otra media), la boca es que lo aguanta todo. Besador, bomba succionadora, hormigonera de alimento, caja de resonancia, taller de palabras, altavoz del alma, vomitorio de empachos y rencores, vía de administración, filón de dentistas, caverna de susurros y nido de viperinas. Lenguas ajenas en busca de amor, arias veristas a romper en emoción, agua fresca o rioja en su punto, poemas, infamias, consuelos y calumnias, por la boca nos entra y sale lo mejor y lo peor, aunque algunos parece que sólo la usan para mascar chicle. Esa goma que durante un minuto aún sabe a algo y luego acaba pegurruteada bajo la tapa de una mesa. Que si disimula la halitosis, sustituye al pitillo o calma los nervios (a costa de trasmitírselos al interlocutor), pero la verdadera razón de masticar chicle compulsivamente permanece misteriosa. La modalidad a boca cerrada (en la que el rostro del mascador se asemeja a un bóvido rumiando) aún se puede aguantar, pero el constante chasquido del mascado a boca abierta es tan irrespetuoso como insoportable. Yo cuando me cae un chiclero en acción me conformo con que no me saque la lengua para inflar un globito porque algún día se me irá la mano antes de la explosión controlada y me habré buscado un lío. Encima.

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Pasocebring
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aldama | 14-06-2007 | 11:18| 0

Mi primer paso de cebra en ciudad centroeuropea fue una experiencia inolvidable. Había que cruzar sin semáforo una avenida con mucho tráfico, así que hice lo que aquí: armarme de valor y encomendarme a mi ángel custodio antes de levantar el pie del bordillo. Pues esperaba, como aquí, frenazos, quiebros y morros rugientes rozándote la cadera, pero ante mi asombro los vehículos fueron desacelerando hasta detenerse mansamente a un metro de las marcas recién pintadas. El prodigio volvió a obrarse en el siguiente cruce, y en el otro, y podías pasarte el día cambiando de acera sin sentirte intimidado porque en los países civilizados de verdad el peatón es el dueño y señor de la calle. Y no, como aquí, un pringado que se juega el pellejo cada vez que osa ponerse a tiro de alguien montado en algo capaz de atropellarlo. En nuestra sofisticada civilización el riesgo ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una excitante actividad lúdica por la que incluso se paga, pero no hay que acudir a empresas especializadas en adrenalina para experimentar peligros mortales practicando puenting, rafting o vueling. En nuestras ciudades, en ésta sin ir más lejos, se puede ejercer gratis una peligrosa modalidad de riesgo al alcance de todos, principalmente de todos los vehículos motorizados que pululan por las calles: el pasocebring. Su objetivo consiste en resultar ileso y sin taquicardia paroxística tras cruzar a pie una vía pública por un paso señalizado. La emoción será mayor en las calzadas llamadas rápidas y a horas puntas, y la posibilidad de resultar arrollado dependerá del tipo de cruzador al que se pertenezca. En un extremo está el prudente, individuo de cierta edad pero amante aún de la vida, que sólo pasa cuando no hay bólido a la vista y es capaz de aguantar minutos estoicamente ante riadas de autos que no harán ni amago de respetarlo. El peleón, por su parte, atraviesa decidido y veloz la pista de F-1 increpando a los pilotos por su falta de consideración sin dejar de gesticular o eventualmente de blandir airadamente un bastón o el paraguas cara al tendido en busca de adhesión. Finalmente, los estoicos temerarios, habitualmente sesentonas desengañadas y matrimonios hastiados, efectúan su paso del mar Rojo con tan parsimoniosa sangre fría y tal solemne dignidad de conducidos al cadalso que en ocasiones cabe sospechar un intento de suicidio inconsciente o encubierto. El imbatible plusmarquista riojano de esta disciplina es el Sr. Bernabé, jubilado reoperado de la rodilla que tras 6.578 sobadas cuidadosamente escogidas al otro lado de Duques de Nájera continúa cruzando a diario como si nada. Y con cachava.

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Averdechales
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aldama | 07-06-2007 | 10:35| 0

Sé que resultará duro pero trate de imaginar que un tipejo violara a su mujer, o a su hijo, o a su novia, y cuando años después se viesen las caras en el juicio le gritara a usted: «¿violador!». O a un facineroso que se cargó a su marido en un atraco a mano armada y que en el reconocimiento de sospechosos la llamara ladrona y asesina. O que cuando usted pillase a su cónyuge encamado con su amante reaccionara acusándole de adulterio. Seguramente no encontraría palabras para responder a estas muestras del cinismo más obsceno imaginable, ¿verdad? Pues lo mismo deben de sentir los representantes políticos, militantes o simples simpatizantes de los partidos políticos democráticos vascos cuando indeseables radicales de la presunta izquierda nacionalista les vomitan a la cara su patológico rencor llamándolos fascistas. Va a ser verdad que el País Vasco está pidiendo a gritos la intervención de un ejército, pero no de soldados sino de psiquiatras. Pues la perversión y la miseria moral de ese sector de la sociedad vasca han llegado al extremo de ejercer el más puro y duro fascismo (violencia, asesinato, extorsión, intolerancia, acoso, amenazas) contra ciudadanos demócratas y servidores del Estado a los que insultan atribuyéndoles su propio comporta- miento intolerante y totalitario. Me pregunto cómo podrá esa gente soportar el acoso cotidiano de esa gentuza con la que están condenados a cruzarse por la calle, coincidir en la barra e incluso compartir escalera. De dónde sacarán el valor y el coraje necesarios para presentarse a unas elecciones y desempeñar su cargo teniendo que vérselas con matones que ejercen su fascismo visceral al tiempo que los insultan llamándoles, hay que joderse, fascistas. Siempre, claro está, que no pertenezcan a partidos nacionalistas, inmunizados frente al hampa abertzale (pronúnciese «aberchale») que los criticará en comunicados pero jamás les disparará a la nuca. Cuando en los ochenta los chicos de Herri Batasuna irrumpieron en los ayuntamientos de la ribera navarra los atónitos lugareños sólo acertaron a reaccionar con la chanza de llamar a los proetarras «averdechales», contracción castiza de «a ver de echarles». Lo cual acabaría logrando el Estado de derecho años después para satisfacción de víctimas, demócratas y gente de bien. La mala noticia tras las pasadas elecciones es que han vuelto, rearmados y envalentonados ante la debilidad de un gobierno que prefirió pactar con el terrorismo a intentar liquidarlo. Y ahí están los fascistas, los auténticos fascistas, los únicos fascistas que hay en este país, tan ufanos, sabedores de que ya no habrá de echales ni Dios.

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