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¡Hola rutina!

Todo se va como viene. Lo que se presenta como un alivio temporal desaparece en un suspiro. Se vuelve a la rutina, esa que sabe mucho de molestos atascos por la mañana, de cortar el sueño a las siete de la mañana y de los extraños tocamientos que te hace la cortina de la ducha nada más levantarte. ¡Hola rutina! ¡Adiós a los días de descanso, a la vuelta con los amigos, a la alegría de ver a la familia!

Es domingo, tienes sueño y te levantas a las 12 para terminar de hacerte la maleta. No es que tengas la mente muy clara en ese momento, pero recibes visitas de tu tía que no te ha visto en tu estancia en Arnedo o del amigo despistado que se pasa con su novia. Y ahí estás tú, de pie, vestido todavía con el pijama porque te han pillado antes de irte a duchar en esa gigantesca bañera, y sonriendo porque sabes que ya falta nuevo para volver al pueblo aunque todavía no te hayas ido. Te despides, echas a lavar el viejo pijama que sólo usas en casa, y te adentras en la ducha. No se pega la cortina como en la residencia -algo que todavía no lo asumes- pero enseguida te olvidas de eso para sentir en tu piel esa agua que aclara la cabeza y que rejuvenece el blancuzco cuerpo que ha engordado unos cuatro kilos que son bienvenidos.

Acabas tu sesión de autoayuda, lees "El Marca" y ojeas los diarios nacionales y regional a través de la pantalla del ordenador. Entonces se oye una voz: "¡A comer!" y sabes que es el momento del último manjar que se presenta como la última cena. No quieres llenarte para que no te afecte en el viaje, así que comes un poco de ensalada de patata -deliciosa, por cierto - y unos cuantos fritos que antaño eran especiales pero que ahora se han convertido habituales en tu menú diario de la capital española. Entonces son las dos y cuarto, sólo tienes quince minutos para prepararte y coger tu primer autobús. La dirección: Logroño.

Ya son las tres menos cuarto y coges con resignación el bus tras haberle dado un beso en la frente a tu abuelo. Allí descubres que hay una amiga tuya -que conociste un día en los scouts- que hace el mismo trayecto. Mientras se gastan los kilómetros, hablas con ella de la vida, de que va a Madrid en coche y tú no le puedes decir que sí porque ya has comprado el billete.

Llegas a la estación de Logroño. ¡Qué caos! Parece que los autobuses aparcan en el primer lugar que pillan y que la estación resulta la más caótica entre las que te vas a encontrar en el resto del viaje. Entonces decides dormir. El cansancio hace mella y te despiertas en Soria. Te has perdido las espléndidas vistas del Puerto de Piqueras, pero estás más tranquilo, más relajado para seguir el camino tras visitar el bar de la estación de autobuses de Soria.

Pasado Medinaceli, ves en los cristales anochecidos que empieza a llover. Parece mentira que caiga agua en el sur y no en el norte, pero las circunstancias son así y te habitúas. Vuelves a dormir, algo que resulta normal en el autobús. Es entonces cuando te despiertas en Guadalajara con un atasco del carajo. Ya no puedes volver a echarte una cabezadita. Estás nervioso porque a la media hora llegas a Avenida América. Ves el hotel de turno -moderno, no cabía más- iluminado como un club de alterne. Has llegado a Madrid, te olvidas de la pésima compañía. Ahora sólo piensas en el día siguiente, en volver a la facultad y volver a sentir los tocamientos de la cortina de la ducha. ¡Bienvenida rutina!

Un final no ensayado

Finalmente se ha decidido, va a hacer una locura en el metro. A sus 30 años, Ebenezer está más que harto de dar vueltas por las calles de Madrid que ha conocido durante las dos últimas primaveras cuando se pateaba la capital en busca de trabajo. Alto, de tez oscura, este africano dejó su Nigeria para llevarse a la boca algo más que el hambre. Abandonó su casa y salió de su tierra con el deseo de buscarse un porvenir en Europa. A Ebenezer siempre le había gustado la idea de viajar así que no se lo pensó mucho cuando su madre le dijo que se buscara la vida, que no podía aguantar más para mantener a siete hijos. Así que, con unos ahorros que había conseguido trabajando de carpintero, se lanzó a la aventura de cruzar el desierto y la mar. Pensaba que todo iría mejor. Cuan equivocado estaba.

Lo tiene todo preparado. Ebenezer se ha vestido su abrigo de color verde y se ha enfundado su pistola para dirigir sus pasos hacia el metro. Nunca le ha gustado eso de desplazarse por debajo del suelo como hacen las hormigas pero es el suburbano donde conseguirá protagonismo, donde hallará el placer del poder que nunca ha poseído. El joven pica su billete y se coloca en un vagón, sentado junto a una chica que ni tan siquiera le ha dirigido la mirada. Ahora sólo espera el momento de soltar su ira, de sentir que él es el que manda en un mundo en el que se ha visto pisoteado diariamente.

Un hombre le mira mal. Ebenezer ya tiene la excusa perfecta para iniciar su función, un espectáculo que había preparado durante los últimos días pero del que no sabía exactamente cuál sería su desenlace. "Voy a matar a todos los ricos!"- suelta lleno de ira desde una boca sedienta que suelta salivas por doquier. Instintivamente, tras ver el revolver, los viajeros se tiran al suelo. Ebenezer ve en ellos temor, ve miedo y le gusta. Delante de una niña está su madre que le intenta proteger de un posible disparo. Al lado, una anciana está desparramada y se queja de que le duele la cadera. El africano sabe que nadie le puede toser, sabe que en ese momento es el que decide como si fuera un dios.

No pasa mucho tiempo hasta llegar a la estación de Gregorio Marañón. Como si fuera una señal, suena el pito del metro y una tromba de temerosos pasajeros sale como puede por las puertas. Ebenezer les persigue, no quiere que todo se acabe en el momento.

El hombre está ido totalmente, no sabe lo que hace y apunta en la testa a uno de los guardias de la seguridad privada. La pobre víctima está más cerca que nunca de ver su vida en fotogramas, o eso es lo que piensa de no ser que suceda un milagro que se da. Ebenezer se descuida y recibe una patada en el costado que le hace caer al suelo. Aturdido, se revuelca en el suelo mientras se le echan dos cuerpos corpulentos encima. Al instante se da cuenta de que no había ensayado suficientemente el final, un final que no podía escaparse de las consecuencias de una pistola de fogueo.

Sobre este blog

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El Espectador

Poco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.

Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.

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