El testigo del horror
"Hay historias donde lo más peligroso no es arriesgar la vida por contarlas, sino dejar de firmarlas"- Miguel Gil, camerógrafo, periodista y mejor persona
Muchos han escrito sobre él, incluso le han dedicado un libro. Amigo, compañero, profesional, pero ante todo una buena persona consciente del valor de lo que hacía. Harto de la vida en la urbe, donde ejercía como abogado en su natal Ciudad Condal, hasta las narices de coger el autobús número seis, Miguel Gil decidió lanzarse a la aventura, coger su moto de trial y lanzarse en busca de esas noticias que algunos no se atrevían a narrar.
Eran los años 90, los Balcanes se desangraban en una cruenta guerra, y era poco lo que se hacía desde el exterior para solucionar el conflicto. Pero Miguel, con su cuaderno de notas y unas ganas increíbles de contar con su testimonio lo que sucedía, decidió que había que pasar el frente hasta llegar a Mostar. Allí convivió con la población civil bajo la lluvia de bombas croatas. A base de semanas, muchos le conocieron como el "Muyahidín" y no iban desencaminados. Con su prominente nariz, su huesudo cuerpo y su cabellera morena parecía más musulmán que la mayoría de los presentes. Así empezó una carrera en la que muchos se cruzaron para ver la humanidad de un hombre nada convencional.
Miguel era creyente, pensaba que Dios estaba ahí en algún lado. Este hecho resulta un poco extraño entre muchos corresponsales que, tras ver salvajadas de toda naturaleza, pierden la creencia en todo. En ocasiones discutía con compañeros sobre la existencia de ese padre protector, pocas veces conseguía convencer a alguno. Con su tono pausado, Miguel conseguía ser un remanso de tranquilidad en medio de tanta inestabilidad, conseguía ser un oasis de humanidad entre tantas muertes.
Y poco a poco siguió con su labor. Volvió a Madrid para empaparse de periodismo entre el ir y venir de una redacción. Después volvió a Sarajevo. En la capital bosnia se dedicó a trasladar a miembros de ONG's y periodistas por la única salida de la ciudad: el monte Igman. Día tras día se encargaba de arriesgar su vida por el Bulevar Mese Selimovica o la más conocida Avenida de los Francotiradores donde cientos de civiles encontraron la muerte de manos de lobos solitarios sedientos de sangre. En esta época conoció a Nicola, un cámara italiano que le influyó a la hora de convertirse en camarógrafo. Ya no había vuelta atrás. Miguel iba a ser los ojos de muchos en conflictos como los de Kosovo, Congo, Liberia, Ruanda, Sudán, Chechenia y Sierra Leona.
Con su amabilidad, su saber tratar a la gente, consiguió llegar alto de una forma digna. No pisoteó a nadie, nunca dejó atrás a un civil o compañero, jamás dijo no a prestar ayuda. En 1998 recibió el premio más importante que se puede conceder a un cámara, el Rory Peck Award, por el documental de un viaje con el Ejército de Liberación Kosovar (KLA) bajo el fuego de las balas serbias.
Después tocó esa África inmersa en guerrillas, sembrada de campos de concentración, más conocidos como campamentos de refugiados, enterrada en el odio étnico y tribal. ¿A quién le importaba África? Pues a Miguel y a otros como su amigo Kurt Schork. Sabían que su trabajo sólo daría para unos minutos en el telediario de turno pero sentían que era su deber, que no podían dar la espalda a tanta gente que esperaba un levantamiento de occidente frente a la barbarie. Nada de esto sucedió.
Pero un día Miguel y Kurt Schork cayeron en una emboscada. El escenario era Sierra Leona. A pesar de que les escoltaban varios soldados, los dos amigos cayeron bajo el fuego rebelde.
“No me imagino a Dios como un asesino emboscado; le veo más bien como un jardinero dispuesto a cortar la rosa más bella”, decía Miguel un año antes de su asesinato, en el funeral de su amigo y compañero Myles Tierney. Quizá llevaba razón.
Sobre este blog
El Espectador
Ignacio Rubio PérezPoco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.
Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.
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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Ana dijo
Parece ser un buen tio. Muchos nos hemos acostumbrado a relacionar periodista con corazón, pero si nos fijamos un poco hay otros muchos mas que se dedican a hacer bien su trabajo.
Saludos.
Ignacio Rubio Pérez dijo
Ana hay que reivindicar las buenas prácticas en cada profesión. En medicina nos encontramos a verdaderos incompententes, en derecho paletos por doquier que después se dedican a la política, en administración a todos aquellos que califican el dinero en "tipo A" y "tipo B"... en el periodismo pasa lo mismo.
Un periodistas no es sólo un empleado que rellena un determinado número de líneas o segundos, es algo más. Cumple una labor social y puede escapar en cierto grado de lo que algunos quieren escuchar. El periodismo, especializado tal y como lo entendemos hoy, nació en las democracias para preservar la libertad mediante el control a los gobernantes y la pluralidad de los contenidos.
Un saludo.
nines dijo
me alegra leer algo sobre un hombre bueno,con valores y religioso, ahora que se lleva mucho ser agnóstico e incluso ateo.
Ignacio Rubio Pérez dijo
El tema, nines, no es en la naturaleza religiosa o no del sujeto. Es verdad que ser creyente le ayudó mucho, no vamos a negar eso a estas alturas.
Simplemente quería dar testimonio de una persona comprometida con su trabajo, con la labor del periodista como reflejo de un modo de vida antento a las desigualdades. Que fuera religioso quizá es lo de menos, aunque fuera una gran motivación. Lo que interesaba e interesa es su labor que bien podría haber hecho un agnóstico o un ateo (pero este es otro tema a tratar que no viene a cuento jeje).
Dejémoslo en que fue una gran persona, un ejemplo.
Saludos.
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