La Rioja
img
Autor: Mayte
Cardo a la riojana
img
Mayte Ciriza | 16-12-2012 | 7:12| 0

Se limpia el cardo, se parte en trozos pequeños y se pone en agua fría (esto es lo más latoso al prepararlo, yo esto se lo dejo a mi santo). Se cuece hasta que esté tierno y luego se escurre y se guarda el agua de cocción. Para hacer la salsa se fríe una taza de aceite con un diente de ajo, se rehoga una cucharada de harina y se vierte sobre el cardo. A continuación se le añaden unas almendras machacadas y una taza del agua de cocción. Se hierve todo junto durante diez minutos y a comer.

Nos complicamos la vida extraordinariamente en la cena de Nochebuena, cuando lo mejor es muy sencillo, un cardo a la riojana. Y bien barato. Este año, con la crisis, volvemos a las recetas de toda la vida. Y volvemos no solo en las comidas familiares, sino en tantas otras cosas. Sin ir más lejos, en los regalos.

Ya no vale aquel “me lo pido y me lo pido” con el que hemos convivido estos últimos años. Hay que pararse a pensar qué es lo que de verdad se necesita o cuál es ese regalo con el que queremos acertar porque solo podemos hacer uno. Así que hay que hacer de la necesidad virtud y afinar más.

Muchas veces se regalaba por regalar y a los niños se les inundaba con juguetes que no tenían ni tiempo de disfrutar. Ese exceso devalúa el regalo y es poco formativo. Se hacían cartas a los Reyes que parecían una copia del catálogo de juguetes, cuando se trata precisamente de hacer pocos regalos pero bien elegidos. Todos tenemos que interiorizar, no solo nuestros chavales, que no se puede tener todo.

Frente al furor consumista y a la locura por comprar, la crisis ha impuesto una cierta sensatez, evitando los excesos y el despilfarro. Ojo, no hay que pasar del todo a la nada, no se trata de no comprar nada, porque entonces nos derrumbamos como sociedad, sería el acabose. De lo que se trata es de hacerlo con sentido común, en los regalos y en las comidas y cenas navideñas.

Lo “no material” ha recobrado sentido: reunirse la familia o verse con los amigos es lo importante, no el hecho de que lo que se cena tenga que ser más caro de lo normal. De hecho, la mitad de los alimentos navideños termina en el contenedor, más del 50% de lo habitual. Es decir, se compra más caro, mucho más y encima se acaba tirando. La felicidad no reside en cenar angulas en Nochebuena (el que pueda que las compre, eso no lo critico), sino en poder juntarse la familia y disfrutar del mazapán casero y del cardo de la huerta de al lado. El espíritu de la Navidad y de estos tiempos está en ese sencillo (y exquisito) cardo a la riojana.

Ver Post >
La mula y el buey
img
Mayte Ciriza | 28-11-2012 | 7:30| 0

Aunque no suelo poner el belén hasta el puente de la Inmaculada, este año, con la polémica de la mula y el buey, lo he bajado antes que nunca del trastero y el próximo fin de semana lo acabaré de instalar. Y, por supuesto, pienso poner estos dos animales en el portal, con el cariño que les tengo.

¡La que se ha liado con el libro del Papa sobre la infancia de Jesús! En él que no dice nada nuevo, nada que no supiéramos, porque los Evangelios no dicen que en el pesebre hubiera animales. Pero tampoco dicen que estuviera el “caganer” que desde Cataluña se ha ido expandiendo por toda la cultura belenística española. ¿Y qué? Estamos hablando de algo que tiene que ver con nuestras costumbres, con una referencia cultural que se ha reflejado en la literatura y en el arte a lo largo de los siglos. El belén está profundamente arraigado como una de nuestras tradiciones populares y como la referencia de la Navidad en nuestro país. Y, cuestiones religiosas al margen, hay que reconocer que el hecho de que Jesucristo naciera en un pesebre (con o sin animales) es todo un símbolo de humildad.

El belén no tiene que ver con la exactitud histórica, y ya lo sabíamos. Como también sabemos que no estaba el castillo de Herodes en Belén, y también lo ponemos y, por supuesto, que no había musgo, y no hay belén sin musgo, y muchos ¡hasta con nieve! Y a ver en qué Evangelio se habla de las gallinas, de las vacas, del leñador, de las lavanderas, o del río de papel de aluminio en el que mira cómo beben los peces, beben y beben y vuelven a beber. Porque esa es otra: pienso seguir cantando villancicos en Navidad como ese que dice “hacia Belén va una burra, rin rin, yo me remendaba, yo me remendé”.

La mayor parte de los que han armado el belén con esto del belén ni se han leído el libro, ni se lo van a leer, ni leen nunca nada que escriba Benedicto XVI, pero la cuestión es criticar y dar caña. Me cuentan que hay colegios en los que se prepara en clase la fiesta de Halloween, esa fiesta importada de USA que no tiene nada que ver con nuestras costumbres y tradiciones, y estos mismos, en cambio, no quieren saber nada de poner belenes en sus aulas ni de cantar villancicos. Como si su legítimo agnosticismo o ateísmo tuviera algo que ver con negar las tradiciones, las referencias culturales y la historia. Será mejor dedicarse a vaciar calabazas a finales de octubre o no hacer nada.

Mientras escucho los discos con villancicos, pienso poner el belén con los pastores, con las vacas pastando y las gallinas a su aire, con el perro detrás delas ovejas, con las lavanderas, el leñador, el que acarrea una recua de burros con la leña, el ángel, la estrella (me da igual que fuera o no supernova) y, faltaría más, con un par de figuras pescando en el río de papel de aluminio. Y, por supuesto, con la mula y el buey.

 

Ver Post >
Si uno no quiere
img
Mayte Ciriza | 15-11-2012 | 7:10| 0

Lo que empezó siendo una agradable cena de sábado resultó ser una insoportable y permanente discusión entre aquella pareja para la que cualquier cosa era una buena excusa para discutir por algo: “pero si no te gusta la ensalada, ¿para qué la pides?”, “no comas tanto que te sienta mal”, “pues haberme dicho que estabas cansada y no habíamos salido”. Menos mal que pasábamos de ellos, pero la verdad es que eran muy cargantes. Y es que los discutidores permanentes son agotadores, hacen la vida cotidiana insufrible a los que les rodean y están siempre reprochando algo o queriendo imponer su punto de vista.

En el polo opuesto está el que, por no discutir, nunca se enfrenta a nada y para no crear mal clima recoge el cuarto del hijo adolescente, o acepta sin rechistar que de repente su jefe le encargue con urgencia, un viernes a última hora, un informe que cuesta hacer varias horas. Son los que tragan con todo y, con tal de no enfrentarse, permiten que se aprovechen de ellos, y eso al final pasa factura. Hay quien no se atreve a decir siquiera en la fila de la compra, “oiga, que estaba yo antes”.

Discutir no es un drama, no se hunde el mundo, aunque a veces también hay que saber quitarse de en medio para resolver la confrontación en otro momento, cuando la situación no esté tan caldeada. Los conflictos forman parte de la vida, te los encuentras a cada paso, y lo normal es tener que discutir, por eso es tan importante saber gestionar estas situaciones. Tan nocivo es reaccionar con virulencia, como no afrontar la situación, porque entonces volverá a repetirse.

Por lo que más se suele discutir con la pareja es por la familia política y por la educación de los hijos. En las discusiones es importante cuidar muy bien el tono, evitar descalificaciones personales, actitudes irónicas o despreciativas y, por supuesto, no plantearlas nunca como una guerra. Se trata de intentar alcanzar un acuerdo, un consenso, de forma que aunque creas que tienes razón, cedas algo, y así las dos partes salen ganando. Y hay que esforzarse en llegar al fondo de la cuestión: por ejemplo, lo importante no es quién tiene el mando de la tele (una gran fuente de discusión), sino el respeto al otro, el demostrarle que te importa, que tienes en cuenta sus gustos y que no decides por él cuando estás sentado frente a la tele.

No se trata de discutirlo todo (es agotador) ni de pasar de todo, como el chiste del viejo que tenía cien años al que le preguntan: “Usted, ¿cómo ha llegado a cumplir cien años?” Y contesta: “será por no discutir”, a lo que le replican: “hombre, por eso no será”, y el anciano sentencia: “pues entonces no será”. Hay que discutir cuando realmente merezca la pena. Y hay que tener siempre claro que dos no discuten si uno no quiere.

Ver Post >
Responsabilidad
img
Mayte Ciriza | 04-11-2012 | 10:16| 0

“Saldremos adelante con el cuchillo en la boca, y con una sonrisa”, ha dicho el Rey a los periodistas españoles que cubrían el reciente viaje a la India, con un montón de empresarios, para vender la marca España, que falta nos hace. Y no puedo estar más de acuerdo. Si queremos salir adelante, tenemos que pelearlo (de ahí la expresión de “con el cuchillo en la boca”, referido a las negociaciones europeas, y tener la fe en nosotros mismos de que podemos conseguirlo).

También coincido con lo de que “desde fuera el país se ve mejor, desde dentro todo son penas”. Y es que seguimos siendo una de las grandes economías del mundo, y tenemos capacidad y base suficiente para superar la crisis. Pero estamos en una espiral de pesimismo apocalíptico y negativismo que no nos lleva a ninguna parte.

Es el momento del esfuerzo y de la responsabilidad. Sobre todo de asumir la propia responsabilidad, es el momento de dejar de echar la culpa de todo a los demás. Es el momento de asumir que hemos gastado lo que no teníamos, por eso debemos más de 3 billones de euros entre deuda pública y privada (mucho más que el PIB de España) y que, por tanto, somos más pobres y tenemos que trabajar duramente para recuperarnos. La Unión Europea nos tiene que ayudar, por supuesto, pero tenemos que empezar ayudándonos nosotros mismos.

Decía también el Rey que “muchas veces los españoles nos metemos el cuchillo”, no sé si pensando en el lío independentista de Cataluña o en la huelga general, o en todo a la vez. Y es que cuando más unidos tenemos que estar, es cuando “nos metemos el cuchillo”.

Hay muchos, sobrados motivos para el cabreo, pero sobre todo por parte de quienes no tienen trabajo. El gran drama de este país es el del paro. El drama es el de quien no puede trabajar. Es una faena, pero no es un drama no cobrar la paga extra de Navidad, o pagar un poco más por las medicinas, o tener dos niños más en clase, o que los funcionarios no tengan moscosos (en la empresa privada no los hay y el puesto de trabajo no es fijo). El verdadero drama, el auténtico escándalo, es necesitar trabajar y no poder hacerlo. No podemos resignarnos a convivir con esta cifra de parados.

Desde luego, como no vamos a salir de esta situación es dando panfletos a los niños para que no vayan a clase o impidiendo los padres que sus hijos asistan al colegio, y menos aún, convocando huelgas generales. Es el momento de la solidaridad con los que no tienen trabajo, es el momento del compromiso con el país para pagar unas deudas que se nos comen el presupuesto, es el momento de creer en nosotros mismos. Más que nunca, es el momento de la responsabilidad.

Ver Post >
Criticones
img
Mayte Ciriza | 17-10-2012 | 6:49| 0

Estaba de cena en casa de unos compañeros de trabajo, y yo creo que ni había acabado de cerrar la puerta la primera pareja en marcharse, que ya estaba la mayor parte del resto de comensales hablando de ellos, más bien criticándolos. Es el inconveniente de irse los primeros de una comida o de una cena. Esto está en el alma humana. Mi santo suele citar una frase de hace más de 2.000 años, que dice: “hablar mal de los ausentes es más dulce que la miel de Atenas” (que debía de ser una miel muy pero que muy dulce).

No me refiero a criticar al jefe, eso se da por hecho, no cuenta como crítica. Pero no miremos a otro lado cuando hablamos de los criticones, a ver quién no ha buscado un defecto o criticado por una tontería a la mujer o al hombre más guapo, inteligente o brillante de la reunión o del acto social. Al que saca buenas notas siempre le hemos llamado empollón o pitagorín y al guapo, guaperas, para consolarnos de nuestra normalidad o de nuestra mediocridad. Vamos, que en los defectos de los demás nos cebamos especialmente.

Nos encanta criticar por criticar. Muchas veces la crítica no es otra cosa que envidia mal disimulada (¡qué mala es la envidia!). O porque pensamos que el comportamiento de los demás tiene que ajustarse a nuestra forma de ver las cosas, y estamos llenos de prejuicios, de manera que juzgamos que son los demás los que están equivocados. Como si lo que es bueno para nosotros tuviera que ser bueno para todos.

Todos criticamos, pero, claro, todo depende de cómo se digan las cosas. El problema no está en hacer una crítica, siempre que se haga directa y abiertamente, sino en la intención con la que se haga, no con ánimo de hacer daño, sino siempre poniéndose en el lugar del otro.

Otra cosa muy distinta es criticar a las espaldas. Me hace gracia eso de “que hablen de mí, aunque sea bien”, cuando lo que se esperaría es, en cambio, “que hablen de mí, aunque sea mal”, pero la primera frase supone dar por hecho que te van a criticar y hablar mal de ti. Porque esa es otra, al final siempre te enteras de lo que han dicho de ti (¡pero si es mejor no saberlo!). Como el que te dice que le ha gustado tu articulo y tú ya sabes que lo ha criticado poco antes con un amigo común.

A las críticas, como a las alabanzas, hay que hacerles el caso justo, y dependiendo de quien vengan, por supuesto. Una buena muestra del nivel de autoestima y de seguridad en nosotros mismos es la capacidad de aceptación de las críticas. Hay quienes son más inseguros, y no aguantan ni una pequeña crítica, todo les afecta, y hay quienes, en cambio, hacen suya esa famosa frase de “si los que hablan mal de mí supieran lo que pienso de ellos, hablarían todavía peor”, que desde luego es lo mejor que se puede hacer con los criticones.

Ver Post >