La Rioja
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Autor: Burudixe
La vergüenza
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Fernando Sáez Aldana | 22-06-2017 | 5:46| 0

Resulta paradójico que en un país con tantos sinvergüenzas haya al mismo tiempo tanta gente vergonzosa. Sorprende la coexistencia de dos costumbres arraigadas en nuestra idiosincrasia tan contrarias como el mucho apuro que nos da defender lo nuestro frente al poco que sentimos al apropiarnos de lo ajeno. Lo primero no precisa mucha demostración, pues la legendaria picaresca española está hoy más viva que nunca. No pasa un día sin un nuevo caso de robo, fraude, estafa, mordida, desfalco o malversación, y no solo protagonizado por políticos, gobernantes, gestores, empresarios, banqueros, directores y demás chorizos de alto nivel, sino por los millones de personas físicas y jurídicas que hacen cuanto pueden por eludir las garras del fisco o mamar de la ubre estatal sin derecho, como los anónimos beneficiarios de las pensiones que seguían cobrando 30.000 españoles muertos, lo que demuestra que aquí el que no trinca es porque no puede y que cuando puede lo hace a su nivel.

Junto a esta falta de vergüenza propia hay otra que denominamos ajena porque la sentimos ante la sinvergonzonería de otros o en virtud de ese temor al ridículo y al qué dirán tan nuestro. Es la vergüenza que, por ejemplo, nos disuade de reclamar la pequeña cantidad cobrada de más al camarero (ni tampoco, hay que decirlo, de menos), o de increpar a quien se nos cuela en la cola, valga la recolancia, o de devolver la pesca o la fruta en mal estado al tendero, todo por no «llamar la atención» y encima, si seremos tontos, ante desconocidos, y no digamos si «hay confianza». En este caso la vergüenza impide, por ejemplo, que en el restaurante cada cual pague lo que ha consumido a favor del democrático como injusto escote que favorece al que más y más caro come o bebe en perjuicio del que menos. Pero tú propón que cada cual apoquine lo que se ha metido y verás la que te cae, incluso de los perjudicados por la derrama.

A lo que voy es que hay tipos capaces de carecer por completo de vergüenza propia pero les sobra la ajena. Imaginen, por ejemplo, que, para celebrar que están todos de nuevo en la calle, los Pujoles, Bárcenas, Rato, Blesa, Granados, González, Matas y compañía quedan a comer en el restaurante madrileño Las Cuevas de Luis Candelas. Para más recochineo se piden entre risas un Cautivo crianza y mientras ojean la carta les sacan unas aceitunas que van pillando hasta que en el platillo queda una que nadie se atreve a pinchar y acaba abandonada. Es la españolísima aceituna (o patata, o rodaja, o loncha, o raba) «de la vergüenza». Tras los chupitos alguno se empeña en invitar sabiendo que no se lo permitirán y acaban pagando entre todos y lo mismo porque «a escote no hay nada caro». Sobre todo con el dinero de otros.

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Que no cunda el gesto
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Fernando Sáez Aldana | 15-06-2017 | 5:45| 0

Cuando atraviesen un paso de peatones fíjense bien en el icono iluminado en verde o rojo que le indicará cuando puede o no cruzar la calle: es la silueta perfectamente lisa de una figura antropomorfa asexuada. ¿Qué no? A ver: ¿el monigote marca paquete? No. ¿Espetera? Tampoco, luego no muestra ningún signo inequívoco de identidad sexual, o género, que se dice ahora. Los pantalones dejaron de ser un atuendo exclusivo masculino hace mucho, muchas mujeres llevan el pelo tan corto como la mayoría de los hombres y bastantes de estos más largo que ellas. Por lo tanto, sólo una mente enferma de SOIS (Síndrome Obsesivo de Igualitarismo Sexual) vería la imagen de un varón heterosexual en el muñequito de los semáforos que, con la cabeza rapada y sin evidencia de bultos anatómicamente diferenciadores, lo mismo podría representar a la teniente Ripley que a Pep Guardiola.

Pues bien, el Ayuntamiento de Madrid se ha gastado una pasta en sustituir lentes de semáforos que regulan el paso de peatones y peatonas por otros que, en lugar del tradicional monigote neutro, muestran tres tipos de iconos: paritarios, igualitarios e inclusivos. El semáforo paritario pretende representar a una pareja formada por varón y mujer, el igualitario a una mujer sola y el inclusivo a dos hombres o dos mujeres, con un corazoncito indicativo de lo mucho que las siluetitas se quieren mientras cambian de acera. Pero esta ocurrencia, consumada para conmemorar unas jornadas de exaltación callejera de la homosexualidad, planteaba un inconveniente: si el muñequito asexual es el hombre, ¿cómo representar a la mujer? Pues los expertos en «mostrar la diversidad» han recurrido a dos atributos de la imagen femenina tan desfasados como la falda y la coleta. Así, en uno de los semáforos inclusivos lucen silueta dos presuntas chicas de la manita, que más que lesbianas parecen hermanas o amigas camino del cole, o una mamá y su niña, o, la imaginación es libre, a Pablo Iglesias en kilt apoyando la independencia escocesa de la mano de Nicola Sturgeon.

No caigamos en la trampa de reclamar también semáforos para parejas heterosexuales, ancianos, discapacitados, escolares, millenials o familias no desestructuradas. Contentos si este «gesto» que es más un gasto tan innecesario como sonrojante de la inteligencia, no inaugura una tendencia que, junto a los tradicionales retretes igualitarios acabaría rotulando servicios paritarios (bisexuales) que, eso sí, aumentaría la cola de los señores y reduciría la de señoras. En cuanto a los inclusivos, ignoro cómo se las apañarían ellas de dos en dos pero los tíos lo tenemos chupado porque, además de poder hacerlo de pie y sin bajarnos los pantalones, «picha española nunca mea sola». El cuerpo del macho humano es así de machista. Qué le vamos a hacer.

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Homo inmortalis
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Fernando Sáez Aldana | 08-06-2017 | 6:21| 0

Ojeando prensa digital me golpea el intelecto este titular: «Vamos a asistir a la muerte de la muerte antes del 2045». Es la terrible profecía lanzada por José Luis Cordeiro, un ingeniero venezolano profesor de la Singularity University de California, cuya misión es promover el desarrollo de tecnologías con las que «resolver los grandes desafíos de la humanidad». Para esta gente, al parecer, la vida es una enfermedad mortal y envejecer o morir no son un fenómeno natural universal inherente a todos los seres vivos, sino un fallo, un error, un problema que es preciso desafiar y vencer para poder convertirnos en inmortales. Cordeiro va más allá y asegura que no sólo se logrará detener («curar», dice) el envejecimiento sino invertir el proceso, es decir, rejuvenecer, pero no con cremas antiedad o cirugía estética sino como en el curioso caso de Benjamin Button.

 

Aclaremos algo: no es lo mismo no morirse nunca por avanzada edad o enfermedad que la inmortalidad. No dudo que lo primero pueda lograrse algún día gracias a espectaculares avances en genética, medicina y cirugía. Pero que la ciencia consiga evitar cualquier fallo o insuficiencia hoy por hoy letal de un órgano o sistema del cuerpo humano no significa que no se pueda palmar. Si, pongo por caso, usted y su momia deciden celebrar el centenario de su boda con un viajecito del Imserso por donde sea y caen en manos de un hijoputa radicalizado en yihadista (¿o será viceversa?) que les rebana el pescuezo con el alfanje por infieles, créanme, estarán más muertos para siempre que el pacto de Toledo.

 

El cuerpo humano sólo sería imperecedero si lograra eludir toda lesión producida por una violencia externa o traumatismo, con la potencia suficiente para liquidarlo. Pero ello exigiría no salir nunca de casa, y aún así hay gente que se asfixia con el hueso de pollo, se electrocuta en el baño o se desnuca en la escalera. El pánico a morir nos exigiría permanecer acurrucados en el salón, escuchando en la radio o viendo en el móvil, la tele o la tableta todos los puñeteros días a todas las malditas horas y per saecula seculorum que los estibadores amenazan con otra huelga, que buscan en otras partes los restos de Marta del Castillo, y de Lorca, y que quieren sacar los de Franco de Cuelgamuros; que el gobiernito catalán sigue erre que erre con su referéndum ilegal, que Iglesias y Sánchez no son capaces de echar a Rajoy, que continúa sus trabajos la comisión investigadora de la financiación de los partidos, que los Pujol tatarabuelos siguen sueltos, que se retrasa la siguiente fase del soterramiento, que los superhéroes merengues levantan la octogésima quinta, que la oposición exige investigar el chalé de Pedro Sanz… ¡buf!, si eso es la inmortalidad, de verdad, prefiero la muerte.

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Dura lex
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Fernando Sáez Aldana | 01-06-2017 | 5:31| 0

El secesionismo catalán está alcanzando cotas de irritación insoportable para los españoles que contemplamos inermes cómo una panda de gobernantes, no ya irresponsables o desacatadores: traidores, desafían impunemente al Estado del que forman parte las instituciones que gobiernan y, por tanto, les paga el sueldo y financia sus fechorías. Aunque el germen del procés está en el Título VIII de la Constitución de 1978, nadie imaginaba que podría llegarse a esta situación. Pero se ha llegado y hora es de ejercer el llamado «imperio de la Ley». Las leyes obligan incluso a los que no las aceptan y no digamos a quienes las vulneran. A estos se les llama delincuentes y las mismas normas que vulneran contemplan los castigos que la sociedad puede imponerles a través del poder judicial. En esto consiste un Estado de derecho como el que suponemos vigente en una España de la que Cataluña forma tanta parte como La Rioja.

Con respecto al delirante pero real intento de «desconexión» de unas instituciones regionales de las estatales, nuestra Ley de leyes al menos previó que esto podría suceder:

 

Artículo 155.1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.

 

Con respecto a esas medidas, la misma Constitución que, explicablemente, estos politicastros se pasan por el Arc de Triomf, lo tiene muy claro:

 

Artículo 8.1. Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

 

De líderes como Iglesias, Sánchez y compañía es impensable, no ya el coraje para aplicar este gran remedio para tan grande mal, sino la convicción patriótica de hacerlo. La única esperanza de acabar con esto como la Constitución manda, por tanto, son el Gobierno de la nación española y su partido, que aún cuenta con mayoría absoluta en el Senado. Solo en sus manos está zanjar legítimamente este penoso asunto, creando además un precedente disuasorio de futuras aventuras independentistas. Lo tienen a huevo, pero claro, se necesitan los dos que, por ejemplo, tuvo la Thatcher con las remotas Malvinas.

Dura lex, sed lex: la ley es dura, pero es la ley, y debe cumplirse por fuerte que les parezca a quienes estén obligados a ejecutarla. El dinero y las constituciones son para las ocasiones.

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La venganza de don Pedro
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Fernando Sáez Aldana | 25-05-2017 | 6:18| 0

«Quítenle a su teatro el humor; desnúdenle de caricatura, arrebátenle su ingenio satírico y facilidad para la parodia, y seguirán ante un monumental autor de teatro». El elogio es de don Ramón María del Valle-Inclán hacia don Pedro Muñoz Seca, quien, como otro dramaturgo español, Federico García Lorca, vilmente asesinado en el infausto 1936 por escribir cosas como el «Romancero de la Guardia Civil española», fue vilmente asesinado el mismo año en Paracuellos del Jarama por escribir cosas como «La oca (Libre Asociación de Obreros Cansados y Aburridos)», «Anacleto se divorcia» y otras sátiras contra la República. La diferencia es que el primero está mitificado y nunca pararán de buscar sus restos mientras que el segundo estaría olvidado de no ser por «La venganza de Don Mendo», esa divertidísima obrita elevada a la categoría de clásico del teatro español. Y, por supuesto, que a nadie le importa dónde estén sus huesos.

Don Mendo, ya saben, es víctima de una traición y cuando todos lo daban por muerto reaparece para consumar su venganza. Igualico que don Pedro Sánchez, defenestrado en su día por la nobleza y rehabilitado ahora por el proletariado puño en alto. Creo que la clave de su victoria sobre la baronesa andaluza fue la gran promesa electoral que lanzó pocos días antes de las primarias: «Mi primera decisión si soy reelegido Secretario General será pedir la dimisión de Rajoy». Ya está. Ese es todo su programa. Hoy, como antes de su deposición (de deponer), seguimos ignorando sus ideas para combatir la amenaza yihadista o la sublevación independista catalana, reducir el paro, mejorar los salarios y las pensiones y demás tonterías de las que debería ocuparse un aspirante a gobernar el país. Su único objetivo político es echar de la Moncloa a don Mariano Rajoy, algo que deseamos incluso los que jamás lo votaremos a él para que le suceda. El renacido Sánchez ha regresado del exilio ulterior a su derrota como Napoleón cuando escapó de la isla de Elba y trató de recuperar el poder perdido. El intento duró los famosos cien días, al cabo de los cuales sus enemigos le dieron definitivamente para el pelo en Waterloo. Como no se atrevían a cargárselo, volvieron a confinarlo en otra isla pero esta vez perdida en medio del Atlántico, de la que no regresó, mientras su imperio se desmoronaba y Francia restauraba la monarquía.

En todo caso a Sánchez le deseo un final más parecido al de Bonaparte que al de don Mendo, quien tras vengarse de los que quisieron destruirlo acaba apuñalándose («Sabed que menda es don Mendo y don Mendo mató a menda») como remate final de una astracanada en la que, como en este pesoe, muere hasta el apuntador. Políticamente, claro.

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