La Rioja

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Si uno no quiere
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Mayte | 15-11-2012 | 18:10

Lo que empezó siendo una agradable cena de sábado resultó ser una insoportable y permanente discusión entre aquella pareja para la que cualquier cosa era una buena excusa para discutir por algo: “pero si no te gusta la ensalada, ¿para qué la pides?”, “no comas tanto que te sienta mal”, “pues haberme dicho que estabas cansada y no habíamos salido”. Menos mal que pasábamos de ellos, pero la verdad es que eran muy cargantes. Y es que los discutidores permanentes son agotadores, hacen la vida cotidiana insufrible a los que les rodean y están siempre reprochando algo o queriendo imponer su punto de vista.

En el polo opuesto está el que, por no discutir, nunca se enfrenta a nada y para no crear mal clima recoge el cuarto del hijo adolescente, o acepta sin rechistar que de repente su jefe le encargue con urgencia, un viernes a última hora, un informe que cuesta hacer varias horas. Son los que tragan con todo y, con tal de no enfrentarse, permiten que se aprovechen de ellos, y eso al final pasa factura. Hay quien no se atreve a decir siquiera en la fila de la compra, “oiga, que estaba yo antes”.

Discutir no es un drama, no se hunde el mundo, aunque a veces también hay que saber quitarse de en medio para resolver la confrontación en otro momento, cuando la situación no esté tan caldeada. Los conflictos forman parte de la vida, te los encuentras a cada paso, y lo normal es tener que discutir, por eso es tan importante saber gestionar estas situaciones. Tan nocivo es reaccionar con virulencia, como no afrontar la situación, porque entonces volverá a repetirse.

Por lo que más se suele discutir con la pareja es por la familia política y por la educación de los hijos. En las discusiones es importante cuidar muy bien el tono, evitar descalificaciones personales, actitudes irónicas o despreciativas y, por supuesto, no plantearlas nunca como una guerra. Se trata de intentar alcanzar un acuerdo, un consenso, de forma que aunque creas que tienes razón, cedas algo, y así las dos partes salen ganando. Y hay que esforzarse en llegar al fondo de la cuestión: por ejemplo, lo importante no es quién tiene el mando de la tele (una gran fuente de discusión), sino el respeto al otro, el demostrarle que te importa, que tienes en cuenta sus gustos y que no decides por él cuando estás sentado frente a la tele.

No se trata de discutirlo todo (es agotador) ni de pasar de todo, como el chiste del viejo que tenía cien años al que le preguntan: “Usted, ¿cómo ha llegado a cumplir cien años?” Y contesta: “será por no discutir”, a lo que le replican: “hombre, por eso no será”, y el anciano sentencia: “pues entonces no será”. Hay que discutir cuando realmente merezca la pena. Y hay que tener siempre claro que dos no discuten si uno no quiere.

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