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Paria de la urbe

El frío de la noche le hiela hasta los dedos de los pies. A su lado, una mujer se intenta acurrucar para coger algo de calor. Resulta vano. Esta es la historia de José, un paria de la urbe, un vagabundo cualquiera. Su vida está totalmente ligada a la de la calle como la de otras muchas personas. El cielo abierto es su hogar, pero también su pesadilla donde los peores augurios pueden darse. Desde un buen gesto de su Marlene hasta las bromas de cuatro chiquillos pijos malcriados que una noche se le mearon.

José, según pone en el DNI, nació en Sevilla. Cuando era joven se movía con las elites empresariales. Curraba como asesor de bolsa y las cosas no le iban tan mal, más bien le iban genial. Nadie podía imaginar por aquel entonces que este andaluz pudiera pasar de cenar centollos a recoger fruta podrida en los contenedores de un Carrefour, pero hay veces que en la vida se cruzan las desgracias. La suya fue la cocaína, una sustancia que se convirtió en su mejor amiga, que le ayudaba a aguantar despierto para trabajar o para divertirse y que acabó comiéndole sus fuerzas y su dinero. Pero su gran amor era traicionera y le abandonó a su suerte tirándole como a una colilla.

José hoy no ha tenido suerte porque no ha podido pillar sitio en el pasadizo habitual donde se apilan un centenar de almas. Así que con su santa paciencia se ha tenido que montar su propio cobijo a base de los cartones que arrastra todos los días en un carrito de la compra que robó hace un par de años. Nadie le ha pedido responsabilidades por este hurto. José es invisible a la sociedad y así lo siente en su soledad, sólo rota por la compañía de su novia, Marlene. Con ella comparte muchas cosas, incluso los cartones de vino diarios que les ayuda a pasar mejor la jornada. El vino es el gran aliado de José contra el frío, contra las miradas, contra la maldita realidad.

Cada día que pasa José tiene la voz más cascada como consecuencia del alcoholismo que padece. Reconoce que la vida en la calle es dura, pero cree que es lo que le toca porque se considera un perdedor. Perdió su prometedora carrera por coquetear con algo peligroso así que ha decidido que debe apechugar con las consecuencias de los antiguos malabarismos.

Después de despertarse, algo no muy difícil gracias al ruido o a los avisos que recibe de la policía, lo primero que hace José es darle un beso a Marlene para coger las fuerzas que le harán falta durante las siguientes horas. Después de seguir el ritual del desayuno, compuesto por jugo de uva y alguna cosa que se ha guardado para comer, se dirige a la plaza principal. Hubo un tiempo en el que tenía vergüenza para pedir, algo muy habitual entre los novatos según dice. Ahora lo que le importa es sacarse unos euros para salir adelante. No hay más horizonte que el presente inmediato y así lo siente José cuando pide, cuando busca comida en el contenedor o cuando le hace el amor a su compañera. José empieza en la plaza la pelea por sobrevivir en la que puede perder en cualquier momento. No sabremos si hoy la victoria va a ir de su lado.

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El Espectador

Poco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.

Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.

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