La Rioja

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Categoría: Actualidad
Indulgencia por pelotas

 

Por si quedaba alguna duda, el fútbol se beneficia de una dispensa social en este país. ¿Se imaginan que estando como estamos en campaña electoral los implicados en un hediondo asunto relacionado con el ‘caso Torbe’ fuesen candidatos políticos en lugar de jugadores de fútbol? ¿De verdad que la reacción colectiva hubiese sido la misma que la que ha habido con De Gea y Muniain? Quiero pensar que no.

Pero el mundo del fútbol es cosa aparte. Y eso se constata ya con el comportamiento de los periodistas. Discrepo del enfoque que le dieron mis colegas de la prensa deportiva a la polémica de Muniain y De Gea. Escuché varias veces la comparecencia del portero el día que saltó el escándalo, concentrado en Ré con la selección nacional, y de verdad que sentí rubor: qué almibarados los periodistas, qué tacto, qué comprensión. Lo más incómodo que se le cuestionó es si este escándalo le afectaría a su juego. A lo que evidentemente el guardameta dijo que no porque «todo es mentira» y tal y pascual.

Ya por la noche, en un programa deportivo radiofónico, presté oídos a la entrevista que le hicieron al seleccionador Vicente del Bosque. Hombre, pues si el chico dice que no hay nada, hay que creerle, comentó, añadiendo que cuenta con el respaldo del vestuario y del cuerpo técnico. No se le ha muerto el perro. Recordemos. Se le ha implicado en un tema relacionado con la prostitución y el abuso sexual de menores.

Este asunto aún no ha llegado a manos de un juez, cierto, pero se suma al juicio contra Leo Messi y su padre por fraude fiscal. ¿Vieron las imágenes de la entrada de la estrella blaugrana en la Audiencia de Barcelona hace unas semanas jaleado por los gritos de ánimo de los aficionados? No entiendo cómo estas personas descuidan que son parte de los posibles defraudados y conforman la escuadra por donde el astro quiso meternos un gol a todos.

 

Nota: la foto pertenece a nbcdeportes

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Chiquilladas

 

Fueron dos sobresaltos en La Rioja entre los que medió un abismo. Por un lado, el suceso de los dos menores de ocho y doce años que decidieron lanzarse a la aventura desde Oyón y, por otro, el asunto de los bachilleres que asaltaron los ordenadores de sus profesores para hacerse con los exámenes y venderlos a veinte euros.

La travesura de los niños alaveses fue precisamente eso, una niñería. Ignorando las consecuencias que conllevaba (en su búsqueda intervinieron la Ertzaintza, la Policía Local de Logroño, la Guardia Civil y la Policía Nacional), los chavales se desplazaron hasta Logroño ejerciendo precozmente el derecho a la libertad de movimiento al que sólo accederán cuando cumplan la mayoría de edad. Su escapada tuvo un final feliz y, por la tranquilidad de sus familias, cabe desear que hayan extraído alguna valiosa lección para el futuro.

Sin embargo, no puede calificarse de chiquillada lo ocurrido con el avispado ‘cartel’ de traficantes de pruebas académicas. Desde el centro se asegura que «los menores no habían intentando lucrarse con los exámenes», pero lo cierto es que, en lugar de compartir los ejercicios con sus colegas de forma altruista, cobraban dinero por ello, cumpliendo la regla de oro de la economía de mercado: gastar muy poco (vale con tener conexión con Internet y notables habilidades informáticas) para producir un bien (mal en este caso) y obtener así un beneficio.

Tampoco ellos, como los pequeños de Oyón, midieron el alcance de su acción. Porque su actitud no se limitó a la esfera privada y a la vergüenza a la que expusieron a sus familias. En su ‘hazaña’ comprometieron innecesariamente el prestigio de su colegio, que hará bien en aplicar el reglamento interno con el máximo rigor y sin miramientos. Ellos tampoco los tuvieron con sus profesores y con los compañeros que se dejan los huevos estudiando.

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Pobre español

 

Si Miguel de Cervantes Saavedra se levantara hoy de su tumba, en lugar de conmoverse por los actos organizados en su memoria, el divino escritor español buscaría sigilosamente un nuevo escondite y sellaría su sepultura a cal y canto para asegurarse de que pasaran otros 400 años despistando a los españoles. Anda y que os den desdichados.

En este sigo XXI, el español, nobilísimo idioma con el que nos entendemos casi 500 millones de personas en el mundo por vía materna (a esto añadan los cientos de miles que lo aprenden como segunda lengua), se ha prostituido como las putas en las que, según la Fiscalía de Madrid, se reivindicaban Rita Maestre (Ahora Madrid, brazo articulado de Podemos) y sus compañeras de facultad en la capilla de la Universidad Complutense.

Los extranjerismos nos están doblegando. Y aquí, en La Rioja, donde del puño y letra de un recio clérigo nació la lengua castellana, indigna un tanto más que consintamos conceder pleitesías bobas a otros idiomas.

 

Oiga usted. Si sale a correr, sale a correr. ¿Qué narices es eso del footing o del running? Si se va de compras, se va de compras. ¿De dónde ha salido eso del shopping? ¿Es usted una celebridad social? Pues reivindíquese como tal, no como una repelente socialite celebrity.

¿Lleva vaqueros? Pues no admita que le digan que su estilismo se basa en los jeans. Si en verano es de los de vestir con pantalones cortos, huya de quienes le comenten cuán bien le sientan los shorts. Si es de gimnasio, vuélvale la cara a quien le admire por cuidarse acudiendo con cierta periodicidad al gym. Y si dirige algún partido político impida que el término italiano sorpasso secuestre su lenguaje: cuánto mejor adelantar, superar o aventajar en votos al rival. Otro vocablo más que sumar a la lista de palabros que me dejan sin palabras.

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La solución de Unamuno

 

Levamos días escuchando las quejas de los vecinos de Portales, hastiados de la degeneración que está padeciendo la zona. Con toda justicia, estos logroñeses reclaman lo que otros ya podemos disfrutar: descansar, salir tranquilos de nuestros portales y vivir en un entorno cívico que nos transmita seguridad. Vamos, lo que cualquiera espera de sus administraciones, que para eso se pagan tasas e impuestos. Pero, no. A estos desesperados conciudadanos, los poderes públicos no les protegen, así lo entienden, y se han organizado públicamente para obtener soluciones.

Lo vivido estos días en Logroño me retrotrae al Bilbao de finales de la década de los 80. En pleno Casco Viejo, como puente neurálgico de conexión entre el ‘botxo’ más tradicional y la ciudad moderna, hay una plaza dedicada a Miguel de Unanumo. Durante años, sus escalinatas estuvieron ocupadas diariamente por cuadrillas rotatorias de drogadictos y litroneros que importunaban a los vecinos y les amenazaban con una navaja si no les daban dinero. Le pasó un día a mi abuela y solo una vez: mi madre, que estaba unos pasos atrás y vio la escena, les plantó cara y nunca más les molestaron. Hasta les deseaban «buenos días, jefas».

La situación se hizo insoportable. Si las críticas arreciaban, el concejal mandaba a unos ‘munipas’ a patrullar. Literalmente. Ni salían del coche.

Todo cambió con las obras del metro: al levantar la plaza para construir la boca ‘Casco Viejo’, el Ayuntamiento echó a patadas a los buscones y, una vez concluida la infraestructura que relanzó el impulso turístico de la zona con más ralea de la villa, se aseguró con vigilancia policial permanente de que no volverían. ¿No es acaso el Casco Antiguo de Logroño uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad? Pues ahí tienen la solución. No puede ser más sencilla y efectiva. Y no me refiero a construir una línea de metro.

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Las equis

 

Me comentaba hace unos días un compañero que un año, cuando empezaba en esto del periodismo, le tocó pagar por la Renta casi tanto como lo que ganó. El caso es que la funcionaria de Hacienda que le ayudó en la preparación de su declaración le preguntó si quería marcar la equis de la Iglesia. A lo que él contestó: «Después del palo que me habéis metido, ¿crees que aún puedo creer en Dios?»

Valga esta anécdota como preámbulo del asunto sobre el que hoy desea centrarse este post. La campaña del IRPF ya ha arrancado y con ella vuelve, cómo no, la diatriba sobre si marcar o no la equis solidaria. Rectifico. Las equis solidarias.

Porque hay dos: la destinada a fines sociales y la correspondiente al sostenimiento económico de la Iglesia Católica.

La polémica no radica en apoyar a las ONG laicas. Como cada ejercicio, la controversia está en manifestar públicamente el respaldo a la Iglesia a riesgo de convertirse en diana de comentarios maldicientes. Pero en medio del actual anticlericalismo cristofóbico todavía hay increyentes audaces que ponen los puntos sobre las íes.

Es el caso de un médico cántabro José Manuel López Vega, declarado ateo, que hace tiempo explicó en un artículo las tres razones por las que marca la equis de la Iglesia. Primera: «Ante las privaciones de muchos seres humanos(…) es natural fomentar la ayuda y la cooperación(…) a través de organizaciones eficientes(…) y dudo de que los recursos administrados por la Iglesia sean desdeñables o necesariamente sustituibles».

Segunda: «Para explicar la idea de Europa –y no digamos la de España– a un extraterrestre, sería imposible obviar el catolicismo».

Y tercera: «Me parece inexplicable el furor obsesivo por bajar los crucifijos de los colegios. No veo qué daño causan los símbolos de una fe que no me asiste, pero sí ilustra mi paisaje histórico y emocional».

Pues eso. Qué tío. Enorme.

 

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Diálogo social

 

La experiencia de concertación social tiene luces y sombras, lo que no invalida que se trate de un modelo de relación necesario para la sociedad que se debe potenciar.

En la España de la transición, los procesos de concertación sirvieron para un doble objetivo: por un lado, para establecer un consenso social frente a las medidas de ajuste que tenían que imponer los poderes públicos y, por otro, para que los sindicatos ganasen prerrogativas legales e institucionalizasen su rol.

Así es como, junto a las organizaciones empresariales, los sindicatos se fueron convirtiendo en actores decisivos para legitimar las decisiones políticas y en interlocutores con los poderes públicos. ¿Pero qué sindicatos? Ahí viene la dichosa frase: «Los que ostentan la mayor representatividad», ratio que se mide en función de las elecciones sindicales. En nuestra comunidad, los que superen el 15% de los representantes de sus respectivos ámbitos y siempre que sean al menos 1.500 representantes.

Por ello, la aprobación de la Ley del Diálogo Social en La Rioja ha enfadado a sindicatos como USO y la CSIF, que no alcanzan individualmente ese nivel de representación. No por la concesión de tan elevado rango a ese marco de relaciones si no porque se siguen quedando fuera de él (ya lo estaban sin Ley de por medio) al no alcanzar el mínimo de cuota exigida.

Y tampoco miremos como ejemplo lo que acontece al otro lado del Ebro, en Navarra. En la comunidad vecina llevan meses planteándose abrir su Consejo del Diálogo Social a más sindicatos y empresas eliminando la referencia a los agentes «más representativos». No se engañen. La decisión del Ejecutivo de Uxue Barcos obedece a intereses políticos (la incorporación de ELA y LAB sería un paso más en la euskaldunización de la región foral) que a una sincera proposición de ampliar la pluralidad de sus integrantes.

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Sobre el autor María José González
María José González Galindo. Bilbao. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad del País Vasco (UPV). Periodista de Diario LA RIOJA desde 1992. Redactora de Local en las áreas de Economía, Infraestructuras y Laboral.