La Rioja
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Fijos sí, vitalicios no
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Fernando Sáez Aldana | 13-04-2017 | 05:33| 0

En el mundo laboral público la interinidad es el desempeño de un puesto de trabajo con carácter transitorio en sustitución de su propietario ausente por permiso, enfermedad u otras causas, o como refuerzo eventual de la plantilla cuando hay exceso temporal de demanda. Pero, al menos en el sector que conozco bien, se ha abusado sistemáticamente de este recurso ofreciendo contratos eventuales para atender necesidades permanentes, un fraude laboral masivo que ha dejado a miles de trabajadores en la aberrante situación de permanecer hasta décadas en situación de interinos. Además de la incertidumbre sobre su futuro, el abuso de encadenar contratos precarios ha supuesto una discriminación del interino respecto al fijo al soportar la misma responsabilidad pero sin disfrutar derechos como el cobro de trienios y vacaciones o la indemnización por extinción del contrato (en el sector privado lo llaman despido).

Dicho esto, al fin parece que hay voluntad política para acabar con esta perversa situación que sólo en nuestra mínima Comunidad afecta a 1.700 interinos que podrían pasar a fijos mediante el oportuno ­­—y malo, pero esto para otro jueves—proceso de adjudicación. Los sindicatos se han apresurado a asegurar que la «mayor estabilidad en el empleo redundará en un servicio de mayor calidad para el ciudadano», y uno estaría de acuerdo si el contrato fijo del trabajador de la empresa pública estuviese, como el de la privada, sometido a la misma legislación laboral ordinaria. Pero a los sanitarios, docentes o judiciales interinos no los van a hacer fijos sino vitalicios, es decir, poseedores hasta su muerte laboral de una plaza «en propiedad», lo cual, a mi juicio, es al menos tan indeseable como mantenerlos durante años contratados mes a mes. Obtener por oposición una parcelita del Estado sabiendo que será tuya hasta la jubilación y percibiendo el mismo salario sin importar lo excelente, regular o malamente que la trabajes, pues no hay evaluación del desempeño por competencias en esta gigantesca empresa carente de gestión de recursos humanos, créanme, no mejora la calidad de ningún servicio.

Acabar con el abuso de la interinidad era una excelente oportunidad para iniciar el necesario cambio de un modelo funcionarial de la función pública tan rígido e ineficiente ofreciendo contratos laborales fijos tanto a los actuales interinos como a los futuros incorporados al sistema, respetando los derechos adquiridos de los estatutarios. En cambio, los tecnócratas que nos gobiernan se disponen a subsanar una lacra laboral perpetuando otra mucho peor. Una pena.

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Oficios en extinción
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Fernando Sáez Aldana | 06-04-2017 | 03:56| 0

Los tiempos cambian y con cada época desaparecen ocupaciones humanas a medida que van perdiendo su utilidad. Así, en el último medio siglo han ido extinguiéndose oficios como guarnicionero, talabartero, colchonero, sereno, telefonista, aguador, carbonero, limpiabotas, afilador, hojalatero y una larga lista de trabajos ya inexistentes o en vías de serlo. La causas principales son: el progreso tecnológico que lo ha mecanizado todo, una sociedad de consumo de usar y tirar lo que se estropea, el cese de la actividad a la que servían o la transformación de sus antiguas funciones y tareas en otras.

En nuestros días también están desapareciendo oficios que en una o dos generaciones acabarán tan olvidados como lo son ahora los de costurera, soguero, hilandera, pregonero, nodriza o peón caminero. He aquí unos ejemplos:

Encofrador: su trabajo consistía en preparar unos moldes de metal o madera que rellenaban de hormigón para levantar las vigas que formaban el armazón de las viviendas, en la época en que éstas se construían en España.

Caravistero: era el encargado de levantar después los muros de las citadas viviendas apilando ladrillos a cara vista, de ahí su nombre. Unos y otros se extinguieron por la llamada precisamente «crisis del ladrillo».

Parlamentario: antiguamente era un señor bien vestido, educado, culto, diplomático y con dotes de oratoria, que se dirigía al Parlamento con un lenguaje políticamente correcto. Hoy en España apenas quedan ejemplares, sustituidos por tipos y tipas mediocres afectados de sectarismo, falta de ideas, crasa ignorancia, lenguaje tabernario, grisura intelectual e incluso indumentaria de mamarracho.

Cartero: antes cuando querías decirle algo a alguien que estaba lejos le escribías una carta que un empleado de Correos transportaba en una saca hasta el buzón del destinatario. Hoy en día recibir una carta es para echarse a temblar. Ya no contienen noticias de la familia, los amigos o declaraciones de amor sino, mayormente, amenazas legales de esbirros del Estado.

Estibador: así denominaban al jornalero encargado de cargar y descargar en el puerto. Hoy es el distinguido miembro de un gremio monopolista de creación franquista que puede ganar más que un profesor o un médico y transmitir su privilegio vitalicio a quien quiera, con patente de corso otorgada por la izquierda.

Escolta de amenazado por ETA: arriesgaban su vida protegiendo la de potenciales víctimas de los matones etarras y ahora se quedan en la calle sin alternativa. Con la cantidad de gente que hay necesitada de protección contra maltratadores, porteros de discoteca, tuiteros facciosos, piquetes «informativos», peatones logroñeses cruzando pasos de cebra, compañeros de partido, Bildu, los Cañamero, la CUP…

 

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RIPF
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Fernando Sáez Aldana | 30-03-2017 | 05:16| 0

Es su cumpleaños y decide convidar a su familia en un restaurante. Cuando pide la cuenta el camarero le requiere el DNI y lo introduce en un datáfono. No, no es para comprobar su tarjeta de crédito. El chisme está conectado con una base de datos de Hacienda que al instante sentencia el tipo impositivo del IVA que aplicarán a su cuenta según su nivel de renta. Como usted gana equis, pagará el 35%. En otra mesa unos amigotes celebran ruidosamente lo que sea y a la hora de pagar el que menos ingresos declara de todos pide la nota. Como gana la mitad que el padre de la familia contigua, su comilona se grava «solo» con un 15%. Es decir: cada mordisco al chuletón y cada lingotazo de crianza le sale más caro al mayor contribuyente, como premio. Esto no es hacienda ficción. Aparte de que cualquier día puede ser realidad, ya sucede con el Padre de Todos los Impuestos, el de la renta de las personas físicas (IRPF), cuya campaña de terror tributario comienza la próxima semana.

Ya saben qué un impuesto progresivo. Si usted gana 100 paga a Hacienda 10 (es un ejemplo). Si gana 1.000 y le aplican la misma tasa, el 10%, pagará 100, o sea diez veces más, y esto ya es «que pague más quien más tiene», de sobra, ¿no? Pues no. Si gana 1.000 le aplicarán el 20%, si 2.000 el 30% y si 4.000, el 40%. Es decir, le confiscarán el dinero que haya ganado con el sudor de su frente y en función de la formación superior requerida para desarrollar su trabajo o de la alta responsabilidad que conlleve su ejercicio. Y es que el «Estado cleptocrático» expropia más donde más puede, en virtud del sacrosanto principio colectivista de la «justa redistribución de la renta», que «los socialistas de todos los partidos» (Hayek), incluso los conservadores (¿hay algo más tonto que un socialista de derechas?), aplican sin rechistar. Y una mierda. La progresividad del IRPF será cualquier cosa menos justa. La virtuosa «solidaridad», obligatoria hasta la persecución, y por tanto falsa, a la que apela el Estado para justificar el expolio fiscal, es el envoltorio sentimental de una voracidad impositiva coactiva e insaciable que se está cargando las clases medias para financiar un gasto público desbocado y un déficit insoportable. Un año más, comienza la campaña: ya es primavera en la Agencia Tributaria. ¿IRPF? Más bien, RIPF: requiescat in pace, familia. Pero no quejarse, de momento todos pagamos lo mismo por un menú del día. Además, tenemos más AVE, más aeropuertos, más universidades, más gobiernitos y parlamenticos, más gestores despilfarradores o mangantes y más subvenciones que nadie, y todo ello cuesta un pastón público que ya saben de dónde sale: de los bolsillos privados.

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Ladrones
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Fernando Sáez Aldana | 23-03-2017 | 06:06| 0

Todo ciudadano honrado atesora el dinero que, en virtud de una maldición bíblica, ha de ganar trabajando. En el mismo instante en que surgió la propiedad privada, cuando un ser humano obtuvo su primera moneda, apareció otro con intención de arrebatárselo. Robar quizá sea la segunda actividad humana más antigua, después de codiciar. Así que, durante toda su vida, el individuo con más o menos dinero en el bolsillo no dejará de exponerse a que alguien le meta la mano para quitárselo.

Básicamente hay dos modos de afanar los cuartos ajenos: el robo y la sustracción. El primero implica violencia y es propio de los ladrones ilegales, denominados delincuentes. Sustraer, en cambio, es mangar sin violencia, de forma oculta o fraudulenta. Existen dos variedades de sustracción: una ilegal (desfalco, fraude, apropiación indebida y demás) y otra, que es a la que voy, perfectamente legal. En España, el robo legítimo (no es un oxímoron: robar es quitarle a alguien lo que le pertenece) lo perpetran sistemáticamente Grandes Ladrones: el mayor de todos es el Estado, Alí Babá indiscutible, a través de sus redes de extorsión estatal, autonómica y local, y a cierta distancia las grandes empresas dispensadoras de servicios que a los ciudadanos no nos queda otra que contratar: la banca y los proveedores de electricidad, gas y telecomunicación.

Sólo para enumerar las meteduras de mano en el bolsillo particular que este formidable hampa nos propina de manera continuada necesitaría varias páginas. Por su contumacia, o su actualidad citaré, por ejemplo, el choriceo bancario a costa de las comisiones y sobre todo de las hipotecas: multidivisas, cláusulas suelo, gastos de formalización (entre los que destaca el impuesto de Actos Jurídicos Documentados, ejemplo de comensalismo institucional de carroñeros impositivos), el cobro de plusvalías municipales en ventas de inmuebles con pérdidas o los de cantidades fijas aunque no consumas nada de agua, luz, gas o teléfono, y la insoportable persecución del automovilista a multazos. Con todo, el mayor latrocinio es la cantidad de impuestos con los que el monstruo tricefálico de la Administración nos devora, ante todo para financiar su propia existencia y dilapidar después lo que sobre en lo que se les ocurra, en lugar de dejar las perras en la cartera de sus propietarios para que se las gasten en lo que quieran.

Luego que el español (además, ya saben, de mujeriego y alcohólico) es un pícaro que en cuanto puede engaña al fisco, lo que lo convierte en algo mucho peor para el pensamiento único impuesto por el régimen socialdemócrata: insolidario. Cuando el hombre solo se resiste a que los ladrones le sustraigan, en legítima defensa.

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El Bobadilla y el Talgo
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Fernando Sáez Aldana | 16-03-2017 | 06:19| 0

La perversa costumbre de no llamar a las cosas por su nombre por desagradable o duro que resulte, aplicada a lo que pasa en Cataluña, está escribiendo todo un capítulo en la floreciente historia del eufemismo en España.

¿Recuerdan el «conflicto» vasco? Pues ninguna de las tres acepciones de esta palabra era aplicable a lo que estaba sucediendo, a saber: (1) Oposición o desacuerdo entre personas, salvo que lo fuera porque muchas se oponían a que las extorsionaran, secuestraran o asesinaran; (2) Guerra o combate derivados de una rivalidad prolongada, porque los rivales compiten por lo mismo y aquí unos agredían y otros sufrían, y (3) Situación en que hay que decidir entre varias opciones, porque sólo había una: derrotar a la bestia terrorista.

En Cataluña llaman ahora procés a la delirante iniciativa unilateral de convertir esta región del reino de España en una república independiente. Sin duda es un «proceso», o conjunto de fases sucesivas de algo, sólo que todas vulneran las leyes vigentes en el país al que, mal que les pese, pertenecen. La segunda palabrita más utilizada por esta panda de traidores sinvergüenzas es «desconexión», con el resto de España se entiende. Palabra que significa (1) Interrupción del funcionamiento de un aparato o sistema al cortarle el suministro de energía (¿de verdad quieren eso?) y (2) Falta de relación o unión entre varias personas o cosas, lo que, como sabemos, nunca sucede si uno no quiere. Y la penúltima frivolidad semántica respecto a lo que en realidad es una grave crisis institucional y un auténtico golpe de estado no armado, es esa tontería del «choque de trenes», descriptiva de lo que puede suceder cuando las capacidades de rebelión y desobediencia de unos y de incompetencia de otros se agoten.

Desde luego, la colisión de dos trenes a gran velocidad puede ocasionar una tragedia de dimensiones catastróficas, pero dependiendo de qué trenes estemos hablando. No será lo mismo el choque entre dos mercancías impulsados por mastodónticas locomotoras a 140 por hora que entre un moderno Talgo y aquél trenillo de vía estrecha que recorría los 33 kilómetros entre Haro y Ezcaray en hora y media, al que los jarreros bautizaron «Bobadilla» por la poca cosa que les parecía comparado con los trenazos de verdad que pasaban por la estación del Norte. Así veo esto del choque de trenes como metáfora de la colisión institucional entre un Estado poderoso y una de sus comunidades, por muy autónoma que sea. De manera que, si el Bobadilla del secesionismo catalán no descarrila antes por exceso de velocidad y finalmente se produce el encontronazo será desagradable, sin duda, pero mucho menos si se viaja en el Talgo.

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Libertad de chicha y nabo
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Fernando Sáez Aldana | 09-03-2017 | 06:16| 0

Amigos lectores, en septiembre me caerán los sesenta y cuatro y a estas alturas de la novela me resbala lo que piensen o digan de mí a cuenta de mis opiniones publicadas en este su diario. Uno es insolente desde pequeñito y el paso del tiempo te enseña que, cuando eres joven, tu insolencia genera un fuerte rechazo que se va diluyendo  hasta desaparecer casi a las puertas de la tercera edad, lo que permite deducir que lo intolerable no era que fueses insolente sino joven.

Ustedes saben que servidor no profesa el credo católico y menos los de las religiones no verdaderas. Pero, como he confesado en varias ocasiones, no sólo respeto profundamente a los fieles creyentes sino que los envidio porque la fe les hará más soportable, digo yo, su penoso tránsito por el lacrimoso valle de la existencia terrenal. Desde este respeto hacia el sentimiento religioso de los devotos practicantes, que no es más que una faceta del que merece toda opinión o creencia siempre que no hiera, indigne o moleste, me repelen numeritos como el que montó la denominada Gala Drag Queen de Las Palmas en los pasados carnavales. El espectáculo fue considerado blasfemo con razón por muchas personas ofendidas en su sentimiento religioso, pero reconozcamos que estos tipos, o lo que sean, ejercen su derecho a expresar cualquier mamarrachada que se les pase por la neurona… siempre que no traspase la raya de la legalidad.

Y a eso voy. Resulta que un va un juez y ordena retirar de la circulación madrileña un autobús por publicitar que los niños tienen pene y las niñas vulva. Mi primera perplejidad al respecto es que alguien gaste dinero en proclamar tamaña evidencia, abrumadoramente cierta desde un punto de vista estadístico, y la segunda, que tal «mensaje» pueda llegar a considerarse una provocación e incluso un delito, nada menos que «de odio». Entonces, ¿qué son una Virgen-drag desnudándose y un Cristo-drag contoneándose en la cruz? Imagino otro cartel proclamando que «el varón insemina y la mujer gesta, pare y amamanta, que no te engañen» y me pregunto de nuevo, primero, qué sentido tendría promocionar semejante perogrullada, y segundo, cómo puede resultar no ya ofensiva sino delictiva, pero no un sacrilegio perpetrado en público por individuos, dicho sea de paso, con todo el derecho a transportar en la entrepierna lo que gusten. Es la Ley del Embudo aplicada a la libertad de expresión: unos pueden expresar lo que quieran, aunque pueda ofender a muchos, pero otros no, aunque moleste a pocos y además sea cierto.

Bueno, pues ahora ya pueden algunos tildarme de meapilas, retrógrado, transexualófobo o lo que les salga de la chicha o el nabo. Como dije al principio, me la refanfinfla. En nada, sesenta y cuacho.

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No es país para Borbones
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Fernando Sáez Aldana | 02-03-2017 | 06:28| 0

Históricamente, los mejores alzamientos contra la autocracia, las revoluciones de verdad, son las que se cargan violentamente al tirano. Al rey Carlos I de Inglaterra, por ejemplo, su deriva absolutista le costó la cabeza (magnífica su flema cuando al dar un traspié subiendo al patíbulo susurró: «Dicen que tropezar trae mala suerte»). La misma mala suerte que correrían Luis XVI y María Antonieta de Francia, el zar Nicolás II de Rusia y su familia, el emperador Maximiliano I de México y ya en nuestros días, déspotas como Ceaucescu, Sadam o Gadafi. En España nunca nos atrevimos a linchar al o la monarca; nos conformamos con mandar al exilio, uno sí uno no, a esta dinastía bumerán de los Borbones: siempre que los echas acaban volviendo.

Sobre las ejecuciones del Estuardo en 1649 y de los Capeto siglo y medio después, las crónicas coinciden en que tras los regicidios las respectivas chusmas regresaron a sus casas sumidas en una especie de silenciosa depresión colectiva. Al parecer, la exhibición de las cabezas cortadas de sus monarcas chorreando sangre no les proporcionó satisfacción, gusto o regocijo sino sentimiento de culpa parricida. Y todos continuaron tan infelices o miserables como antes de los descabezamientos, corolario aplicable a las post revoluciones rusa, libia o mexicana.

Viene esto a cuento de las ganas que el moderno populacho español, «la gente», le tiene a la hermana lista de Felipe VI; de su frustración por no verla entre rejas al ser absuelta en un proceso, según los entendidos en jurisprudencia, impecable. Juicio al que fue sometida sólo por la acusación particular de un sindicato sinvergüenza cuyo capo sí está en la cárcel por corrupto. Me libraré de defender a la infanta Cristina porque me asiste la misma aptitud que para atacarla: ninguna. Pero en este país de sabidillos sin estudios, de sentenciadores sin juicio, de millones de catedráticos de Derecho Penal, doctores en Medicina y másteres en Loquesea por la Universidad de Google, qué chorra más dará la opinión de los expertos. La chusma siempre está ávida de sangre, si es azul mejor, aunque un tribunal de verdad absuelvan a su reo. Aquí la Justicia – a cuyas resoluciones llaman fallos– sólo es justa si el veredicto gusta. Y no gusta que, tras ser condenada en sumario proceso popular, una Borbón se salve de la guillotina chascarrillo-mediático-retículosocial y abandone el banquillo «de rositas», aunque sea cabizbaja y sin el apoyo entusiasta de incondicionales tan estúpidos que te vitorean aunque estés acusado de defraudar al fisco, o sea de robarles. Para esto tienes que apellidarte Messi, Neymar o Ronaldo. Pero Borbón, mal asunto. A ésta, al menos no habrá, que echarla. Ya está exiliada.

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Democraciosis
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Fernando Sáez Aldana | 23-02-2017 | 05:22| 0

Pretendía un título inédito para mi reflexión pero todas las palabras que se me iban ocurriendo: democratismo, democracismo, democratosis, democracitis o democranoia ya han sido utilizadas. Es mi deformación profesional la que me permite ofrecer hoy el estreno mundial de un neologismo: democraciosis. En Medicina, el sufijo –osis expresa «anomalía, proceso patológico, enfermedad»: artrosis, arterioesclerosis, neurosis, cirrosis. Y la reflexión va de la morbosa deriva que en un país con tan corta experiencia democrática ha tomado el concepto de democracia. Así, democraciosis podría definirse como «proceso degenerativo que afecta a la democracia». Un mal típico de sociedades salidas de largos períodos autocráticos, caracterizado por brotes incontrolados de reacciones pseudodemocráticas autoinmunes que atacan a todo el cuerpo electoral con la patológica tesis de que, como la democracia consiste en votar, votemos cuando y lo que nos dé la real gana.

Huelga explicar qué entendemos en Occidente por democracia. Solo resaltaré que los procesos de toma de decisiones por el colectivo que sea, la nación, cualquier institución o asociación, o una comunidad de vecinos, debe ajustarse a unas reglas de juego que todos deben aceptar. Por tanto, el llamado «derecho a decidir» es nulo si se ejerce al margen de la legalidad, norma suprema de convivencia, y acusar de no democrático al poder que impide votar lo invotable es, menudo bucle, profundamente antidemocrático. En una democracia todas las ideas y aspiraciones son legítimas si se conducen por la senda de las leyes que obligan a todos. Por lo tanto no debería alarmar que ciudadanos de Cataluña, La Rioja o El Bierzo aspirasen a convertir su región en un Estado independiente, por delirante que sea. Pero sí que lo pretendan desobedeciendo leyes y sentencias, sacando a la calle urnas ilegales para que los ciudadanos ejerzan su inexistente derecho a decidir algo tan indecidible como sería no pagar impuestos, por aplastante que fuese la mayoría de votos favorables. Los derechos han de estar sustentados por leyes aprobadas por los representantes de todos los ciudadanos de un estado soberano. Eso es la democracia. Lo otro es democraciosis, grave sociopatía que es preciso combatir con todos los tratamientos disponibles aprobados, aun los más drásticos, sin miedo a los posibles efectos adversos. No se trata el cáncer negociando con las células malignas sino aplicando las terapias más agresivas antes de que sea demasiado tarde. Ya sé que la aburrida opinión de un columnista de provincias no cuenta mucho al respecto. Pero, y lo contento que estoy con mi nueva palabrita, qué.

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La Casa de los Cuentos
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Fernando Sáez Aldana | 16-02-2017 | 07:14| 0

Ahora que la ruina originaria de la futura Casa del Cuento logroñesa se ha derrumbado quizá sea el momento de replantearse el proyecto. El coqueto chalé construido hace casi un siglo para casa de campo finalizó su vida útil como colegio público infantil, bautizado «Vuelo Madrid-Manila» en recuerdo de la hazaña aeronáutica cuyo prestigio mundial no parece suficiente para salvar de la memoria histérica al general riojano Eduardo González Gallarza, el héroe de la gesta (1926) que fue Ministro del Aire con Franco.

La Casa del Cuento, uno de los proyectos estrella del Ayuntamiento, pretende ser «un contenedor cultural pensado para incentivar la afición a la lectura entre los más pequeños pero que al mismo tiempo impulsará las relaciones intergeneracionales». Pero, tras el desplome de lo que sólo era fachada, desde la cutre zona cero del parque Gallarza surgen nuevas iniciativas: que si para niños, que si para mayores, que si para todos, que si para nada. A mí me gusta la idea de una Casa del Cuento, pero no pensando en el infantil o el literario sino en el que define el diccionario como embuste, chisme o engaño, el tipo de cuento al que aluden expresiones como «menos cuento», «dejarse de cuentos», «es un cuento chino», «echarle mucho cuento», «vivir del cuento» o «tener más cuento que Calleja».

Con esta perspectiva semántica, propondría un Centro de Interpretación del Cuento destinado sobre todo a los jóvenes, más expuestos a que les vengan con cuentos sobre la vida que les aguarda. La exposición, guiada por voluntarios de la ONG Mayores Desengañados, abarcaría áreas temáticas como El cuento de la Realización, con paneles sobre la Educación y la Formación, el Trabajo, la Familia, el Sueño hecho Realidad, la Vivienda en propiedad, el Coche, el Consumismo y demás obstáculos a la auténtica felicidad; El cuento de la Trascendencia, dedicado a las creencias en Dios, la Religión, el Alma, el Espíritu, la Vida Eterna y demás mitos consoladores de la nada; El cuento del Bienestar, o sea de la Vida Sana, el Ejercicio Físico, la Salud, la Prevención, la Regeneración, la Felicidad, el Merecido Descanso, las Pensiones y tal; El cuento de las Libertades, que abordaría el Estado de Derecho –a todo–, la Soberanía, la Independencia, la Nación, la Democracia, la Justicia, la Igualdad, la Derecha y la Izquierda y otras solemnes patrañas. Y como colleja final en la nuca del joven moviladicto, El cuento del Progreso de la especie humana, imparable, pero hacia cotas de estupidez autodestructora que parecían insuperables.

Lo que es impulsar las relaciones intergeneracionales se impulsarían, aunque se me antoja poca Casa para tanto Cuento.

 

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El Gran Mono en su jaula
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Fernando Sáez Aldana | 09-02-2017 | 06:23| 0

«Todo hombre decente se avergüenza del gobierno que lo rige»

(Henry-Louis Mencken)

 

Quizá sea pronto para certificarlo pero se acumulan los indicios de que Donald J. Trump es un peligro planetario. Desde luego, que el presiente de la primera potencia sea incompetente en el fondo y zafio en las formas no augura nada bueno para nadie. Muchos incrédulos se preguntan cómo es posible que semejante patán haya conquistado la cima del poder mundial, pero la respuesta es desoladoramente obvia: porque ha sido elegido en unas elecciones democráticas, aunque con peros: casi la mitad de los electores no votaron y la Clinton obtuvo tres millones de votos populares más que Trump, quien resultó elegido con el voto de un exiguo 27% del censo electoral. Sólo uno de cada cinco estadounidenses y de cada cuatro con derecho a votar lo hicieron por este magnate que ofrece una de las caras más duras del poliedro populista.

Este hombre es tan mal político que, lejos de olvidarse de las promesas electorales que le dieron la presidencia, las está cumpliendo con atropellamiento, lo que demuestra que en los mítines no trataba de engañar, y eso hay que reconocérselo. Pero, si su gestión resultara tan desastrosa como promete, la culpa no será tanto suya como del sistema que primero permitió a este individuo presentarse a las elecciones y después ganarlas con la cuarta parte de los votos posibles. Me gustaría saber cuántos de los cien millones de electores que el 8 de noviembre se quedaron en casa lamentan ahora tenerlo de «comandante en jefe».

No discutiré que el sistema democrático siga siendo el menos malo pero aquí y allá adolece de graves fallos que pueden volverlo incluso peligroso para los ciudadanos, entre los que destacaría la manifiesta incompetencia de muchos aspirantes a gobernar y que encima puedan ser elegidos por una gran minoría. El primero se enmendaría exigiéndoles superar una prueba de idoneidad para el cargo (proceso que debería comenzar en las elecciones de candidatos por sus partidos) y el segundo obligando a la gente a votar, de modo que nadie pudiera gobernar sin el apoyo de la mayoría del censo electoral. Ello quizás invalidaría la penosa pero tantas veces acertada cita que encabeza este artículo. Mientras no sea así, y actualizando otra reflexión que el agudo Mencken nos dejó hace ya un siglo, la democracia seguirá siendo el sistema de gobierno en el cual el pueblo, pudiendo optar entre 240 millones de ciudadanos, muchos incluso inteligentes, eligen presidente a un Donald Trump. O, lo cito textualmente, «el arte y la ciencia de dirigir un circo desde la jaula de los monos».

 

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