La Rioja

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Ya lo decía yo
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Mayte | 20-02-2013 | 07:15

Otro año más me hice el firme propósito de acudir de una santa vez a clases de pilates después de las Navidades. Estamos ya casi a finales de febrero y no es que no haya ido al gimnasio a lo del pilates, es que ni me he apuntado. Lo más que he llegado a hacer es informarme de los horarios. Lo malo es cuando te haces los buenos propósitos no al empezar el año, sino todas las semanas. Como cuando acabo de comer el domingo y me digo “esta noche no voy a cenar, bueno, voy a cenar un yogur”, y a los dos segundos me vuelvo a decir, “voy a cenar un yogur y algo de fruta, pero no más”. Y a las 9 de la noche me estoy haciendo dos huevos con patatas fritas y partiendo chorizo casero de Viguera, del que hace la madre de Luismi, que se va del mundo, mientras pienso “mañana, mañana sólo un yogur”.

¿Qué sería de nosotros sin el autoengaño? Lo peor es que no aprendemos a estar calladitos y muchas veces estas buenas intenciones las pregonamos a los que tenemos cerca y, de repente, un buen día te pregunta tu amiga, o tu madre, o tu santo: “¿pero no ibas a ir a conversación en inglés?”. Y siempre tenemos una buena lista de excusas con las que nos autoengañamos (mientras el interlocutor te mira de forma piadosa).

El guión se repite. Y es que el poder de los hábitos es muy fuerte, y cambiarlos es muy difícil, no es imposible, pero se necesita mucha, pero que mucha fuerza de voluntad. El cerebro (ese gran desconocido del cuerpo humano, parece mentira pero es así) a menudo va por libre y nos pone difícil cambiar de costumbres. El cerebro, para ahorrar energía, se aferra a los hábitos, estableciendo rutinas de comportamiento, y por eso cuesta mucho comenzar nuevas rutinas y tropezamos una y otra vez en la misma piedra. Esta masa gris que tenemos graba lo que a cada uno le da placer y tiende a repetirlo y, por desgracia, los malos hábitos dan más placer que los buenos. Por eso, a más edad cuesta más cambiar de rutinas, porque están más arraigadas.

Necesitamos una motivación muy fuerte o ver las orejas al lobo para cambiar nuestras costumbres del día a día, llevar a cabo las buenas intenciones y no repetir los errores ya cometidos. Es importante centrarse en pequeños objetivos, cosas concretas y sencillas. Esos pequeños pasos son los que van a posibilitar grandes cambios. Recaer no es fracasar, es lo normal, forma parte del proceso de cambio. Una buena manera de lograr los buenos propósitos es buscar socios con quienes llevarlos a cabo. Por eso pregunté a unas amigas a ver si querían apuntarse a pilates o ir a clase de conversación en inglés. Pero no podían. Así que si no lo hago es por su culpa, ya lo decía yo.

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