Paisajes

Nuestros amigos se fueron encantados después de todo un fin de semana recorriendo La Rioja: San Millán, paseo por viñedos, cena en una  bodega, vinos y pinchos por Laurel, en fin, el paquete completo. Al final estábamos tan cansados que ya no hacíamos ni caso a las entusiastas explicaciones que daba mi santo en las visitas a las bodegas y monumentos. Mira que vimos cosas, pero lo que más les gustó fue el paisaje, y ese rato entre los viñedos en estos primeros días de buen tiempo, y eso que no es la mejor época para disfrutar de un paseo entre viñas, pero fue –como la película- “un paseo para recordar”.

Como siempre que puedo presumo de mi tierra, me sentí muy orgullosa al contarles que La Rioja ha presentado su paisaje cultural del vino para que sea declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Les pareció una idea estupenda que en torno a la cultura del vino y al cuidado de lo natural, estuviéramos trabajando para tener este reconocimiento, del que La Rioja puede sacar una buena rentabilidad económica, además de ser un elemento de autoestima y de orgullo de región. Me dijeron que dónde había que firmar para apoyar la propuesta y, por supuesto, no me preguntaron cuántos kilómetros cuadrados se habían presentado, ni qué zonas de La Rioja estaban incluidas en la muestra representativa de todo el paisaje que se evaluará.

Lo que no les conté es que en lugar de estar todos aquí detrás de la candidatura, andamos discutiendo que si llega hasta aquí o hasta allí la muestra, como si no fuera a beneficiarse La Rioja entera del título de patrimonio de la humanidad. Quien pone el examen es la UNESCO, y si queremos aprobar habrá que adecuarse y responder a lo que plantean, en lugar de hacer de perro del hortelano, que ni come ni deja comer.

Me siento muy orgullosa de los viñedos de mi tierra y, aunque haya que presentar una muestra del paisaje, la candidatura lleva el nombre, la marca, que nos representa a todos, La Rioja. ¡Si lo conseguimos nos beneficiamos todos! Hasta ahora solo son patrimonio de la humanidad los paisajes del vino de Tokay (Hungría), Saint-Emilion (Francia), Alto Duero (Portugal),  La Wachau (Austria) o Lavaux (Suiza) y aunque ninguno de estos paisajes abarca toda la denominación, toda la zona se beneficia de ello (nadie dice “20 kilómetros cuadrados de La Wachau son paisaje cultural de la humanidad”, sino que todo el mundo se refiere a ese lugar en su conjunto, como yo ahora mismo). Hay que tener la habilidad suficiente para saber superar los requisitos que nos piden. También altura de miras, y no perderse en polémicas que lo único que hacen es poner en peligro el éxito de la propuesta.

En Aragón presumen mucho, y se aprovechan turísticamente a tope, de que su Mudéjar sea patrimonio cultural de la humanidad. Pues bien, sólo propusieron 3 monumentos mudéjares a la UNESCO, así consiguieron la declaración. ¡Si llegan a proponer los 100 que tienen no lo habrían logrado! Y no se dedicaron a tirarse los ladrillos mudéjares a la cabeza, unos contra otros. A ver si nosotros somos tan hábiles. Porque aquí hay que mirar alto y otear el horizonte. Si uno solo mira a sus pies, no podrá contemplar ni disfrutar de dicho horizonte. A veces hay que tener mirada larga, la misma que se necesita para disfrutar de La Rioja y sus paisajes.

 

No te olvides

Habíamos acabado la conversación, estábamos despidiéndonos e íbamos a colgar ya, cuando volvió otra vez a recapitular lo que habíamos hablado: “bueno, pues nada, entonces, lo que hemos quedado, yo me encargo de….”, y me tuvo otros cinco minutos más al teléfono repitiendo lo dicho. De estos hay muchos, los que en una conversación repiten lo mismo una y otra vez, sin decir nada nuevo; los que, cuando por fin has conseguido acabar, vuelven al ataque, a contar la misma historia o a dar las mismas opiniones de nuevo. Son los repetidores habituales y son agotadores. En riojano les llamamos cansos.

El otro día me pasó con un médico amigo, me dio el diagnóstico, me hizo la receta y volvió a explicarme dos veces más lo que ya me había indicado. Como era amigo le hice ver que ya me había enterado la primera vez, y confesó que estaba tan acostumbrado a que le preguntaran varias veces lo mismo y a tener que repetir las explicaciones y el tratamiento que debían seguir los pacientes (además de escribirlo), que ya, de manera automática, lo repetía varias veces sin que se lo pidieran.

¿Por qué nos repetimos tanto? Tiene algo que ver con que, de hecho, somos animales de rutinas, de costumbres, de repeticiones. Escuchamos la canción que nos gusta no sé cuántas veces, no nos importa volver a ver de nuevo esa película que nos ha gustado, vamos por el mismo sitio siempre al trabajo, en fin, incluso repetimos gustosos los mismos errores una y otra vez. Nos estudiamos las cosas repitiéndolas, porque sin repetición no hay aprendizaje. Es decir, que hay que asumir que la repetición forma parte importante de nuestras vidas. Pero de ahí a los cansos, a los que repiten todo, hay un trecho.

Siempre me pregunto si la gente que se repite tanto es por inseguridad, o porque creen que nadie les escucha cuando hablan o porque consideran estúpida a la persona con la que están hablando. Es más, algunos abiertamente te dicen “no sé si entiendes lo que te quiero decir”, y ¡zas! te clavan la repetición otra vez, sin que puedas ni rechistar. Producen agotamiento, hastío, y lo único que consiguen es que pases de ellos.

“No sé si te lo he dicho…” es una de las coletillas preferidas de los cansos, de los que se repiten más que el ajo, de los que empiezan así para volver a contar otra vez lo que te han contado ya varias veces. Pero, desde luego, la peor de todas, la que se lleva la palma, la que abre la puerta a que te vuelvan a repetir todo, la que cuando la pronuncian hace que me eche a temblar, es la de “bueno, pues nada, adiós, y no te olvides de….”. Y te lo vuelven a decir todo otra vez. Pues eso, que no te olvides.

 

Humildad

La vida te va haciendo cada vez más indulgente, pero si hay algo que no he soportado, ni soporto -a pesar de los años-, es la ostentación, a la gente que aprovecha la más mínima oportunidad para presumir de lo mucho que tiene o para ufanarse de lo importante que es, o a esos padres que a la primera de cambio te recitan el curriculum de sus retoños y se chulean de lo listos y perfectos que son ya con quince años. Como cada uno tiene sus propios problemas, siempre me he quedado pasmada con los que te narran lo maravillosa que es su vida y lo requetebién que les va.

Ahora, con la que está cayendo, todos estos pretenciosos están medio agazapados, porque ya no se lleva tanto el oropel, ni fardar del último modelo de coche, ni de las exclusivas vacaciones en ese “resort” del Pacífico. Me alegro mucho de que a la gente le vaya bien, sobre todo si son amigos, pero creo que es precisamente entonces cuando más sencillo y humilde hay que ser.

Espero que frente a los excesos de estos últimos años, frente a esos tiempos de ostentación e ínfulas, lleguen tiempos de humildad. Un magnífico ejemplo de humildad es el que está dando el nuevo Papa, y desde el principio. Su aparición en el balcón de San Pedro ya trasladó esa imagen de él, sin la tradicional cruz de oro de los Papas, sin la estola (sólo se la puso en la bendición, y una muy sencilla), sin la muceta de terciopelo rojo con armiño blanco sobre los hombros. Todo un ejemplo de sencillez y de sobriedad, y de decir cosas profundas de forma sencilla. Creo que estos valores los necesitamos como agua de mayo, ya podían copiar muchos de él.

Y humildad no solamente en las formas, en las actitudes, sino también en la manera de relacionarse con los demás. Sin duda, una de las pruebas de la sabiduría es la humildad, por eso siempre he creído que la humildad es un signo de inteligencia (como el humor), y que no hay nada más ordinario y vulgar que el aparentar. De la misma manera que algunos aparentan ser humildes, eso que llamamos falsa modestia, y que es una de las cosas más vanidosas que hay.

Estamos tan rodeados de vanidosos, creídos, soberbios, autosuficientes, envarados, de “sobraos”, de falsos modestos que, independientemente de las creencias de cada uno, de la religión que se profese, del agnosticismo o del ateísmo, habrá que reconocer que el mensaje universal de este Papa es un soplo de frescura y de esperanza. La periodista italiana que ha escrito una biografía sobre Bergoglio -a partir de entrevistas con él- declaraba estos días que “él cree que las virtudes principales son la humildad y la paciencia, y el peor defecto “ser creído”. Un periódico colombiano titulaba el día de la elección del nuevo Papa: “Argentino, pero modesto”. Me hace gracia que con la fama que tienen los argentinos fuera de su país, sea precisamente un argentino el que encarna la humildad.

Géneros de renuncias

Es una foto para la historia: el helicóptero con el Papa dentro (por unas horas todavía lo era) sobrevolando el Vaticano con la cúpula de San Pedro al lado y el cielo rojizo del atardecer de Roma al fondo. Tienes la sensación al verla de que ya no hay marcha atrás. Ni soy ni quiero ser teóloga (las tertulias de repente se han llenado de ellos), pero el hecho en sí de la renuncia del Papa, desde un análisis seglar, me parece un acto de honestidad, de coherencia y de humildad. Y todo ello llama más la atención porque en esta época que nos ha tocado, estos valores no abundan mucho. Que el Papa renuncie es algo tan inusual, tan atípico (desde la Edad Media no renunciaba ninguno), que te da qué pensar en el hecho en sí de las renuncias.

Y es que estamos siempre renunciando. En la vida, es tan importante saber aprovechar las oportunidades como saber cuándo hay que renunciar a algo. Las nuestras no son renuncias históricas, como la del Papa, pero son determinantes para la vida de cada uno. Cualquier decisión que tomamos implica una renuncia, supone descartar algo, es asumir que vamos a seguir un camino y dejar de transitar todos los demás.

Cuando, por ejemplo, decides tener un hijo, renuncias a las horas de sueño, a hacer la vida por tu cuenta, a la comodidad en general. La madurez es asumir compromisos y responsabilidades, darte cuenta de que no puedes hacer todo lo que quieres y que debes renunciar a muchas cosas en tu vida. Esas renuncias no son ni buenas ni malas, sencillamente tienes que asumirlo.

Ahora bien, las que de verdad sabemos de renuncias somos las mujeres. En este caso, de renuncias amargas, nada positivas. Al contrario que el Papa, la mayor parte de las mujeres no renuncian libremente.

Sin ir más lejos, esta semana se celebra uno de esos días internacionales, en este caso dedicado a la mujer trabajadora. Pues bien, las mujeres antes de aceptar un ascenso se plantean si van a poder “renunciar” a su vida familiar, algo que la mayoría de los hombres ni lo consideran. Pero, para que se lo planteen, se lo tienen que haber ofrecido antes, que esa es otra. Y de esta manera, entre que no hay una igualdad en las ofertas y que muchas renuncian una vez que se lo han ofrecido, llegamos a lo que publicaba este nuestro periódico el pasado domingo: “el número de hombres en puesto directivos en La Rioja dobla al de las mujeres”. Por no hablar del porcentaje de ellas que renuncian a tener más hijos porque saben que esto les va a perjudicar en su carrera profesional (según la última encuesta, ocho de cada diez) o de las que abandonan porque los tienen, o de las que renuncian a su vida personal para poder conciliar la vida laboral y familiar.

¿Por qué casi siempre somos las mujeres las que tenemos que renunciar? Vamos, que el 8 de marzo podría llamarse también “el día de las mujeres que renuncian”, porque no sólo hay géneros de renuncias, sino también renuncias de género.


Ya lo decía yo

Otro año más me hice el firme propósito de acudir de una santa vez a clases de pilates después de las Navidades. Estamos ya casi a finales de febrero y no es que no haya ido al gimnasio a lo del pilates, es que ni me he apuntado. Lo más que he llegado a hacer es informarme de los horarios. Lo malo es cuando te haces los buenos propósitos no al empezar el año, sino todas las semanas. Como cuando acabo de comer el domingo y me digo “esta noche no voy a cenar, bueno, voy a cenar un yogur”, y a los dos segundos me vuelvo a decir, “voy a cenar un yogur y algo de fruta, pero no más”. Y a las 9 de la noche me estoy haciendo dos huevos con patatas fritas y partiendo chorizo casero de Viguera, del que hace la madre de Luismi, que se va del mundo, mientras pienso “mañana, mañana sólo un yogur”.

¿Qué sería de nosotros sin el autoengaño? Lo peor es que no aprendemos a estar calladitos y muchas veces estas buenas intenciones las pregonamos a los que tenemos cerca y, de repente, un buen día te pregunta tu amiga, o tu madre, o tu santo: “¿pero no ibas a ir a conversación en inglés?”. Y siempre tenemos una buena lista de excusas con las que nos autoengañamos (mientras el interlocutor te mira de forma piadosa).

El guión se repite. Y es que el poder de los hábitos es muy fuerte, y cambiarlos es muy difícil, no es imposible, pero se necesita mucha, pero que mucha fuerza de voluntad. El cerebro (ese gran desconocido del cuerpo humano, parece mentira pero es así) a menudo va por libre y nos pone difícil cambiar de costumbres. El cerebro, para ahorrar energía, se aferra a los hábitos, estableciendo rutinas de comportamiento, y por eso cuesta mucho comenzar nuevas rutinas y tropezamos una y otra vez en la misma piedra. Esta masa gris que tenemos graba lo que a cada uno le da placer y tiende a repetirlo y, por desgracia, los malos hábitos dan más placer que los buenos. Por eso, a más edad cuesta más cambiar de rutinas, porque están más arraigadas.

Necesitamos una motivación muy fuerte o ver las orejas al lobo para cambiar nuestras costumbres del día a día, llevar a cabo las buenas intenciones y no repetir los errores ya cometidos. Es importante centrarse en pequeños objetivos, cosas concretas y sencillas. Esos pequeños pasos son los que van a posibilitar grandes cambios. Recaer no es fracasar, es lo normal, forma parte del proceso de cambio. Una buena manera de lograr los buenos propósitos es buscar socios con quienes llevarlos a cabo. Por eso pregunté a unas amigas a ver si querían apuntarse a pilates o ir a clase de conversación en inglés. Pero no podían. Así que si no lo hago es por su culpa, ya lo decía yo.

¿Quiere factura?

Se me estropeó un electrodoméstico en casa (da igual cuál) y al acabar la reparación el técnico me hizo la pregunta fatídica: “¿le hago factura?”. Una pregunta que siempre me ha ofendido y que demuestra el desprecio hacia lo que es de todos, lo público, porque si nadie reclama facturas y, por tanto, consiente que no se paguen impuestos, ¿cómo va a haber después servicios públicos? Como siempre reclamo el ticket, en algunos sitios, además de mirarme mal, me ponen todas las pegas del mundo, “es que tenía que haberlo pedido antes”, incluso a veces me tienen esperando para que desista y me vaya aburrida de esperar.

Y así, tacita a tacita, sin factura por un lado y sin ticket por otro, hemos conseguido ser uno de los países con mayor tasa de economía sumergida de la UE. La economía sumergida en España se calcula que está entre el 20 y el 25% del PIB y dejamos de recaudar unos 74.000 millones de euros (que se dice pronto). Es como una enorme bolsa de gas negro que está por debajo de la sociedad. Tenemos un problema, no sólo de corrupción política, sino de corrupción ciudadana, de podredumbre social, si una cuarta parte de la economía de nuestro país escapa a la Ley.

El Gobierno limitó hace unos meses los pagos en efectivo a 2.500 euros, algo es algo, pero me sigue pareciendo muchísimo. Y como no creo a estas alturas en una repentina recuperación de valores, lo que hay que hacer es reforzar los servicios de inspección tributaria y penalizar más el fraude fiscal.

Hace unos días recordaba el filósofo Javier Gomá la historia bíblica de Sodoma y Gomorra: Dios le dijo a Abraham que destruiría Sodoma por medio de fuego y azufre. Abraham intercedió por los justos de la ciudad, y Dios le replicó que no la destruiría si encontraba cincuenta justos en la misma. Después de regatear Abraham esa cifra, Dios la dejó en diez justos. Y como no los había, Sodoma fue destruida porque era imposible encontrar en ella siquiera diez hombres justos.

Nadie va a venir ahora a destruirnos con fuego y azufre o a salvarnos, depende de nosotros mismos ser una de esas personas justas de la ciudad. Que no se cumpla la letra del famoso tango “Cambalache”: “el que no llora, no mama y el que no afana es un gil. [...] Échate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao”. Lo que está claro es que así no podemos seguir y tenemos que convencernos cada uno de nosotros de ello e inculcárselo a nuestros hijos, porque los valores de la honestidad, el respeto a la Ley, la honradez, la rectitud, que lo público es de todos… todo esto y mucho más, se aprende en casa y empieza por cada uno de nosotros. Sí, claro, quiero factura.



Honestamente

Jesús es veterinario y trabaja como funcionario en el área de Medio Ambiente y, como sus dos hijos empezaron a estudiar en la Universidad y tenía más tiempo disponible, lo dedicó a colaborar con el partido político con el que simpatizaba. Podría haberlo hecho con una ONG, pero como está muy implicado con el medio ambiente también en lo personal, pensó que sería efectivo intentar trasladar a la política su conciencia ecológica.

Después de un tiempo colaborando, y como se acercaban las elecciones, le propusieron ir en la lista para el Ayuntamiento, como concejal. Salió elegido y es ya su segunda legislatura, que compatibiliza con su puesto de trabajo.

Gonzalo es profesor de Universidad, tiene una brillante carrera académica, estancias de investigación en el extranjero y es autor de prestigiosas publicaciones. Siempre ha sido una persona muy activa y comprometida con los asuntos públicos; por eso aceptó incorporarse al gobierno autonómico de su región en un puesto de responsabilidad política, desde el que intenta mejorar la sociedad en la que vive.

Los conozco. A ellos y a otros como ellos. Antes los veía de vez en cuando, pero desde que están en política sus amigos los vemos de pascuas a ramos, y eso con suerte. En sus familias no les ven casi el pelo y llevan jornadas maratonianas de trabajo de lunes a domingo, sin ganar mucho más de lo que ganarían en su actividad profesional, y algunos, incluso, ganando menos.

Podría contar un montón de casos de gente como ellos, que tienen vocación de servicio público, que quieren hacer cosas para los demás, que creen en su pueblo, en su ciudad, en su región o en su país y que quieren trabajar desde la política. Por eso, cada vez que oigo que “todos los políticos son iguales”, pienso en ellos y en tantos como ellos y en lo injusta (y peligrosa) que es esa generalización. Ellos y tantos otros no tienen la culpa de ejemplos indignos de servidores públicos que arruinan la credibilidad de los que se dedican a la política.

En un momento de crisis económica como el que estamos atravesando, es especialmente sangrante ver los casos de corrupción que se dan en nuestro país, en todos los partidos, en todos los niveles y capas sociales. La corrupción política o económica es indignante, cabreante, desmoraliza y causa desazón social. Hay quienes aprovechan para poner en cuestión el sistema, pero de lo que se trata es de poner en marcha más mecanismos de transparencia y de control en la gestión, para evitar que los sinvergüenzas –que los hay en todos los sitios- puedan aprovechar su cargo político para enriquecerse ilegalmente y arrojar sombras sobre el trabajo honesto de tanta gente. Un imputado no debería ir jamás en una lista y hay que endurecer las penas por corrupción.

Otra propuesta interesante de estos días es que para estar en política se haya trabajado en otra cosa antes, se haya demostrado algo. Esto apartaría a los mediocres y advenedizos que hacen de la política su único sustento. Ahora mismo, lo más fácil y lo que se lleva es meterse con “los políticos”, pero la mayor parte, como Jesús y Gonzalo, trabaja con honradez y dedicación. Esto es lo que pienso, honestamente.

Con buen pie

Parece que fue ayer cuando escuchaba a “Los Secretos” en los años ochenta, mis años universitarios de Madrid. Y cuando los vi el domingo en el Bretón, en el magnífico concierto con el que se cerraba el Actual de este año, me di cuenta de que habían pasado treinta años desde “Déjame” o “Por el bulevar de los sueños rotos”, y que este año cumplo cincuenta. Comprobé, como dice mi santo, “ahora que de casi todo hace más de veinte años”. En esta misma línea este nuestro periódico titulaba “la nostalgia pone el cierre a Actual”.

La nostalgia cierra Actual y cierra las Navidades, porque acaban estos días y nos invade una sensación extraña, de melancolía por estas fiestas ya pasadas y de una cierta ansiedad ante el calendario que una tiene por delante, y en el que hasta Semana Santa va todo seguido, sin una triste fiesta que echarse a la agenda. Encima, este año el final de las Navidades ha coincidido con el día mismo de Reyes, y al no haber tenido aquí fiesta al día siguiente, casi a la vez que cumplíamos con la ceremonia de los regalos nos dedicábamos a recoger los adornos de Navidad, el árbol, las bolas, las luces y el belén (con la mula y el buey).

Todo ello mezclado con una cierta sensación de nostalgia por las larguísimas sobremesas de las reuniones familiares, por los encuentros con los amigos (algunos a los que no veía desde hacía tanto tiempo) y por esa especie de tiempo detenido de las Navidades.

Pero una cosa es disfrutar en un concierto con la buena música de hace años o añorar las Navidades, y otra vivir anclados en la nostalgia. Y es que estoy convencida de que la nostalgia es un error y de que lo mejor está siempre por venir. Incluso en un año que pinta difícil como este.

De la misma manera que no podemos estar siempre ensimismados en los recuerdos, tampoco podemos vivir angustiados por el futuro, anticipando siempre algo malo. Además, la mayoría de las veces nos agobiamos por cosas que nunca ocurren.

Así que ni nostalgia, ni miedo. Por mal que estén las cosas no podemos renunciar a los sueños o, sencillamente, a que somos capaces de conseguir aquello por lo que trabajamos. A pesar de los apocalípticos, de los cínicos del pesimismo y de los agoreros, siempre creo que es mejor intentarlo que tirar la toalla, que juntos podemos y que lo mejor está por venir. Hay que saber adaptarse a las circunstancias,  hay que tener esperanza, ganas de salir adelante, fuerza para intentarlo y, en fin, aunque no esté de moda, eso que llamamos optimismo. Necesitamos este ánimo para empezar el año con buen pie.

Nuevo fin del mundo

Los hemos visto en grupos multitudinarios practicando bailes rituales o haciendo meditación en torno al calendario maya, por todo el mundo. Este fin del mundo vaticinado por los mayas para el pasado viernes ha sido uno de los acontecimientos más comentados en los medios y en las redes sociales. Unos por convicción y muchos más por hacer el friki, han seguido y celebrado el último fin del mundo y quedan a la espera del siguiente. Este, como todos los apocalipsis amarillistas ha sido un fiasco, un aburrimiento, no ha pasado nada. Y eso es lo malo, porque parece que el fin del mundo no es lo peor que podría pasarnos.

He perdido la cuenta de todos los fines del mundo a los que he asistido ya. Me llama la atención esta fascinación humana por asustarse con algo, este afán por sentir temor. ¿Nos acordamos todavía del efecto 2000? Pues ni los ascensores se cayeron, ni los programas informáticos dejaron de funcionar. En fin, como escribió Chesterton, “lo malo de que la gente haya dejado de creer en Dios, no es que ya no crea en nada, es que cree en cualquier cosa”.

Ni el fin del mundo va a venir de fuera, ni tampoco desde fuera hay una solución mágica para todos nuestros problemas. Todo depende de nosotros mismos, aún con nuestros miedos y nuestros temores. La misma situación para unos puede ser el fin del mundo y para otros, en cambio, es una prueba de superación, de coraje y de demostrar que se puede salir adelante.

En nuestro país andamos sobrados de agoreros apocalípticos, muchos por interés político, y estamos instalados en una especie de fin del mundo permanente, vamos, lo de los mayas pero a la española. Son los que anuncian el fin de la sanidad o de la educación públicas, o los que profetizan que se acaba con el sistema de pensiones. Pero este fin del mundo hispano también lo superaremos, como hemos superado otros, y saldremos adelante, con trabajo, con sacrificio, con esfuerzo, con solidaridad y con humor.

El mismo día del supuesto fin del mundo maya recibía un  guasap (whatsapp) que decía que la verdadera profecía de los mayas era más o menos esto: que no “maya” tocado la lotería, que no “maya” ido de vacaciones, que no “maya” dicho mi santo “yo me encargo de preparar todo para Nochebuena”, que mi jefe no “maya” subido el sueldo” y que hoy “maya” visto con más arrugas en el espejo.

El fin del mundo y el comienzo del paraíso podemos encontrarlos cada día. Depende de nuestras decisiones habitar el cielo o el infierno, aunque nos olvidemos de ello. Va a resultar que no nos viene mal que de vez en cuando vengan unos, en este caso los mayas, y nos lo recuerden con el anuncio de un nuevo fin del mundo.


Cardo a la riojana

Se limpia el cardo, se parte en trozos pequeños y se pone en agua fría (esto es lo más latoso al prepararlo, yo esto se lo dejo a mi santo). Se cuece hasta que esté tierno y luego se escurre y se guarda el agua de cocción. Para hacer la salsa se fríe una taza de aceite con un diente de ajo, se rehoga una cucharada de harina y se vierte sobre el cardo. A continuación se le añaden unas almendras machacadas y una taza del agua de cocción. Se hierve todo junto durante diez minutos y a comer.

Nos complicamos la vida extraordinariamente en la cena de Nochebuena, cuando lo mejor es muy sencillo, un cardo a la riojana. Y bien barato. Este año, con la crisis, volvemos a las recetas de toda la vida. Y volvemos no solo en las comidas familiares, sino en tantas otras cosas. Sin ir más lejos, en los regalos.

Ya no vale aquel “me lo pido y me lo pido” con el que hemos convivido estos últimos años. Hay que pararse a pensar qué es lo que de verdad se necesita o cuál es ese regalo con el que queremos acertar porque solo podemos hacer uno. Así que hay que hacer de la necesidad virtud y afinar más.

Muchas veces se regalaba por regalar y a los niños se les inundaba con juguetes que no tenían ni tiempo de disfrutar. Ese exceso devalúa el regalo y es poco formativo. Se hacían cartas a los Reyes que parecían una copia del catálogo de juguetes, cuando se trata precisamente de hacer pocos regalos pero bien elegidos. Todos tenemos que interiorizar, no solo nuestros chavales, que no se puede tener todo.

Frente al furor consumista y a la locura por comprar, la crisis ha impuesto una cierta sensatez, evitando los excesos y el despilfarro. Ojo, no hay que pasar del todo a la nada, no se trata de no comprar nada, porque entonces nos derrumbamos como sociedad, sería el acabose. De lo que se trata es de hacerlo con sentido común, en los regalos y en las comidas y cenas navideñas.

Lo “no material” ha recobrado sentido: reunirse la familia o verse con los amigos es lo importante, no el hecho de que lo que se cena tenga que ser más caro de lo normal. De hecho, la mitad de los alimentos navideños termina en el contenedor, más del 50% de lo habitual. Es decir, se compra más caro, mucho más y encima se acaba tirando. La felicidad no reside en cenar angulas en Nochebuena (el que pueda que las compre, eso no lo critico), sino en poder juntarse la familia y disfrutar del mazapán casero y del cardo de la huerta de al lado. El espíritu de la Navidad y de estos tiempos está en ese sencillo (y exquisito) cardo a la riojana.

La Rioja

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