La Rioja
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Autor: Burudixe
Contracorriente
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Fernando Sáez Aldana | 14-09-2017 | 6:18| 0

En el autodenominado «progresismo» impera una corriente de pensamiento único social, político y económico definido por cuatro dogmas incuestionables: el democracismo, los «derechos sociales», el igualitarismo y la ideología de género, impuestos por una clase hegemónica cultural de izquierda a una derecha acomplejada que ha renunciado a la defensa de la libertad individual frente al intervencionismo estatal más fuerte de Europa. Pero también hay disidentes que han osado pensar en contrario y publicarlo, he aquí una muestra:

 

Contra las elecciones (Taurus, 2017). El belga David Van Reybrouck desmonta esa falacia tan catalana de que «la democracia es votar». El «síndrome de fatiga democrática» es consecuencia de la santificación del sistema representativo electoral, que ha llegado a su fin dando paso al populismo y los regímenes autoritarios. Para evitarlo propone que la democracia no sea votar cada equis años, sino que el pueblo se implique directamente en el Gobierno mediante la toma de decisiones por ciudadanos elegidos al azar y no por una élite gobernante.

Contra la socialdemocracia, Una defensa de la libertad. (Deusto, 2017). Almudena Negro y Jorge Vilches sostienen que la socialdemocracia ha creado una sociedad infantilizada que no se mueve por la razón sino por emociones con las que los ávidos de poder manejan al electorado. El consenso socialdemócrata es la causa del ascenso de los populismos, el infantilismo político y social, el desprecio al individualismo, el miedo a la libertad, el incremento de la desigualdad, y la idolatría del Estado en busca de la subvención frente al esfuerzo, el emprendimiento y el riesgo.

La tiranía de la igualdad (Deusto, 2017), del chileno Axel Kaiser. «Oímos decir continuamente que la desigualdad es inmoral por definición y que una sociedad igualitaria siempre será mejor que una sociedad desigual. Pero esto tiene trampa. El tan cacareado reclamo por la igualdad (…) en realidad es un reclamo de riqueza. Evidentemente todos quieren ser iguales, pero iguales al que tiene más, nadie quiere ser igual al que tiene menos».

«Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres». (Alicia V. Rubio, 2016). Por atreverse a publicar un libro que contradice la ideología de género, esta profesora fue destituida como jefa de estudios de su instituto y es objeto de acoso e insultos tan paradójicos como «fascista», término que define precisamente la represión del pensamiento discrepante y la quema de los libros que lo expresen.

 

A quienes les entren ganas de ponerlos a parir sólo por el título les pediría que se tomaran la molestia de leerlos. A las bondades de toda lectura sumarán la de abrir la mente a otras opiniones en un saludable ejercicio de tolerancia. Y después podrán seguir dejándose arrastrar por la corriente.

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Glosario aeronáutico
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Fernando Sáez Aldana | 07-09-2017 | 6:09| 0

Si ha padecido recientemente un viaje en avión quizá comparta alguna de estas definiciones heterodoxas en torno a la aventura de volar:

AEROPUERTO. Parque temático de aventura plagado de trampas, sustos, vejaciones y peligros que parece diseñado para masocas.

BOCA DEL ESTÓMAGO: espacio anatómico adonde se suben las tripas y hasta las gónadas por los meneos de las turbulencias.

BOTELLA. Aunque rota se convierte en un arma peligrosa y potencialmente mortal, puedes introducirla en la cabina si la compras en las tiendas del aeropuerto tras requisarte en el control de seguridad la que traías de fuera.

BREBAJE INMUNDO. Líquido oscuro servido por café en pleno vuelo para recordarte que ahí se sube a sufrir, sin tregua.

BUSINESSbísnes»). Clase preferente o ejecutiva. Primera, vaya. Las plazas más cómodas y mejor atendidas del avión, ocupadas por pasajeros que no suelen pagarlo de su bolsillo.

CERO. En clase turista, distancia en centímetros entre las rodillas y el respaldo delantero. Si su ocupante lo abate se vuelve negativa por presión positiva.

CHALECOS SALVAVIDAS. Cuando el avión se estrella en secano no salvan ni una. En el mar tampoco, pero facilitan el rescate de los cadáveres flotantes.

CHECK-IN («chéquin»). Proceso mediante el cual un recepcionista registra la llegada de un cliente a un hotel, estación, aeropuerto o puerto. Venga hombre, registro, en español.

EMBARCAR. «Hacer que una persona participe en un asunto o negocio arriesgado, peligroso o poco conveniente» (Vox).

EN SU PUTA VIDA. Próxima vez que un pasajero cabreado promete volver a subirse a un avión.

EQUIPAJE DE MANO. Maletita o mochila que acaba siendo de entrepierna si no chupas cola para embarcar de los primeros porque en los compartimentos no caben todos.

FLUIDOS. Los controles de seguridad permiten el paso de hasta 10 envases de 100 ml en el equipaje de mano. Pero en el Duty-Free (dutifrí) (a ver, ¡«tienda libre de impuestos») puedes comprar diez latas de cerveza tamaño oktoberfest con su jarra y meterlas en el avión sin problema.

IMPOSIBLE. (1) Apoyar el tuyo en el apoyabrazos compartido. (2) Echar una cabezada.

INGLÉS. Idioma que deben dominar para entender los mensajes de cabina aunque los pasajeros sean españoles o el vuelo despegue y/o aterrice en España.

INSTRUCCIONES DE SEGURIDAD. Consejos escenificados para sobrevivir en caso de catástrofe. En toda la historia de la navegación aérea no se ha conocido un solo caso de utilidad.

MALETA. Equipaje cuyo mayor tamaño lo priva del control de su dueño, con lo que las posibilidades de llegar a la vez a su destino disminuyen drásticamente.

NUNCA. (1) Momento en el que comienza el embarque. (2) Id. en el que deja de entrar más gente en el avión.

POLLO o PASTA. El yin y el yang del catering (¡comida preparada!), cuando dan.

PUERTA DE EMBARQUE. Lugar inicialmente asignado para acceder a tu avión que cambia al otro extremo del aeropuerto minutos antes sin previo aviso.

TURISTA. (1).Clase con asientos más estrechos, incómodos y carentes de servicios, ocupados por quienes sí pagan el billete. (2). Pringao.

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Una historia irrepetible
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Fernando Sáez Aldana | 31-08-2017 | 7:00| 0

Tras los atentados lo de Cataluña vuelve a lo de siempre, cada vez más un esperpento que ya aburre a un muerto, pero como no sólo es lo que hay sino que al parecer es casi lo único que hay (la otra matraca del año, Venezuela, parece que amaina), no queda otra que sumarse a la barrila que día tras día, semana tras semana, mes tras mes y ya año tras año sigue nos machaca y preocupa a los españoles. Salvo, se conoce, a los encuestados por la CIS y a los residentes en aquella región, y esta es la primera de dos reflexiones sobre este fastidioso asunto que aún no he leído ni escuchado en ninguna parte. Según los últimos sondeos (fíate de ellos) sólo un 42% de los encuestados están por proclamar ilegalmente una república catalana independiente. Entonces, la amplia mayoría contraria debería estar más que alarmada ante la paranoia que padecen los actuales dirigentes catalanes y sus compinches. Si yo catalán desaprobase esta locura perjudicial para mis intereses lo diría, me movilizaría, protestaría cómo y donde fuese. En cambio, allí nadie dice ni hace nada. Una de dos: o se lo toman en broma o en serio pero se la refanfinfla. O, quizá, se frotan las manos ante la perspectiva de vivir en un Estado de Desacato basado en la desobediencia y no sometido al imperio de la ley en el que, por tanto, cualquiera tenga derecho a decidir lo que le salga como eludir impuestos.

La segunda reflexión se refiere a la impunidad del llamado «desafío soberanista». A ver, si yo le anuncio a alguien mi intención de propinarle una paliza, no digamos de matarlo, el Código Penal le permite acusarme de un delito por el que puedo ser juzgado y condenado. No haría falta que le sacudiera, bastaría con levantarle la voz o el puño en presencia de testigos. El delito de amenazas (definidas como «hechos o expresiones que revelan la intención de causar un mal»), se agrava cuando van dirigidas «a los habitantes de una población (…) y tiene entidad suficiente para atemorizarles». Entonces, a qué esperamos, ¿a que el presidente de la comunidad autónoma de Cataluña se proclame por decreto en un mes presidente de la República Catalana desde la balconada de su palacio? (¿Se imaginan a Ceniceros haciendo lo mismo desde su palacete?). La última vez que lo intentaron (octubre de 1934) el gobierno de la República Española encarceló al catalán y el Tribunal de Garantías Constitucionales condenó a Companys y compañía a treinta años de reclusión mayor e inhabilitación absoluta y suspendió la autonomía catalana. Pero cuando el Frente Popular conquistó el poder los amnistió, restableció la Generalidad y pelillos a la mar. Dicen que la historia repite más que un pepino frotado con ajo crudo, pero en este caso no parece probable: ni el gobierno central parece tener agallas ni la oposición dos dedos de Frente.

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El triunfo de la mosca
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Fernando Sáez Aldana | 30-08-2017 | 6:01| 0

La secuela del best-seller «Sapiens» de Yuval Noah Harari, «Homo Deus», no es tan interesante pero aporta una reflexión referida al terrorismo (él vive en un país bajo constante amenaza) que suscribo: siendo «una estrategia de debilidad que adoptan aquellos que carecen de acceso al poder real», y las relativamente pocas víctimas mortales que causan cada año en el mundo comparado con otras causas,

 

«¿Cómo es posible que los terroristas consigan copar los titulares y cambiar la situación política en todo el mundo? Porque provocan que sus enemigos reacciones de manera desproporcionada. El terrorismo es un espectáculo de violencia pavoroso que capta nuestra imaginación y nos hace retroceder al caos medieval. En consecuencia, los estados suelen sentirse obligados a reaccionar con otro espectáculo de seguridad y fuerza formidables, y esta reacción desmesurada genera una amenaza mucho mayor para nuestra seguridad que los propios terroristas. Los terroristas son como una mosca que intenta destruir una cacharrería, pero como es tan débil se introduce en la oreja de un toro y empieza a zumbar hasta que el bicho enloquece de miedo e ira y destruye la cacharrería».

 

El mayor ejemplo hasta la fecha es el derribo de las torres gemelas y ulterior desastre desencadenado por USA en Oriente Medio (de aquellos polvos estos lodos). Pero otros más modestos, como el salvaje atropello de las Ramblas, obtenien también una gran respuesta mediática e institucional. No sólo TVE suspendió su programación para repetir durante horas las mismas imágenes vacías de información; ninguna cadena internacional de noticias tenían otra cosa de qué hablar esa tarde. Esta excesiva respuesta de una sociedad impotente ante estas tragedias la que genera alarma y angustia no sólo en el escenario del crimen sino en toda la ciudad y hasta la nación entera, con la amplificación mediática alimentando el miedo colectivo. Mientras que el rutinario ahogamiento de familias enteras en el estrecho se despacha con un minuto y sin derecho a lacito negro, bandera a media asta, funeral de estado ni minuto de silencio.

Tiene razón Harari, en la historia de la Humanidad nunca hubo menos muertes por guerra, enfermedad y hambre que ahora. En España es más posible morir bañándose con marejada, pedaleando por la carretera, subiendo montañas, casándose con un machista o conduciendo por la N-232 que de un ataque terrorista. Hora es de considerar un paseo por la peatonal como una actividad de riesgo más —pero tan remoto— de ser atropellado o acuchillado por moritos zumbados y tratar de acotarlo (ya buscarán otra cosa, el mal no descansa). Pero no tiene sentido seguir alarmando a la gente después del atentado sobredimensionando sus efectos porque ese es el verdadero triunfo de la mosquita muerta, sacar de sus casillas al morlaco. Miedo no sé si tenemos, pero rabia mucha, que es peor.

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Rioparaíso
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Fernando Sáez Aldana | 17-08-2017 | 6:08| 0

En junio se cumplieron cuarenta y un años de mi licenciatura en Medicina y Cirugía. Aquel verano lo pasé recluido en un cuartel de Sanidad Militar y allá por el Pilar, con veintitrés añitos recién cumplidos, inicié mi vida profesional como médico rural en una aldea perdida del páramo burgalés con nombre de realismo mágico: Rioparaíso. El consultorio ocupaba la habitación desnuda de una casa del pueblo con una mesa de madera y una silla a cada lado por todo equipamiento. Mi primera paciente, cómo olvidarlo, fue una ancianita menuda forrada de luto con nombre de realismo visigótico: Cunegunda se llamaba. Aparte de lo que recordaba de la Facultad, mi arsenal diagnóstico y terapéutico cabía en el maletín: fonendoscopio, linternita, termómetro, talonarios de recetas y vademécum. Si algún medio de la provincia hubiese publicado mi debut bajo el titular «Toma posesión del partido médico de Rioparaíso un pipiolo sin ninguna experiencia» hubiese dicho la verdad, desde luego, pero ¿qué razón había para alarmar a aquellas confiadas gentes, tan contentas de tener médico aunque fuesen los primeros que atendiese? Que dos meses antes me hubiesen encerrado en el calabozo del cuartel por sacudirle borracho al capitán quizá añadiría morbo a la noticia, pero ¿tendría algo que ver con mi cualificación profesional?

La verdad es que los mediquillos recién licenciados que optamos por ejercer en un pueblo apartado y solos ante el peligro mientras salía la convocatoria MIR fuimos muy valientes. Hoy es más fácil ejercer sin experiencia: muchos pacientes se diagnostican solos en internet, le dicen cuando no exigen al médico las pruebas que les debe solicitar, se automedican y llegado el caso marcan el 112 o se derivan a Urgencias. Hasta la señora Cunegunda consultaría al doctor Google sin moverse de la mesa camilla (y sin quitarse el refajo). Sí, un médico inexperto actual es menos peligroso que hace cuarenta años. Y mucho menos que un alcalde, una ministra, un presidente autonómico y no digamos de la nación, que no sepa gestionar ni su economía doméstica. ¿Cuántos años llevaban las señoras Carmena y Colau (o Botella, que da lo mismo) sin presidir el gobierno de una ciudad de millones de habitantes? ¿Cuántos el señor Puigdemont (o Cifuentes, que lo mismo da) el de una comunidad autónoma? Y, si logran «echar a Rajoy» (¡qué finura democrática!), ¿cuántos años llevarían los señores Sánchez o Iglesias sin regir los destinos de una gran nación como España? ¿Alguien les exigirá experiencia para ejercer las más altas responsabilidades? Además, la experiencia es insuficiente si no se acompaña de buenos resultados certificados: he conocido matasanos con trece trienios de antigüedad. Y todos los que nos dedicamos a algo, sin excepción, tuvimos nuestro Rioparaíso. Qué tiempos.

 

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