Un día en el locus amoenus

La carretera se hace cada vez más estrecha y los baches empiezan a hacer acto de presencia en el pequeño coche. El sol brilla en el cielo y calienta el brazo que el conductor saca por la ventanilla. Pasados unos cinco minutos los tres amigos toman un desvío a la izquierda. Ahora ya no hay asfalto, la calzada está compuesta por tierra y piedras que se dirigen al lugar pensado para pasar el día. A los lados, se levanta un pinar muy conocido por la zona. Con su frescor, consigue dar suficiente oxígeno a huertas y chalets. Es el marco perfecto para las ardillas, los jabalíes e incluso los ciervos que campan entre sus matorrales.
Es el momento de parar el auto. Una cadena impide el acceso por un camino que fue encementado hace muy poco. Toca entonces esperar a que llegue la clave que separa a los amigos del lugar indicado para comer. El encargado no se hace esperar, abre el candado, quita la cadena y desciende con otro coche por el nuevo camino. Poco a poco empieza a vislumbrarse no sólo pinos, sino también lilas, rosas, un amplio césped natural y una pequeña huerta que cumple las funciones de mero entretenimiento. A la izquierda se puede ver un pequeño asador provisto a su lado de un sencillo baño. Junto a él, la casilla en sí.
La brisa empieza a acariciar los torsos descubiertos de dos hombres que empiezan a preparar unas brasas para la chuletada. Uno de ellos se quema, le ha salido una ampolla en el dedo. El otro sigue con la labor. Es entonces cuando deciden acercarse a la pequeña huerta para coger unos ajos y unas cebollas. Creen que no es mala idea asarlas para abrir apetito. Así que se han puesto a ello. El más bajo de los dos empieza a colocar los ajos paralelamente, muy juntos, para que se hagan mejor. El otro los tapa con brasas ardiendo. Empieza entonces la acción de las gavillas quemadas.
Pasan los minutos. El sol se hace sentir cada vez más pero de vez en cuando una suave brisa, con una cierta fragancia a tomillo y pino, alivia a los allí presentes. En una mesa el resto de amigos decide sacar unos encurtidos para comer mientras hablan de banalidades, de cosas que no tienen mayor importancia. Aun así se sienten bien. Creen que es uno de esos momentos que merecen la pena ser vividos. Al fin y al cabo, un poco de descanso en el campo nunca viene nada mal.
A lo lejos se oye un aviso: "¡vienen los ajos, preparad la sal y la basura". Como si de un pelotón se tratara los que antes hablaban dejan todo listo. Han sido fieles a la llamada del estómago. La orden no se ha hecho esperar. Y así empieza un día en el su propio locus amoenus. Las alitas de pollo, las salchichas, el vinito del año y la posterior partida de cartas los hacen sentir afortunados. Uno de ellos se siente especial. Vuelve a los orígenes. Deja de un lado su nueva vida.
Sobre este blog
El Espectador
Ignacio Rubio PérezPoco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.
Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.
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