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A base de caderas

Son las nueve de la mañana. El despertador suena con un chirrido que taladra los oídos. Toca levantarse para iniciar un nuevo día por las calles que se convierten en sustento y peligro. Alexandra no se imaginaba que iba a acabar vendiendo su cuerpo al máximo postor. Cuando era pequeña Alex soñaba con trabajar de enfermera en su querida Rusia pero el hambre y las necesidades le hicieron agarrarse a un clavo ardiente. Así que, tras pensarlo durante unos meses, aceptó una oferta. Le dijeron que vendría a España para trabajar limpiando en casas como asistenta. Ella no había estudiado una carrera para eso, pero vio que era la mejor opción para salir adelante.

Alexandra es guapa, para qué vamos a mentir. Mide 1'75, tiene buenas curvas y en su cara brillan dos piedras azules bajo unas finas láminas doradas. Hoy le toca ir a la céntrica calle Montera de Madrid. Son muchas las que se reúnen allí en busca de unos euros pero, a pesar de la competencia, las chicas llegan a hacer buenas migas entre ellas. A unos metros de donde está Alex se encuentra una patrulla de la policía municipal. No le van a decir nada, pero ella siempre está con el miedo de que le puedan pedir explicaciones. Eso sí, también siente cierta seguridad con su presencia porque así no podrá pasarse de la raya ninguno de sus clientes. Además, Alex tiene muy en cuenta que también hay cámaras exteriores que las respaldan y que a la vez sirven para denunciarlas.

Ha pasado más de dos horas desde que la joven rusa se ha levantado. Le extraña no haber conseguido intimar todavía con nadie, pero tampoco anda muy inquieta porque sabe que tarde o temprano hará negocio. Son muchos los que se lanzan a la aventura de mentir a su mujer o de satisfacer unas necesidades de la manera más rápida y directa posible, sin juego previo.

Se le acerca un hombre de mediana edad. Tiene canas, un cutis de la cara poco cuidado y muchas ganas de pasarlo bien. Tras camelarlo un poco Alex decide llevárselo a la habitación del hostal que tiene alquilado. Cree que no hay peligro alguno. En una media hora Alex se va a hacer con unos 25 euros. A cambio tira su dignidad por el suelo, como si ya no valiera para nada en un mundo donde muchos ni siquiera saben qué es.

Tras cinco minutos, Alex y su acompañante llegan a la cama. Él le da un mordisco en el hombro, ella le abre la bragueta del pantalón. Todo es muy rápido. No hay erotismo, no hay humanidad. Todo es puro mecanismo. Al fin terminan. Alex cree que el tío ha aguantado lo suyo pero tampoco tiene mucho tiempo para pensar en eso. Ha empezado la jornada laboral y hay que sacarse las lentejas a base de labia, guiños y movimientos de cadera.

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El Espectador

Poco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.

Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.

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