La Rioja
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Autor: Mayte
Hasta que duela
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Mayte Ciriza | 16-10-2014 | 6:00| 0

“Este chico tiene que seguir estudiando”, les dijo mi abuelo Pedro, maestro en Tormantos, a los padres de Miguel Ángel. Los padres lo querían mandar a trabajar al campo, como el resto de la familia, al acabar la educación básica allá por los años sesenta, pero gracias a la insistencia del maestro lo mandaron a estudiar “a la capital”. Miguel Ángel tiene 61 años, es ahora médico, máster en Dirección de Empresas y Dirección Hospitalaria y es el superior en España de la orden de los Hermanos de San Juan de Dios.
Miguel Ángel es, digamos, el jefe –además de amigo- de Miguel Pajares y de Manuel García Viejo. Los dos eran miembros de la orden de los Hermanos de San Juan de Dios, los dos sanitarios (enfermero el primero y médico el segundo), los dos misioneros durante toda una vida en África, los dos trabajando en hospitales en la zona cero del ébola, los dos muertos por esa enfermedad. Miguel Pajares nos impactó más; era el primero y era agosto. A Manuel se le ha enterrado la semana pasada como si tal cosa.
Como Miguel y Manuel hay muchos más misioneros españoles llevando a cabo una labor heroica en medio de las enfermedades y la miseria más absoluta. Los que sufren esa pobreza y esas enfermedades eran los suyos, como escribió Pablo Neruda: “¿Quiénes son los que sufren? / No sé, pero son míos / No sé, pero llaman / y me dicen “sufrimos”.
Las crisis humanitarias colocan ante nuestros ojos lo peor de la condición humana, sin embargo también nos permiten descubrir lo mejor de ella: la compasión, la caridad, la solidaridad, el amor, el compromiso.
Nos sentimos muy orgullosos de los deportistas españoles que triunfan por todo el mundo, de los empresarios españoles que llevan nuestras empresas por tantos países, de los científicos españoles que ganan premios internacionales, y eso está bien, yo me siento muy orgullosa de todos esos compatriotas que son un ejemplo de trabajo, de esfuerzo y de éxito. Pero lo que hacen estos misioneros y cooperantes me conmueve profundamente y me hace sentirme especialmente orgullosa de ellos.
No suenan himnos ni se izan banderas cuando salvan vidas, no obtienen fama ni lo que entendemos por éxito, no sabemos cómo se llaman hasta que se contagian y mueren de ébola. Fueron donde más falta hacían, al corazón de las tinieblas. Cada vida que salvaron, cada madre a la que ayudaron a dar a luz, cada anciano al que paliaron su sufrimiento final, cada persona a la que ayudaron en el hospital fueron sus medallas, su fama y su éxito. Lo dieron todo para que el mundo fuera un poco mejor. Hasta el final. Ellos sí que hicieron suyo lo que decía Teresa de Calcuta, que “hay que dar hasta que duela, y cuando duela dar todavía más”.

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Hay que reconocer
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Mayte Ciriza | 09-10-2014 | 4:55| 0

“En España, si te va bien, ya le caes mal a la mitad de la población”, decía hace unos días Martin Varsavsky, el empresario residente en España de origen argentino que ha triunfado en el mundo con la creación de varias empresas tecnológicas. “Hay más admiración por el emprendedor en Alemania o en Inglaterra. Los españoles no aguantan el éxito, no soportan que un tío cualquiera tenga éxito. En cambio, en Estados Unidos, los que triunfan en el mundo de la empresa son héroes nacionales”.
Cada vez se habla más de la importancia de fomentar el espíritu emprendedor en nuestra sociedad, de que necesitamos emprendedores que creen empleo y riqueza, de que hace falta un cambio de mentalidad en nuestros jóvenes para que transformen sus ideas en empresas, para que innoven, para que vayan más allá y no se conformen con ser empleados de alguien, sino que sean ellos los que piensen en crear su propia empresa.
Todo esto hay que hacerlo, pero además tenemos que cambiar nuestra mentalidad con respecto al que triunfa; de nada servirá fomentar la creatividad y la capacidad de desarrollar ideas innovadoras si a la vez los españoles miramos con malos ojos al que destaca en el mundo empresarial o en cualquier otro ámbito.
El lenguaje revela siempre la forma de pensar. Como escribió Díaz-Plaja, la expresión “hay que reconocer…” se dice siempre de algo positivo (“hay que reconocer que es un gran empresario, o un gran escritor”), no se suele utilizar para algo negativo (“hay que reconocer que es un imbécil”), como si el reconocer lo positivo costase más, como si hubiese que esforzarse en ver algo bueno y lo normal fuese resaltar lo negativo.
Aquí los elogios llegan, en todo caso, después de muertos. Juan de Iriarte en el siglo XVIII, ya escribió “solo alabas, solo aplaudes / a los difuntos poetas / no estimo tu voto en tanto / que por lograrle me muera”. Y a veces ni aun después de muertos se acaba la envidia. Lo hemos visto estos días con dos grandes emprendedores y empresarios españoles como Emilio Botín e Isidoro Álvarez (los dos fallecidos a los 79 años).
Las redes sociales han mostrado estos días que la envidia sigue siendo uno de los pecados capitales de los españoles. Un envidioso jamás perdona el mérito, y a Botín y Álvarez algunos no les han perdonado su grandísimo mérito. Como diría con ironía Díaz-Plaja, “hay que reconocer” que han sido dos personas que han trabajado duro y han levantado dos de las más grandes empresas de España, han creado miles de puestos de trabajo, han contribuido al desarrollo económico y al progreso de nuestro país y han dado un enorme impulso a la marca España en el mundo. Por eso, “hay que reconocer” que este país necesita más personas como Emilio Botín e Isidoro Álvarez; sin duda, esto sí que “hay que reconocer”.

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Muy en serio
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Mayte Ciriza | 09-10-2014 | 4:41| 0

El viceprimer ministro turco se quejaba este verano de la corrupción moral en su país porque… ¡las mujeres se ríen en público! “¿Dónde están nuestras chicas, que se sonrojaban ligeramente, bajaban la cabeza y miraban hacia otro lado cuando nosotros las mirábamos a la cara convirtiéndose en su símbolo de castidad?”, proclamó literalmente mientras reprochaba que las mujeres turcas han perdido la decencia y la moral por reírse en público. Y añadió: “la mujer debe saber lo que está permitido y lo que no. No reirá en público. No se comportará de forma seductora y protegerá su castidad”.
Puede parecer un chiste, pero no lo es. Desde luego es una muestra más de querer someter a las mujeres y de reducirlas al ámbito doméstico. Se empieza diciendo que las mujeres no se pueden reír en público y se les acaba poniendo un burka. Para contrarrestar las demenciales declaraciones del viceprimer ministro turco, ha habido este verano una campaña en las redes de mujeres y de hombres riéndose y solidarizándose con las mujeres turcas, y con tantas que sufren situaciones similares.
Reírse es la sal de la vida y las personas que se ríen tienen mejor salud física y mental. Un proverbio chino dice que para estar sano hay que reírse treinta veces al día. No sé si tantas, pero reírnos nos oxigena, nos inmuniza contra la depresión y la angustia, aumenta la creatividad y la imaginación. Físicamente hace que el cerebro genere endorfinas, que son como unos sedantes naturales del cerebro, y por tanto la risa actúa como un analgésico. Es una medicina natural extraordinaria, y no hay dosis máxima recomendada, te puedes reír cuanto quieras, sin efectos secundarios adversos. Al reírnos disfrutamos más de la vida.
Como escribió Erasmo, “reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos”. Y aunque reírse es gratis, muchas veces pagamos por reírnos, IVA incluido, en el cine o en el teatro. La risa es contagiosa, crea buen rollo y es una de las mejores terapias que hay. Reírse de uno mismo es una costumbre muy sana y aumenta la autoestima, en cambio los que se toman demasiado en serio a sí mismos acaban pareciendo ridículos.
Todos los regímenes totalitarios están en contra de la risa y del sentido del humor. Por eso la risa es también un signo de libertad, desde luego lo es de salud, y, aunque le pese a los fundamentalistas de todo tipo, es un signo de igualdad. Y es que la risa es algo que tenemos que tomarnos muy en serio.

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Veranos de pueblo
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Mayte Ciriza | 07-10-2014 | 5:10| 0

Mi infancia son recuerdos de veranos en Tormantos y un río claro, el Tirón, donde cogíamos cangrejos. Los preparaba mi abuela Pilar con una fritada de chuparse los dedos, literalmente, y cuyo sabor recuerdo todavía (“vosotras estudiad, que no tengáis que depender de nadie” nos repetía). Durante todo el curso esperábamos con ansiedad el momento de que acabaran las clases para ir al pueblo. El verano era estar en la calle, ir en bici por los caminos, comer en el árbol las manzanas reinetas de sabor ácido, subir a la morera y ponernos, cómo no, morados de moras, el verano era construir cabañas en las choperas… El verano era una sensación única, infinita, de libertad.
Nos bañábamos en unas pozas del Tirón, con zapatillas en los pies para no resbalar en las piedras y vaya alboroto cuando aparecía una culebra de agua. Guardábamos el mejor vestido para los días grandes de fiesta, la Virgen y San Roque, y dedicábamos esa mañana a acicalarnos para ir a la misa y a la procesión.
Íbamos en bici o andando a las fiestas de Herramélluri o a las de Leiva, allí nos quedábamos a comer y a cenar en casa de los primos de mi madre (Gerardo, Javi, Isabel…). A Santo Domingo nos tenían que llevar en coche. Por la noche, encima del remolque de un tractor, las orquestas tocaban Formula V, Los Brincos, Nino Bravo, Peret, las rancheras de siempre. Los chicos esperaban que llegase el “agarrao” para pedirte bailar. Algún fin de semana venían amigos de Logroño, de esos que no tenían pueblo.
Recuerdo todo esto al leer en este nuestro periódico un reportaje el pasado domingo sobre la vuelta a los pueblos en verano. Imagino que parecidas sensaciones vivirán estos días los chavales en nuestros pueblos. Me parece maravilloso que esto no se haya perdido. Experiencias únicas, una riqueza intransferible, algo que te alimenta luego durante todo el curso. ¡Y el mérito que tienen los que viven durante todo el año en estos pueblos y los mantienen vivos!
Escribió el poeta Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia. Cuantos más años tengo, más de acuerdo estoy. Una infancia (y adolescencia) también de olores. El del trigo recién cosechado, el de la hierbabuena en la ribera del río, el de los pimientos en la mata, el de la miel de mi abuelo Pedro, el del gasoil de los tractores.
Pensábamos que no íbamos a crecer, Teri, pero crecimos. Recordando a Wordsworth, aunque nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, perdura siempre en el recuerdo la belleza de los veranos de pueblo.

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Kit playero
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Mayte Ciriza | 07-10-2014 | 5:07| 0


Bajan a primera hora de la mañana y toman posesión de su parcela playera, clavando ufanos en la arena el palo de la sombrilla. Ni los conquistadores de Julio Armas, al tomar posesión de las tierras descubiertas en América, se sentían tan satisfechos clavando en la tierra la bandera de la Corona como estos modernos conquistadores de la playa. Después, en rigurosa y calibrada primera línea, despliegan meticulosamente sobre la arena esterillas y toallas, y completan la fortificación con sillas y tumbonas, ocupando todo el espacio posible.
A esa temprana hora todavía quedan los surcos del rastrillo del tractor que ha peinado poco antes la arena. Algunos, incluso, esperan acechando a que el tractor acabe su tarea para tomar posesión del terreno. Al pisar esa arena recién removida sienten la emoción de quienes desembarcaban en aquellas tierras del Nuevo Mundo por primera vez. Luego suben a desayunar, o a hacer la compra, o a cualquiera de las tareas matutinas propias del mes de agosto. Así que para cuando consigo que mi santo baje, por fin, a la playa, me encuentro, como el común de los mortales, con varias filas de toallas y sillas (muchas de ellas vacías) que harían imposible el desembarco de Normandía.
Cómo será la cosa que hay municipios que han empezado a tomar cartas en el asunto. En Cunit (en la provincia de Tarragona) el ayuntamiento ha aprobado una ordenanza por la que se pueden retirar sombrillas, tumbonas y toallas si no hay nadie que las esté ocupando. Si pasado un mes no lo reclama nadie, se los queda el Ayuntamiento. Vamos, que el reservar se va a acabar.
Así que ahora, además de que no se va a poder ocupar la playa a primera hora para empezar a usarla horas después, siempre se va a tener que quedar alguien de guardia, mientras los demás se bañan, juegan a las palas, o se van a dar un paseo por la orilla, esas actividades playeras que hacen las delicias de Fernando Sáez Aldana.
Me temo que esta nueva normativa, que supongo que se irá extendiendo por el resto de la costa, además de evitar que se cometan excesos en la ocupación de un espacio público, pretende fomentar el uso de las hamacas de alquiler, que asociadas a los chiringuitos, supone una fuente de ingresos para los Ayuntamientos. En estos casos, como el género humano se adapta con facilidad a las nuevas situaciones, ya que hay que alquilar la tumbona para tener un espacio de playa, cada vez son más habituales los que bajan pertrechados con la nevera y echan el día.
De todas formas, si esto se generaliza, seguro que surge la figura del ocupador de toalla, que por un módico precio (más barato que las tumbonas de alquiler) se tumba al sol hasta que llegan los propietarios del kit playero.

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