Por Fernando SÁEZ ALDANA
26 Abr 2007
El enfermo imaginario
No me refiero al personaje de Molière sino a cualquier víctima de Los inventores de enfermedades, como los denomina Jörg Blech en su impactante libro y en su no menos demoledora secuela, La medicina enferma, donde este redactor científico alemán desveló el fabuloso negocio que las grandes empresas farmacéuticas obtienen con la venta de medicamentos destinados a combatir las enfermedades que ellas mismas contribuyen a crear y propagar con la inestimable colaboración de investigadores sesgados, catedráticos mercenarios, políticos demagogos, médicos sucumbidos y suplementos dominicales. Entre estas falsas enfermedades destacan dos: la «tensión» y el «colesterol» (elevados, se entiende). El proceso de elaboración de estas y otras pandemias de diseño comercial es calcado: gigantes de la investigación y fabricación de fármacos (los Big Pharma) patrocinan ensayos clínicos y reuniones internacionales de autoridades científicas y sanitarias de las que surge por consenso una cifra arbitraria a partir de la cual se considera anómalo un parámetro corporal. Ejemplo: un análisis del colesterol sanguíneo en 100.000 alemanes sanos arrojó en la mitad de ellos un cifra superior a los 250 miligramos por decilitro. No obstante, un encuentro de «expertos» patrocinado por un lobby de intereses privados estableció arbitrariamente en 200 el límite tolerable a partir del cual el individuo, ya transmutado en paciente, presentaba riesgo de enfermedad cardiovascular, lo que convirtió de golpe a cientos de miles de personas sanas en enfermas. Es decir, en consumidores de por vida de las caras pastillas que mantienen a raya el colesterol bajo el nivel de «normalidad» fijado por los campeones de sus poderosos fabricantes. Pero la medicalización de la sociedad (o conversión de procesos normales de la vida o problemas personales y sociales en problemas médicos) va más lejos. La tensión emocional, el cansancio, la excentricidad, la calvicie, el duelo, la timidez, la inapetencia sexual, el aburrimiento, la vitalidad infantil, el envejecimiento óseo, la tristeza, la gestación, el temor, la barriga o el chocheo han dejado de ser condiciones inherentes al ser humano para convertirse en crisis de ansiedad, fatiga crónica, personalidad antisocial, alopecia, trastorno de adaptación, fobia social, disfunción sexual, síndrome de hiperactividad, osteoporosis, depresión, embarazo de riesgo, ansiedad, sobrepeso y disfunción cognitiva. El resultado es un sistema que dilapida billones en diagnosticar y tratar de lo que sea a individuos sanos que acaban muertos de miedo a enfermar y morir. Chemendo.
19 Abr 2007
Gafas gratis ¿ya!
Amigo lector, si no puede leer esta columna sin gafas es usted un minusválido. Así, como suena: minusválido. O discapacitado, si se prefiere este lamentable anglicismo incorporado al diccionario de la corrección política. Y si sólo lo fuera para leer tonterías como ésta, bueno. Pero cuando la vista es fundamental para el desempeño del puesto de trabajo la cosa cambia. Millones de personas necesitamos anteojos para desarrollar la actividad de la que vivimos hasta el punto de que sin ellos no podríamos ejercerla. Visto así, las gafas deben ser consideradas una prótesis indispensable para corregir el fallo de un sentido tan importante para la relación del individuo con su entorno. La necesidad de usar gafas resulta de la insuficiencia de un órgano corporal como la diabetes, el asma, la impotencia o la artrosis lo son de otros. Pero, mientras que el Estado incluye entre sus prestaciones sanitarias remedios como el oxígeno, la insulina, el marcapasos, la prótesis de cadera y hasta de pene, niega las imprescindibles y carísimas gafas que muchos tenemos la desgracia de necesitar para poder trabajar. Adjudicar y priorizar recursos limitados frente a demanda infinita siempre es peliagudo pero en este país donde cualquier extranjero recién llegado disfruta de una asistencia sanitaria plena (algo muy hermoso pero que todos pagamos) que financia a diario numerosas exploraciones superfluas, medicamentos inútiles e intervenciones innecesarias, es de justicia que quienes llevan años contribuyendo al sistema con sus impuestos reciban del Estado que los recauda los cristales graduados que necesita para poder seguir currando, esto es, contribuyendo, o disfrutando de su merecida jubilación llegado el momento. Este desamparo del gafoso por parte de los poderes públicos me parece tan escandaloso como incomprensible la resignación al respecto del inmenso colectivo afectado. Señores candidatos, una idea preelectoral: en lugar de algunas chorradas incluyan gafas gratis en sus programas y verán. Mientras esto llega, dan ganas de convocar a todos los miopes, présbitas, astigmáticos e hipermétropes del país a una huelga de gafas caídas. Una sola jornada sin las lentes o lentillas que proporcionan la visión necesaria para realizar las tareas de medio país sería suficiente como demostración de una fuerza capaz de paralizarlo por completo. Bueno, casi. El parlamento riojano, por ejemplo, seguiría funcionando porque los padres de la región se conoce que sí reciben ayudas públicas para la corrección de sus defectos visuales. No se lo reprochemos, quizás así tramitarán antes la ley que extienda su privilegio a los demás ciudadanos.
12 Abr 2007
Símbolos
El espectáculo impresiona de veras. Tras un emocionante silencio mientras el himno nacional resuena en los corazones y agarrota las gargantas, millares de banderas ondean en un agitado mar rojigualda cuyos inflamados enarboladores rugen hasta enronquecer: «¿España, España, España!». Qué creen que estoy describiendo: ¿Una manifestación de fascistas? ¿Una demostración de franquismo «puro y duro»? ¿Una incitación a otra guerra civil? Pues no, es el preludio habitual de un partido de la selección española de fútbol. Sin duda entre los enfervorizados abanderados que abarrotan las gradas se encuentran militantes, votantes o simpatizantes populares, socialistas, comunistas, regionalistas y hasta republicanos. El estadio es el único lugar público donde el culto a la nación española está permitido. El único espacio abierto donde un español puede manifestar libremente su fervor patriótico sin ser acusado de reaccionario nostálgico de la dictadura. Ya puedes pintarte con los colores nacionales hasta el pito que a nadie se le ocurrirá insultarte por ello llamándote facha o franquista, ya que sólo un verdadero español haría eso por animar a la selección nacional. Así que el señor Manolo el del bombo, verbigracia, resulta que no es un agitador ultra sino el infatigable embajador de nuestra más acendrada españolidad. Ahora bien, si una masa semejante de personas se reúne para protestar por la política antiterrorista del gobierno o por lo que les salga del eslogan mientras la convocatoria sea legal y el acto transcurra en orden, ¿amigo!, la cosa cambia. Entonces se trata de nostálgicos de la dictadura, de incitadores a la sedición contra el gobierno, de despreciables fachas levantando un «vendaval antidemocrático» con que flamear la bandera usurpada y propagar los sones de un himno nacional indebidamente apropiado. O sea que si usted se envuelve en una bandera de España para acudir a un encuentro deportivo es un respetable ciudadano exhibiendo orgullosamente un símbolo de su patria pero si lo hace para censurar al gobierno es un peligroso ultraderechista. De modo que quien sienta devoción hacia España no puede manifestarla defendiéndola de sus verdaderos enemigos (que son otros nacionalistas y los terroristas y no sus víctimas ni las fuerzas democráticas) sino animando a un equipo de balompié, baloncesto o balonmano. Parece que el concepto de España ha ido degenerando hasta quedar reducido a una selección de mantas millonarios incapaces de introducir el balón en la portería contraria. Quizás el auténtico símbolo de este país no sea su himno o su bandera sino ese sempiterno partido decisivo que nunca se gana.
09 Abr 2007
Porque interesa
Los accidentes de tráfico son una plaga que causa muchos muertos y heridos además de incalculables gastos por reparaciones (cirugía incluida), pleitos e indemnizaciones que convierten al cochazo en un problema de salud pública, una tragedia social y un dispendio económico de dimensiones gigantescas. Sus causas son varias pero el exceso de velocidad es la principal: ni un solo desplazamiento en automóvil, y son millones a diario, se libra de rebasar en algún momento el límite permitido. Para hacer que luchan contra esta lacra las autoridades dedican inmensos recursos a la vieja estrategia de siempre: persuadir, atemorizar, reprimir. Las truculentas campañas publicitarias parece que no sirven de mucho porque eso nunca le pasa a uno sino al pringado del vecino. Los paneles luminosos, más que consejos, transmiten amenazas con el peor gusto ('porque te van a pillar', 'porque a 150 no se salva nadie'). El momentáneo miedo al radar es algo más efectivo porque el multazo sí es un peligro real en forma de la pasta que te llevan embargándote si fuera preciso (admirables el celo y la eficacia de la Administración a la hora de cobrar una multa; como fuese así para todo otro gallo le cantaría a este país). Bien, pues ni con el formidable aparato represor de la infracción que despliega el Estado se logra erradicar esta calamidad de la era moderna. Con lo fácil que sería. Algunos coches disponen de un mecanismo limitador de la velocidad que impide sobrepasar la cifra seleccionada por mucho que se pise el acelerador. Luego: (1) si es posible fabricar coches que no superen determinada velocidad (de modo permanente y no opcional, claro) y (2) si es ilegal circular a más de 40 en ciudad o de 120 en carretera, ¿por qué se permite la venta de vehículos que pueden alcanzar los 260? ¿Por qué no se fabrican todos con un limitador de dos posiciones: ciudad y carretera, y punto? Así sería imposible circular a más velocidad de la debida y nos ahorraríamos cada año miles de muertos, decenas de miles de heridos y centenares de miles de millones en pleitos, asistencias, bajas, seguros y talleres, y no haría falta un ejército destinado a luchar tan inútil como costosamente contra el exceso de velocidad. La solución es tan sencilla que cuesta trabajo no sospechar que si no se aplica es porque no conviene. Hay demasiados y potentes intereses detrás del machacado en el paso de cebra o del moribundo atrapado en su flamante amasijo de hierros. Es algo parecido a lo que sucede con la guerra y la industria armamentista. «Porque interesa que te la sigas pegando». Terrible, sí, pero que alguien me razone lo contrario.
29 Mar 2007
Abogados de cabecera
La justicia es una aspiración humana de primer orden equiparable a la salud, la prosperidad o la felicidad. Sin embargo, la injusticia, la enfermedad, la pobreza y la desdicha son señas de identidad para la aplastada mayoría de una Humanidad ansiosa de bienestar pero sobrada de desventura. Algunos Estados, sensibles a estas necesidades básicas de sus súbditos, han promovido sistemas de protección social volcados en las mayores debilidades del ser humano, la vejez y la enfermedad. España es ejemplo de país que dedica buena parte de su presupuesto a fomentar el llamado Estado del Bienestar con prestaciones como la educación, las pensiones, la sanidad o la recién incorporada ayuda a la dependencia. Pero va siendo hora de ampliar los horizontes de ese bienestar, es decir, de recibir gratis del Estado nuevos servicios que ahora nos cuestan pasta. Yo propondría como siguiente pilar del puente hacia la felicidad colectiva un Sistema Nacional de Justicia, basado en el acceso universal y gratuito al despacho del abogado para contarle nuestros litigios con la comunidad de vecinos, la empresa o la compañía de seguros. Como en los de blanca, en estos ambulatorios de bata negra la mayoría de las querellas se resolverían con un consejo y los menos requerirían ir a quirófano, o sea a juicio, pero lo importante es que todo sería, siempre, gratis total. El sistema tendría la ventaja de nacer ya con interminables listas de espera y plazos de demora hasta la sentencia y naturalmente seguiría existiendo el bufete privado, pero miles de licenciados en Derecho optarían por preparar el LIR (letrado interno y residente) para obtener un puesto vitalicio de funcionario cuya carrera profesional consistirá en trabajar cada vez un poco menos ganando un poco más. Y les daría igual si en el Centro de Justicia les citasen treinta o cuarenta usuarios por consulta porque ellos a las tres como tarde en casa. El picapleitos de cabecera, como el matasanos, sólo dispondría de unos minutos para atender a cada usuario con su caso y en tan breve tiempo tendría que enterarse del asunto, rebuscar en los recovecos de su jurispericia, aventurar un dictamen y proponer una estrategia a su cliente. Al ser asalariados y no irles nada en las demandas algunos recomendarían menos pleitos y los juzgados acabarían disminuyendo drásticamente su asfixiante actividad. Otros, en fin, se darían cuenta de lo poco que son cinco minutos para acertar en una disputa sobre impagos, ruidos o lindes y serían más comprensivos con quienes se equivocan por no disponer de más tiempo para detectar un cáncer agazapado en lo más hondo de un sujeto pasivo.
22 Mar 2007
Un caso práctico
En su lúcido ensayito Las leyes fundamentales de la estupidez humana el historiador económico Carlo Cipolla llevó el análisis de costes y beneficios al terreno de la sociología clasificando a los seres humanos en cuatro grupos: los inteligentes, los incautos, los malvados y los estúpidos. El criterio diferenciador fue la ganancia o pérdida que un individuo sea capaz de obtener para sí y al mismo tiempo procurar a otros con sus actos. Así, el inteligente (o listo) es el que logra beneficio para él y los demás, el malvado (o bandido) se beneficia perjudicando, el incauto (o bobo) beneficia a terceros a costa de su propio perjuicio y el estúpido, finalmente, perjudica a otros sin obtener ningún beneficio a cambio e incluso (estúpido pluscuamperfecto) perjudicándose a sí mismo. Pues bien, como concluyó Cipolla en sus corolarios, el más peligroso de todos estos tipos sin duda es el estúpido. Sí, más aún que el malvado, porque el inteligente puede entender el comportamiento del bandido, pero resulta imposible anticiparse a las imprevisibles intenciones del estúpido: «ni los inteligentes ni los malvados consiguen muchas veces reconocer el poder devastador de la estupidez y cometen el error de abandonarse a sentimientos de autocomplacencia y desprecio en lugar de preparar su defensa». La Cuarta Ley es tajante al respecto: «Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las que lo son y olvidan que en cualquier momento, lugar y circunstancia, tratar o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.» Ahora bien, la cosa se complica cuando una misma acción es capaz de causar al mismo tiempo un perjuicio y un beneficio. Como la teoría siempre es complicada examinaremos un caso práctico: ceder a las exigencias de una banda terrorista, por ejemplo, beneficia a ésta y a sus partidarios pero perjudica a las víctimas de sus fechorías, que en mayor o menor grado son todos los ciudadanos de bien. Por lo tanto, atendiendo sólo al efecto obrado en los demás por quien sucumbiera de ese modo al chantaje, éste podrá ser considerado incauto o inteligente por los favorecidos o bien malvado o estúpido por los damnificados. Mas, si por ello no obtuviera ningún beneficio o incluso resultara perjudicado por su decisión de ceder (Tercera Ley), el individuo en cuestión quedaría descartado como ser inteligente o malvado y ya sólo encajaría en uno de los dos grupos restantes: para las víctimas será un perfecto estúpido y para los verdugos (que son a su vez son bandidos de la peor calaña), un incauto consumado. Reconozco que es un ejemplo demasiado rebuscado pero creo que se entiende.
15 Mar 2007
Fobias
Mirando la tele he sabido que existe una enfermedad llamada amaxofobia. El reportaje aseguraba que consiste en miedo a conducir, aunque al parecer este presunto trastorno psíquico puede afectar al ocupante de cualquier vehículo en movimiento. Lo seguí con interés pero resultó que los síntomas de esta «nueva enfermedad» (temor, palpitaciones, tembleque, sudoración, falta de aire y deseo de salir corriendo) son los típicos de la crisis de ansiedad subyacente en los centenares de fobias descritas. Hay que ver qué cosas pueden llegar a provocar estos miedos irracionales o desproporcionados (compruébenlo en apocatastasis.com si tienen curiosidad). Algunas fobias son llamativamente absurdas o extravagantes: a las flautas (aulofoboia), los pollos (alectrofobia) o los chinos (sinofobia). Otras, en cambio, son más que comprensibles, como sucede en la galeofobia (a los tiburones), la tapefobia (a ser enterrado vivo), la cremnofobia (a los precipicios), la antropofobia (a la gente), la pedofobia (no, es a los niños) o la peniofobia (tampoco, es a la pobreza). Es más, hay otro grupo de aversiones para nada patológicas sino absolutamente justificadas, como la iatrofobia (a los médicos), la siempre tardía gametofobia (al matrimonio), la frenofobia (a pensar) o la telefonofobia. Si se vive en Logroño, por ejemplo, la agirofobia o temor a cruzar la calle es todo un síntoma de salud mental. Ahora bien, puede que bajo el manto protector de este diagnóstico, como de tantos otros, se enmascaren otros para nada morbosos, como el morro pisado o la esclerosis facial. Ciertamente, los reacios a enfrentarse a alguna de las muchas situaciones adversas o desagradables que nos depara la vida (un atasco, un examen, la vuelta al trabajo, una carta de Hacienda) tienen a su disposición un catálogo de «enfermedades» ficticias tan amplio donde escoger la suya que nunca como ahora fue tan fácil librarse de lo que disgusta so pretexto de sentirse amenazado y con la impunidad que otorga el dictamen clínico. Ir por la vida con una etiqueta diagnóstica colgando dispensa de obligaciones, exime de responsabilidades y justifica la reclamación de atención, cuidados y hasta compasión. Gracias a la fobiofilia que nos invade será posible eludir el aula alegando escolionofobia, o el curro invocando ergofobia, o permanecer donde sea pretextando agorafobia o claustrofobia. Si no colara, como último recurso para esquivar un marrón puede alegarse pantofobia (fobia a todo), que también existe y es el perfecto comodín para el escaqueo. A que es buena. Me la pido.
08 Mar 2007
Ocho mentiras en torno a De Juana
Primera: el tipejo no se llama Iñaki sino José Ignacio. Su padre era de Miranda de Ebro y su madre nació en Tetuán de padre militar; con raíces tan maquetas resultan patéticos los ikurriñeros de la siniestra abertzale homenajeando al héroe euskaldún por el único mérito de haber asesinado o mutilado a decenas de personas indefensas. Segunda: no es cierto que el canalla haya incumplido la condena impuesta por sus crímenes. Es que en un país sin cadena perpetua (si la hubiera no estaría pasando esto) 3000 años de condena equivalen a 30 y actividades como escribir una novela le procuraron doce años de beneficios penitenciarios mientras celebraba los crímenes de su banda y se mofaba cruelmente del dolor de las víctimas. Tercera: el miserable no hizo huelga de hambre. Nadie sobrevive a cuatro meses de ayuno. Sólo se negó a ingerir alimento voluntariamente pero permitió que se lo metieran por la sonda que podía sacarse en cualquier momento. No estaba muy enfermo, sólo muy flaco, y se conoce que la debilidad no le impedía retozar en el catre a goma quitada. Cuarta: las fotos de la presunta emaciación del abyecto son un montaje propagandístico; obsérvese cómo mete tripa a la vez que saca pecho en actitud desafiante para ofrecer la falsa imagen de cautivo en Auschwitz. Quinta: es falsa la acusación de cínico a Rubalcaba, excarcelador oficial del sádico, por apelar al humanitarismo de un Estado que bajo su portavocía del gobierno hizo la guerra sucia asesinando terroristas; al secuestrado Segundo Marey sus guardianes le echaban de comer fabada Litoral a la voz de «¿está de muerte, abuelo!». Eso sí es corazón y lo demás pamplinas. Sexta: es mentira que el gobierno haya liberado de hecho al terrorista más sanguinario «para que no muera en la cárcel». Ha pagado la primera letra del «proceso de paz», la salvajada de la T-4, cuyos libradores ya estarán girando la siguiente. Además no estaba en la cárcel sino en un hospital, y su defunción, improbable y en todo caso voluntaria, quizá nos hubiera servido para comprender cómo se puede descorchar para celebrar la muerte de alguien. Séptima: no es cierto, como ha manifestado José Blanco con toda su jeta de malhuele, que los muchos indignados o disgustados por este asunto pertenezcamos a «la peña ultra». Parece mentira que justamente él ignore lo que les ocurre a los partidos que desprecian el clamor popular aunque surja de las tripas, que es con lo que la gente vota en este país. Y octava: tampoco es cierto, como dijo Rodríguez Ibarra, que José Ignacio de Juana Chaos sea un cabrón. Es un hijo de puta como la copa de un pino piñonero de los de la parte de Soria.
01 Mar 2007
Inaugura, que algo queda
Los hospitales riojanos siempre se han inaugurado mucho. Y no por cualquiera. Ya en 1871 se aprovechó la visita del rey Amadeo I a Espartero para inaugurar el Provincial, futuro Hospital de la Rioja. El 16 de Octubre de 1954 el general Franco inauguró dos de una tacada: el Sanatorio San Pedro (del Patronato Nacional Antituberculoso) y la Residencia Sanitaria del INP, luego INSALUD y ahora SERIS («residencia» era un eufemismo para marcar la diferencia con los antiguos hospitales municipales y de diputaciones, de carácter benéfico). Resultó que la Residencia llevaba dos años funcionando y el Sanatorio aún no estaba acabado, pero siguiendo una tradición vigente el egregio visitante tenía que inaugurar lo que fuera. Así que en la resi Franco pudo ver enfermos de verdad pero en el San Pedro tuvieron que meter obreros recién almorzados en camas improvisadas entre los telones que tapaban las obras, lo que hizo exclamar al dictador ante su séquito: «Hay que ver qué buen color tienen estos tuberculosos». El hospital de Calahorra, pegote añadido a un centro ambulatorio, también se inauguró dos veces, una antes de acabarlo, por el ministro Romay, y otra seis meses después de iniciar su actividad, por el presidente Aznar (que a su paso por Urgencias se encontró con que el único paciente encamado por una mala vuelta era el médico de guardia). Tres años después ya estaba en obras. En cuanto al San Pedro, seguramente el hospital más inaugurado del mundo, en 1991 el viejo se cerró para remodelarlo como Fase 1 del nuevo y después de 2.400 millones fue reinaugurado en 1996 para volver a tirarlo prácticamente (o Fase 2) siete años después con el fin de levantar sobre sus ruinas el edificio requeteinaugurado ayer por SSMM. Parece que la improvisación y falta de previsión en la construcción de nosocomios en esta región es un histórico mal incurable. Pero el récord de reformas lo ostenta la pobre Residencia, concebida en 1948, nacida en el 52, bautizada en el 54 («Antonio Coello Cuadrado») y rebautizada en el 85 («Hospital San Millán»), casada con San Pedro en el 89 y muerta de agotamiento tras sólo once lustros de actividad que parecen once siglos, durante los que fue objeto de siete reformas estructurales e innumerables obras menores para adaptarla a las nuevas necesidades (destacan el añadido del ambulatorio en los 60 y la gran ampliación de 1973, cómo no inaugurada por Licinio de la Fuente, un ministro estrábico que debió de echarle el mal de ojo). La propaganda asegura que tras esta última edificación tendremos San Pedro para un cuarto de siglo. ¿No querrá decir Sanz Pedro? Yo más me creo esto.
22 Feb 2007
Planeta caliente
Ciudadanas y ciudadanos, pecadores todos: ¿arrepentíos!, pues el calentón que acabará con la vida terrestre se acerca. Los polos se derriten, los glaciares se evaporan, los continentes se inundan, el ozono se extingue, la tierra se deseca, las especies se diezman y todo, irresponsable amigo lector, por su grandísima culpa. Por empeñarse en cometer agresiones criminales contra la biosfera tales como utilizar su automóvil, climatizar su vivienda, conectar los electrodomésticos, combatir la sobaquina, generar basura o emitir más anhídrido carbónico en cada nuevo suspiro por el advenimiento del fin. El mundo camina hacia su inexorable destrucción recalentado cual sobra y el peor bicho de la creación acabará pasteurizado como la bacteria de la mala leche que es: he aquí la nueva amenaza que se cierne sobre la detestable masa de irresponsables contribuyentes. No contentos con endilgarnos los grandes males que azotan a la Humanidad (miseria, injusticia, hambre, incultura, enfermedad, violencia) nuestros gobernantes, azuzados ahora por los gurús atmosféricos, se disponen a culparnos también del presunto cambio climático. O sea que primero nos hacen dependientes de un modo de vivir contaminante y después nos acusan de contaminar. Pero de qué van, hombre: hace 11.000 años no había ni chimeneas, ni calefacción, ni tubos de escape, ni esprais, ni alumbrado eléctrico y entonces revirtió la cuarta glaciación del último millón de años, que convirtió ardientes desiertos en mares de hielo. Aquellos sí fueron cambios climáticos y el hombre sobrevivió sin medios para combatirlos. Además, el pronosticado aumento de fiebre de este planeta enfermo hasta puede venirnos bien. Como las otras veces, se producirán masivas migraciones humanas y con un poco de suerte tribus de sangre fría tan indeseables como chiítas, talibanes, alfatases, kaleborrokas, alqaedos y demás gentuza quizá se piren al norte huyendo del horno hasta acomodarse en Siberia, tan amplia y templadita, y nos dejen cocernos en paz mientras se masacran entre sí. En todo caso, a los de mi generación-emparedado (media vida adulta cuidando descendientes y ascendientes la otra media) nos importa un carámbano si en 2099 vagarán por la Gran Vía osos polares o dromedarios. Ya sólo nos faltaba tener que preocuparnos también de los biznietos; los que vengan detrás que arreen, hombre, pero tranquis, por aquí no será tan malo como pretenden los agoreros: los veintidós graditos de media presagiados para fin de siglo pueden convertir a La Rioja en un paraíso subtropical; ¿se imaginan ustedes degustando mazapanes y turrón a la intemperie en pantaloneta? Por ejemplo.
Sobre este blog
El bisturí
aldamaFernando Sáez Aldana (Haro, 1953) es médico traumatólogo y escritor. Ha publicado tres libros de relato breve (La ouija y otros relatos, Armonía y otros cuentos y El decatlon riojano), tres novelas (Hasta los huesos, Kundry y La Casa) y el poemario En el crepúsculo y ha obtenido una docena de premios literarios entre los que destacan el Juan de la Cuesta y el Tiflos de cuento.
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