La Rioja

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Fecha: mayo, 2012
No me, no me…, que te, que te…
Mayte 30-05-2012 | 6:10 | 0

“¡Pero si te dejas lo mejor!”, le decía yo a mi hija, que quitaba lo más maduro de una pera en el postre. De repente, me di cuenta de que estaba repitiendo una frase oída en mi casa a mi madre cientos de veces, siendo yo entonces la adolescente. Como esta, tantas otras, como cuando nos decían, y ahora yo repito en el desayuno: “tómate el zumo, que se van las vitaminas”; o esa pregunta tan repetida de “¿has cerrado con llave?”; o esa advertencia de “como me levante, te vas a enterar”; o “no es más limpio el que mucho limpia, sino el que poco mancha”; o, apelando al orden de vivir, “recoge esa leonera”, “pero, ¿tú te has pensado que esto es un hotel?”; o, harta ya de que no hagan los hijos lo que tienen que hacer, les dices “esto lo haces y punto”, o “porque lo digo yo”. Y, ¿quién no ha dicho: “cuento tres”?

Frases como estas, hasta 101, recoge la periodista Amaya Ascunce en su libro “Cómo no ser una drama mamá”, libro que nace de un blog (www.comonoserunadramamama.com), en el que ha ido incorporando, durante semanas, todas esas frases que hemos oído en casa, sobre todo a las madres.

Cada vez estoy más de acuerdo con eso de que de pequeño piensas que tus padres lo saben todo, de adolescente crees que tus padres no tienen ni idea de nada y de adulto reconoces que qué razón llevaban tus padres. Y esto vale para los momentos importantes y para esas frases hechas que pueblan nuestro día a día. De pronto te das cuenta de que acabas de pronunciar aquella frase que oías en casa, que te sacaba de quicio o te parecía ridícula, o sencillamente no hacías ni caso y nunca pensaste que pudieras repetir: “ni pero, ni pera”, “si eres mayor para trasnochar, también para madrugar”, “como te vea con un cigarro, te lo tragas”.

No sólo son frases de madres, los padres tampoco se quedan atrás. Tengo cuarenta y ocho años y mi padre aún me dice “abrígate bien la garganta que te vas a enfriar” en cuanto refresca un poco; y si el cielo se pone gris, aunque no tenga pinta de llover, “no te olvides de coger un paraguas por si acaso”; y siempre lo de “no bebas eso tan frío”. No me quejo, ahí está mi amigo Ángel, soltero y ya jubilado, a quien, cuando llega a casa después de la 1 de la noche, su padre le reprocha: “pero, ¿estas son horas de llegar?”.

Hay una parte positiva en esta sabiduría popular, la que tiene que ver con insistir en una vida ordenada, con valorar lo que tienes y no derrochar, con vivir de acuerdo con tus posibilidades y de forma austera. No es tan positivo ese aire como de exagerar las cosas, de dramatizar las situaciones (de ahí el título del libro “drama mamá”). Pasan las generaciones y los sistemas educativos, cambian las pedagogías, pero estas frases permanecen. Y alguna es para utilizar también fuera de casa, más de una vez a más de uno es para decirle eso que sin decir nada lo dice todo: “no me, no me… que te, que te…

 

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Perder y ganar
Mayte 20-05-2012 | 10:26 | 0

Con permiso de mis hijos, acérrimos madridistas (además, no estoy segura de que me lean), he seguido siempre con admiración a Guardiola y por eso he sentido su salida, no tanto por el fútbol –del que no estoy al tanto-, sino por su capacidad de liderazgo, por los valores que transmite, por su serenidad y equilibrio, así como por su estilo, sin estridencias.

En general, me parece fascinante el fenómeno social del fútbol. Es lo que más conversaciones genera (el periódico más leído es un periódico deportivo, Marca, donde el fútbol ocupa la mayor parte), y con la que está cayendo es un buen refugio frente a la crisis. El fútbol es la medida de la globalización, es la nueva religión y los estadios, las nuevas catedrales. El mundo del fútbol me parece, en general, excesivo, en todos los sentidos: en lo emocional, en lo económico, en lo espectacular, en lo mediático… Se le da mucha, demasiada importancia, de hecho se le llama “deporte rey”, y en ese mundo tan “excesivo” lo habitual son comportamientos “excesivos”.

Mira que es difícil encontrarse en este excesivo mundo mediático del fútbol personajes sensatos y equilibrados, y para uno que tenemos, se retira del escenario. Guardiola es mucho más que un entrenador de fútbol, es un educador social, que ha ejercido un liderazgo emocional. Michel, uno de los históricos jugadores del Madrid y ahora entrenador, decía en una entrevista que era “madridista de Guardiola”.

Echaremos de menos sus frases (¡y en la sección de deportes!), que valen no sólo para el fútbol, sino para la vida, como el valor del esfuerzo: “perdonaré que no acierten, pero no que no se esfuercen”; la confianza en uno mismo y la importancia de la autoestima: “tenemos que ser audaces, salir al campo y hacer las cosas, no sentarnos ni esperar a que sucedan”, “tenemos que demostrar lo que podemos hacer y que merecemos ganar, tenemos que ser valientes y salir a jugar”; el peligro del inmovilismo: “no hay nada más peligroso que no arriesgarse”; el espíritu de equipo y el valor de la humildad: “¿yo gané cuatro clásicos como entrenador? ¡No!, nosotros los ganamos”; la pasión por las cosas bien hechas: “tengo pasión por mi oficio, lo adoro, lo adoraba cuando jugaba, lo adoro cuando entreno, hasta cuando discuto sobre ello”.

Si por algo el deporte, en general, es una escuela de valores, es porque no puedes ganar siempre, te enseña también a perder, a saber perder, a aceptar que hay alguien que es mejor que tú y, por tanto, a ser humildes. Y Guardiola, que lo ha ganado casi todo en estos años, ha dado ejemplo también de ello: “lo que te hace crecer es la derrota”. Casi nada, qué difícil y qué importante es saber perder y saber ganar.

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Por pelotas
Mayte 02-05-2012 | 7:46 | 0

Los hemos visto en las clases en el colegio, eran los que se chivaban a la seño (en aquellos tiempos era la seño) de quién había tirado la tiza o el papel. O el que siempre se ofrecía voluntario para vigilar la clase cuando la profesora tenía que ausentarse un momento, y al volver le decía quién había hablado (aunque fuera una palabra y por lo bajinis). O el que siempre se ofrecía voluntario el primero para hacer cualquier encargo o recado. Era el pelota de la clase, una figura que acabábamos soportando, resignados.

Los pelotas se dan en todos los ámbitos y épocas de la vida, pero sobre todo en el trabajo. En general son bastante inútiles y quieren compensar su ineficacia con el peloteo, porque viven gracias al ego de los jefes y, además, es su mejor baza a la hora de trepar. Pero no olvidemos que si los pelotas existen es porque hay jefes que los permiten, que los toleran y que los alimentan. Y es que un pelota alrededor sube mucho la autoestima, lo malo es que para quien toma decisiones son peligrosos porque si no cuestionan nada de lo que dice el jefe le acaban llevando al error o al fracaso. Por eso, el mayor peligro no está en los pelotas, sino en que el jefe se crea sus halagos, en que haga caso a estos aduladores. Es lo mismo que el cuento clásico de Andersen, “El traje nuevo del emperador”, en el que todos le decían al emperador lo elegante que iba, cuando en realidad estaba desnudo.

Cualquier decisión que se toma en una organización (como en la vida misma) nunca gusta a todos, es imposible, como es imposible llevarse bien con todo el mundo. En la vida diaria sólo me fío de aquellos que alguna vez me dicen que me estoy equivocando. Leía hace poco en una entrevista a un famoso investigador que contaba no admitir en su equipo a quienes le dicen siempre que sí a todo. Aunque tan peligrosos como los pelotas son los que permanentemente ponen pegas y dicen que no a todo, los “Doctor No”, los que están siempre negativos y nada les parece bien.

Una cosa es intentar ser agradable, amable y colaborador (esto es muy necesario en cualquier organización), y otra ser de los que nunca discrepan, de los aduladores profesionales, de los que siempre le ríen los chistes al jefe aunque sean pésimos, de los que viven de adorar el ego del que está por encima para ocultar su inutilidad o para trepar.

Algo parecido me pasaba a mí hace unos días: “Me encantan tus artículos de los domingos, Mayte, todas las semanas te leo”. Como aquel señor pretendía ser amable no me atreví a decirle que publico los miércoles, y cada dos, ni siquiera todas las semanas. En qué hora no le dije nada, porque al minuto siguiente estaba pidiéndome un favor imposible (después de esto no sé si alguien va a decirme algo de los artículos). Una cosa es querer agradar sin más –aunque metas la pata- y otra muy distinta los que intentan conseguir algo por pelotas.

 

 

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Sobre el autor Mayte