Bien dijo una vez Stefan Zweig, que aquellos que anuncian luchar en favor de Dios, son siempre los hombres menos pacíficos de la Tierra. Como creen percibir mensajes celestiales, tienen sordos los oídos para toda palabra de humanidad.
Y ante esto me planteo el debate que como yo, muchos se habrán planteado estos días de procesiones y tamboreadas, ¿Dónde acaba la fe y empieza el folclore?.
Acostumbrada a la poesía que pedía una cruz sencilla al carpintero, sin aderezos ni ornamentos, al cura de la iglesia de mi pueblo, predicador de esa sencillez y simplicidad en las fechas señaladas, he de expresar mi asombro ante esta primera Semana Santa con el nuevo párroco. Ni mejor ni peor que años pasados, diferente, y a la vez portentoso.
Las calles se llenaron de pasos meticulosamente acicalados y acompañado de tambores, bombos y el casi silencioso sonido de los palos en los que se ayudaban los costaleros. Frente a ese panorama, el recuerdo de las más silenciosas procesiones de otros tiempos, en las que el silencio del que hablo, se cortaba con hilos de voz que entonaban las mujeres. Ni mejor ni peor, diferente.
No se hasta que punto habremos dado un paso hacia atrás o hacia delante. Por un lado, es bonito ver la creación de una “cofradía” en el pueblo, de menor tamaño que las de la capital, claro, pero ahí está la gracia y el esfuerzo. También la curiosa novedad de nuevas procesiones y rituales, como el encuentro entre la virgen y el cristo resucitado (nunca antes visto por estas calles) y la puesta de blanco de la dolorosa. Si, ¿Por qué no?. Pero por otro lado está nuestra tradición, que no es más que un puñado de sencillez y sentimiento interno. No creo que un creyente necesite grandes redobles para sentir la noche del Jueves Santo, para guardar vigilia o para festejar la resurrección, pero lo respeto y a la vez lo contemplo como curiosa espectadora de estos actos.
El año pasado, tuve que hacer una crónica de la Semana Santa para la asignatura de géneros informativos de primero de carrera. Bien pude bajar a Logroño a vivir una procesión majestuosa, pero consideré que sería más curioso hacer una crónica que reflejase cómo vivíamos estos días en mi pueblo natal. Recuerdo que comenté lo que muchos comentan todos los años…La iglesia se llena de caras nuevas, ves llorar de emoción al más malo malísimo, siempre hay cuatro gatos manejando todo el cotarro y las señoras se mueren por llevarse a casa uno de los claveles rojos que adornan el paso de la dolorosa…A Dios rogando, y con el mazo dando… Yo es que verán, me eduqué en la simplicidad, y realmente creo, que por mucho patrimonio que sea, a cuántos daríamos de comer con una de esas figuritas bañadas en oro…