La Rioja
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Autor: mayte
No me aburro
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Mayte Ciriza | 11-05-2017 | 6:01| 0

Me tocó al lado el más soso y aburrido de toda la mesa. Dos horas de cena de trabajo que se me hicieron interminables. No veía el momento de quitármelo de encima. Solo sabía hablar de temas laborales, como si no hubiéramos tenido bastante ya con la reunión de varias horas. Además, lo que decía no tenía ningún interés y, para colmo, era de esos que lo repite todo dos veces con el mismo tono y sin ninguna gracia. Una cena soporífera. Por eso son mucho mejor las cenas de pie, porque así puedes escabullirte de los aburridos. Como decía Groucho Marx, “en las fiestas no te sientes jamás, puede sentarse a tu lado alguien aburrido”.
Hay personas con un auténtico talento para aburrir a los demás. En el día a día los tenemos a cada paso y hay que hacer lo posible para identificarlos y evitarlos. Como muchas veces no te queda más remedio que aguantarlos, hay que aprovechar los ratos de ocio que cada uno tiene para estar con quien te lo pasas bien, te diviertes y estás a gusto.
El aburrimiento se produce cuando crees que no haces lo que quieres y haces lo que no quieres. No está mal aburrirse alguna vez, el problema es cuando el aburrimiento es algo habitual, porque aburrirse es malo. En una época en la que hay tantos estímulos externos y tantas posibilidades de hacer montones de cosas, no hay excusas para aburrirse.
Una persona aburrida, además, pierde concentración, pierde motivación y su actividad cerebral disminuye. Leía este domingo en la prensa que, según una encuesta del Instituto Gallup, entre los años 2006 a 2016 nada menos que un 43% de los españoles aseguran no haber hecho nada interesante el día anterior (un 47% en todo el mundo). Lo que da la razón al escritor Isaac Asimov, que en 1964 escribió que el “aburrimiento se convertirá en la principal enfermedad de nuestra época hasta tener consecuencias mentales, emocionales y sociológicas”.
Se ha demostrado que el aburrimiento reduce la esperanza de vida. En un estudio de unos profesores de la University College de Londres, hecho con funcionarios de mediana edad, se llegó a la conclusión de que una vida con demasiado aburrimiento puede acabar con cualquiera, que cuanto más aburridos son tu vida y tu trabajo, más probabilidades tienes de morir antes de tiempo. Según la investigación, los funcionarios que declararon sentirse más aburridos en su trabajo tenían un 37% más de probabilidades de fallecer en la década siguiente. Vamos, que se cumple literalmente, según la investigación, el sentido de la frase “morir de aburrimiento”. Hay que disfrutar con el trabajo, con los amigos, con el ocio. Hay que matar al aburrimiento antes de que el aburrimiento nos mate a nosotros. Tenemos que hacer todo lo posible para no aburrirnos, para poder decir cada día, “no me aburro”.

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¡Qué decepción!
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Mayte Ciriza | 27-04-2017 | 8:00| 0

No se lo esperaba; después de tanto tiempo de trato diario y fluido, de trabajar codo con codo, de contarse sus vidas, sus alegrías y sus penas, lo que menos se esperaba Patricia era que su amiga y compañera de trabajo iba a dejarla en la estacada por un miserable aumento de sueldo. Mientras me lo contaba, entre lágrimas, no dejaba de repetir: “no me lo puede creer, de quien menos me lo esperaba, ¡qué decepción!”.
En esta época en la que un día sí y otro también salen a la luz casos de corrupción, escuchamos más de una vez a propósito de los corruptos, por parte de sus compañeros de partido, “no me lo puedo creer, qué decepción”. Todos los ciudadanos nos sentimos más que decepcionados, hartos y asqueados por la corrupción de aquellos en quienes se depositó la confianza en forma de voto para gestionar lo que es de todos.
Pero más allá de esta época de decepción política, ¿quién no ha experimentado alguna vez ese nudo en el estómago, esa misma tristeza al darnos cuenta de que la persona en la que confiábamos nos ha traicionado? Cuando esperamos demasiado de los demás, cuando no somos realistas, es cuando surgen la frustración y el dolor. Nos decepcionamos porque nos creamos expectativas y porque no nos relacionamos con las personas que nos rodean tal y como son, sino como nos gustaría que fuesen. Claro, que es muy fácil eso de decir que no se tengan expectativas, pero, ¿qué es la vida sino la gestión de las esperanzas?
En la vida es inevitable que nos decepcionen y decepcionar. Pero es fundamental que eso no nos lleve a la desconfianza, nunca hay que generalizar. Si lo hacemos, podemos pasar a una relación paranoica con los que nos rodean. El que se haya sufrido un desengaño no quiere decir que vaya a pasar siempre. Todo el mundo se va a sentir traicionado, engañado o decepcionado alguna vez en su vida.
La mayoría de las decepciones se producen por las distintas escalas de valores que tenemos. Lo más importante para no sufrir tantas es evitar que tus expectativas dependan de otros, se trata de que, en la medida de lo posible, dependan de ti mismo. Hay que aceptar que los que consideramos nuestros amigos no tienen por qué hacer lo que nos gustaría que hiciesen.
Cuando en la vida te sientes desilusionado, lo importante es sobreponerse, aceptar las cosas como son, y a la vez tener el coraje de seguir adelante. Hay veces en que la frustración es fruto de darse cuenta del autoengaño en el que uno ha vivido respecto a una relación. Resulta que esa persona no es como pensábamos que era. Y es entonces cuando aparece ese sentimiento inevitable, como la vida misma, y pensamos ¡qué decepción!

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Medidas de la felicidad
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Mayte Ciriza | 12-04-2017 | 12:07| 0

Salgo de trabajar una soleada tarde de viernes de abril y veo las terrazas de la calle Bretón llenas. Un magnífico ambiente, la gente ríe y habla (hablar es una fuente de felicidad). Tomarse un vino en Laurel o quedar con los amigos a cenar en una bodega son cosas que no se miden en el Índice Mundial de la Felicidad, que siempre me llama mucho la atención, y que acaba de hacer público su informe del último año, 2016.
Según el famoso Índice, Noruega es el país más feliz del mundo, con una nota de 7,5 puntos, seguido por Dinamarca, Islandia, Suiza, Finlandia y Holanda. Suecia está en el décimo lugar. Vamos, los nórdicos en cabeza. España está, con 6,4 puntos, en el puesto número 34, por delante de Portugal, Grecia o Italia, y cerca de Francia. Estados Unidos está en el 14 (con 6,9), Alemania en el 16 y Reino Unido en el 19.
Estas clasificaciones dan mucho que pensar, porque la felicidad no radica únicamente en el PIB per cápita, las políticas públicas y el estado del bienestar, sino que hay otros muchos factores. Miramos a los países del Norte de Europa con admiración cuando queremos mejorar el sistema educativo, es verdad que tienen un modelo envidiable de conciliación de la vida familiar y laboral, y están a la cabeza en derechos sociales.
No tengo nada contra los países nórdicos, me gustaría tener ese nivel de vida, pero una cosa es el nivel de vida y otra el estilo de vida. Esos mismos países que encabezan la clasificación de la felicidad tienen la tasa más elevada del mundo de personas que viven solas: uno de cada de dos nórdicos vive solo y uno de cada cuatro muere en soledad. Muchos cadáveres ni siquiera son reclamados.
Junto a ello, nos encontramos con la llamada “paradoja nórdica”: en Finlandia, Noruega y Suecia se dan los más altos índices de violencia de género de toda Europa, a pesar de ser los más avanzados en políticas de igualdad.
Por no hablar de ese drama personal que son los suicidios. Una de las tasas más altas de suicidios de Europa se da en los países nórdicos. Si la gente se sintiera tan feliz, no se suicidaría. Esto no parece medirse en el dichoso Índice de Felicidad. Ojalá tuviéramos sus cotas de desarrollo, pero una de las claves de la felicidad está en saber disfrutar de la vida, no encerrado en tu casa con las velitas encendidas, pero tú solo, sino en compañía, tomando unos vinos, aprovechando las horas de luz y de sol que ellos no tienen, disfrutando de la amistad y de la familia, que es lo que voy a hacer estos días de Semana Santa. Estas cosas no se tienen en cuenta en ese Índice Mundial, pero son unas de las auténticas medidas de la felicidad.

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Centímetros
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Mayte Ciriza | 30-03-2017 | 9:53| 0

Sigue generando titulares muchos años después de su muerte. Diana de Gales, más conocida como Lady Di, ha vuelto a ser noticia estos días a propósito de la manipulación fotográfica que se hizo de la diferencia de su estatura con la de su marido, el Príncipe Carlos.
Resulta que Lady Di era tan solo un par de centímetros más baja que Carlos de Inglaterra; de hecho en su momento se envió un comunicado desde el propio Palacio de Buckingham señalando que el Príncipe Carlos medía 5 pies con 11 pulgadas y Lady Di 5 pies con 10 pulgadas. Pero en las fotos oficiales y en el famoso sello conmemorativo de la boda, en 1981, ella siempre aparece bastante más baja que él. Cuando los paparazzis les hacían fotos, salían casi iguales, la diferencia de estatura era inapreciable, y si ella llevaba tacones aparecía más alta que su marido, pero en las fotos oficiales el Príncipe Carlos le sacaba casi una cabeza, de manera que ella le llegaba a la altura de su barbilla. Nos engañaban con las fotos.
Esto se ha convertido recientemente en uno de los temas más comentados en las redes después de que Philip Cohen, profesor de sociología en la Universidad de Maryland en Estados Unidos lo pusiera en su cuenta de twitter, señalando que utiliza este caso en sus clases para explicar el machismo en nuestra sociedad. El marido, más alto, evoca la imagen del macho protector, el macho alfa, y la esposa, más baja, sugiere la idea del sexo débil, de alguien necesitado de protección. La superioridad física como una muestra de poder, de dominación del hombre sobre la mujer. El chico tiene que ser alto y fuerte para proteger a la chica baja y débil. Este machismo no solo se mide por la estatura, sino también por la edad: si es él quien le lleva muchos años a ella no pasa nada, pero si es ella, siempre es objeto de crítica.
En su momento la diferencia inventada de estatura entre Lady Di y el Príncipe Carlos no suscitó debate alguno, en un ejemplo de hasta qué punto se asumían estos estereotipos de género como algo tan normal en la sociedad. Es una muestra más de lo que se denomina el machismo cotidiano. Algo hemos evolucionado, porque ahora sería impensable que se hiciera esto. Desde luego no han tenido ese problema Sarkozy con Carla Bruni, ni Tom Cruise con Nicole Kidman, ni Sean Penn con Charlize Theron.
Siempre se ha bromeado con los centímetros para exaltar la virilidad, pero resulta que los importantes eran los de la estatura. Siempre cuestión de centímetros.

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Traidores
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Mayte Ciriza | 21-03-2017 | 2:34| 0

¿Quién no ha estado alguna vez en un McDonald’s? Aunque no me gusten y representen todo lo contrario de la cultura gastronómica y de la conversación en torno a la mesa, hay que reconocer que son uno de los símbolos del siglo XX. Se estrena estos días la película “El fundador” a propósito de la historia del mayor imperio de comida rápida del mundo. El título es irónico, porque en realidad el fundador no fue Ray Kroc, que ha pasado a la historia como tal, sino los hermanos McDonald. Dick y Mac tuvieron la idea y pusieron en marcha el primer McDonald’s, pero Ray Kroc les compró, con engaños, el negocio y la marca. Una de las ideas más rentables se convirtió en uno de los peores negocios de la historia. La historia de una traición, llevada ahora al cine.
Y es que la historia está llena de traiciones. Una de las más conocidas es la de Judas Iscariote, que vendió a Jesús de Nazaret por 30 monedas de plata y lo delató dándole un beso. El beso, que representa el afecto y el cariño, como símbolo de la traición. De hecho se utiliza la expresión “es un Judas” como sinónimo de traidor.
Las guerras y la política son muy dadas a historias de traiciones, porque es en las situaciones límite donde se ve la verdadera calidad de las personas, y donde se pone a prueba la lealtad o la fidelidad que se guarda hacia alguien o algo. Además, tanto en las guerras como en la política, la traición cambia el curso de los acontecimientos en un momento.
Pero no solo las grandes páginas de la historia están llenas de traiciones, sino el día a día de cada uno. La infidelidad en una pareja es quizás la forma más común de traición, pero se da también en el trabajo, en las relaciones personales, dentro de la familia (la familia es lo que queda después de repartir una herencia)…
¿Por qué la traición deja tan tocado a quien la sufre? Porque rompe la confianza que se ha depositado en alguien con quien hay un vínculo especial. Por eso produce tanto dolor e incredulidad y hace que incluso uno mismo se reproche, ¿cómo no lo vi venir? La traición es un golpe a las expectativas que se tienen de otra persona de quien se espera lealtad. Como para ser feliz conviene tener mala memoria, es mejor no recrearse en la traición sufrida y seguir adelante.
No todas las historias de traidores, como la de Ray Kroc, acaban bien. Judas terminó ahorcándose y los traidores, en general, acaban amargados y aislados. Cuando me encuentro con alguien que ha traicionado la confianza de un amigo, de un compañero, no me fío de él, y recuerdo la historia de aquel cónsul romano que contaba mi santo en su espacio de radio “Verba Volant”, que se negó a recompensar a los tres compañeros de Viriato, al que asesinaron de noche, traicionándolo: “Roma no paga traidores”.

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