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Ladran, luego cabalgamos

A Manuel nunca le ha gustado la idea de estar sentado en una redacción frente al ordenador. Antes de que empezara la carrera, tenía claro que lo suyo no era estar parado. Quería acción, estar al borde de la noticia. Por eso, en cuanto le presentaron la oportunidad de ir a Marruecos para cubrir el conflicto del Sahara y otros asuntos regionales no lo dudó un instante. Cogió su maleta, la llenó con dos libros de sus amigos Rousseau y Dostoievski, un poco de ropa y se lanzó a la aventura. Ya era hora de dejar a un lado a esos políticos municipales de segunda fila. Manu le dio un beso a su madre, le prometió falsamente no meterse en líos, y facturó rumbo a Rabat.

Marruecos es diferente, esa es una de las conclusiones que ha sacado en los meses que lleva en el reino alauí. El aire seco mezclado con arena sienta mal, hace que se irrite la garganta. Pero Manuel no está allí para eso, sólo está para cumplir con el deber que le han encomendado desde Madrid. A pesar de eso, en los últimos meses se está dando cuenta de que algo extraño pasa. Cuando sale a la calle siente que le miran. Él sólo lleva una cámara de fotos, un boli bic y su cuaderno de notas. Son precisamente estas herramientas las que representan una amenaza para las autoridades, unas instancias que siempre recelan del extranjero y, si es periodista, más aún. Otros compañeros españoles también le han comentado que creen que pasa algo raro. No ven normal que un agente por persona esté encima de ellos todo el día. Manu también cree lo mismo. No tiene nada que ocultar, pero tampoco le gusta encontrarse su maleta revuelta cuando vuelve a la habitación que tiene alquilada.

Hartos de esta situación, los periodistas españoles decidieron unirse y redactar un comunicado público también remitido al Ministerio de Exteriores español. No era de recibo esta falta de libertad informativa, aunque todos sabían antes de venir que esto podía pasar y que incluso podría empeorar eventualmente si la situación del Sahara se recrudeciera o si aumentara el número de presos políticos en el reino. La situación iba cada vez a peor. Manuel vio cómo a unos compañeros de televisión no les renovaron la licencia de emisión porque habían acudido a cubrir en España una conferencia organizada por el Frente Polisario. Incluso a un amigo suyo de TV3 le entraron en su casa para ver si tenía información privilegiada. Resulta increíble para Manolo que todo esto salga impune y que nadie pague las consecuencias. No sabe que muchas veces tendrá que sentir a lo largo de su carrera esa impotencia incurable. El delito: sólo ser un testigo de los sucesos, solamente ser periodista.

Al final parece que les han hecho caso, aunque sea a medias. El ejecutivo nacional les ha dicho a Manuel y al resto de compañeros que todo está arreglado, que no van a sufrir más injerencias del gobierno de Rabat. Manuel, a pesar de ser novato en esto, no se cree un ápice. Algo que ha aprendido durante sus primeros años de trabajo es que los políticos suelen mentir más de lo que hablan y, quizá tenga razón, puede que sólo sea una maniobra más para quedar bien ante el público que todo lo traga. Lo mismo les pasa al resto de periodistas españoles. Es entonces cuando a Manu le viene a la cabeza lo que un día le dijo Don Quijote a Sancho: "ladran, luego cabalgamos".

Ladran, luego cabalgamos

A Manuel nunca le ha gustado la idea de estar sentado en una redacción frente al ordenador. Antes de que empezara la carrera, tenía claro que lo suyo no era estar parado. Quería acción, estar al borde de la noticia. Por eso, en cuanto le presentaron la oportunidad de ir a Marruecos para cubrir el conflicto del Sahara y otros asuntos regionales no lo dudó un instante. Cogió su maleta, la llenó con dos libros de sus amigos Rousseau y Dostoievski, un poco de ropa y se lanzó a la aventura. Ya era hora de dejar a un lado a esos políticos municipales de segunda fila. Manu le dio un beso a su madre, le prometió falsamente no meterse en líos, y facturó rumbo a Rabat.

Marruecos es diferente, esa es una de las conclusiones que ha sacado en los meses que lleva en el reino alauí. El aire seco mezclado con arena sienta mal, hace que se irrite la garganta. Pero Manuel no está allí para eso, sólo está para cumplir con el deber que le han encomendado desde Madrid. A pesar de eso, en los últimos meses se está dando cuenta de que algo extraño pasa. Cuando sale a la calle siente que le miran. Él sólo lleva una cámara de fotos, un boli bic y su cuaderno de notas. Son precisamente estas herramientas las que representan una amenaza para las autoridades, unas instancias que siempre recelan del extranjero y, si es periodista, más aún. Otros compañeros españoles también le han comentado que creen que pasa algo raro. No ven normal que un agente por persona esté encima de ellos todo el día. Manu también cree lo mismo. No tiene nada que ocultar, pero tampoco le gusta encontrarse su maleta revuelta cuando vuelve a la habitación que tiene alquilada.

Hartos de esta situación, los periodistas españoles decidieron unirse y redactar un comunicado público también remitido al Ministerio de Exteriores español. No era de recibo esta falta de libertad informativa, aunque todos sabían antes de venir que esto podía pasar y que incluso podría empeorar eventualmente si la situación del Sahara se recrudeciera o si aumentara el número de presos políticos en el reino. La situación iba cada vez a peor. Manuel vio cómo a unos compañeros de televisión no les renovaron la licencia de emisión porque habían acudido a cubrir en España una conferencia organizada por el Frente Polisario. Incluso a un amigo suyo de TV3 le entraron en su casa para ver si tenía información privilegiada. Resulta increíble para Manolo que todo esto salga impune y que nadie pague las consecuencias. No sabe que muchas veces tendrá que sentir a lo largo de su carrera esa impotencia incurable. El delito: sólo ser un testigo de los sucesos, solamente ser periodista.

Al final parece que les han hecho caso, aunque sea a medias. El ejecutivo nacional les ha dicho a Manuel y al resto de compañeros que todo está arreglado, que no van a sufrir más injerencias del gobierno de Rabat. Manuel, a pesar de ser novato en esto, no se cree un ápice. Algo que ha aprendido durante sus primeros años de trabajo es que los políticos suelen mentir más de lo que hablan y, quizá tenga razón, puede que sólo sea una maniobra más para quedar bien ante el público que todo lo traga. Lo mismo les pasa al resto de periodistas españoles. Es entonces cuando a Manu le viene a la cabeza lo que un día le dijo Don Quijote a Sancho: "ladran, luego cabalgamos".

Represión china en el Tibet

Todos sabemos que China no es muy amiga de la democracia y del respeto a los Derechos Humanos. Para que nos hagamos un poco más la idea y no olvidemos la represión que se está viviendo en el Tibet, os dejo este vídeo informativo.

La maquinaria está lista

Fuera hay mucho ruido. Por la ventana del pequeño apartamento entra el ensordecedor "taca-taca" de un martillo mecánico que está quitando la capa vieja de asfalto de la calle para sustituirla por una nueva. Se acercan las Olimpiadas en Pekín y todo tiene que estar listo para la presentación mundial de gala de la floreciente China. Desde el gobierno creen que deben mostrar una imagen moderna al extranjero.


Quizá Lui Guijan, un joven estudiante de económicas, es una de las víctimas de este proceso. Desde que supieron que tenía un blog por internet en el que criticó algunas medidas gubernamentales, la justicia de su país -si se le puede llamar realmente así- le ha encerrado en su casa, donde no dispone ni de un mísero teléfono. No puede comunicarse y sólo recibe visitas de un amigo de clase que le pasa los apuntes del día.

Lui nota que las paredes se le caen encima mientras pasan las horas entre los escasos 50 metros cuadrados donde vive. Todavía no entiende por qué no le permiten salir a la calle hasta que pasen los Juegos. Él no lo sabe, pero puede convertirse muy peligroso si entra en contacto con los miles de periodistas extranjeros que se van a presentar durante estos meses en Pekín. El régimen sabe que tiene que tener engrasada la maquinaria de represión, por lo que cualquier prevención es poca. Lui no es el primero y tampoco será el último. De hecho, muchos ya han sido enviados a campos de trabajos forzados. Entre ellos hay periodistas y miembros de la disidencia.

No se considera disidente porque tampoco se lo ha planteado. Él sólo había dicho que el último plan económico del Partido podría afectar al modo de vida de muchos campesinos de la provincia de Gānsù, donde todavía viven sus abuelos. Su blog había sido testigo de esta crítica por lo que las autoridades rastrearon la red hasta que descubrieron que la señal salía del ordenador de Lui. Pasada una semana Lui recibió la visita de la policía que se lo llevó a la comisaría de su distrito. Allí le hicieron preguntas durante tres días. Como vieron que no podían demostrar nada -algo muy extraño en la maquinaria del poder- el juez decidió ejecutar un arresto domiciliario. Sus padres celebraron tal decisión ya que, de haber descubierto algo, se podía enfrentar al tiro en la cabeza con su correspondiente factura de la bala.

Este joven se pregunta muchas veces cómo ha podido conseguir China la celebración de los Juegos Olímpicos. En esta China, donde los altos edificios de negocios y las clases medias crecen, sigue sobreviviendo una China todavía encerrada en los pensamientos de Mao. Apretando sus ojos rasgados, Lui intenta comprender por qué unos juegos que deberían ser muestra de libertad y solidaridad se celebran en Pekín. No haya explicación, como tampoco la encuentran otros muchos. Mientras tanto, en el fondo del piso se oye la televisión. Unas niñas bailan una danza que están ensayando para el acto de apertura de los Juegos. Otros tendrán que bailar otros pasos más macabros con la muerte sólo porque han dicho lo que pensaban.

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El Espectador

Poco han de saber sobre mi. Ignacio Rubio Pérez, intento de periodista. Estudio 3º en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense.

Los hay más atentos y menos, más aburridos del espectáculo o entusiasmados con él. El Espectador debe intentar ser crítico y observar con detalle todo lo que se le pasa por sus narices. Así lo intentaremos ser aquí.

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