La Rioja
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Autor: Burudixe
La gente corriente
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Fernando Sáez Aldana | 07-06-2018 | 6:11| 0

Quienes han vivido en un chalé aseguran que da dos alegrías: comprarlo y venderlo. En España, donde prima el hacinamiento urbano, la casita independiente en el extrarradio con piscina y jardín para delicia de niños y perro sin incómodos vecinos es el mito burgués del máximo bienestar por excelencia. De nada sirve advertir de sus muchos inconvenientes. Que necesitas coche para comprar, llevar a los niños al cole o acudir al trabajo; que cuidar el jardín y la piscina exige mucho trabajo para cuatro días de buen tiempo, y que una pareja deba invertir buena parte de las rentas del trabajo de toda su vida encadenados a una hipoteca a la que puede que no sobrevivan, mayormente él.

Para que encima venga un presunto antisistema y anticapitalista llamando ricos, especuladores o blanqueadores a los que habitan una vivienda independiente y en cuanto pueda haga lo mismo, naturalmente no para delinquir como ellos sino para fundar un confortable hogar. Aparte de la flagrante contradicción entre prédica y práctica, la pareja Iglesias-Montero ha caído de bruces en la trampa originaria de la burbuja inmobiliaria: en vez del recibo mensual del alquiler pagas el de la hipoteca y encima te haces con un patrimonio. Hace falta, claro, que un banco te preste medio millón de euros, pero dos buenas nóminas son suficientes si se dispone de un aval tan sólido como pertenecer a la casta política profesionalizada.

El alcalde de Cádiz, don José María González Santos, alias Kichi, ha liderado la crítica a sus jefes por entramparse para comprar el chalé alegando que así no vive «la gente corriente» a la que dice representar su partido. Mire, señor Kichi, a la gente corriente no le gusta apretujarse en 40 m2 como a usted. La gente corriente vive de forma tan corriente porque no puede hacerlo de otra manera. Incluso con un sueldo justito o una pensión miserable, mucha gente corriente se gasta un eurito diario sellando la apuesta que atiborre de millones su cuenta ex corriente para dejar de ser tan corriente y vivir a cuerpo de rey en un casoplón con jardín, piscina y haiga, aislado de esa peste de la gente corriente.

No se equivoque, Kichi: en cuanto han podido, su presidente y su portacoz han dejado de ser gente corriente y dos tercios de sus seguidores lo aprueban porque también querrían dejar de serlo y vivir como ellos. Lo siento por usted y sus podemitas ultraortodoxos con voto de apretura pero los españoles a los que ustedes llaman conservadores —y fascistas si te descuidas— porque tenemos una propiedad privada que conservar respiramos tranquilos. La revolución comunistoide con la que Iglesias nos amenaza cuando actúa ante las cámaras puede esperar, al menos los treinta años de la hipoteca. Y no se lleve mal rato, a la parejita ya sólo le queda una alegría. De dos.

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La doctora Martínez
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Fernando Sáez Aldana | 31-05-2018 | 10:31| 0

Hoy, como todos los días laborables desde hace décadas, la doctora Martínez ha madrugado para estar como un clavo a las ocho sin dar en su consulta del Centro de Salud. Nada más enfundarse la bata ha despertado al ordenador y al punto la pantalla le ha mostrado la agenda con los tropecientos pacientes que le hayan citado. Los conoce a casi todos y un rápido repaso de los nombres le revelará qué mañana le espera. Siete horas después regresará a casa, cansada después de escuchar tantos males y aconsejar tantos remedios, pero satisfecha por haber superado otro día más un trabajo que solo puedes soportar si te gusta.

La doctora Martínez es una de las y los médicos que día tras día revalidan a pulso un milagro asistencial en la sanidad pública española: la alta satisfacción de los usuarios de la Atención Primaria con los escasos minutos que el servicio regional de salud de turno les concede para atenderlos. El dato permite varias interpretaciones pero quedémonos con la más positiva: sólo es posible obtener un notable alto con profesionales tan buenos como la doctora Martínez y sus compañeros de centro, de todos los centros, de todos los servicios autonómicos de salud. Atender a tantos pacientes en tan poco tiempo y que la mayoría se vayan a casa —o a la farmacia— contentos e incluso agradecidos requiere habilidades que no se aprenden en la Facultad y sólo proporciona la experiencia.

Mañana es el último día de trabajo de la doctora Martínez tras cuarenta y dos años dedicada a «curar en ocasiones, aliviar con frecuencia, consolar siempre» durante los que siempre procuró atender a sus pacientes con honestidad profesional, buen hacer y una actualización de conocimientos hasta el último día. Su empresa podría estar atenta a un día tan especial como el último de trabajo de sus empleados y tener un detalle. Una simple llamada, una carta o, por qué no, unas flores con una notita: «Doctora Martínez, muchas gracias por su excelente trabajo exclusivamente dedicado a la Sanidad Pública y que disfrute muchos años de su merecida jubilación». Qué poco costaría y cuánto se agradecería. En cambio, abandonará mañana su consultorio como cualquier día, como si el lunes alguien no ocupara su lugar, como si en pocas semanas no cesaran las comparaciones y la gente, ley de vida, acaben olvidándola. Pero algo más valioso, el caluroso afecto de muchos pacientes y del personal del Centro, arropará su despedida.

Mañana la doctora Martínez abandonará para siempre el Centro con emoción tras miles de mañanas dando a sus pacientes lo mejor de su excelente práctica y mejor persona. Unas fueron mejores que otras pero ninguna peor que aquella en la que su amigo el doctor Narro no tuvo su suerte de salir de su consulta con vida a pocos meses del retiro .

A la doctora Martínez le espera ahora un jardín que regar y muchas mañanas para hacerlo. Felicidades, doctora.

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El desfile de mayo
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Fernando Sáez Aldana | 24-05-2018 | 6:37| 0

No solo las francesas del célebre soneto de Garcilaso. Todas las armas son odiosas. Tampoco hay guerras justas, legítimas o santas. Todas son igual de condenables, espantosas y perversas. Sobre todo las que enfrentan a compatriotas, a vecinos y a hermanos, de las que España exhibe un infalsificable currículo. La última finalizó el 1 de abril de 1939 y, a pesar de que «después de una batalla perdida, nada es tan triste como una batalla ganada» (Wellington), el 19 de mayo siguiente el ejército sublevado desfiló ante la tribuna del dictador para celebrarlo. Hasta 1964 el recordatorio anual de que el régimen se sustentaba en el ejército que ganó una guerra civil se celebró todos los mayos como «Desfile de la Victoria», pero a partir de aquél año sería «de la Paz» formando parte de la campaña propagandística de los «25 Años de Paz».

Tras la muerte del generalísimo, el desfile se recicló como acto principal del «Día de las Fuerzas Armadas», que ha continuado celebrándose todos los mayos por el centro de Madrid salvo excepcionales giras del carísimo espectáculo por provincias (reconozcamos que, molestias ciudadanas y dispendio aparte, que esa es otra, el escenario logroñés no puede ser más acertado: una calle cuyo nombre contiene las palabras general, vara y rey). Sorprende que antimilitaristas y memoriones históricos no digan ni mu ante una parada militar heredera directa del franquismo vencedor de una atroz guerra civil.

Pues, aprovechando que el ejército pasa por Logroño, un servidor manifiesta su rechazo, no por montar este desfile militar concreto sino cualquiera. Entiendo que frente a un ataque haya que defenderse y reconozco la labor de las fuerzas armadas españolas luchando contra el mal en el exterior o ayudando a la población civil en apuros. Pero en mi opinión nada justifica la exhibición callejera de armas mortíferas en un ambiente festivo. No discuto la necesidad de disponer de cazas, carros de combate, fusiles, lanzacohetes y fragatas. Pero su sitio es en el mejor de los casos el cuartel y en el peor el campo de batalla. Alardear en la calle de instrumentos bélicos destinados a provocar sufrimiento, destrucción y muerte, aunque sea en defensa propia, se me antoja desagradable por no decir impúdico. Y que la gente se estremezca de emoción bajo el ruido infernal de los aviones que aterrorizan a sus víctimas cuando llegan en serio, o sea a matarlos, no me parece sintonía del pueblo con sus fuerzas armadas sino pervivencia de una morbosa como frívola fascinación popular por los alardes militares en tiempo de paz. El verdadero espectáculo será ver por una vez Vara de Rey sin doble fila. Ha tenido que intervenir el ejército para lograr lo imposible. El año que viene, por el Paseo de Gracia. A ver qué pasa.

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Qué torra más da
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Fernando Sáez Aldana | 17-05-2018 | 5:28| 0

En las elecciones generales del 20 de noviembre de 2011 el Partido Popular obtuvo una victoria impresionante: el 44,63% de los votos, que le reportaron 186 diputados, 32 más que en las anteriores. El PP ganó en todas las provincias salvo en Guipúzcoa y Vizcaya (PNV), Lérida, Gerona y Tarragona (CiU) y Sevilla y Barcelona (PSOE, que se descalabró hasta los 110 escaños). Ni Ciudadanos ni Podemos existían entonces. Un reciente sondeo de intención de voto elaborado por Metroscopia (ajeno por tanto a la cocina del CIS) concede al PP el 21% y el segundo puesto.

Para un gran partido político tal caída de la confianza de los votantes en tan poco tiempo es tan catastrófica que en cualquier país con verdadera tradición democrática provocaría la dimisión de su líder y la renovación de su cúpula. Pero el señor Rajoy ahí sigue, imperturbable, como si el descalabro no fuese con él, dejando por el camino los cadáveres que haga falta y alegando los presuntos éxitos macroeconómicos de su gobierno como justificación de su aferramiento al poder.

Los casos de corrupción que han minado al PP no son la única causa de su derrumbe. También lo es su pésima gestión por el máximo responsable del partido, cuya táctica consiste en callar, no actuar y abandonar las cosas a su suerte. La gente puede entender que surjan problemas. Que un partido se financie ilegalmente. Que entre tantos surjan algunos chorizos. Incluso que un gobierno regional nacionalista se rebele contra el Estado al que pertenece. Son cosas que pasan. Lo incomprensible e inaceptable es que quien puede y deba no reaccione con rapidez, contundencia y eficacia. Dejar que los temas se pudran hasta que el hedor sea insoportable es propio de un mal gobernante, aunque sea gallego.

En estos ocho años han surgido en España problemas extremadamente graves y un presidente del gobierno incapaz de afrontarlos debería quitarse de en medio para dar paso a quien al menos quisiera intentarlo. Sólo por su ineptitud para evitar que un fanático sectario, repugnante xenófobo racista y enfermo de odio a España nombrado a dedo por un prófugo gobierne Cataluña, aunque lo haga como el perro sumiso a la voz de su amo, debería marcharse. Pero qué torra más le da a don Mariano.

No obstante, al Estado español menospreciado chuleado, toreado y ultrajado por este fantoche, por sus compinches y por el «puto amo» (Rahola), le quedaba hasta ayer un as en la manga para asestar un golpe a la insurrección secesionista: su Jefe. El Rey. Felipe VI tenía en sus manos la preciosa oportunidad de catapultar el prestigio de la Corona negándose a firmar el nombramiento de este indigno presidente títere de la Generalidad catalana en el BOE. Se hubiese metido a España en el bolsillo para siempre, media Cataluña incluida. Pero eso ya no tiene remedio. Y sí da. Mucho.

 

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Cobardía
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Fernando Sáez Aldana | 10-05-2018 | 5:25| 0

Aunque Cristina Cifuentes ya es un cadáver político, cuyos restos no han sido respetuosamente inhumados sino arrojados a los perros por el telediario, su caso me inspira dos reflexiones sobre un vicio moral tan mal visto como practicado en estos decadentes tiempos: la cobardía.

Con respecto a la primera, siempre me llama la atención que incluso los delincuentes pillados in fraganti cometiendo una fechoría nieguen haberla cometido y se declaren inocentes o traten de justificarse como si la policía, los tribunales y la opinión pública fuésemos idiotas. Ahora resulta que ese indeseable del Chicle estranguló a su víctima «involuntariamente», y, en el otro extremo de la gravedad delictiva, que Cifuentes no sólo retiró el envoltorio de dos cremas antiedad en un Eroski y se las metió al bolso debido a un «error involuntario» sino que aseguró haberla comprado en otro sitio hasta que le demostraron que mentía. Se entiende que alguien ceda al impulso de hacer algo indebido, pero incluso la peor bajeza puede merecer cierta redención o al menos compresión si uno tiene el coraje de reconocer que actuó mal y de mostrarse arrepentido. Sucumbir a la tentación es debilidad. Negarlo, indignidad y cobardía. A lo hecho, pecho.

La segunda se refiere a la implacable destrucción del personaje público utilizando aspectos poco edificantes de la persona privada como práctica indecente de la lucha política. A Cifuentes no la han despojado de la presidencia de Madrid ni han arruinado su carrera política por métodos democráticos, como una moción de censura o unas elecciones, sino con maniobras tan feas como ilegales, perpetradas por indignos enemigos políticos —de su propio partido, parece— que se mueven en la guerra sucia como ratas en el albañal. La moderna caza de brujas consiste en rastrear el pasado de personajes públicos relevantes en busca de alguna de esas meteduras de pata humana en la vida privada con la que destrozarlo públicamente. Un desliz sexual, un tuit desafortunado, un hurto de poca monta, una falsificación de firma irrelevante, un positivo en el alcoholímetro tras una cena familiar o un escamoteo de IVA en la factura del fontanero, aún legalmente prescritos, pueden acabar con las carreras de un gobernante, un catedrático, una estrella del cine, un premio Nobel o un director de orquesta sin importar la excelencia demostrada en el desempeñado de su cometido público por el que sí debería ser evaluado.

En esta sociedad integrista de la corrección política hay demasiado odio, demasiada intolerancia, demasiado sectarismo, demasiada hipocresía. Demasiado pecador, anónimo, rencoroso y cobarde, arrojando las piedras que merecería recibir con más motivo que el lapidado. O lapidada.

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