La Rioja
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Autor: Burudixe
Por el arco de peaje
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Fernando Sáez Aldana | 15-02-2018 | 7:11| 0

Siempre que he subido a Haro o bajado a Calahorra por una autopista casi vacía me ha parecido anormal el contraste con la carretera paralela petada de tráfico. No se comprende que, siendo la autopista mucho más segura (si no graniza), la gente prefiera jugársela en la demonizada enedostresdós si es por ahorrarse los duros mejor gastados del día. Lo ideal sería que no solo los camiones o autobuses sino también los turismos circularan por una vía de sentido único en lugar de doble, siempre que fuera posible. Hasta ahí estamos de acuerdo. Ahora bien, cuando existan varias vías para desplazarse por carretera entre dos puntos, me gustaría saber si es legal que te obliguen a circular por una de ellas a punta de multazo. Es lo que se ha hecho en La Rioja, obligando a los vehículos de cuatro o más ejes que atraviesen la región a meterse quieran o no por la AP-68, por muy subvencionada que se la hayan dejado, por supuesto a costa del contribuyente.

La razón esgrimida para decretar el desvío ha sido reducir la alta siniestralidad de la N-232, léase colisiones con muertos y heridos, de la que por tanto se está culpando implícitamente a los vehículos pesados. A ver, ¿se han estudiado uno por uno los siniestros ocurridos en los últimos años? ¿Se han determinado con claridad las causas de cada accidente? Porque, si resultara que la mayoría de ellos se produjeron por infracciones, imprudencias o descuidos de los conductores de vehículos de dos o menos ejes, cosa bastante posible, ¿no habría que obligarlos a ellos a circular por la AP-68 en lugar de a los camiones? Y si una estadística rigurosa estableciese que la culpa de las colisiones la tienen unos y otros al 50%, pues nada, todo eje a la autopista, castigados.

El rechazo masivo del desvío obligatorio de camiones por parte de los transportistas y sus asociaciones, unido al perjuicio que están ocasionando a los proveedores de servicios junto a la carretera nacional, deberían hacer reflexionar a quienes hayan tomado bajo presión y a las bravas una decisión posiblemente injusta que perjudica a quienes no tienen la c

ulpa de que la N-232 no esté desdoblada desde hace muchos años. Ni siquiera la autopista gratuita sería la solución, porque uno de los derechos fundamentales reconocidos no sólo por la legislación española y europea sino por la Declaración Universal de los Derechos Humanos es el de libre circulación, que aquí se han pasado algunos por el arco de triunfo. O sea, por el túnel de peaje.

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Una apé nada recomendable
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Fernando Sáez Aldana | 08-02-2018 | 7:18| 0

Hay que ver las cosas que puede hacer un teléfono inteligente o, ya de manera inevitable, un smartphone, a no tardar traducido por la Real Academia como esmarfón. Suena fatal, lo sé, pero seguro que tan mal como sonaría en su día «saxofón» (no el instrumento, de bello timbre, sino el nombre debido a su inventor, Adolphe Sax, uno de los pocos belgas que han pasado a la historia por algo, y ello gracias al entusiástico apoyo de un francés, Hector Berlioz).

A los usuarios en general y adictos en particular del esmarfón no voy a descubrirles sus innumerables presuntas utilidades, muchas de ellas perfectamente inútiles, desarrolladas en cientos de aplicaciones o, lamentablemente ya, apps o apepés, apócope del inglés application, como si no pudiera abreviarse apés, que además de español es más corto. En fin, a lo que vamos.

Cuando advirtió el gran parecido que existía entre el rostro de una chica y el de su madre, un amigo mío le dijo al novio de aquella que los dioses le habían concedido el don de ver el futuro. Es cierto. No hay nada más cruel que una foto antigua, más atroz cuanto más vieja sea la foto y más joven el fotografiado. Hasta ahora se necesitaba el paso de una generación para demostrar la profetizada semejanza física de alguien con uno de sus progenitores. Pero he aquí que una de las innumerables aplicaciones del esmarfón llamada Face App (hay otras parecidas) puede modificar el aspecto facial del usuario que previamente se haga un autorretrato o, seguramente sin remedio para siempre, un selfie o «selfi».

Con un simple toque de pantalla, o sea un clic para entendernos, nuestro rostro va cambiando según le pongamos o quitemos gafas, barba, sonrisa o flequillo, le estiremos la piel (un lifting, quiero decir), lo cambiemos de sexo o lo introduzcamos en el túnel del tiempo. Esta última «utilidad» puede parecer divertida cuando se pone la marcha atrás, pero lanzándola al futuro la instantánea decrepitud resultante puede ser aterradora en una sociedad, obsesionada con luchar contra los años embadurnando las arrugas con carísimos ungüentos «anti-edad», en la que ni los mayores creyentes en otra vida dichosa y eterna quieren que se les acabe ésta.

Esta perturbadora aplicación de su móvil permitirá a los jóvenes ver cómo serán de mayores sus parejas sin necesidad de conocer a sus padres. Pero tiene sus fallos: probándola en mi propio careto, fui dándole a los botoncitos «sonrisa», «joven», «perilla», «mujer» y los cambios podían ser sorprendentes y hasta divertidos. Pero cuando pulsé «vejez», la muy impertinente y grosera me lo dejó prácticamente igual. No se la recomiendo. Menuda porquería de apé, o como se diga.

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El Adelantado en Bruselas
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Fernando Sáez Aldana | 01-02-2018 | 7:28| 0

Astracanada lírica en tres actos

 

Flippo VI, Rey de las Españas (contratenor)

Don Mariano el Ignífugo, Conde-Duque de Génova, su valido (bajo)

Sor Aya, su fiel mano diestra (bajita)

El Vizconde de la Junquera, pagés rebelde (tenora de cobla)

Cárglas «Pusdelmón», virrey traidor de Cataluña (tenor bufo)

Jodofredo de Bovaina, Gobernador de Flandes (barítono)

El Adelantado Francisco de Correa, conseguidor (bajo fondo)

Don Álvaro Pérez del Mostacho, compinche del anterior (más bajo aún)

El fantasma del Duque de Alba (papel hablado)

 

Acto I.

La sistemática desobediencia de la legalidad en el virreinato catalán, consentida por conveniencia de la corte de Madrid, alcanza el colmo con la proclamación de una República independiente. Tras la enérgica intervención del rey Flippo sin soltar un solo gallo, su valido Don Mariano, llamado el Ignífugo por su incombustibilidad política, reacciona enviando un Tercio del temible 155º Batallón a sofocar la rebelión. El poderoso Vizconde de la Junquera y otros cabecillas rebeldes son encarcelados pero el principal traidor, el sátrapa Cárglas, conocido en la corte como Pusdelmón («Pus del mundo»), logra huir de España por los dominios del Vizconde escondido en un carro cargado de nabos y coles con destino a Bruselas.

 

Acto II.

El Conde-Duque designa a Sor Aya superiora territorial de Cataluña y exige al gobernador de Flandes la entrega del traidor Cárglas, pero Jodofredo de Bovaina, un resentido contra España por su antiguo dominio sobre los Países Bajos, se pone flamenco y la deniega pretextando que el exiliado se gana la vida honradamente reparando cristales, espejos y vidrieras. Mientras el Vizconde y sus secuaces intrigan desde prisión para devolver el poder a Cárglas, el de Génova sufre terribles pesadillas en las que un rollizo niño desnudo con el rostro del prófugo se le mea encima entre carcajadas desde lo alto de una fuente. Enfurecido, el Ignífugo solicita al rey Flippo permiso para enviar a Flandes los dos Tercios restantes del 155º. El monarca accede pero advierte a su valido de que si fracasa perderá la cabeza.

 

Acto III.  

El espíritu de Don Fernando Álvarez de Toledo, Duque de Alba, se aparece en sueños a Don Mariano para recordarle que en Flandes a los criminales de lesa majestad se les decapita en la Gran Plaza. Horrorizado y siempre temeroso de la guerra, el valido saca de la mazmorra un célebre conseguidor, el Adelantado Francisco de Correa, a quien encarga adelantarse a los Tercios y traerse al Pusdelmón sin reparar en gastos, con la promesa de indultarlo si lo consigue. El Adelantado y su amigote Pérez del Mostacho parten en un carromato cargado de maravedíes ocultos en magdalenas. Dos semanas después regresan a la Villa y Corte con el traidor Cárglas encadenado y disfrazado de bufón, mientras Jodofredo toma posesión de su lujoso palacio en las paradisíacas islas caribeñas llamadas Antigua y Barbuda en honor al Conde-Duque, quien una vez más conserva la cabeza sin rebanar la de su enemigo.

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Pintas
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Fernando Sáez Aldana | 25-01-2018 | 7:36| 0

Uno de los aspectos más fascinantes de nuestra lengua es la polisemia o variedad de significados de una misma palabra. No es una señal de penuria léxica (nuestro idioma comprende 100.000 palabras) sino lo contrario, de riqueza de matices. Hoy les propongo jugar con la palabra «pinta», cuya primera definición es «mancha de color diferente en animales, flores y minerales». Pero pinta también define al naipe que designa el palo de triunfos («pintan bastos»), al tipo sinvergüenza o caradura («es un pinta») y a una medida de capacidad de líquidos (una pinta de cerveza son 560 cc, que no le engañen). Pero su acepción más usual es la de aspecto o apariencia exterior que ofrece un asunto (con buena o mala pinta), un objeto y, sobre todo, una persona.

No voy a referirme al uso de esta palabra como calificación final («qué mala pinta tiene Fulano» o «dónde vas con esas pintas») sino como instrumento de comparación, y lo explicaré aplicándolo a los personajes más conocidos de nuestro panorama político nacional, obviamente desde una óptica subjetiva.

Empecemos por el gobierno de la nación de naciones. Rajoy, por ejemplo, tiene pinta de prior de monasterio muy visitado. Su vice Soraya, de jueza hueso. La Cospedal, de propietaria de boutique de moda. Montoro, fácil: de ministro de Hacienda. De la Serna, de niño pijo de Getxo, Zoido de criador de toro de lidia, Báñez de directora de colegio concertado y De Guindos de pastor de ovejas (y cabras).

Con respecto a los famosos amigos catalanes, para mí que Puigdemont tiene pinta de proveedor de pompas fúnebres; Junqueras, claramente de pescatero o carnicero con puesto en la plaza; Rovira, de funcionaria implacable. Forcadell, de ama de casa. Iceta, de recepcionista de hotel, Gabriel de batasunera abertzaleta (o sea de lo mismo), Arrimadas de empleada bancaria, Rufián de lo que es: un pinta y Torrent, el nuevo, para de guardia civil de paisano.

En cuanto al resto de la fauna, nuestras alcaldesas estrella tienen pinta la una de jubilada buscando marcha en Benidorm y la otra de exclaustrada por liarse con la de matemáticas. Rivera tiene pinta de misionero mormón, Sánchez de galán de telenovela malo (no como personaje: como actor), Susana de cajera de hiper, Borrell de exjesuita sibilino, Patxi de herritabernero y la Robles de prota de «Aquí no hay quien viva». Con la caterva unipotente lo tengo claro: Iglesias tiene toda la pinta de perroflauta, Errejón de programador de videojuegos friki, Echenique de cartujo lego (no de Lego) y Garzón de mecánico de algo.

Dicho sea en ejercicio de mi sacrosanta libertad de expresión y con perdón de los amigos y amigas mecánicos, cajeras, pastores, recepcionistas, perroflautas, jubiletas en Benidorm, funerarios y demás familia. Ya saben que escribiendo columnas a veces uno es un poco cabrón. Con pintas.

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Animales
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Fernando Sáez Aldana | 18-01-2018 | 7:28| 0

Alguna vez les he hablado de nuestro canario. Se llama Chufi y lleva cuarenta años en casa. No el mismo, claro, los canarios no viven tanto. Cuando se nos muere (o lo mata un maldito gato) lo sustituimos por otro con el mismo nombre, de modo que siempre nos parece el mismo Chufi que conocieron mis hijos y ahora mis nietos. Es increíble el cariño que se le puede coger a un pajarillo. Entiendo a la gente que adora a su perro (no tanto a su gato) y si el afecto a un animal es proporcional a su tamaño no quiero pensar lo que se puede querer a una foca, a una cebra y no digamos a un elefante. Que lo digan los cirqueros, que consideran a sus animales como hijos suyos. Además de apreciarlos les dan de comer (los animales a ellos, me refiero), así que los mimarán y lo último que harían sería maltratarlos como tantos humanos a sus hijos.

Los animales no tienen conciencia de vivir. Desconocen que nacieron y morirán. UN caballo no sabe si corretea por una pista de circo con una equilibrista en bikini de lentejuelas erguida sobre su lomo o por la arena de la Escuela Española de Equitación de Viena bajo un señor disfrazado de vicealmirante. Lo que sí sienten los bichos es dolor si se les tortura, sea de manera espontánea por tarados u organizada por diestros en el arte de matarlos entre el regodeo popular. Por eso llaman la atención los ayuntamientos que permiten los festejos taurinos, o el zoo, pero prohíben el circo con animales. No les importa lo que puedan hacerles en la intimidad, sólo vetan el espectáculo de su exhibición, aunque no les hagan ningún daño. Hipócritas.

En cambio sí puede subir a un escenario público un violento espectáculo sadomasoporno con tías y tíos en bolas copulando o masturbándose como gibones y hasta uno metiéndole el puño por el ojo que no ve a otro (espectáculo «Mount Olympus», Teatros del Canal, Madrid). «Nadie obliga a verlo», se defienden los promotores de la orgía. Ni el circo, no te jode, pero por si acaso lo prohíben. Si hay que cargarse los circos empecemos por las corporaciones municipales donde actúan payasos, equilibristas, mimos, tragafuegos, malabaristas y algún que otro borrico.

A ver cuándo sale el primer bobochorra denunciando el maltrato a los canarios por mantenerlos enjaulados. Chufi no da ninguna señal de sentirse desgraciado. Canta, se ducha a diario, come y bebe cuanto quiere, duerme como un bendito y, como a su dueño, le encantan la lechuga y la música clásica. Libre no duraría ni un cuarto de hora (menudo gatazo merodea por el barrio). Ya sabemos que lo propio del pájaro es volar libre y del león, el elefante o la jirafa sobrevivir en la sabana. Pero también lo suyo del homo sapiens es razonar y algunos parece que lo hacen con esa parte del cuerpo donde a otros les gusta que les metan la zarpa hasta el escafoides. Fisting, lo llaman. Animales.

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