Por pelotas

Los hemos visto en las clases en el colegio, eran los que se chivaban a la seño (en aquellos tiempos era la seño) de quién había tirado la tiza o el papel. O el que siempre se ofrecía voluntario para vigilar la clase cuando la profesora tenía que ausentarse un momento, y al volver le decía quién había hablado (aunque fuera una palabra y por lo bajinis). O el que siempre se ofrecía voluntario el primero para hacer cualquier encargo o recado. Era el pelota de la clase, una figura que acabábamos soportando, resignados.

Los pelotas se dan en todos los ámbitos y épocas de la vida, pero sobre todo en el trabajo. En general son bastante inútiles y quieren compensar su ineficacia con el peloteo, porque viven gracias al ego de los jefes y, además, es su mejor baza a la hora de trepar. Pero no olvidemos que si los pelotas existen es porque hay jefes que los permiten, que los toleran y que los alimentan. Y es que un pelota alrededor sube mucho la autoestima, lo malo es que para quien toma decisiones son peligrosos porque si no cuestionan nada de lo que dice el jefe le acaban llevando al error o al fracaso. Por eso, el mayor peligro no está en los pelotas, sino en que el jefe se crea sus halagos, en que haga caso a estos aduladores. Es lo mismo que el cuento clásico de Andersen, “El traje nuevo del emperador”, en el que todos le decían al emperador lo elegante que iba, cuando en realidad estaba desnudo.

Cualquier decisión que se toma en una organización (como en la vida misma) nunca gusta a todos, es imposible, como es imposible llevarse bien con todo el mundo. En la vida diaria sólo me fío de aquellos que alguna vez me dicen que me estoy equivocando. Leía hace poco en una entrevista a un famoso investigador que contaba no admitir en su equipo a quienes le dicen siempre que sí a todo. Aunque tan peligrosos como los pelotas son los que permanentemente ponen pegas y dicen que no a todo, los “Doctor No”, los que están siempre negativos y nada les parece bien.

Una cosa es intentar ser agradable, amable y colaborador (esto es muy necesario en cualquier organización), y otra ser de los que nunca discrepan, de los aduladores profesionales, de los que siempre le ríen los chistes al jefe aunque sean pésimos, de los que viven de adorar el ego del que está por encima para ocultar su inutilidad o para trepar.

Algo parecido me pasaba a mí hace unos días: “Me encantan tus artículos de los domingos, Mayte, todas las semanas te leo”. Como aquel señor pretendía ser amable no me atreví a decirle que publico los miércoles, y cada dos, ni siquiera todas las semanas. En qué hora no le dije nada, porque al minuto siguiente estaba pidiéndome un favor imposible (después de esto no sé si alguien va a decirme algo de los artículos). Una cosa es querer agradar sin más –aunque metas la pata- y otra muy distinta los que intentan conseguir algo por pelotas.

 

 

Un tiro en el pie

“No debemos olvidar que este es un país pobre y cutre” y “España está llena de mala leche”. Son titulares de este fin de semana en sendas entrevistas en la prensa nacional a dos de nuestros escritores de prestigio, Eduardo Mendoza y Luis Racionero. Titulares en los que se aprecia este estado de ánimo derrotista y catastrófico en el que estamos hundidos. Por no hablar de la ración diaria de pesimismo al abrir cualquier periódico, escuchar alguna emisora o ver un telediario. No digo ya nada de los titulares económicos, donde la palabra más repetida es “pesimismo” (“el pesimismo se duplica”, “el pesimismo se dispara”, “el pesimismo domina todo” son titulares del fin de semana sin ir más lejos).

Por eso me llamó la atención “Los españoles son gente cálida e innovadora, pero deberían tener más confianza en su país”, titular en este nuestro periódico de la entrevista al Embajador de Estados Unidos en España, durante su visita la semana pasada a La Rioja. Y creo que reflejaba perfectamente el estado de ánimo en el que está sumido nuestro país: además de una crisis real, hay un estado de psicosis social, un pesimismo colectivo, con una enorme falta de confianza en nosotros mismos, en nuestras posibilidades y en nuestra propia capacidad.

Es verdad que la situación es muy complicada y que sufrimos una crisis dura y duradera, pero hay que romper esta inercia, no ya de pesimismo, sino de fatalismo apocalíptico en la que estamos instalados. No se trata de ser un inconsciente, sino de creer en nuestras posibilidades, y en que podemos salir de aquí, intentando cada uno hacer lo mejor que podamos nuestro trabajo. De brazos cruzados no saldremos de esta, pero estamos ahora mismo paralizados, en un estado de shock. Además del estrés personal, hay también un estrés social, y si la presión del estrés es muy grande, nos angustia, nos paraliza y nuestro cerebro no funciona bien. Pues así estamos.

Me maravilla quienes todavía son capaces de aplicar el humor a esta situación. Circulaba estos días por las redes sociales algún mensaje como “Froilán y la prima de riesgo se disparan”. Tenemos que reírnos más de nosotros mismos, es una válvula de escape, y necesitamos más humor, humor sin recortes ni ajustes.

Y, desde luego, necesitamos recuperar la confianza en nosotros mismos. El optimismo no es decir que aquí no pasa nada, sino trabajar y dar lo mejor de cada uno pensando en que superaremos esta situación. Frente a la crisis, mucho trabajo y mucha paciencia (esto no se soluciona de la noche a la mañana), pero también creatividad, innovación, humor, optimismo y confianza. Hay quienes se burlan de esta actitud, pero para salir de la crisis no sólo hay que aprobar las reformas necesarias (cada uno tendrá ahí una opinión), sino que es fundamental salir de este pesimismo colectivo, de este fatalismo, de este derrotismo suicida que se vuelve contra nosotros mismos. Es como si cada día nos diéramos un tiro en el pie.

Un tiro en el pie

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“No debemos olvidar que este es un país pobre y cutre” y “España está llena de mala leche”. Son titulares de este fin de semana en sendas entrevistas en la prensa nacional a dos de nuestros escritores de prestigio, Eduardo Mendoza y Luis Racionero. Titulares en los que se aprecia este estado de ánimo derrotista y catastrófico en el que estamos hundidos. Por no hablar de la ración diaria de pesimismo al abrir cualquier periódico, escuchar alguna emisora o ver un telediario. No digo ya nada de los titulares económicos, donde la palabra más repetida es “pesimismo” (“el pesimismo se duplica”, “el pesimismo se dispara”, “el pesimismo domina todo” son titulares del fin de semana sin ir más lejos).

Por eso me llamó la atención “Los españoles son gente cálida e innovadora, pero deberían tener más confianza en su país”, titular en este nuestro periódico de la entrevista al Embajador de Estados Unidos en España, durante su visita la semana pasada a La Rioja. Y creo que reflejaba perfectamente el estado de ánimo en el que está sumido nuestro país: además de una crisis real, hay un estado de psicosis social, un pesimismo colectivo, con una enorme falta de confianza en nosotros mismos, en nuestras posibilidades y en nuestra propia capacidad.

Es verdad que la situación es muy complicada y que sufrimos una crisis dura y duradera, pero hay que romper esta inercia, no ya de pesimismo, sino de fatalismo apocalíptico en la que estamos instalados. No se trata de ser un inconsciente, sino de creer en nuestras posibilidades, y en que podemos salir de aquí, intentando cada uno hacer lo mejor que podamos nuestro trabajo. De brazos cruzados no saldremos de esta, pero estamos ahora mismo paralizados, en un estado de shock. Además del estrés personal, hay también un estrés social, y si la presión del estrés es muy grande, nos angustia, nos paraliza y nuestro cerebro no funciona bien. Pues así estamos.

Me maravilla quienes todavía son capaces de aplicar el humor a esta situación. Circulaba estos días por las redes sociales algún mensaje como “Froilán y la prima de riesgo se disparan”. Tenemos que reírnos más de nosotros mismos, es una válvula de escape, y necesitamos más humor, humor sin recortes ni ajustes.

Y, desde luego, necesitamos recuperar la confianza en nosotros mismos. El optimismo no es decir que aquí no pasa nada, sino trabajar y dar lo mejor de cada uno pensando en que superaremos esta situación. Frente a la crisis, mucho trabajo y mucha paciencia (esto no se soluciona de la noche a la mañana), pero también creatividad, innovación, humor, optimismo y confianza. Hay quienes se burlan de esta actitud, pero para salir de la crisis no sólo hay que aprobar las reformas necesarias (cada uno tendrá ahí una opinión), sino que es fundamental salir de este pesimismo colectivo, de este fatalismo, de este derrotismo suicida que se vuelve contra nosotros mismos. Es como si cada día nos diéramos un tiro en el pie.

Tópicos peligrosos

Hace días, en el tanatorio, acompañaba a una amiga por el fallecimiento de su padre después de una larga enfermedad y las frases que más escuchaba eran: “es ley de vida”, “por fin ha descansado, el pobre”, “tú has hecho lo que has podido, ahora cuídate”. No es ese momento para discursos originales, se trata de transmitir el afecto y la condolencia, pero me dio qué pensar que la vida está plagada de estas frases hechas, de estas muletillas, que todo el mundo acepta sin pestañear, como cosas ciertas, que nos ahorran el trabajo de pensar y que nos hacen sentir cómodos.

Lo que son las cosas, ese mismo día leía una entrevista con Aurelio Arteta a propósito de su último libro “Tantos tontos tópicos”, en el que desmenuza una serie de lugares comunes, políticos y morales, con los que convivimos como si tal cosa.

Me llama la atención ese que reivindica el ser normal como un mérito, que evita el destacar en algo, apelando a la mediocridad, al igualitarismo, parece que nos sentimos aliviados al ver que nadie es mejor que nosotros, es ese que dice: “es una persona muy normal”.

Hay algunos inofensivos, como el mencionado “es ley de vida”, pero hay muchos, recogidos en el libro, que más que tontos tópicos, son lugares comunes peligrosos, como “bueno, es su cultura”, “seamos tolerantes”, “una cosa es la teoría y otra la práctica”, o “respeto sus ideas, pero no las comparto”.

Por ejemplo, el relativismo moral en “eso es muy relativo”; el saltarse las normas de “todos harían lo mismo” (¿todos defraudaríamos a Hacienda?); el justificar prácticas inaceptables (como la poligamia o la ablación) con “bueno, es su cultura”; o el “seamos tolerantes” cuando en realidad no se puede ser tolerantes con los intolerantes, con los terroristas, con los pederastas o con las redes de trata de mujeres. No es lo mismo la violencia de los antisistema de Barcelona –terroristas callejeros- que la del policía para detenerlos, por eso es tan peligrosa la frase hecha “condenamos la violencia, venga de donde venga”.

La mayoría son frases tan comunes como injustas. No recoge el libro todo ese catálogo de lugares comunes con los que simplificamos las relaciones entre hombres y mujeres: “los hombres no son románticos” (mi santo lo es) como si la sensibilidad fuese exclusiva de las mujeres, o ese “todos los hombres son iguales” como si sólo ellos pensaran en el sexo, “los hombres no lloran”, o “a todos los hombres les gustan las tetas gordas”, y si no, que se lo digan al líder de IU en Andalucía. O ese que se oye cuando el macho adelanta a un coche conducido por una mujer al grito de “mujer tenía que ser”. Tópicos peligrosos.

 

¡Qué morro!

Me contaba el otro día una amiga, a propósito de “fíjate cómo es la gente”, que una tarde del verano pasado, a la hora de la siesta, mientras disfrutaba de sus vacaciones en su casa de Arnedo, se le plantó una vecina con los dos hijos pequeños (de 8 y 4 años, edades de las que hay que estar al tanto), y se los dejó a pasar la tarde en la piscina hasta la hora de cenar, en que regresó a por ellos. Me decía que no daba crédito, porque una cosa es que la madre se hubiera quedado con los niños a darse un baño, y otra que se los hubiera emplumado tan descaradamente y sin tener tanta confianza para ello. Así que, a partir de entonces estaba alerta por si volvía la vecina, y tenía preparada una lista de excusas para que no se los volviera a emplumar (como así fue).

Lo mejor fue que todos empezaron a contar historias parecidas; a más de uno les habían recolocado por sorpresa hijos de conocidos, sin capacidad de reacción, y en general todos conocíamos a alguno que se las arregla para no pagar la ronda cuando se sale por ahí (por eso lo mejor es poner siempre bote). A otro, un vecino con el que tenía el trato justo le había dejado una jaula con dos periquitos durante los diez días que se habían ido de vacaciones, y tuvo que comprar hasta el alpiste.

No lo hacen de forma consciente, no lo hacen adrede, no se dan cuenta de la cara que le echan al asunto. Una cosa es hacer un favor, que está basado en la confianza, y otra cosa es el que por sistema abusa, porque no tiene muy claro el límite entre una relación sana de vecindad, de compañerismo o de amistad, y el aprovecharse de los demás.

Y no me refiero a los listos de turno o caraduras sociales (el que se salta la cola de la compra, el que pide un combinado en una ronda de vinos o los que aparcan en las plazas de minusválidos). Ni me refiero a esos que abusan del sistema de forma fraudulenta, como por ejemplo los de las bajas ficticias, los que utilizan al abuelo para conseguir los medicamentos gratis, los que cobran el paro y trabajan a la vez…

Me refiero al día a día de las relaciones personales, esas en las que se produce el abuso de confianza. Lo malo de esto es que se corre el peligro de parecer insociable cuando se cuentan estas cosas, pero, ¿a quién no le ha pasado algo así con un amigo o conocido aprovechado? De los que, cuando se van, pensamos de ellos -aunque no nos atrevemos a decírselo- “pero, ¡qué morro!”

¡Que les corten la cabeza!

En “Alicia en el país de las maravillas”, hay un personaje demencial y caprichoso, la Reina de corazones, que a la mínima, dice: “¡que le corten la cabeza!”. A los jardineros, al conejo, al gato, a Alicia… Últimamente en nuestro país hay muchos que hacen como la Reina de corazones de Alicia, cuando por las buenas y sin pensarlo (como este personaje) juzgan a la ligera y sentencian que rueden cabezas. Y es que muchas veces hacemos más de dementes arbitrarios que de jueces ecuánimes.

Me venía esto a la cabeza a propósito de la detención de unos padres en Baeza (Jaén) por castigar a su hija sin salir de casa. Una leía el titular y, la verdad, era indignante. Pero, ¿cómo es posible que por castigar sin salir de casa a tu hija de 16 años vaya la Guardia Civil y te detengan? Los titulares en los medios se sucedieron esos días: “Media España estaría condenada por castigar a una hija de 16 años sin salir de casa”.

Pero, como tantas otras veces, las cosas no siempre son lo que parecen. Por lo visto, la chica estaba encerrada en un chalé en construcción en medio del campo, adonde su padre le llevaba comida dos días a la semana, y el resto del tiempo estaba sola y recluida. Según su declaración, consiguió escaparse y denunciarlo a la Guardia Civil, que detuvo a los padres. Hay dos versiones y ahora le toca a la policía judicial investigarlo y a los jueces dictar sentencia. El deporte nacional es juzgar a los demás, y con demasiada frecuencia se hace apresuradamente y sin conocer toda la información.

Algo parecido hemos visto en los casos Urdangarín o Garzón. En el primero parece que no hace ni falta juzgarlo, directamente al patíbulo. Vaya por delante que me parece muy impresentable lo que se conoce sobre el caso del yerno, pero me parecen también improcedentes esas manifestaciones a la puerta de los juzgados, donde los presentes vociferan la condena sin haber siquiera declarado. En el caso Garzón, en función de la ideología de cada uno, era ya culpable o inocente, el veredicto iba por barrios. A muchos les sobran la justicia y los jueces. Estando ellos que se lo saben todo y juzgan mejor que nadie, ¿para qué un juez?

Desde luego, en estos tiempos en los que hay que racionalizar el gasto público, nos ahorraríamos mucho dinero en la Justicia, ¿para qué tantos jueces, funcionarios, edificios…? Mucho mejor la Justicia del pueblo (esto se ha oído estos días), la Pena de Telediario, y a ser posible a la cárcel directamente. Ya lo dice el Rey de corazones en el mismo libro, “todo lo que tenga una cabeza puede ser decapitado”, y que se dejen de tonterías. Así que, como diría la Reina de corazones en Alicia, “que les corten la cabeza”.

Consentidos

Daba gusto escuchar su tono sereno y sosegado al hablar, los modales tranquilos de esta niña y la manera de comportarse en la mesa. Inès, de 12 años, estuvo una semana en casa, en un intercambio con estudiantes franceses en el que participó mi hija. La he recordado al leer estos días la polvareda a propósito del libro “Criando a un bebé: una madre estadounidense descubre la sabiduría de los padres franceses”, de la corresponsal en París del Wall Street Journal. En él se compara la buena educación y el buen comportamiento de los niños franceses, con los malcriados y consentidos niños anglosajones. Parece que la clave está en que los franceses, desde muy pequeños, educan a sus hijos en la paciencia, les enseñan a jugar solos, a no interrumpir a los adultos, e insisten en su buen comportamiento en sociedad. En fin, ni que los franceses fueran niños modelos. Habrá niños consentidos e insoportables, como en todos los sitios, pero lo importante es que ha llamado la atención sobre el modelo educativo de sus hijos.

No sé si el modelo es el francés o el anglosajón, pero lo que tengo muy claro es que no es el chino, al menos el de Amy Chua, “la madre tigre”. Esta profesora en Yale, hija de inmigrantes chinos, ha escrito un método educativo, “Himno de batalla de la madre tigre”, que ha provocado un vivo debate en su país, Estados Unidos. Chua arremete contra los métodos blandos y condescendientes de los padres occidentales con sus hijos. Da sus claves para lograr hijos exitosos y brillantes, que pasan por unas normas como no permitir nunca que duerman en casa de amigos, no sacar menos de sobresaliente, tocar un instrumento y que sea violín o piano, no ver la televisión ni jugar con el ordenador, que las actividades extraescolares las elijan los padres… En fin, toda una serie de normas que rayan en la crueldad.

Pero, ni tanto ni tan calvo. Ni tigres ni gatitos. Ni tener a tu hija toda la noche sin dormir haciendo problemas de matemáticas porque trajo un notable a casa –como la madre tigre-, ni que las notas den igual y se pueda pasar de curso con tantas asignaturas suspendidas, como en nuestro país.

Detrás de todo esto hay un debate muy interesante sobre el esfuerzo. Para la madre tigre la autoestima llega cuando su hija hace bien las cosas después de su propio esfuerzo y de mucha rutina y sacrificio por hacerlo bien. En cambio, para las familias occidentales la autoestima está por encima de los logros y les damos todo hecho: por temor a dañar la autoestima de nuestros hijos, evitamos que descubran que son capaces de hacer cosas que no se creen capaces de hacer.

Como escribía Leopoldo Abadía hace unos días en su blog, “no se puede hacer palanca con un churro”, a propósito de nuestra educación blandengue y sobreprotectora que impide a los chavales enfrentarse a la dureza de la vida (sí, la vida es dura). Hay que educar en el esfuerzo, el sacrificio, la superación, la perseverancia, la paciencia, con sentido común, para que nuestros jóvenes no estén tan consentidos.

 

A mí no me grite

Pero ¿por qué gritaba? No era eso lo que tenía que hacer. Casi todos los analistas han coincidido en que no era un mitin lo que tenía que soltar Carmen Chacón, sino un discurso ante un auditorio preparado, el del Congreso del PSOE de este fin de semana. Según cuentan, los técnicos de sonido se las vieron y se las desearon para modular el audio con sus gritillos y sus subidas de voz. Incluso soltó durante su intervención, de tono muy elevado ya de por sí, varios gallos.

Esta misma pregunta, ¿por qué grita?, me la hago a menudo cuando veo la tele. Hay cadenas que de hecho son un grito permanente. Veas el programa que veas, los chillidos entre los contertulios son constantes, como si quien más gritase tuviera más razón, y suele ser justo al revés. Normalmente el que más grita es el que menos tiene que decir, el que menos razón lleva, no tiene ideas, o se siente inseguro y, como está vacío de argumentos, quiere imponerse con los gritos (y no lo digo por Chacón, que no se me malinterprete, sino en general). No sólo pasa en esos programas del corazón de la tele, no hay más que seguir algunos debates en el Congreso de los Diputados para ver cómo hablar a gritos se ha instalado en nuestra vida pública.

Y en la privada. Los chavales hablan a gritos, en las aulas y en los recreos imitan los modelos de la tele y lo que ven en sus casas. En fin, esto es lo que hay en nuestra sociedad, y se da en todas las capas sociales.

¡Y si sólo fueran los gritos! Los insultos, las descalificaciones, el lenguaje soez, la vulgaridad y la grosería se han instalado en esas repugnantes tertulias del corazón en televisión, que, para colmo, se emiten además en horario infantil. Los educadores han constatado un aumento de los insultos de los hijos hacia los padres a imitación de esos programas, que sencillamente tendrían que estar prohibidos en su formato actual.

El peligro está en que esto no nos llame la atención. Es muy preocupante que los chillos se consideren una forma normal de relacionarse. Los gritos no son convincentes, sólo sirven para estresarnos y, además, son bastante inútiles, ya que no se presta atención a lo que dice quien grita, porque su sobreactuación se lleva todo el interés del oyente. ¡Con lo que relaja hablar bajo, con calma, pausadamente! De hecho a un bebé –aunque no entienda- se le habla en tono bajo y despacio para calmarle y estimularle.

Los gritos no son solo una muestra de buena o mala educación, sino también del respeto hacia los demás. Se trata de hablar como quieres que te hablen a ti, de tener empatía y de escuchar con atención. Por eso, como bien titula el genial Quino en uno de sus libros, hay que llevar siempre a la práctica eso de “a mí no me grite”.

Vuelva a bordo

“¡Capitán, vuelva a bordo (vada a bordo)!”, seguido de un sonoro taco, le gritaba Gregorio de Falco, comandante de la guardia costera del puerto de Livorno, al tristemente famoso capitán del “Costa Concordia”, Francesco Schettino. La bronca telefónica entre los dos ha dado la vuelta al mundo y se ha podido escuchar en todos los medios. Parece imposible que ese pedazo de trasatlántico haya podido naufragar a tan solo 150 metros de la costa. Bueno, precisamente ha sido por eso, por no cumplir el capitán la ruta marcada y llevar al barco tan cerca de la costa, y por si fuera poco, después del accidente, abandonar al barco y a los pasajeros a su suerte, además de mentir diciendo que estaba a bordo.

Van ya 13 muertos, más de 20 desaparecidos, se cierne una catástrofe medioambiental y hay millones de euros en pérdidas. Ver ese crucero semihundido en un mar completamente en calma, con un sol radiante (vamos, que no es el Mar del Norte), es un enorme monumento a la chapuza más descomunal, y la terrible y triste imagen de la irresponsabilidad.

Enric Juliana escribía este fin de semana que es también una brutal y excesiva metáfora del momento europeo. Y en efecto, es algo de esto también. Cuando un país y sus instituciones están capitaneadas por irresponsables, por quienes gastan más de lo que tienen, por quienes mienten, por quienes toman decisiones para favorecer a sus amigos (como Schettino, que al parecer, acercó el buque por impresionar y quedar bien con un amiguete), al final lo pagamos todos.

Pero no pensemos solo en los gobiernos, ni en los políticos, sino en cada uno de nosotros, que somos también capitanes de nuestras vidas, y todos sufrimos al fin y al cabo las consecuencias de quien paga esa factura sin IVA que contribuye al dinero negro y a no pagar impuestos, o ese trabajo hecho sin esfuerzo ni cariño, o ese tiempo que se escaquea de la jornada de trabajo, o ese abuso de los servicios públicos (como los medicamentos que amontonamos). “El dinero público no es de nadie” llegó a decir una ministra, en la época de la abundancia. Lo de todos es de todos, y los recursos no son ilimitados, es algo obvio, pero parece que se nos olvida.

Menos Schettinos y más De Falcos, eso es lo que necesitamos, para reflotar nuestra nave, en España y en Europa. Necesitamos buenos dirigentes, buenos gobernantes, en definitiva, buenos capitanes. Y es que por malos capitanes tenemos riesgo de naufragar, con la nave de la cosa pública a medio hundir, y muchos ciudadanos, que han cumplido con seriedad y responsabilidad, que no han vivido por encima de sus posibilidades, que han pagado disciplinadamente sus impuestos, que han trabajado duro y bien, ahora pagan la irresponsabilidad del mal capitán. En este caso, a los malos capitanes lo que hay que decirles es que no vuelvan a bordo.

Low cost

Me contaba una buena amiga que por primera vez en su vida había madrugado para ir de rebajas. No es que antes fuese manirrota, ni alocada, ni compradora compulsiva, pero sí que era de las que evitaba las aglomeraciones del primer día de rebajas y era de las que no comparaba el precio de un producto en dos tiendas. Por eso, cuando me contó que había estado mirando en varios sitios y que había retrasado las compras de Navidad hasta después de Reyes para obtener descuentos, pensé que verdaderamente algo estaba cambiando.

 

De todas formas, me decía que necesitaba salir a comprar, darse un respiro después de varios meses sin hacerlo por el miedo y la desconfianza. Y es que comprar tiene mucho que ver con el estado emocional, tanto individual como social. De hecho, el tremendo bajón del consumo en España está unido a la crisis colectiva (casi 5 millones de parados) y a la crisis personal, de confianza, que anida en casi todos, de forma que incluso quienes tienen medios y no han perdido poder adquisitivo tampoco consumen, porque este miedo se ha instalado en la sociedad y en cada uno de nosotros.

 

Ahora bien, ni una cosa ni otra; es verdad que con la crisis ya no consumimos de la misma manera que antes, sino de forma más reflexiva y más inteligente, comparando precios y prestaciones. Antes había una brecha entre lo que creíamos que necesitábamos y lo que de verdad  necesitábamos, ahora esa brecha se ha reducido. De hecho hay una nueva especialidad en auge: la neuroeconomía, que demuestra que la emoción está por encima de la lógica a la hora de adquirir un producto. Y por fin nos hemos dado cuenta de que se puede disfrutar, salir a cenar, comprarse ropa, viajar, sin tener que dejarte el sueldo en ello.

 

Todo se ha redimensionado y ya no estamos dispuestos a pagar barbaridades por cosas que no lo merecen. Hasta hace poco, comprar de saldo estaba relativamente mal visto. Ahora lo que está mal visto es no hacerlo y fardamos de haber encontrado un vuelo baratísimo o una ganga. Pero esto que se llama “bajo coste” no tiene que suponer menos calidad, ni ser sinónimo de cutre; antes se identificaba con mal servicio, pero de lo que se trata para quien ofrece el bajo coste es de reducir márgenes o eliminar lo superfluo (la comida y la bebida en el avión). Es decir, menos precio y misma calidad. Y creo que todavía falta por desarrollar este nuevo escenario: ¿por qué no aplicar más la oferta “último minuto”? Por ejemplo, a esas dos entradas de cine que quedan vacías en una sesión muy demandada, o a esa fruta que está a punto de perderse. En cualquier caso, no solamente hemos descubierto la felicidad del consumo en el “bajo coste”, sino que parece que ha llegado para quedarse esta cultura del “low cost”.

La Rioja

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