Las armas de la dignidad

El agua inunda la habitación ante la atenta mirada de unas ratas que empiezan a gruñir al lado de un búnker improvisado a base de sacos de arena y un agujero en el suelo. Lo que antes había sido una casa bastante lujosa había quedado reducida a cenizas gracias a los constantes ataques lanzados por las Walfen-SS y la Policía Azul, los colaboracionistas polacos. En una esquina está Samuel quizá abstraído, quizá pensativo. Son muchas las muertes que ha visto pasar por delante de sus ojos. Son demasiadas las despedidas que ha brindado cuando, por ejemplo, los nazis se llevaron a su hermano menor, su mujer y su sobrino. Pero a pesar de todo él sigue ahí, en la resistencia. No quiere abandonar su Varsovia natal aunque algunos deseen acribillarlo a tiros.

Todo empezó con la ocupación alemana. Hacía casi tres años de ese infierno devastador en el que se convirtió la guerra relámpago o como llamaban los teutones la "Blitzkrieg". A partir de entonces, miles de judíos como la familia de Samuel empezaron a ser recluídos en guetos donde empezaron a morir y ver marchar trenes hacia los campos de refugiados. Muchos se resignaron. Samuel y muchos más no. Se negaban a ver impasibles cómo su pueblo era masacrado, pisoteado e incendiado. Cada noche Samuel veía arder una sinagoga que prendían con las torás que había dentro.

Estando en el gueto de Varsovia, donde al principio había casi unos 380.000 judíos, Samuel decidió que ya era la hora. Así que, sin preparación militar alguna se unió a las armas. Era la única salida ante tantos trenes de ganado que sólo tenían billete de ida. Muchos fueron los que decidieron plantar cara a base de cócteles molotov, explosivos caseros, revólveres y algún que otro fusil. A Samuel no le gustaba la violencia, pero en esta situación se hacía indispensable además de ética.

El Armia Krajowa, el Ejército Territorial Polaco, les daban granadas a los insurgentes del gueto de Varsovia. Además, estos pudieron establecer enlaces con parte de la insurgencia comandada por la Guardia del Pueblo que radiaba mensajes de socorro hacia los aliados. Así que a base de valor Samuel y sus compañeros consiguieron hacerse autosuficientes gracias a la creación de una redes de túneles que les permitían defenderse de los ataques aéreos. Había días en los que muchos dedicaban 12 horas al mantenimiento de la resistencia.

Samuel se dedicó durante muchos días a atacar a los alemanes por la noche. Le resultaba incluso bonito ver arder algún tanque o a un simple colaboracionista. Con todo esto se tomaba la venganza por su mano. Pero no todo es de rosa. La vida es muy puta y Samuel lo sabía ahora que estaba ensangrentado en el salón inundado de su casa. Una bala le había alcanzado la femoral. La roja sangre caía por su pierna hasta llegar al agua donde se expandía haciéndose mucho más clara. Samuel estaba presenciando no sólo su final, sino el fin de quienes intentaron plantar cara a la barbarie de la sinrazón. El levantamiento del gueto de Varsovia estaba en las últimas, apenas quedaban trescientos "soldados" para mantener la resistencia. Muchos los recordarán pero los malos habían vuelto a ganar.

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El Espectador

Poco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.

Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.

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