La Rioja
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Celos y colas
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Fernando Sáez Aldana | 10-08-2017 | 05:40| 0

Además de apetito sexual animal, cinta adhesiva por un lado y (en plural) sospecha de infidelidad amatoria, la palabra «celo» significa también «cuidado, diligencia interés y esmero con que una persona lleva a cabo sus deberes o lo que tiene a su cargo». Un celoso de su trabajo es quien lo realiza con la máxima responsabilidad, eficacia y calidad, o sea profesionalidad, sin valorar el tiempo empleado, que es meterse en el resbaladizo terreno de la eficiencia y la productividad.

Es ley fundamental del mercado que si la demanda supera a la oferta se producirán demoras para obtener el bien o servicio. Y la visibilización que se dice ahora de la demora es la cola, término que además de rabo, sustancia adhesiva y apéndice de algo define a la fila de personas esperando turno.

Al grano. En los controles de seguridad de los aeropuertos asombra el poco tiempo que los escaneadores de equipajes de cabina dedican a examinar las tripas de cada bolso, mochila o trolley. ¿Cómo pueden saber lo que contienen en menos de cinco segundos? Sospecho que tal control es una filfa, un trámite obligado que se despacha a toda prisa para evitar que los pasajeros pierdan el avión. Pero resulta que, antes de declarar el paro como Dios manda, los encargados de esta tarea en el aeropuerto de Barcelona decidieron realizarla durante semanas «con más minuciosidad», es decir mejor y por tanto, se supone, ofreciendo más seguridad. Lo escandaloso del caso no son las largas colas de pasajeros desesperados y cabreados que se forman, sino que los operarios hagan mejor su trabajo como medida de presión a su empresa. Muchas de las mal llamadas «huelgas de celo» evidencian esa perversión laboral ocasionada por la adjudicación de tiempos insuficientes para ofrecer un buen servicio como respuesta a una demanda excesiva. Otro ejemplo, más cotidiano que volar: si su médico generalista o especialista dedicasen al interrogatorio y exploración de cada paciente el tiempo que exige la buena práctica, difícilmente podrían atender a más de diez en toda la mañana. Pero sólo disponen de los escasos minutos resultantes de dividir su tiempo por el número de pacientes que le hayan citado, y la consecuencia es un simulacro de atención, un acto de mala praxis institucionalizada en la que el médico suele defenderse prescribiendo tratamientos ineficaces o solicitando costosas exploraciones innecesarias. Una huelga de celo médica sería tan beneficiosa para la salud de la población como para las arcas del Estado. Pero la gestión sanitaria nunca se guía por criterios eupráxicos sino políticos y prefiere que se atienda mal a los pacientes a que esperen y protesten, ya que la mala praxis no se visibiliza como las demoras. Los empleados de Eulen lo sabían bien: «Si hay colas, todo está ganado». Y hala, a tocar pelotas.

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Esclavos
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Fernando Sáez Aldana | 03-08-2017 | 05:14| 0

«Pauci libertatem, pars magna iustos dominos volunt» (Salustio)

 

En 1789 el pueblo parisino explotó en la madre de todas las revoluciones bajo el utópico lema «liberté, egalité, fraternité», tres mitos inalcanzables del anhelo humano mejor intencionado.

Literalmente, la «fraternidad» pretendía que todos los seres humanos somos hermanos, lo cual no significa excelente relación, habida cuenta de tantos hermanos que ni se hablan o se llevan a matar. Es un término obsoleto que hoy actualizaríamos por «solidaridad», ese emotivo apoyo incondicional que ofrecemos a quienes lo están pasando peor siempre que nos exija poco y si es gratis mejor.

En cuanto a la «igualdad», ante la evidencia de que, por mucho que se legisle, nunca serán iguales el emprendedor que el maula, el cobarde que el valiente, el tonto que el listo o el patán que el cultivado («quod natura non dat Salmantica non praestat»), nuestra bobalicona sociedad se contenta con perseguir un igualitarismo que consiste en tratar a todos igual aunque no lo sean o no se lo merezcan, lo cual es injusto.

Y qué decir de la más ficticia de las tres supremas aspiraciones de la Humanidad oprimida, la «libertad». Esa pretendida «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra», ese «derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad». ¿Libertad de obrar? A cierta edad ya ni obras cuando quieres sino cuando puedes. Si será ilusoria que ya nadie se atreve a reivindicar una Libertad singular, absoluta y mayúscula, y hemos de conformarnos con «las libertades» o libertaditas resultantes de la descomposición del gran concepto: libertad de expresión, reunión, asociación, circulación, voto, conciencia, culto… Todas ellas convenientemente reguladas por leyes coercitivas.

Si lo contrario de libertad es esclavitud, incluso los habitantes de los países más ricos, desarrollados y «libres» del planeta somos más bien esclavos, encadenados de pies y manos por multitud de pasiones, compromisos, deberes y obligaciones. Esclavos del trabajo, de la familia, de nuestros deseos, afanes, temores y preocupaciones, de nuestras obsesiones, manías, vicios, creencias, deudas, ambiciones, enfermedades, aficiones y adicciones.

Refiriéndose a los esclavos, el historiador Salustio aseguró hace dos mil años que «pocos desean la libertad, la mayoría quieren un amo justo». Pero resulta que «dar a cada uno lo que merece, le corresponde o le pertenece», la llamada «justicia», es otra ficción que merecería figurar como cuarta quimera del célebre eslogan revolucionario si no fuese porque, además de colisionar con la egalité, no rima con las otras. Además, ya lo dejó bien clarito el camarada Lenin: «¿Libertad, para qué?».

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Un corazón destrozado
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Fernando Sáez Aldana | 27-07-2017 | 04:41| 0

El desprecio absoluto al principio jurídico básico de la presunción de inocencia, demostrado a diario en España por las opiniones pública y publicada, por algunos medios de comunicación y por los grupos políticos cuando el acusado no es de los suyos, es una de las evidencias de que nuestra democracia es de pésima calidad. En cuanto se inicia una investigación policial o judicial a un personaje conocido y mayormente poderoso por presunta conducta delictiva se pone en marcha un implacable proceso paralelo de linchamiento social que sólo se detendrá con su condena firme o, como en los casos de Barberá y Blesa, con su muerte. Miren, de estas dos personas puede asegurarse (1) que nunca fueron condenadas en firme por cometer algún delito, luego (2) han muerto inocentes, pero (3) su muerte ha sido la consecuencia, más directa y trágica en el exbanquero que en la exalcaldesa, de esa inclemente lapidación moral a la que eran sometidos desde las tribunas de opinión, las redes fecales, las portavocías de los partidos y las aceras de su calle cada vez que se atrevían a violar su «arresto social domiciliario», convirtiendo su vida en un calvario insoportable. Por tanto ambos acusados de corrupción pero no condenados y por tanto verdaderamente inocentes porque no se pudo demostrar lo contrario, podrían considerarse víctimas de un asesinato social indigno de una nación que presume de estado de derecho, culminando una cacería extralegal tan despiadada que sólo se detiene con la muerte de los perseguidos. Y ni así a veces. Recuérdese la mezquina espantada podemita del minuto de silencio en el Congreso tras la muerte de Rita Barberá. Qué esperar de quienes tampoco rindieron homenaje a la memoria del pobre Miguel Ángel Blanco.

Como todas las virtudes, la honradez posee un valor cualitativo. No se es poco o bastante horado: se es o no. Me gustaría saber cuántos increpadores e insultadores, no de condenados por corruptos sino de sospechosos de serlo, saldrían impolutos de una investigación económica, ética o fiscal de su vida. Y qué decir de los presuntos amigos que huyen de los poderosos caídos en desgracia como de apestados. Tu amigo de verdad, como tus padres, no te abandonarán nunca, hagas lo que hagas. Ni siquiera los seguidores de Jesucristo (entre ellos el primer papa) pudieron soportar la ignominia del «escándalo de la cruz» y lo dejaron allí plantado. Sólo su madre y su discípulo más amado permanecieron al pie del patíbulo. Claro que aquella muerte fue de mentiras y solo duró unas horas. Estos, en cambio, no levantarán cabeza nunca. De hecho, Miguel Blesa ya estaba muerto antes de pegarse un escopetazo en ese mediastino donde hasta los mayores granujas tienen su corazoncito. Pero en un mundo sin afecto, de qué le servía.

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Caídos
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Fernando Sáez Aldana | 20-07-2017 | 05:23| 0

«Caído» es un eufemismo de persona que muere luchando en defensa de una causa. Referido a un cuerpo, «caer» significa «moverse de arriba abajo por acción de su propio peso». Como, por ejemplos, meterse una zamostada resbalando en la calle, cambiando una bombilla desde un taburete o bajando por la escalera del acosado. Es curioso, por cierto, que alguien pegándose una sapada resulte divertido. Hay programas de televisión dedicados a mostrar videos caseros de gente metiéndose unas toñas impresionantes que lejos de mover a la compasión arrancan crueles carcajadas. Pero, a lo que vamos: ninguna de estas víctimas de caídas son «caídos». El caído es otra cosa. El desplome de su cuerpo contra el suelo ha de deberse a una violencia externa, letal y aplicada por defender ideas. El concejal del PP vilmente asesinado de un tiro en la nuca mientras pasea es un caído, desde luego. Pero el mismo asesino etarra despanzurrado al explotarle felizmente la bomba con la que preparaba su siguiente hazaña, también. En cambio, no tengo tan claro que todos los combatientes muertos en la guerra sean caídos. En el siglo pasado millones de jóvenes europeos perecieron en el frente no defendiendo una convicción sino condenados por sus gobiernos a morir en batallas tan atroces como inútiles en las que incluso eran abatidos por sus propios oficiales cuando se intentaban escapar de la espantosa primera línea de fuego.

En ese sentido, podría considerarse el Valle de los Caídos como un monumento en memoria de todos los españoles que murieron matando en la última guerra civil, entre los cuales ni la totalidad de los unos cayeron «por Dios y por España» ni la de los otros «por la República» sino porque sus jefes los enviaron al matadero (por lo tanto, allí sobran los huesos de Franco). También aprobaría la accidentada demolición de una cruz plantada hace 80 años en un monte vizcaíno en memoria de caídos del bando franquista –chapuza comparada con una escena del Coyote y el Correcaminos– si no fuera porque con las mismas piedras pretenden alzar otro monumento a los caídos del bando contrario. O se honra a todos o a ninguno. Y menos a los que, según el alcalde bildutarra del pueblo de la cruz caída, «lucharon por la libertad de Euskal Herría». Ya sabemos a quiénes se refiere. Quieren sustituir un símbolo de un fascismo autoritario ya históricamente superado por otro que, avalado por la democracia, permite gobernar hoy mismo a fascistas filoetarras. Claro que levantar un monumento será más fácil que caerlo, que dicen en Valladolid, y visto lo visto lo tienen complicado. Si consiguieran erigirlo podrían dedicarlo a sus caídos por las piedras caídas al caer un monumento a otros caídos que no les caían bien. O qué.

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Jugar amb foc
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Fernando Sáez Aldana | 13-07-2017 | 04:44| 1

Fantasia lírica en dos actes amb llibret de la CUP i música de la ERC.

Personatges:

Marià, Arxiduc de Genova-Niviene, invalid del rei d’Espanya

Sor Aya, mà dreta del Arxiduc

Cristòfor, anomenat Mont’or, recaptador d’impostos

Oriol, Vescomte de La Jonquera

Rufià, sicari republicà, mal vist pel Vescomte

Anna de Codorniu, guerrillera cupacavana brut nature

Karles Putsch-Demón, virrei de Catalunya, ximple útil dels anteriors

Pedro el Bonista, reencarnació de Pedrusc l’Obtús, innoble pretendent a invalid

Pau el Malvat, un altre innoble pretendent però pitjor que la quina

L’esperit de Jorge de Capadòcia (més conegut com Sant Jordi)

Guerrillers, pagesos, il·lusos, rufians, corruptes, sediciosos, xulos, covards, la gent.

 

Acte I.

Espanya, any 40 de la Transició. La pèssima gestió del virregnat català per la corrupta casta governant genera un descontentament popular (Cor «Ja la bossa no sona») que el sàtrapa d’origen prussià Karles Putsch, sobrenomenat el Demón per la cort madrilenya, titella(1) dels republicans acabdillats pel Vescomte de la Jonquera, ostatge al seu torn del somatén Cup de Cava (els cupacavans) dirigit per Anna de Codorniu, intenta neutralitzar agitant la bandera de la demagògia, que és la catalana estelada contra la Història (Recitatiu i ària «Catalans i catalanes, ¡Espanya ens roba!»). Una torba enfuriada exigeix el cap de l’odiat recaptador Cristòfor, sobrenomenat «Mont’or», a qui l’Arxiduc Marià protegeix nomenant-ho copríncep d’Andorra (Cor d’evasors «¡Salvados!…Amnistía, gran señor». Putsch-Demón amenaça amb la independència i el Genova-Niviene encarrega a Sor Aya una «operació diàleg», mínimament invasiva (Duo bufo «Ego, delego, di algo, dígalo, diálogo»).

 

Acte II.

L’esperit de Sant Jordi s’apareix en somni al virrei per demanar-li sensatesa

(Arioso «Karles, ¿on és el seny?… tu jugues amb foc») però quan desperta ho destitueix com a patró de Catalunya i, amenaçat de mort política per Anna i Rufià, sicari del Vescomte («¡De l’Estat desconnecta, criatura abjecta!») proclama la República catalana (Recitatiu i ària «Encara que ens cremem fins al serrell(2)… ¡Independència, diví tresor!»). Els innobles castellans Pedro el Buenista i Pablo el Malo neguen el seu suport a l’invalid (Cuplé «Podemos pero no queremos… y quítate que nos ponemos»). Incapaç d’afrontar la revolta, Marià ordena a la seva mà dreta signar la capitulació, però quan Putsch-Demón, el Vescomte i la Codorniu saluden a la xusma des del Palau de la Generalitat (Trio «¡Ja, ja, ja! Ja som independents!»), Sor Aya eleva una pregària al cel i a l’instant l’estàtua de Sant Jordi situada després de la balconada cobra vida i ordena al drac llançar la seva flamarada contra els tres fins a convertir-los en capitosts rostits(3). (Ària «Qui juga amb foc es crema… ¡Seny per sempre!»). Horroritzada, la multitud es dispersa llançant histèrics vives a Espanya (Cor final «Menuts collons té el nostre sant patró»).

(1) marioneta (2) flequillo (3) cabecillas asadas

 

(Traducció: www.traductor.cc/espanol-a-catalan/)

 

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La explotación del éxito
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Fernando Sáez Aldana | 06-07-2017 | 06:38| 0

De mi instrucción castrense apenas recuerdo un par de enseñanzas. Una, que el primer objetivo estratégico del soldado en el frente es «ver sin ser visto». Un gran consejo, aplicable a tantos momentos de la vida civil. La otra es aquello de la «explotación del éxito» o persecución del enemigo cuando se bate en retirada para machacarlo.

Como tantas libertades, la homosexualidad en España fue reprimida, perseguida y castigada por el nacionalcatolicismo con la colaboración de la psiquiatría. Además de psicopatía y pecado, ya era delito antes del régimen franquista, pero éste modificó la republicana Ley de Vagos y Maleantes para incluir a los homosexuales. Después, la democracia española no sólo despenalizó y despatologizó la homosexualidad sino que fue pionera legalizando el matrimonio entre individuos del mismo sexo. Otro derecho reconocido fue, naturalmente, el de huelga.

El miércoles de la semana pasada tomamos un metro en Madrid a las trece menos diez sin saber que a la una comenzaba una huelga de maquinistas coincidiendo con las jornadas del llamado «orgullo mundial» o multitudinario exhibicionismo callejero de la condición homosexual con todas las bendiciones oficiales. En la siguiente estación el tren se detuvo y tras minutos de incertidumbre se nos ordenó por megafonía abandonarlo «por avería». Las puertas se abrieron y los centenares de borregos sumisos que transportaba el convoy –con tanta diversidad que los había incluso heterosexuales– salimos inmediatamente y en silencio, sin que a nadie se le ocurriera dirigirse al maquinista para preguntarle de qué avería se trataba y, de paso, cómo se llamaba, para denunciarlo por si aquello fuese el abuso intolerable que parecía y seguramente fue. Se conoce que el tipo también hizo la mili porque permaneció agazapado en su cabina de cristales oscurecidos, viendo sin ser visto pero, sobre todo, jodiendo a mansalva sin ser jodido.

Fuera, la monstruosa urbe, tomada por miles de individuos afectados al parecer de «exceso de estimación hacia uno mismo y hacia los propios méritos por los cuales la persona se cree superior a los demás» (definición de orgullo), calentaba motores para la gran fiesta. Los pendones pseudoarcoíris pululaban por doquier y no sólo en fachadas, tascas y tiendas ávidas de hacer su agosto sino de sedes del poder como el Ayuntamiento, la Comunidad y hasta la embajada de Trump. Mientras debido a la huelga cruzábamos a pie una Puerta del Sol abarrotada de meaderos plantados ante un gigantesco escenario verbenero, me preguntaba qué sentido tendrá continuar la «lucha» en un terreno tan conquistado. Y entonces me vino a la cabeza lo de la explotación del éxito.

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Violencia de género gramatical
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Fernando Sáez Aldana | 29-06-2017 | 11:01| 0

Definitivamente la estupidez de género (EG) se ha convertido en la fuente de inspiración favorita de este columnista. Entiendo por tal la enfermiza obsesión por eliminar términos gramaticales masculinos usados durante siglos por la lengua española para abarcar ambos sexos, sin ningún problema, v.g.: «hombre. 1.m. Ser animado racional, varón o mujer» (Diccionario de la Lengua Española). La EG solo es una variante de la vieja estupidez universal pero desarrollada en el seno de cierta presunta izquierda española dando lugar a un lenguaje farragoso y censurado al servicio de una pseudoideología patéticamente sectaria y pretendidamente progresista: el antisexismo.

Sexismo significa «discriminación de las personas por razón de sexo», y discriminar «seleccionar excluyendo» y «dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos (…) de sexo». Así que discriminar a una mujer sería no contratarla o promocionarla por serlo, o pagarle menos que a un varón por el mismo trabajo. Eso es sexismo. Pero no lo es afirmar que «los carteros caminan mucho», «los jueces están politizados» o «los médicos no pudieron salvarlo» incluyendo en estos colectivos a carteras, juezas y médicas.

La primera fase de la EG en su cruzada contra el género gramatical fue el insoportable «que todos los compañeros y compañeras sepan que los miembros y miembras de este partido están con la mayoría de las ciudadanas y ciudadanos de este país». La siguiente persigue directamente suprimir los términos masculinos, sustituyéndolos por equivalentes absurdos. Buen ejemplo es la ridícula «Guía breve para un uso no sexista del lenguaje» publicada por la Sanidad valenciana alegando que «es necesario realizar cambios en el lenguaje», porque ellos lo digan. La guía propone sustituir «ciudadanos» por «ciudadanía», «los médicos» por «personal facultativo», «autores» por «autoría», «hijos» por «descendencia», «niños» por «criaturas, infancia, menores o niñez», «extranjeros» por «personas extranjeras», «los demás» por «el resto de la gente», «estar empadronados» por «tener empadronamiento» y en «nosotros valoramos», «obviar el pronombre» y dejarlo en «valoramos»… suficiente, ¿verdad?

La extensión de estas aberraciones lingüísticas a todo el diccionario exigiría, por ejemplo, la «corrección» de tortuga, jirafa, ballena o araña machos por tortugo, jirafo, balleno y araño. Y ¿qué pasa con «el ser humano»?: ¿«el ser y la sera»?, ¿«la esencia humana»? ¿Y el esencio? Rogaría a las personas (¿y personos?) con responsabilidades de gestión pública y afectadas de necedad (gobernantes ignorantes, para entendernos) que dejaran de agredir a nuestro idioma con su violencia de género gramatical pariendo sandeces propias de la EG, pero del género idiota. O idioto.

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La vergüenza
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Fernando Sáez Aldana | 22-06-2017 | 04:46| 0

Resulta paradójico que en un país con tantos sinvergüenzas haya al mismo tiempo tanta gente vergonzosa. Sorprende la coexistencia de dos costumbres arraigadas en nuestra idiosincrasia tan contrarias como el mucho apuro que nos da defender lo nuestro frente al poco que sentimos al apropiarnos de lo ajeno. Lo primero no precisa mucha demostración, pues la legendaria picaresca española está hoy más viva que nunca. No pasa un día sin un nuevo caso de robo, fraude, estafa, mordida, desfalco o malversación, y no solo protagonizado por políticos, gobernantes, gestores, empresarios, banqueros, directores y demás chorizos de alto nivel, sino por los millones de personas físicas y jurídicas que hacen cuanto pueden por eludir las garras del fisco o mamar de la ubre estatal sin derecho, como los anónimos beneficiarios de las pensiones que seguían cobrando 30.000 españoles muertos, lo que demuestra que aquí el que no trinca es porque no puede y que cuando puede lo hace a su nivel.

Junto a esta falta de vergüenza propia hay otra que denominamos ajena porque la sentimos ante la sinvergonzonería de otros o en virtud de ese temor al ridículo y al qué dirán tan nuestro. Es la vergüenza que, por ejemplo, nos disuade de reclamar la pequeña cantidad cobrada de más al camarero (ni tampoco, hay que decirlo, de menos), o de increpar a quien se nos cuela en la cola, valga la recolancia, o de devolver la pesca o la fruta en mal estado al tendero, todo por no «llamar la atención» y encima, si seremos tontos, ante desconocidos, y no digamos si «hay confianza». En este caso la vergüenza impide, por ejemplo, que en el restaurante cada cual pague lo que ha consumido a favor del democrático como injusto escote que favorece al que más y más caro come o bebe en perjuicio del que menos. Pero tú propón que cada cual apoquine lo que se ha metido y verás la que te cae, incluso de los perjudicados por la derrama.

A lo que voy es que hay tipos capaces de carecer por completo de vergüenza propia pero les sobra la ajena. Imaginen, por ejemplo, que, para celebrar que están todos de nuevo en la calle, los Pujoles, Bárcenas, Rato, Blesa, Granados, González, Matas y compañía quedan a comer en el restaurante madrileño Las Cuevas de Luis Candelas. Para más recochineo se piden entre risas un Cautivo crianza y mientras ojean la carta les sacan unas aceitunas que van pillando hasta que en el platillo queda una que nadie se atreve a pinchar y acaba abandonada. Es la españolísima aceituna (o patata, o rodaja, o loncha, o raba) «de la vergüenza». Tras los chupitos alguno se empeña en invitar sabiendo que no se lo permitirán y acaban pagando entre todos y lo mismo porque «a escote no hay nada caro». Sobre todo con el dinero de otros.

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Que no cunda el gesto
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Fernando Sáez Aldana | 15-06-2017 | 04:45| 0

Cuando atraviesen un paso de peatones fíjense bien en el icono iluminado en verde o rojo que le indicará cuando puede o no cruzar la calle: es la silueta perfectamente lisa de una figura antropomorfa asexuada. ¿Qué no? A ver: ¿el monigote marca paquete? No. ¿Espetera? Tampoco, luego no muestra ningún signo inequívoco de identidad sexual, o género, que se dice ahora. Los pantalones dejaron de ser un atuendo exclusivo masculino hace mucho, muchas mujeres llevan el pelo tan corto como la mayoría de los hombres y bastantes de estos más largo que ellas. Por lo tanto, sólo una mente enferma de SOIS (Síndrome Obsesivo de Igualitarismo Sexual) vería la imagen de un varón heterosexual en el muñequito de los semáforos que, con la cabeza rapada y sin evidencia de bultos anatómicamente diferenciadores, lo mismo podría representar a la teniente Ripley que a Pep Guardiola.

Pues bien, el Ayuntamiento de Madrid se ha gastado una pasta en sustituir lentes de semáforos que regulan el paso de peatones y peatonas por otros que, en lugar del tradicional monigote neutro, muestran tres tipos de iconos: paritarios, igualitarios e inclusivos. El semáforo paritario pretende representar a una pareja formada por varón y mujer, el igualitario a una mujer sola y el inclusivo a dos hombres o dos mujeres, con un corazoncito indicativo de lo mucho que las siluetitas se quieren mientras cambian de acera. Pero esta ocurrencia, consumada para conmemorar unas jornadas de exaltación callejera de la homosexualidad, planteaba un inconveniente: si el muñequito asexual es el hombre, ¿cómo representar a la mujer? Pues los expertos en «mostrar la diversidad» han recurrido a dos atributos de la imagen femenina tan desfasados como la falda y la coleta. Así, en uno de los semáforos inclusivos lucen silueta dos presuntas chicas de la manita, que más que lesbianas parecen hermanas o amigas camino del cole, o una mamá y su niña, o, la imaginación es libre, a Pablo Iglesias en kilt apoyando la independencia escocesa de la mano de Nicola Sturgeon.

No caigamos en la trampa de reclamar también semáforos para parejas heterosexuales, ancianos, discapacitados, escolares, millenials o familias no desestructuradas. Contentos si este «gesto» que es más un gasto tan innecesario como sonrojante de la inteligencia, no inaugura una tendencia que, junto a los tradicionales retretes igualitarios acabaría rotulando servicios paritarios (bisexuales) que, eso sí, aumentaría la cola de los señores y reduciría la de señoras. En cuanto a los inclusivos, ignoro cómo se las apañarían ellas de dos en dos pero los tíos lo tenemos chupado porque, además de poder hacerlo de pie y sin bajarnos los pantalones, «picha española nunca mea sola». El cuerpo del macho humano es así de machista. Qué le vamos a hacer.

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Homo inmortalis
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Fernando Sáez Aldana | 08-06-2017 | 05:21| 0

Ojeando prensa digital me golpea el intelecto este titular: «Vamos a asistir a la muerte de la muerte antes del 2045». Es la terrible profecía lanzada por José Luis Cordeiro, un ingeniero venezolano profesor de la Singularity University de California, cuya misión es promover el desarrollo de tecnologías con las que «resolver los grandes desafíos de la humanidad». Para esta gente, al parecer, la vida es una enfermedad mortal y envejecer o morir no son un fenómeno natural universal inherente a todos los seres vivos, sino un fallo, un error, un problema que es preciso desafiar y vencer para poder convertirnos en inmortales. Cordeiro va más allá y asegura que no sólo se logrará detener («curar», dice) el envejecimiento sino invertir el proceso, es decir, rejuvenecer, pero no con cremas antiedad o cirugía estética sino como en el curioso caso de Benjamin Button.

 

Aclaremos algo: no es lo mismo no morirse nunca por avanzada edad o enfermedad que la inmortalidad. No dudo que lo primero pueda lograrse algún día gracias a espectaculares avances en genética, medicina y cirugía. Pero que la ciencia consiga evitar cualquier fallo o insuficiencia hoy por hoy letal de un órgano o sistema del cuerpo humano no significa que no se pueda palmar. Si, pongo por caso, usted y su momia deciden celebrar el centenario de su boda con un viajecito del Imserso por donde sea y caen en manos de un hijoputa radicalizado en yihadista (¿o será viceversa?) que les rebana el pescuezo con el alfanje por infieles, créanme, estarán más muertos para siempre que el pacto de Toledo.

 

El cuerpo humano sólo sería imperecedero si lograra eludir toda lesión producida por una violencia externa o traumatismo, con la potencia suficiente para liquidarlo. Pero ello exigiría no salir nunca de casa, y aún así hay gente que se asfixia con el hueso de pollo, se electrocuta en el baño o se desnuca en la escalera. El pánico a morir nos exigiría permanecer acurrucados en el salón, escuchando en la radio o viendo en el móvil, la tele o la tableta todos los puñeteros días a todas las malditas horas y per saecula seculorum que los estibadores amenazan con otra huelga, que buscan en otras partes los restos de Marta del Castillo, y de Lorca, y que quieren sacar los de Franco de Cuelgamuros; que el gobiernito catalán sigue erre que erre con su referéndum ilegal, que Iglesias y Sánchez no son capaces de echar a Rajoy, que continúa sus trabajos la comisión investigadora de la financiación de los partidos, que los Pujol tatarabuelos siguen sueltos, que se retrasa la siguiente fase del soterramiento, que los superhéroes merengues levantan la octogésima quinta, que la oposición exige investigar el chalé de Pedro Sanz… ¡buf!, si eso es la inmortalidad, de verdad, prefiero la muerte.

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