La Rioja
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Autor: Mayte
La mampara de la sensibilidad
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Mayte Ciriza | 25-05-2005 | 5:27| 0

ESTOS días tengo a mis hijos y a mi santo indignados por lo que está pasando en Barcelona, y no precisamente porque el equipo de la ciudad haya ganado la liga (con eso están resignados). Cuatro niñas agredidas sexualmente por su profesor de karate en Barcelona están teniendo que declarar en la Audiencia de Barcelona delante de su presunto agresor.
El señor juez de la Audiencia no ha hecho caso de la petición de proteger a las cuatro pequeñas víctimas con una mampara, una simple mampara, o permitiendo que declararan en una sala anexa, para que no tuvieran que volver a ver al pederasta, y así se ha desarrollado el juicio, con la «indispensable confrontación visual» que dice este señor juez.
¿Somos capaces por un momento de ponernos en la piel de sus padres? ¿Nos podemos imaginar la situación de estas niñas de entre 9 y 11 años? Claro, una de las pequeñas no ha acudido a declarar ante el señor juez por problemas psicológicos. No quiero ni imaginarme el calvario por el que estarán pasando. El calvario de tantas niñas y tantas mujeres en tantas partes del mundo, víctimas de agresiones y de explotación sexual.
El presidente de la Audiencia respalda al señor juez, faltaría más. ¿No hay alguien en la Audiencia de Barcelona que salga a proteger a estas niñas y que tenga algo de sentido común? Alguien con algo de humanidad, que denuncie la desprotección absoluta en que estas pobres niñas están, con todo el respeto para el señor juez y para todos los señores jueces. Nadie ha dicho nada.
Un reciente estudio señalaba las enormes carencias del sistema judicial en cuanto a la protección de los menores víctimas de abuso sexual. La sociedad y sus instituciones tienen la obligación de evitar todo lo que se pueda el sufrimiento que un juicio, por su mismo carácter, supone para los menores. Hablamos mucho de proteger a la infancia, pero luego no les arropamos con la mampara de la comprensión, del cariño y de la sensibilidad.

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El triunfo del optimismo
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Mayte Ciriza | 11-05-2005 | 5:26| 0

ESTA semana todo se presentaba incierto. Por un lado, un buen amigo de mi santo que lleva meses preparando una importante oposición se enfrentaba a las primeras pruebas. Por otro lado, a una amiga de toda la vida le dieron un diagnóstico inquietante que requería el comienzo de un largo tratamiento. Reinaba a mi alrededor un cierto ambiente de incertidumbre en un caso y de pesimismo en el otro. Así que he hecho lo que he podido para animarles y para que cada uno sacase lo mejor de sí mismo.
Y es que el optimismo es una de las armas más poderosas que tenemos. Ojo, no hay que confundir optimismo con falta de realismo. Las personas optimistas juegan con ventaja en la vida porque sólo el esfuerzo -con ser fundamental- no es suficiente. El optimismo es una fuerza que nos ayuda a conquistar metas, a afrontar los problemas o a vencer una enfermedad: para el filósofo, el deseo de curarnos es la mitad de nuestra salud.
Leo en las páginas salmón de este domingo que para triunfar en un proceso de selección ya no basta con ser técnicamente bueno, una de las competencias más valoradas por las empresas en sus candidatos es que tengan una actitud positiva y optimista. Como dice Valdano, al campo de fútbol hay que salir a disfrutar.
Algo que ayuda son esas pequeñas cosas agradables que nos ocurren en la vida cotidiana. Esos momentos de alegría moderada influyen en las decisiones que tomamos y en la creatividad que empleamos para resolver problemas y en la capacidad para aprender. Por eso hay que intentar crear un ambiente positivo con los que tenemos cerca. Todos nos encontramos en el camino con los seguidores del arte de amargarse la vida y, de paso, amargársela a los demás, con esos que practican la tiranía del pesimismo. Detéctalos, aíslalos….. y que no te amargue nadie la vida.

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Los años decisivos
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Mayte Ciriza | 27-04-2005 | 5:26| 0

Cuando me llamó Marisa para invitarme a formar parte del grupo que iba a organizar el 25 aniversario del fin del colegio no me lo podía creer: «¿cómo?, ¿veinticinco?, ¡imposible!, ‘has contado mal!». Pero no, no había contado mal. Se cumplen ahora, en efecto, los 25 años desde que un grupo de treinta y tantas chicas acababa el bachillerato. Tras este baño de realidad, me puse manos a la obra con la ilusión de volver a ver, después de media vida, a las amigas de entonces, a la profesora de gimnasia que te suspendió por no saltar el plinto, de recorrer los pasillos que aún te resultan familiares y de comprobar el estrago que los años habían hecho en todas.
Pero el recordar esos años me reafirma en que son los más importantes de nuestras vidas, los años decisivos, en los que nos formamos como personas. La educación que recibimos antes de los 18 años es la más importante, la esencial. Recuerdo de los maestros de entonces que no sólo nos transmitieron conocimientos, sino que nos educaron para ser felices, que nos inculcaron valores, que contribuyeron -ahora me doy cuenta- de forma decisiva a conformar nuestra personalidad, porque el éxito en la vida casi nunca depende sólo de la inteligencia (como explica J. A. Marina en su último libro, La inteligencia fracasada), sino de otros muchos factores, como la capacidad para resolver los problemas que van surgiendo a lo largo de la vida. En la sociedad actual se produce una exaltación de la inteligencia, pero para ser feliz, que es el auténtico éxito, hace falta coraje, esfuerzo, empuje, capacidad de decisión, fuerza de voluntad y disciplina. La finalidad de la inteligencia no es el conocimiento, sino la felicidad y la dignidad. Todos tenemos ejemplos de compañeros muy inteligentes, pero que han tomado decisiones que los han llevado a ser muy desdichados veinticinco años después.
En fin, tuvimos la jornada de celebración, pero eso es otro capítulo. Unos días después, poniendo en común las fotos, pude contrastar que, a cada una, nuestros respectivos nos habían dicho que éramos la que mejor se conservaba del grupo. Mentiras piadosas al margen, cualquier tiempo pasado fue peor, y no hay nada como entrar en los cuarenta, porque siempre he estado de acuerdo con mi santo en que la nostalgia es un error y que lo mejor está por venir.

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Indolora, incolora e insípida
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Mayte Ciriza | 13-04-2005 | 5:25| 0

Mi hija tenía que preparar este fin de semana un collage, de tema libre, para clase, segundo de primaria. Al cabo de un rato aparecían la peque y mi santo desesperados pidiendo otra cosa que no fueran suplementos de periódicos, porque con ellos sólo podían hacer un collage de cremas, maquillajes, perfumes, productos de estética y clínicas de belleza.
Y es verdad, la publicidad nos tiraniza con la idea del cuerpo perfecto, de la eterna juventud, hasta el punto de que se ha llegado a convertir, más allá de lo razonable, en una obsesión enfermiza tanto para mujeres como para hombres (¿los gastos en publicidad en productos de estética para hombres son ya mayores que para mujeres!).
Hay un reparo en mostrarse como se es. Estamos en una sociedad donde parece que sólo tienen sitio los cuerpos retocados, la apariencia de juventud y una belleza superficial, que no se encuentra en las calles, ni en casa, ni en el trabajo, sólo en la publicidad. La paradoja es que los jóvenes tienen el más agudo sentido de autenticidad y, en cambio, se utiliza su imagen como señuelo. Esta belleza irreal y carísima, ha encajado como anillo al dedo en una sociedad en la que el hedonismo es el valor principal.
Los últimos meses y días del Papa, que ha agotado la vida hasta los bordes, han sido todo un ejemplo para todos, creyentes o no. Sí, en esta época del pensamiento débil, de la ética indolora, es sencillamente grandioso el ejemplo de una persona reivindicando la pura dignidad humana y el dolor sin maquillaje, en un mundo que busca la satisfacción rápida, sin esfuerzo, que oculta el dolor y la enfermedad, que quiere disimular lo humano.
Esta enfermiza ansia de perfecta belleza producida por medios artificiales me recuerda a las técnicas de embalsamamiento. En estos tiempos de tan caros tratamientos estéticos y de cirugías plásticas, la armonía está en los surcos de la piel. Pero esto, que quede entre nosotros.

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¿Por Qué No Se Puede Ser Feliz?
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Mayte Ciriza | 30-03-2005 | 5:24| 0

Después de un trimestre tremendo, sin un puente ni una fiesta, para cuatro días prepara todo ese equipaje. Empiezas con el «por si»: algo de abrigo «por si» refresca por la noche; impermeables «por si» es verdad que va a llover; manga corta «por si» aprieta el calor, y así. Total, que te cargas la maleta con ropa para todas las inclemencias posibles en esta época del año y luego ni te la pones. Por no hablar de mis hijos, que si les dejamos hacen una mudanza en condiciones y viajan con todos sus cachivaches, que, por supuesto, les son todos imprescindibles. Y eso que este año mi santo ha metido sólo los libros que iba a leer durante estos días, no toda la biblioteca. Pero lo malo no es ir, es volver, recoger todo, y encima con la pereza que da reanudar la vorágine diaria. Total, para cuatro días.
Por un momento una piensa, ¿con lo bien que se está en casa! Con los discos que quieres oir a mano, con los libros que quieres leer o simplemente consultar en tu estantería, con esa película que llevas meses queriendo ver y nunca puedes, con la comida que te gusta comer.
Pero esos kilómetros de por medio no tienen precio. Nos complicamos la vida quizá porque buscamos otras maneras de cansarnos. Porque necesitamos huir del día a día, aunque sea una fugaz escapada. Por unos días nos olvidamos de la rutina, de los horarios escolares de los niños y de los extraescolares -que son los más esclavos-, de los horarios interminables del trabajo, de los horarios de casa. El no usar el par de zapatos que por si acaso metiste en la maleta y estar con las deportivas en esos fantásticos paseos sin el móvil es una de las claves de las vacaciones -aunque sean minivacaciones, como estos días de Semana Santa-. Esa sensación impagable de que el tiempo no te atropella es uno de los secretos de la felicidad.
Pero en esta cultura nuestra, que prestigia la insatisfacción, parece poco ambicioso estar satisfecho, por eso, si no fuera por todo ese equipaje, ¿de qué íbamos a quejarnos a la vuelta?

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