La vida desde el andamio

Todos los días toca la misma rutina. Levantarse a las 6 y media de la mañana, calentarse ese café instantáneo que moja con un par de magdalenas, dar un beso a su mujer y despedirse sin despertar a las pequeñas Julia y Ester que duermen placenteramente antes de ir al colegio. Después la vida se reduce a trabajar durante nueves horas en el andamio, ese amigo metálico que se convierte en la mayor de las pesadillas pero que es tan necesario para pagar la hipoteca del piso. Así era la rutina del currante de Jesús, un gaditano que con su salero se ha dedicado a trabajar en la construcción toda su vida. Así ha sido su muerte.
Nada hacía prever lo que iba a pasar ese día. Quizá la falta de seguridad así lo atestiguara, puede que una hipotética imprudencia lo pudiera entrever pero todos pensamos que eso siempre le pasa a los demás. Es verdad que Jesús se había quejado varias veces de que no tenían arneses pero se topó con un muro infranqueable. Su jefe le decía que si quería trabajar tenía que ser en esas condiciones, sino ya sabía lo que le tocaba: puerta y a otra cosa mariposa. Y algunos se preguntará que dónde estaban las inspecciones. Jesús también se hacía la misma cuestión. Todo queda así en una incógnita.
Tras despedirse cariñosamente de sus chiquillas y haberle dado un beso en la cara a su María, Jesús se trasladó en coche hasta la obra donde estaba ahora la cuadrilla. La jornada no iba nada mal. Los habituales piropos a las niñas guapas corrían a raudales mientras colocaba los ladrillos o hacía la mezcla del cemento. Su mejor amigo del currelo, un joven de 24 años al que le llamaban "el yesos", le había contado antes su último amorío con una gitana morena que quitaba el hipo. Mientras le daba a conocer todos los detalles de la cita, Jesús se acordaba de los tiempos en los que María y él soñaban con un futuro mutuo. Lo quisiera o no, esos recuerdos le emocionaban y así lo notaba "el yesos" que siempre le pedía que fuera un hombre.
Pero casi al terminar las nueve horas algo raro pasa en el andamio. El horario de Jesús iba a acabar de la peor forma posible. Mientras apuraba el espacio para colocar un poco de masilla el laborioso peón se resbala. Jesús siente que sus pies se levantan sobre el suelo y que cae en el vacío. Acto seguido un golpe seco le golpea y lo deja fulminado. Quien pensaba en ver a sus hijas después de la obra ha muerto.
María siente que se le cae el mundo encima, no sabe qué hacer sin él. Por su parte, "el yesos" siente que algo se muere en su alma, ya no podrá hablar de mujeres con su amigo. Tampoco podrán reflexionar sobre la vida y lo perra que es esta. Mientras tanto el periódico se hace eco de lo sucedido gracias a la información que le ha venido de agencias. No ahonda en las causas, tampoco en el caso específico porque parece que no interesa mucho la vida desde el andamio. El titular es claro: "Dos trabajadores muertos y otros nueve heridos en cuatro accidentes laborales".
Sobre este blog
El Espectador
Ignacio Rubio PérezPoco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.
Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.
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