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¿Por qué se hacen las víctimas?

Resulta indignante ver cómo hay personas que se hacen pasar por lo que no son. No crean que son pocos a los que les gusta hurgarse los dientes sin haber comido, como en el El Lazarillo, o los que les encanta ahogarse en un crédito para tener un cochazo. Vemos así que esto de aparentar no es nada nuevo, incluso podríamos decir que es tan antiguo como la propia existencia del ser humano cuando antaño presumía que vestía pieles de mamut cuando eran, en realidad, de un cervatillo que había encontrado medio muerto. También los hay quienes, por ejemplo, hacen grandes soliloquios sobre alguna materia que podrían resumir en dos breves frases.

Pero lo de hoy con los etarras detenidos podría incluso ser de risa de no ser la por la cantidad de muertos que llevan a sus espaldas. Como si de unas auténticas víctimas fueran han salido tapados mientras hacían el paripé de que son empujados contra su voluntad. A esto lanzaban proclamas a ETA, a la supuesta libertad que debe conseguir el País Vasco y a que vivían en represión y no sé qué cuántas tonterías más. Uno que no sepa nada de este entorno podría pensar que ellos son quienes sufren, pero es que resulta que es justamente al revés. Estos gudaris son en realidad los verdugos y las auténticas víctimas son las personas que han sufrido el bombazo de turno o la fría pistola que acaricia con su cañón una nuca desnuda. Así que no vengan con actuaciones. Ya no cuela, no estamos en un régimen dictatorial, sino en un verdadero Estado de Derecho consensuado socialmente.

El más rechoncho, que por lo que se ve no está de mal año, dice que están en un estado de excepción. Otro lanza vivas a ETA y el último anima a la lucha con ese famoso "jotake". No me apetece hablar más de estos señores, o lo que sean. No es mi estilo tener que estar descalificando -esta vez con razón-. Observen y reflexionen.

Contra la barbarie

Quienes se sienten acorralados intentan hacer daño antes de su desaparición. ETA con el atentado en Legutiano (Álava) atestigua esto y nos demuestra su debilidad. No saben usar la palabra, no saben utilizar la dialéctica para conseguir sus fines mediante medios pacíficos. La banda de pistoleros, creyéndose todavía la "vanguardia del pueblo vasco", han asesinado a un Guardia Civil en el atentado perpetrado en la Casa Cuartel de la localidad alavesa. Hay que hacerles saber que no podrán con la libertad democrática. Frente al fusil palabras, frente a las bombas: movilización.

Un final no ensayado

Finalmente se ha decidido, va a hacer una locura en el metro. A sus 30 años, Ebenezer está más que harto de dar vueltas por las calles de Madrid que ha conocido durante las dos últimas primaveras cuando se pateaba la capital en busca de trabajo. Alto, de tez oscura, este africano dejó su Nigeria para llevarse a la boca algo más que el hambre. Abandonó su casa y salió de su tierra con el deseo de buscarse un porvenir en Europa. A Ebenezer siempre le había gustado la idea de viajar así que no se lo pensó mucho cuando su madre le dijo que se buscara la vida, que no podía aguantar más para mantener a siete hijos. Así que, con unos ahorros que había conseguido trabajando de carpintero, se lanzó a la aventura de cruzar el desierto y la mar. Pensaba que todo iría mejor. Cuan equivocado estaba.

Lo tiene todo preparado. Ebenezer se ha vestido su abrigo de color verde y se ha enfundado su pistola para dirigir sus pasos hacia el metro. Nunca le ha gustado eso de desplazarse por debajo del suelo como hacen las hormigas pero es el suburbano donde conseguirá protagonismo, donde hallará el placer del poder que nunca ha poseído. El joven pica su billete y se coloca en un vagón, sentado junto a una chica que ni tan siquiera le ha dirigido la mirada. Ahora sólo espera el momento de soltar su ira, de sentir que él es el que manda en un mundo en el que se ha visto pisoteado diariamente.

Un hombre le mira mal. Ebenezer ya tiene la excusa perfecta para iniciar su función, un espectáculo que había preparado durante los últimos días pero del que no sabía exactamente cuál sería su desenlace. "Voy a matar a todos los ricos!"- suelta lleno de ira desde una boca sedienta que suelta salivas por doquier. Instintivamente, tras ver el revolver, los viajeros se tiran al suelo. Ebenezer ve en ellos temor, ve miedo y le gusta. Delante de una niña está su madre que le intenta proteger de un posible disparo. Al lado, una anciana está desparramada y se queja de que le duele la cadera. El africano sabe que nadie le puede toser, sabe que en ese momento es el que decide como si fuera un dios.

No pasa mucho tiempo hasta llegar a la estación de Gregorio Marañón. Como si fuera una señal, suena el pito del metro y una tromba de temerosos pasajeros sale como puede por las puertas. Ebenezer les persigue, no quiere que todo se acabe en el momento.

El hombre está ido totalmente, no sabe lo que hace y apunta en la testa a uno de los guardias de la seguridad privada. La pobre víctima está más cerca que nunca de ver su vida en fotogramas, o eso es lo que piensa de no ser que suceda un milagro que se da. Ebenezer se descuida y recibe una patada en el costado que le hace caer al suelo. Aturdido, se revuelca en el suelo mientras se le echan dos cuerpos corpulentos encima. Al instante se da cuenta de que no había ensayado suficientemente el final, un final que no podía escaparse de las consecuencias de una pistola de fogueo.

Sobre este blog

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El Espectador

Poco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.

Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.

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