La Rioja
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Autor: Burudixe
Rioparaíso
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Fernando Sáez Aldana | 17-08-2017 | 6:08| 0

En junio se cumplieron cuarenta y un años de mi licenciatura en Medicina y Cirugía. Aquel verano lo pasé recluido en un cuartel de Sanidad Militar y allá por el Pilar, con veintitrés añitos recién cumplidos, inicié mi vida profesional como médico rural en una aldea perdida del páramo burgalés con nombre de realismo mágico: Rioparaíso. El consultorio ocupaba la habitación desnuda de una casa del pueblo con una mesa de madera y una silla a cada lado por todo equipamiento. Mi primera paciente, cómo olvidarlo, fue una ancianita menuda forrada de luto con nombre de realismo visigótico: Cunegunda se llamaba. Aparte de lo que recordaba de la Facultad, mi arsenal diagnóstico y terapéutico cabía en el maletín: fonendoscopio, linternita, termómetro, talonarios de recetas y vademécum. Si algún medio de la provincia hubiese publicado mi debut bajo el titular «Toma posesión del partido médico de Rioparaíso un pipiolo sin ninguna experiencia» hubiese dicho la verdad, desde luego, pero ¿qué razón había para alarmar a aquellas confiadas gentes, tan contentas de tener médico aunque fuesen los primeros que atendiese? Que dos meses antes me hubiesen encerrado en el calabozo del cuartel por sacudirle borracho al capitán quizá añadiría morbo a la noticia, pero ¿tendría algo que ver con mi cualificación profesional?

La verdad es que los mediquillos recién licenciados que optamos por ejercer en un pueblo apartado y solos ante el peligro mientras salía la convocatoria MIR fuimos muy valientes. Hoy es más fácil ejercer sin experiencia: muchos pacientes se diagnostican solos en internet, le dicen cuando no exigen al médico las pruebas que les debe solicitar, se automedican y llegado el caso marcan el 112 o se derivan a Urgencias. Hasta la señora Cunegunda consultaría al doctor Google sin moverse de la mesa camilla (y sin quitarse el refajo). Sí, un médico inexperto actual es menos peligroso que hace cuarenta años. Y mucho menos que un alcalde, una ministra, un presidente autonómico y no digamos de la nación, que no sepa gestionar ni su economía doméstica. ¿Cuántos años llevaban las señoras Carmena y Colau (o Botella, que da lo mismo) sin presidir el gobierno de una ciudad de millones de habitantes? ¿Cuántos el señor Puigdemont (o Cifuentes, que lo mismo da) el de una comunidad autónoma? Y, si logran «echar a Rajoy» (¡qué finura democrática!), ¿cuántos años llevarían los señores Sánchez o Iglesias sin regir los destinos de una gran nación como España? ¿Alguien les exigirá experiencia para ejercer las más altas responsabilidades? Además, la experiencia es insuficiente si no se acompaña de buenos resultados certificados: he conocido matasanos con trece trienios de antigüedad. Y todos los que nos dedicamos a algo, sin excepción, tuvimos nuestro Rioparaíso. Qué tiempos.

 

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Celos y colas
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Fernando Sáez Aldana | 10-08-2017 | 6:40| 0

Además de apetito sexual animal, cinta adhesiva por un lado y (en plural) sospecha de infidelidad amatoria, la palabra «celo» significa también «cuidado, diligencia interés y esmero con que una persona lleva a cabo sus deberes o lo que tiene a su cargo». Un celoso de su trabajo es quien lo realiza con la máxima responsabilidad, eficacia y calidad, o sea profesionalidad, sin valorar el tiempo empleado, que es meterse en el resbaladizo terreno de la eficiencia y la productividad.

Es ley fundamental del mercado que si la demanda supera a la oferta se producirán demoras para obtener el bien o servicio. Y la visibilización que se dice ahora de la demora es la cola, término que además de rabo, sustancia adhesiva y apéndice de algo define a la fila de personas esperando turno.

Al grano. En los controles de seguridad de los aeropuertos asombra el poco tiempo que los escaneadores de equipajes de cabina dedican a examinar las tripas de cada bolso, mochila o trolley. ¿Cómo pueden saber lo que contienen en menos de cinco segundos? Sospecho que tal control es una filfa, un trámite obligado que se despacha a toda prisa para evitar que los pasajeros pierdan el avión. Pero resulta que, antes de declarar el paro como Dios manda, los encargados de esta tarea en el aeropuerto de Barcelona decidieron realizarla durante semanas «con más minuciosidad», es decir mejor y por tanto, se supone, ofreciendo más seguridad. Lo escandaloso del caso no son las largas colas de pasajeros desesperados y cabreados que se forman, sino que los operarios hagan mejor su trabajo como medida de presión a su empresa. Muchas de las mal llamadas «huelgas de celo» evidencian esa perversión laboral ocasionada por la adjudicación de tiempos insuficientes para ofrecer un buen servicio como respuesta a una demanda excesiva. Otro ejemplo, más cotidiano que volar: si su médico generalista o especialista dedicasen al interrogatorio y exploración de cada paciente el tiempo que exige la buena práctica, difícilmente podrían atender a más de diez en toda la mañana. Pero sólo disponen de los escasos minutos resultantes de dividir su tiempo por el número de pacientes que le hayan citado, y la consecuencia es un simulacro de atención, un acto de mala praxis institucionalizada en la que el médico suele defenderse prescribiendo tratamientos ineficaces o solicitando costosas exploraciones innecesarias. Una huelga de celo médica sería tan beneficiosa para la salud de la población como para las arcas del Estado. Pero la gestión sanitaria nunca se guía por criterios eupráxicos sino políticos y prefiere que se atienda mal a los pacientes a que esperen y protesten, ya que la mala praxis no se visibiliza como las demoras. Los empleados de Eulen lo sabían bien: «Si hay colas, todo está ganado». Y hala, a tocar pelotas.

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Esclavos
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Fernando Sáez Aldana | 03-08-2017 | 6:14| 0

«Pauci libertatem, pars magna iustos dominos volunt» (Salustio)

 

En 1789 el pueblo parisino explotó en la madre de todas las revoluciones bajo el utópico lema «liberté, egalité, fraternité», tres mitos inalcanzables del anhelo humano mejor intencionado.

Literalmente, la «fraternidad» pretendía que todos los seres humanos somos hermanos, lo cual no significa excelente relación, habida cuenta de tantos hermanos que ni se hablan o se llevan a matar. Es un término obsoleto que hoy actualizaríamos por «solidaridad», ese emotivo apoyo incondicional que ofrecemos a quienes lo están pasando peor siempre que nos exija poco y si es gratis mejor.

En cuanto a la «igualdad», ante la evidencia de que, por mucho que se legisle, nunca serán iguales el emprendedor que el maula, el cobarde que el valiente, el tonto que el listo o el patán que el cultivado («quod natura non dat Salmantica non praestat»), nuestra bobalicona sociedad se contenta con perseguir un igualitarismo que consiste en tratar a todos igual aunque no lo sean o no se lo merezcan, lo cual es injusto.

Y qué decir de la más ficticia de las tres supremas aspiraciones de la Humanidad oprimida, la «libertad». Esa pretendida «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra», ese «derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad». ¿Libertad de obrar? A cierta edad ya ni obras cuando quieres sino cuando puedes. Si será ilusoria que ya nadie se atreve a reivindicar una Libertad singular, absoluta y mayúscula, y hemos de conformarnos con «las libertades» o libertaditas resultantes de la descomposición del gran concepto: libertad de expresión, reunión, asociación, circulación, voto, conciencia, culto… Todas ellas convenientemente reguladas por leyes coercitivas.

Si lo contrario de libertad es esclavitud, incluso los habitantes de los países más ricos, desarrollados y «libres» del planeta somos más bien esclavos, encadenados de pies y manos por multitud de pasiones, compromisos, deberes y obligaciones. Esclavos del trabajo, de la familia, de nuestros deseos, afanes, temores y preocupaciones, de nuestras obsesiones, manías, vicios, creencias, deudas, ambiciones, enfermedades, aficiones y adicciones.

Refiriéndose a los esclavos, el historiador Salustio aseguró hace dos mil años que «pocos desean la libertad, la mayoría quieren un amo justo». Pero resulta que «dar a cada uno lo que merece, le corresponde o le pertenece», la llamada «justicia», es otra ficción que merecería figurar como cuarta quimera del célebre eslogan revolucionario si no fuese porque, además de colisionar con la egalité, no rima con las otras. Además, ya lo dejó bien clarito el camarada Lenin: «¿Libertad, para qué?».

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Un corazón destrozado
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Fernando Sáez Aldana | 27-07-2017 | 5:41| 0

El desprecio absoluto al principio jurídico básico de la presunción de inocencia, demostrado a diario en España por las opiniones pública y publicada, por algunos medios de comunicación y por los grupos políticos cuando el acusado no es de los suyos, es una de las evidencias de que nuestra democracia es de pésima calidad. En cuanto se inicia una investigación policial o judicial a un personaje conocido y mayormente poderoso por presunta conducta delictiva se pone en marcha un implacable proceso paralelo de linchamiento social que sólo se detendrá con su condena firme o, como en los casos de Barberá y Blesa, con su muerte. Miren, de estas dos personas puede asegurarse (1) que nunca fueron condenadas en firme por cometer algún delito, luego (2) han muerto inocentes, pero (3) su muerte ha sido la consecuencia, más directa y trágica en el exbanquero que en la exalcaldesa, de esa inclemente lapidación moral a la que eran sometidos desde las tribunas de opinión, las redes fecales, las portavocías de los partidos y las aceras de su calle cada vez que se atrevían a violar su «arresto social domiciliario», convirtiendo su vida en un calvario insoportable. Por tanto ambos acusados de corrupción pero no condenados y por tanto verdaderamente inocentes porque no se pudo demostrar lo contrario, podrían considerarse víctimas de un asesinato social indigno de una nación que presume de estado de derecho, culminando una cacería extralegal tan despiadada que sólo se detiene con la muerte de los perseguidos. Y ni así a veces. Recuérdese la mezquina espantada podemita del minuto de silencio en el Congreso tras la muerte de Rita Barberá. Qué esperar de quienes tampoco rindieron homenaje a la memoria del pobre Miguel Ángel Blanco.

Como todas las virtudes, la honradez posee un valor cualitativo. No se es poco o bastante horado: se es o no. Me gustaría saber cuántos increpadores e insultadores, no de condenados por corruptos sino de sospechosos de serlo, saldrían impolutos de una investigación económica, ética o fiscal de su vida. Y qué decir de los presuntos amigos que huyen de los poderosos caídos en desgracia como de apestados. Tu amigo de verdad, como tus padres, no te abandonarán nunca, hagas lo que hagas. Ni siquiera los seguidores de Jesucristo (entre ellos el primer papa) pudieron soportar la ignominia del «escándalo de la cruz» y lo dejaron allí plantado. Sólo su madre y su discípulo más amado permanecieron al pie del patíbulo. Claro que aquella muerte fue de mentiras y solo duró unas horas. Estos, en cambio, no levantarán cabeza nunca. De hecho, Miguel Blesa ya estaba muerto antes de pegarse un escopetazo en ese mediastino donde hasta los mayores granujas tienen su corazoncito. Pero en un mundo sin afecto, de qué le servía.

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Caídos
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Fernando Sáez Aldana | 20-07-2017 | 6:23| 0

«Caído» es un eufemismo de persona que muere luchando en defensa de una causa. Referido a un cuerpo, «caer» significa «moverse de arriba abajo por acción de su propio peso». Como, por ejemplos, meterse una zamostada resbalando en la calle, cambiando una bombilla desde un taburete o bajando por la escalera del acosado. Es curioso, por cierto, que alguien pegándose una sapada resulte divertido. Hay programas de televisión dedicados a mostrar videos caseros de gente metiéndose unas toñas impresionantes que lejos de mover a la compasión arrancan crueles carcajadas. Pero, a lo que vamos: ninguna de estas víctimas de caídas son «caídos». El caído es otra cosa. El desplome de su cuerpo contra el suelo ha de deberse a una violencia externa, letal y aplicada por defender ideas. El concejal del PP vilmente asesinado de un tiro en la nuca mientras pasea es un caído, desde luego. Pero el mismo asesino etarra despanzurrado al explotarle felizmente la bomba con la que preparaba su siguiente hazaña, también. En cambio, no tengo tan claro que todos los combatientes muertos en la guerra sean caídos. En el siglo pasado millones de jóvenes europeos perecieron en el frente no defendiendo una convicción sino condenados por sus gobiernos a morir en batallas tan atroces como inútiles en las que incluso eran abatidos por sus propios oficiales cuando se intentaban escapar de la espantosa primera línea de fuego.

En ese sentido, podría considerarse el Valle de los Caídos como un monumento en memoria de todos los españoles que murieron matando en la última guerra civil, entre los cuales ni la totalidad de los unos cayeron «por Dios y por España» ni la de los otros «por la República» sino porque sus jefes los enviaron al matadero (por lo tanto, allí sobran los huesos de Franco). También aprobaría la accidentada demolición de una cruz plantada hace 80 años en un monte vizcaíno en memoria de caídos del bando franquista –chapuza comparada con una escena del Coyote y el Correcaminos– si no fuera porque con las mismas piedras pretenden alzar otro monumento a los caídos del bando contrario. O se honra a todos o a ninguno. Y menos a los que, según el alcalde bildutarra del pueblo de la cruz caída, «lucharon por la libertad de Euskal Herría». Ya sabemos a quiénes se refiere. Quieren sustituir un símbolo de un fascismo autoritario ya históricamente superado por otro que, avalado por la democracia, permite gobernar hoy mismo a fascistas filoetarras. Claro que levantar un monumento será más fácil que caerlo, que dicen en Valladolid, y visto lo visto lo tienen complicado. Si consiguieran erigirlo podrían dedicarlo a sus caídos por las piedras caídas al caer un monumento a otros caídos que no les caían bien. O qué.

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