#!/bin/php Que quede entre nosotros

Ocho apellidos vascos

“Euzkadi tiene un color especiaaaaal, Euzkadi tiene un color diferenteeee”. Ver cantar esta canción de los del Río (“Sevilla tiene un color especiaaal…”) a un grupo de abertzales en la plaza de un pueblo pesquero del Euzkadi profundo, frente a los ertzainas vigilantes, es una de las tronchantes escenas de una comedia romántica, desternillante desde el principio hasta el final, “Ocho apellidos vascos”.
Al estilo de la genial película francesa “Bienvenidos al Norte”, la española parodia los estereotipos regionales, en este caso de andaluces y vascos, sobre todo de estos últimos. De una forma audaz, afronta temas tabú como la violencia callejera y el mundo independentista vasco, y los lleva al ridículo. Por eso, además de divertidísima, es una vacuna contra los radicalismos y una terapia de humor para estos tiempos difíciles.
Este país necesita y demanda más humor, como el de esta película. La mejor demostración es que está arrasando en taquilla, lleva dos semanas en cartel y ha recaudado ya nada más y nada menos que ¡16 millones de euros! La vi el sábado pasado, con mi santo, en una sala abarrotada que estuvo partiéndose de risa durante toda la película (la risa es contagiosa, no es lo mismo que verla en casa) y al final los asistentes aplaudimos como si estuviéramos en el teatro.
Y es que tenemos que reírnos más de nosotros mismos, en todos los ámbitos. No me imagino en España una cena como la que hacen en Estados Unidos, con los corresponsales de la Casa Blanca, en la que el Presidente se parodia a sí mismo. Nos tomamos demasiado en serio, y eso es un signo de soberbia, de creernos muy importantes. Bueno, por algo se dice en toda Europa “orgulloso como un español”. Lo afrontamos todo con mucha solemnidad y no nos gusta que nos critiquen, pero, eso sí, no dejamos de criticar a los demás.
Estamos llenos de prejuicios y, aunque cada uno se considera a sí mismo muy tolerante y muy abierto, en realidad, en el fondo, pensamos que nuestra forma de ser, nuestra manera de ver las cosas, es la mejor, y rechazamos lo diferente. Esta película cuestiona todo ello y se ríe de los prejuicios y de los tópicos de este país.
Una de las cosas más productivas que podemos hacer es una autocrítica con humor: reírse de uno mismo es muy sano, es una catarsis y un signo de inteligencia. En vez de emplear tanta energía en criticar a los demás, siempre es mucho más útil ver qué podemos mejorar de nosotros mismos.
Parece que están preparando “Nueve apellidos catalanes”, espero que la hagan cuanto antes. Decía Baroja que el nacionalismo se cura viajando, creo que también se cura con películas como esta. Vete a verla, no te la pierdas: “Ocho apellidos vascos”.

Conviene escucharle

“No soy un héroe, soy una persona normal, que llora, que ríe, que duerme tranquilo y tengo amigos como todos. Una persona normal”, es lo que contestaba el Papa Francisco en una entrevista al “Corriere della Sera”, a propósito de su primer aniversario de pontificado al frente de la Iglesia Católica, “pintar al Papa como una especie de Superman, de estrella, me parece ofensivo”
Se ha cumplido un año desde la elección del Papa Francisco y, al margen de otras consideraciones –no soy teóloga ni pretendo serlo-, me sigue fascinando su capacidad de conectar con la gente, la humildad y humanidad que traslada. La revista “Time” ha elegido a este jesuita argentino como personaje del año 2013, señalando entre otras cuestiones que “no solo ha cambiado la letra, sino también la música”, y destaca también cómo clama contra la idolatría del dinero, su reivindicación de los pobres, su lenguaje llano, su enorme capacidad de comunicación y que no ha eludido ningún tema importante de nuestro tiempo.
Tiene pendientes retos muy importantes, como el papel de la mujer en la Iglesia o la integración de los divorciados, entre otros muchos. Me gusta sobre todo el mensaje que traslada de esperanza (“no os dejéis robar la esperanza”, dice a los jóvenes), de alegría, de misericordia, de perdón, de diálogo, de sentido del humor (pide a los cardenales que no tengan cara de “pepinillos avinagrados”), o algo que se tiende a ridiculizar a menudo: la ternura (“no tengáis miedo a la ternura”).
Pero, por encima de todo ello, me quedo con su ejemplo y su reivindicación de la humildad y de la cercanía. En este mundo tan competitivo y en el que el éxito o el destacar por encima de los demás parecen ser la clave, que sea precisamente el Papa quien pone en práctica todo lo contrario, me parece especialmente importante y muy necesario. Más allá de ser un líder religioso para millones de personas, es también un referente moral para el mundo. Como cuando critica que se arrincone a los mayores en nuestra sociedad -como si molestaran- o como cuando llama la atención sobre el comportamiento de nuestras sociedades ante la inmigración, tantas veces convertida en un drama.
Más allá de las creencias religiosas, impacta el ejemplo de vida que supone: su sencillez, su austeridad, su reivindicación permanente del diálogo, su mensaje profundo de solidaridad, el centrarse siempre en lo que nos une, su honestidad y su autenticidad. Por eso, al margen de las creencias religiosas de cada uno, merece la pena no perder de vista a este hombre. Conviene escucharle.

Prudencia


No digo que sea la personificación de la prudencia, pero ves a Ancelotti en la tele y hace las declaraciones después del partido con tranquilidad, con buen tono, sin aspavientos, con mesura en la forma y en el fondo. En cambio, aunque no entrena en España, el anterior entrenador, Mourinho, sigue siendo noticia cada semana por sus salidas de tono, por sus polémicas con todo y con todos, en definitiva, por su imprudencia.
No hay que irse al fútbol. Hace unos días un amigo nos confesaba “he sido un bocazas”, con tono de arrepentimiento y pesadumbre, a propósito de una relación personal ya rota por su falta de discreción. Aplicamos un doble rasero con la vida privada, no nos gusta que cuenten la nuestra, pero participamos con entusiasmo en el chismorreo de la de los demás y, claro, esto se paga.
“Los cotilleos matan, llenan el corazón de veneno y amargura, dañan la calidad de las personas, del trabajo y el ambiente”, decía el mismísimo Papa hace un par de semanas, en una llamada de atención a la discreción y a la prudencia. Vivimos tiempos de poca prudencia, al hablar, al juzgar a la primera de cambio, al opinar, al actuar, todo es inmediato, al momento, sin pararse a analizar y a sopesar lo que vamos a hacer o decir. Decididamente la prudencia no está de moda, porque se confunde con el que no actúa, con el retraído, con el poco emprendedor, con el cauteloso, como si fuera sinónimo de lentitud en esta época en la que todo tiene que ser instantáneo.
Pero no es así, la prudencia es una de las grandes virtudes, y tendríamos que reclamarla mucho más, sobre todo a quienes nos gobiernan, para quienes tendría que ser una condición imprescindible. Prudencia no es lo contrario de audacia, hay que ser audaz en la vida y en la política, hay que ser valiente y emprendedor, pero eso no está reñido con la sensatez y el buen juicio. Ahora mismo tenemos una buena muestra de lo necesaria que es la prudencia para tratar un caso tan candente como el referéndum independentista catalán. Frente a la reacción visceral e impulsiva de algunos, creo que hay que aplicar más prudencia que nunca: “la temeridad es peligrosa en un dirigente, el verdadero coraje es la prudencia”.
Pero no solo en política. ¡Cuánto mejor irían las relaciones personales si fuéramos más prudentes en nuestros comentarios! Somos esclavos de lo que decimos y dueños de lo que callamos. Necesitamos más que nunca la prudencia, la clave está en cómo cultivarla, aunque eso hay que hacerlo también sin pasarse, con prudencia.

Jugar con fuego

La boca agua. A unos cuantos de por aquí se les ha hecho la boca agua al ver los incidentes del barrio de Gamonal en Burgos, y están intentando agitar las aguas a ver si hay suerte y pueden enganchar con algún proyecto o alguna obra municipal y liarla parda en Logroño.
Son aquellos que siempre se apuntan al cuanto peor, mejor (cuanto peor para todos, mejor para ellos), con un interés particular y partidista. Son los que sobrevuelan buscando dónde pueden provocar un conflicto social que perjudique al adversario político. Aquí estamos viendo estas actitudes manipuladoras a propósito de la rotonda de Vara de Rey. No importa que sea esta rotonda o cualquier otra obra. Para algunos, las cosas son buenas o malas en función de quien las haga, y les da igual el proyecto de ciudad, su desarrollo equilibrado, les da igual el consenso social básico alcanzado al respecto, el bien común y el acabar los proyectos comenzados en beneficio de todos.
Si todos los partidos políticos han aprobado en su momento completar esta fase del soterramiento, ¿por qué ahora se manifiestan en contra? Quiero a mi ciudad, amo a esta ciudad, y quiero la mejor ciudad posible, y por eso creo que el soterramiento del ferrocarril es una de las mejores cosas que se han hecho, una transformación histórica, y para bien, de Logroño, algo a lo que han contribuido todos los partidos políticos.
Estos proyectos están por encima de los partidos, son proyectos de ciudad y de todos los logroñeses. ¿A qué viene decir ahora que no, cuando en su momento votaron que sí? ¿Por qué quienes aprobaron el proyecto de la rotonda de Vara de Rey cuando estaban al frente del Ayuntamiento de Logroño ahora se oponen? Esta posición demuestra falta de altura de miras, de responsabilidad y de credibilidad. Por supuesto hay que hablar, hay que dialogar, con serenidad, hay que escuchar a los vecinos, a todos, hay que explicar lo que se quiere hacer una y mil veces, habrá que introducir cambios y matizar lo que sea necesario, con sensatez y sentido común, pero eso es una cosa y otra querer romper el consenso social que hay entre los logroñeses en torno al soterramiento, por puro interés, intentando manipular a los vecinos, para arrimar el ascua a su sardina política.
Si en lugar de Cuca Gamarra el alcalde fuera Tomás Santos, la obra me parecería igual de bien, pero se ponen en evidencia quienes cambian de opinión y ahora se oponen a que se haga una obra necesaria para el desarrollo de la ciudad. Algunos son como el perro del hortelano, ni hacen ni dejan hacer, y lo único que hacen intentado avivar la bronca vecinal es jugar con fuego.

Maniquíes

“Te vi anoche en la tele, te quedaba muy bien ese pañuelito rojo”. Estaba tomando café con una amiga que sale de vez en cuando en la tele, cuando se acercó un conocido a saludarnos y le soltó que le había visto muy conjuntada en la tele. Mi amiga le preguntó, “¿y qué tal lo que dije?”, a lo que él respondió: “no me acuerdo de qué hablabas, pero te vi muy bien, muy favorecida”.
No es la primera vez que escucho algo así. Algo que no veo que suceda con los hombres que tienen presencia pública y salen en la tele. En su caso se fijan, nos fijamos –en general- en el aspecto físico, cómo no, pero más en los mensajes, en lo que dicen. En cambio, en el caso de las mujeres, además de tener que trasladar un buen contenido, tienen que tener también una buena imagen y cuidar especialmente su aspecto físico.
Es tal la presión que hay sobre el aspecto físico de las mujeres, sobre su peso, su edad, sus arrugas, sobre cómo les queda la ropa que llevan, que como muchas no llegan a ese “ideal” de imagen que trasladan los medios, acaban odiando su imagen y sus cuerpos. Se ha hecho una macroencuesta en el Reino Unido y, de las 45.000 mujeres a las que se ha preguntado, el 60 por ciento dice que “odia el aspecto que tiene”. El 36 por ciento se considera “bastante satisfecha” con su aspecto y con su cuerpo, y tan solo el 4 por ciento está “completamente a gusto” con su imagen. La parte del cuerpo más odiada son los muslos, después la tripa y, cómo no, las tetas y el culo. Aún recuerdo la foto aquella tan comentada -que publicaron casi todos los periódicos- de los culos de Letizia y Carla Bruni subiendo las escaleras del Palacio de la Zarzuela junto a sus respectivos. La reunión entre las dos parejas, reducida a una competición de culos de mujeres. Otra muestra más.
En una sociedad controlada por los hombres, también en la comunicación, se imponen unos parámetros muy estrictos de imagen para las mujeres, que como son casi imposibles de cumplir, hace que muchas se frustren y se sientan inseguras. En cambio, a los hombres se les valora sobre todo por su inteligencia, por su capacidad de trabajo, por su liderazgo…
No defiendo el descuido o la dejadez de la propia imagen en las mujeres –ni en nadie-, pero eso no quiere decir que tengamos que estar sometidas a esta tiranía. Y esto es algo que sufren sobre todo las mujeres que están en puestos con responsabilidad. Se trata de aceptarse, de estar a gusto con una misma, de cuidarse sin obsesionarse, porque lo contrario supone perder calidad de vida, supone sufrimiento, inseguridad y baja autoestima. Esta es una forma más de sometimiento. Desigualdad en los sueldos a pesar del mismo trabajo, desigualdad en las horas de dedicación a la familia y desigualdad en las exigencias de imagen. En un chiste de esos que circulan por Whatsapp, se ve a un tipo fofo y con barriga cervecera que se ve en el espejo como si fuera George Clonney. Las mujeres, en cambio, tenemos que reflejar en el espejo que somos modelos o maniquíes.

Entre las sábanas

65.000 millones de euros. El Presidente de Francia, François Hollande, convocó la semana pasada una rueda de prensa para anunciar nada más y nada menos que 65.000 millones de euros de recortes adicionales, es decir, a recortar sobre el presupuesto, además de lo que ya ha ajustado el Gobierno francés hasta ahora. En la imponente sala (por cierto, preciosa, ¡ah la grandeur!) del Palacio del Elíseo había 700 periodistas, ¡ahí es nada!

Pero tanta expectación no era para seguir el anuncio de este recorte que tanta repercusión va a tener en el día a día de los franceses, sino para seguir otro día a día, el de los amoríos del Presidente Hollande, del que se ha destapado en la prensa su relación sentimental con una actriz, Julie Gayet (más joven, claro) al margen de su relación oficial de pareja con Valérie Trierweiler, la primera dama (mi santo, en cambio, dice que prefiere con diferencia a Trierweiler). En Francia no hay ideología de cintura para abajo, en eso no hay diferencia entre los Presidentes. Esto le pasa a un político en Estados Unidos y ya habría dimitido, con la mujer al lado, llorando los dos.

Debe de existir la erótica del poder, porque no sé qué le ven las mujeres a Hollande. Imagino que será un gran conversador, que tendrá un humor extraordinario y otros encantos ocultos, no tengo el gusto de conocerlo, pero a primera vista no parece que sea de los que destilan testosterona.

Que algo tan privado como la vida sentimental del Presidente de Francia sea tan gran noticia (allí y en todo el mundo) es una muestra más de que vivimos la era del fin de la intimidad. No sólo para los que están en política o los famosos, que están más expuestos, sino para todos. Todo se cuenta en las redes sociales, en una especie de gran hermano global. Ya no hace falta una cámara de fotos o de vídeo, con el móvil se graba o se hace la foto y se cuelga en la red al instante, aunque lleves un casco de moto. Y como contamos nuestras vidas, queremos también conocer las vidas de los demás.

Produce un morbo enorme conocer detalles de la vida íntima de los personajes públicos, pero en política hay un plus. Y es que cuando se tiene una responsabilidad política de alto nivel, la transparencia necesaria que se pide al ejercicio de la política se traslada a todas las esferas de la vida. Desde luego, quién es la pareja de un Presidente o sus infidelidades son algo importante para los ciudadanos. Otra cosa es la valoración que haga cada uno, a unos les dará igual y otros, en cambio, querrán que quien les representa y dirige sea un modelo de ejemplaridad, de coherencia y de honestidad personal.

Como escribía estos días Marius Carol, “Hollande ha sido infiel a Valérie Trierweiler, pero no a Angela Merkel con los recortes”. En este caso, la fidelidad a Merkel no es noticia, (claro, la fidelidad nunca lo es), por eso los recortes han pasado a un segundo plano. Parece que lo que de verdad importa, en lo que anda todo el mundo entretenido, es con quién está Hollande entre las sábanas.

 

Año Nuevo

Un subidón de orgullo. Eso es lo que sentí el escuchar a Pérez de Arteaga decir que el Director de este año del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, Daniel Barenboin, iba a venir a España, a Logroño, a recoger el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de La Rioja. Lo necesitaba. Necesitaba algo así que me subiera el ánimo después de la cutredad de los programas de Nochevieja con que nos castigaron las cadenas de televisión la noche anterior.

Una se reconcilia con la vida al ver y escuchar el Concierto de Año Nuevo desde la Sala Dorada del Musikvieren de Viena. El buen gusto, la elegancia y la decoración de la sala y la armonía del directo de la orquesta son una necesidad vital para contrarrestar los programas espantosos, horteras, cutres y enlatados (y me quedo corta) de las teles de nuestro país unas pocas horas antes, en Nochevieja. Era patético ver a supuestos chistosos pretendiendo hacer gracia con chistes casposos y scketches insulsos y desfasados en cualquier canal.

No sé si la tele refleja el nivel social y cultural de un país o si influye en determinarlo, creo que es un poco ambas cosas, eso es lo que horroriza y da que pensar. Por eso creo que nos merecemos una Nochevieja mejor y no solo en lo televisivo. Las crónicas periodísticas hablaban de una Viena en San Silvestre sin botellones, sin borracheras ni basura por las calles. Algo que contrasta con nuestra Nochevieja de peleas a la salida de los cotillones en aceras vomitadas.

Frente al optimismo que te infunden los valses y las polkas del Concierto de Viena, frente al entusiasmo que se siente al palmear la marcha Radetzky, la despedida televisiva del año en las teles españolas es deprimente y refleja un país que parece haber sucumbido al modelo de la telebasura y que rinde culto a la chabacanería y a la estupidez. Es el modelo Sálvame generalizado en Nochevieja.

Pero no debemos resignarnos ni mirar hacia otro lado. Somos un país con talento, con creatividad, con ideas brillantes, con una extraordinaria capacidad para generar arte y cultura, y de la misma forma que estamos saliendo de la crisis porque la hemos afrontado, podemos dar la vuelta a cualquier situación, como por ejemplo hacer de la programación de la tele una muestra de lo ingeniosos y creativos que somos los españoles.

Conciertos como el de la Filarmónica solo hay uno y es en Viena, no vamos a jugar a copiarlo, pero no tenemos por qué aguantar esa televisiva fritanga grasienta y maloliente en la última noche del año. No pretendo que Barenboin presente las campanadas de fin de año, me conformo con que no nos torturen con Los Morancos. Que una Universidad española –y encima la de La Rioja- le conceda a Barenboin un Doctorado significa que hay motivos para la esperanza. Me consolaré pensando que después de los programas de Nochevieja siempre llega el Concierto de Año Nuevo.

¿Cuánto?

¿Cómo es posible que sigamos permitiendo esto? Me hago esta pregunta cada vez que paso por la carretera y veo esas luces de neón habitualmente de color rosa, intermitentes, con las letras Club bien grandes y a menudo con una silueta femenina al lado. La sociedad mira hacia otra parte al pasar no sólo por estos “clubes de carretera” (una manera fina de llamar a esos antros de explotación de las mujeres), sino que mira en general hacia otro lado con la prostitución, esa modalidad de violencia contra las mujeres.

En Francia han dejado de mirar para otro lado mientras se esclaviza sexualmente a las mujeres y van a multar a los clientes de la prostitución con 1.500 euros y hasta 3.750 euros al que sea reincidente. También se va a poner en marcha un programa de abandono de la prostitución, con 20 millones de euros al año, para ofrecer alternativas de reinserción social y profesional a las mujeres que la ejercen. En Francia los que están a favor no están escondidos como aquí, y 350 que se llaman a sí mismos intelectuales han firmado un manifiesto, por cierto con el título de “No toques a mi puta. El manifiesto de los cabrones”. Lo he leído y estoy de acuerdo en una cosa con ellos, y es en el título: sin duda, lo son.

De momento el proyecto de Ley ha pasado con holgura una primera votación y sigue su tramitación hasta junio. En Francia las prostitutas han dejado de ser consideradas culpables para pasar a ser víctimas y, por tanto, hay que protegerlas. Francia, referencia de la libertad, igualdad y fraternidad, da un paso histórico que espero sirva como ejemplo para el resto de países de Europa y del mundo.

Como en España se está tramitando una Ley de Seguridad podían aprovechar para seguir el ejemplo de Francia (y de Suecia) para multar a los clientes de la prostitución y ayudar a erradicar así esta forma de explotación de las mujeres que es, además, un caldo de cultivo para la delincuencia organizada. Detrás de la prostitución se oculta la pobreza, la miseria, la trata, la explotación sexual. No se trata de ocultar el problema, no se trata de quitar a las putas de las carreteras o de las calles, sino de que las mujeres no tengan que vender su cuerpo para salir adelante.

Quienes defienden la libertad de las mujeres para prostituirse, supongo que defienden también la libertad para ser esclavo, la libertad para que los niños trabajen o la de la compraventa de órganos. Más del 90% de las prostitutas en España son inmigrantes, están en las manos de redes de trata de mujeres, trabajan en un cuchitril y, si no han conseguido el dinero al final de la jornada, les rompen la cara. ¿Cómo es posible que a comienzos del siglo XXI sigamos permitiendo esa forma de esclavitud que es la prostitución? Una buena manera de comenzar a erradicarla es que no salga gratis preguntar “¿Cuánto?”

A ver con quién estás

Estaban en la mesa de al lado en la terraza de un bar, era un grupo de 5 o 6 chicas adolescentes, no tendrían más de 17 años y una de ellas se me acercó y me pidió que les hiciera una foto con el móvil. Escuché que les decía al volver al grupo: “así se la envío a mi novio por WhatsApp para que vea con quién estoy”. Me pareció terrible, una muestra del control al que son sometidas muchas adolescentes por parte de sus parejas.

Días después, la semana pasada, se ha hecho público el estudio “Evolución de la adolescencia española sobre la igualdad y la prevención de la violencia de género”, realizado por investigadores de la Universidad Complutense y los resultados son muy preocupantes. Se ha entrevistado a más de 8.000 menores y resulta que muchos ven tan normal que él sea dominante y agresivo y que ella tenga que decirle en todo momento dónde está.

Según el estudio, un 29% de los jóvenes ha sido objeto de control abusivo por parte de la pareja. El 25% de las chicas dicen que su novio o su exnovio las vigila a través del teléfono y las redes sociales, hasta el punto de que, como vi el otro día, algunas chicas tienen que enviar fotos de dónde están para que su noviete les dé el visto bueno para estar con sus amigas. Pero esto no es todo: el 12% dice que “para tener una buena relación de pareja la mujer debe evitar llevarle la contraria al hombre”. Para el 8%, si una mujer es maltratada por su pareja y continúa con él es “porque no le disgusta del todo esa situación”.

En general, la educación en las redes sociales es una de las “asignaturas” que hay que enseñar en las familias. ¿Hablamos los padres con nuestros hijos sobre el uso de las redes sociales? Internet forma parte de su día a día, y es una necesidad casi fisiológica para ellos, pero no perciben los riesgos que puede tener su uso. ¿Les hemos dicho a nuestros hijos “no subas una foto a las redes que no estarías dispuesto a que la viesen tus padres” o “no escribas en el móvil algo que no te atreverías a decir a la cara”? O tantas otras cosas que, como el estudio mencionado refleja, no se hablan en las familias.

Algo estamos haciendo mal cuando nuestros jóvenes siguen replicando los modelos machistas de comportamiento social. Y algo estamos haciendo muy mal cuando no les estamos educando en rechazar esos comportamientos. A todo ello hay que añadir un nuevo elemento de control, las redes sociales. Y es que las redes son un instrumento extraordinario de comunicación, una gran herramienta para luchar contra la violencia de género, pero, a la vez, pueden tener un lado oscuro cuando sirven para reproducir los clichés machistas de la vida real y sentar las bases de la violencia de género.

Y entre nuestros jóvenes esto no va a menos. Hay que explicarles que no es una prueba de amor, sino una muestra de sumisión que abona el terreno para la violencia de género el tener que enviar una foto para que tu chaval compruebe con quién estás.

Es de sabios

Estaba empeñada en que mi hijo, siendo pequeño, aprendiera a tocar un instrumento, así que lo apunté a un curso de lenguaje musical y, a pesar de que ese año no había sido precisamente productivo –se notaba que la música no era lo suyo, a su padre que se parezca-, lo apuntamos a otro, intensivo en este caso, donde les presentaban los diferentes instrumentos y les enseñaban a familiarizarse con ellos y a tocarlos inicialmente. Al acabar el intensivo le pregunté qué instrumento había elegido, para empezar a estudiarlo: piano, violín, guitarra (como yo), saxo…, y me dijo, todo ufano, que el que más le gustaba era ¡el tambor! Si me hubiera dicho el xilófono, aún, pero ese día pensé, “¡hasta aquí hemos llegado!”, rectifiqué y lo borré de la academia. Empezó entonces a jugar al fútbol, y ha sido una de las mejores cosas que le han pasado.

Hay que saber rectificar a tiempo. Nos pasamos la vida rectificando, de hecho en el día a día estamos siempre corrigiendo decisiones que hemos tomado. No se trata de cambiar de decisión por el hecho de evitar un conflicto personal, sino porque nos damos cuenta de que esa es la decisión acertada. Hay que ser flexibles, sensibles y tener las cosas claras.

Pero para rectificación en condiciones la del Ministro de Educación la semana pasada, que echó marcha atrás en la supresión de las becas Erasmus anunciada un par de días de antes. Muchas veces las rectificaciones en la vida pública parecen algo excepcional, cuando tendrían que ser más normales. Llama tanto la atención la rectificación como el hecho de que quienes pedían un cambio de decisión, una vez producido, sigan criticando, cuando en realidad tendrían que felicitarse por haberlo conseguido.

Todos nos equivocamos, pero parece que si rectificas muestras una debilidad, por eso les cuesta tanto a muchos hacerlo, sobre todo a quienes tienen un cargo público. Y, sin embargo, ser capaz de pedir disculpas, decir “me equivoqué”, “lo siento”, es algo que da autoridad a quien lo hace. El problema es que algunos solo aciertan cuando rectifican.

Aunque también en ocasiones se piden rectificaciones que me llaman la atención, como lo que está sucediendo estos días en Logroño con las críticas a la rezonificación de centros de salud. No digo que no haya casos individuales que rectificar, pero las protestas por abrir un nuevo centro de salud y, por tanto, redistribuir a los usuarios, escapan a la lógica. Por lo visto será mejor no abrir más centros de salud. Y con los nuevos centros que ya tenemos, ¿qué hacemos?, ¿no enviar a nadie?

A veces nos empeñamos en cosas que no tienen sentido, y en la vida suele triunfar casi siempre el sentido común. Rectificar da calidad a las personas y hace avanzar a la sociedad. Si no aprendiésemos de los errores, no habríamos avanzado. Y es que si errar es humano, perdonar es divino y rectificar es de sabios.

La Rioja

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