Fin de la Semana Santa
Ha estado esperando durante varias semanas a que llegaran las vacaciones. Cansado del infierno de la gran ciudad, David ha decidido junto a su novia Julia que deben tomarse un descanso. Están hartos de coger el metro a las siete de la mañana para no volver a casa hasta las seis de la tarde. Quieren respirar aire fresco, ver por la ventana la montaña y encontrarse de vez en cuando con un pastor que les hable del tiempo. A un lado desean dejar las malas caras del jefe que les explota por cuatro duros, los cafés a medio euro que salen de una máquina putrefacta de la esquina o las comidas rápidas de un plato combinado regado con ketchup.
Julia no sabe a dónde van porque su novio ha decidido darle una sorpresa. Sabe que irán al campo y que harán falta unas buenas botas para las caminatas que se darán por las mañanas. Sus ojos azules estampados sobre su piel clara están llenos de alegría, de ilusión por lo que vendrá después. Sin lugar a dudas lo pasarán bien cuando lleguen a esa casa rural que reservó hace un mes su querido David. Les vendrá bien desconectar del mundanal ruido y leer un poco a la sombra de una encina.
Y por fin es miércoles. David sale a todo meter del curro a la una de la tarde y busca a su musa que le espera en el portal de casa. Julia lo tiene todo listo, incluso ha preparado un par de bocadillos de chorizo para el viaje; y es que sabe que son los que más les gustan a David. Así que se ponen en carretera en el Opel Corsa. Al principio, como esperaban, se topan con el atasco de su vida. Hay más de siete kilómetros de retenciones y apenas se mueven por lo que David decide poner un poquito de Estopa que es con lo que mejor mueve las caderas su querida Julia. La chica le echa una sonrisa y cierra los ojos para dormir un rato para estar más descansada.
Mientras Julia echa la baba, David se dedica a quemar kilómetros por tierras castellanas. No se siente cansado, pero cada dos horas decide buscar un área de servicio para estirar las piernas y observar un poco el paisaje junto con Julia. En la segunda parada no ha podido aguantarse más y le ha dicho a su pareja que van a un pueblecito de Cantabria. Julia se le envuelve entonces en un abrazo que casi no le deja respirar. "Es justo lo que deseaba"- le dice emocionada tras haberle dado un apasionado beso en la boca.
Sabido el destino deciden darse un poco más de prisa. Son las siete de la tarde y empieza a anochecer. Es entonces cuando David le da candela al acelerador por aquellas carreteras secundarias que les llevarán a la casa rural. Se acerca una curva, David enciende un pitillo e intenta dejar el paquete de tabaco en la guantera. No atina con el hueco destinado a tal fin y no ve que tiene que frenar para hacer un giro de derechas. Pasan unas décimas y David siente que le duele la pierna y la cabeza. Julia, por su parte, nota como se le van inundando poco a poco los pulmones con su propia sangre.
Sobre este blog
El Espectador
Ignacio Rubio PérezPoco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.
Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.
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