La Rioja
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Autor: Mayte
Era por los neumáticos
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Mayte Ciriza | 22-06-2005 | 5:28| 0

Me cuentan mis hijos -ahora seguidores de la Fórmula 1 por culpa de Fernando Alonso- que una mujer colombiana-estadounidense, Danica Patrick, a la que le gusta esto de pilotar coches, se ha convertido con sus 23 años en la sensación del motor tras su excepcional cuarta plaza en su debut en las míticas 500 millas de Indianápolis. Como saben que estas cosas me encienden, me chivan en plan cómplice que hay un personaje por ahí, un tal Ecclestone, el presidente de la Fórmula 1, que al referirse a la actuación de la piloto ha afirmado tan campante que no pensaba que lo fuera a hacer tan bien porque «tenía la idea de que las mujeres deberían vestir de blanco, como el resto de electrodomésticos».
Por si fuera poco, el presidente de la Uefa, un tal Johansson, ha soltado en la BBC que las agencias de publicidad «podrían hacer un uso estupendo de la imagen de las jugadoras mojadas por la lluvia o sudando tras jugar un partido», muy en la línea de las declaraciones de quien fue otro dirigente del fútbol mundial, Joseph Blatter, para quien «las jugadoras de fútbol deberían llevar una ropa más femenina, más ajustada».
La práctica deportiva fomenta el espíritu de equipo, el compañerismo, el esfuerzo y el afán de superación (valores que nuestro sistema educativo no potencia demasiado), en fin, muchas más cosas positivas. Pero lo más relevante es que el mundo del deporte es una referencia importantísima para los jóvenes y todo lo que pasa tiene un efecto enorme en chavales que imitan los modos y las modas de los deportistas y a los que llegan más las declaraciones de los dirigentes deportivos que las de los políticos. Por eso me parece especialmente grave, no ya que esos dirigentes digan lo que han dicho, sino que no pase nada, que sigan tan felices, y que nadie de su propio circuito haya abierto la boca.
Mi santo -al que le produce un aburrimiento infinito esto de las carreras de coches- pensaba que el plante de los pilotos del domingo último en el mismo Indianápolis era como protesta ante las vergonzosas declaraciones del presidente de la organización. Pero no, era por algo de los neumáticos.

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Un poquito de por favor
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Mayte Ciriza | 08-06-2005 | 5:27| 0

Después de una tarde extrañamente zalamero, me asalta mi hijo diciéndome que muchos de sus compañeros de clase tienen tele en la habitación y que, si no, con no sé qué aparato en el ordenador podría verla.
Por supuesto, le dije que lo que nos faltaba. Antes los hijos preguntaban a sus padres ¿qué ponen hoy en la tele?, hoy son ellos los que deciden qué ver o en qué pantalla estar. ¿Qué modelo les estamos transmitiendo? El problema es que los niños aprenden por imitación: mucho más que lo que les decimos, les influye lo que hacemos, o lo que hacen sus hermanos, o sus amigos. Por eso, cuando no tienen las cosas claras, cuando no tienen modelos ni normas y cuando lo único que se comparte con ellos es ir de compras una vez por semana al centro comercial, las consecuencias pueden no ser las deseadas.
Es importante marcar un camino, que sea, eso sí, lo suficientemente ancho para que puedan moverse y seguirlo con holgura, pero que sea claro. No hay educación posible sin disciplina, que tan mala fama tiene, pero que, sin pasarse, es necesaria en la educación y en la familia.
En definitiva, dar más a nuestros hijos en el plano material no es quererles más, ni educarles mejor. Antes bien, deberíamos hacer un esfuerzo por atender otras prioridades que en el contexto de la sociedad actual pueden demandar nuestros hijos: más compañía, más comunicación, más cariño, cosas que no se pueden comprar, pero que tienen un valor incalculable.
Le dije a mi hijo que si quería también un frigorífico en la habitación; así no teníamos ni que vernos en la cocina. Mi santo, que se lo lee todo, me pasa una entrevista de este fin de semana, al famoso pediatra Eduard Estivill (el autor de Duérmete niño), en la que se escandaliza de que haya chicos que tengan en su habitación, no ya una tele o la playstation, sino ¿un microondas!. Definitivamente, la realidad supera a la ficción. ¿Y un poquito de cariño en la relación con los hijos? ¡Un poquito de por favor!.

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La mampara de la sensibilidad
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Mayte Ciriza | 25-05-2005 | 5:27| 0

ESTOS días tengo a mis hijos y a mi santo indignados por lo que está pasando en Barcelona, y no precisamente porque el equipo de la ciudad haya ganado la liga (con eso están resignados). Cuatro niñas agredidas sexualmente por su profesor de karate en Barcelona están teniendo que declarar en la Audiencia de Barcelona delante de su presunto agresor.
El señor juez de la Audiencia no ha hecho caso de la petición de proteger a las cuatro pequeñas víctimas con una mampara, una simple mampara, o permitiendo que declararan en una sala anexa, para que no tuvieran que volver a ver al pederasta, y así se ha desarrollado el juicio, con la «indispensable confrontación visual» que dice este señor juez.
¿Somos capaces por un momento de ponernos en la piel de sus padres? ¿Nos podemos imaginar la situación de estas niñas de entre 9 y 11 años? Claro, una de las pequeñas no ha acudido a declarar ante el señor juez por problemas psicológicos. No quiero ni imaginarme el calvario por el que estarán pasando. El calvario de tantas niñas y tantas mujeres en tantas partes del mundo, víctimas de agresiones y de explotación sexual.
El presidente de la Audiencia respalda al señor juez, faltaría más. ¿No hay alguien en la Audiencia de Barcelona que salga a proteger a estas niñas y que tenga algo de sentido común? Alguien con algo de humanidad, que denuncie la desprotección absoluta en que estas pobres niñas están, con todo el respeto para el señor juez y para todos los señores jueces. Nadie ha dicho nada.
Un reciente estudio señalaba las enormes carencias del sistema judicial en cuanto a la protección de los menores víctimas de abuso sexual. La sociedad y sus instituciones tienen la obligación de evitar todo lo que se pueda el sufrimiento que un juicio, por su mismo carácter, supone para los menores. Hablamos mucho de proteger a la infancia, pero luego no les arropamos con la mampara de la comprensión, del cariño y de la sensibilidad.

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El triunfo del optimismo
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Mayte Ciriza | 11-05-2005 | 5:26| 0

ESTA semana todo se presentaba incierto. Por un lado, un buen amigo de mi santo que lleva meses preparando una importante oposición se enfrentaba a las primeras pruebas. Por otro lado, a una amiga de toda la vida le dieron un diagnóstico inquietante que requería el comienzo de un largo tratamiento. Reinaba a mi alrededor un cierto ambiente de incertidumbre en un caso y de pesimismo en el otro. Así que he hecho lo que he podido para animarles y para que cada uno sacase lo mejor de sí mismo.
Y es que el optimismo es una de las armas más poderosas que tenemos. Ojo, no hay que confundir optimismo con falta de realismo. Las personas optimistas juegan con ventaja en la vida porque sólo el esfuerzo -con ser fundamental- no es suficiente. El optimismo es una fuerza que nos ayuda a conquistar metas, a afrontar los problemas o a vencer una enfermedad: para el filósofo, el deseo de curarnos es la mitad de nuestra salud.
Leo en las páginas salmón de este domingo que para triunfar en un proceso de selección ya no basta con ser técnicamente bueno, una de las competencias más valoradas por las empresas en sus candidatos es que tengan una actitud positiva y optimista. Como dice Valdano, al campo de fútbol hay que salir a disfrutar.
Algo que ayuda son esas pequeñas cosas agradables que nos ocurren en la vida cotidiana. Esos momentos de alegría moderada influyen en las decisiones que tomamos y en la creatividad que empleamos para resolver problemas y en la capacidad para aprender. Por eso hay que intentar crear un ambiente positivo con los que tenemos cerca. Todos nos encontramos en el camino con los seguidores del arte de amargarse la vida y, de paso, amargársela a los demás, con esos que practican la tiranía del pesimismo. Detéctalos, aíslalos….. y que no te amargue nadie la vida.

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Los años decisivos
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Mayte Ciriza | 27-04-2005 | 5:26| 0

Cuando me llamó Marisa para invitarme a formar parte del grupo que iba a organizar el 25 aniversario del fin del colegio no me lo podía creer: «¿cómo?, ¿veinticinco?, ¡imposible!, ‘has contado mal!». Pero no, no había contado mal. Se cumplen ahora, en efecto, los 25 años desde que un grupo de treinta y tantas chicas acababa el bachillerato. Tras este baño de realidad, me puse manos a la obra con la ilusión de volver a ver, después de media vida, a las amigas de entonces, a la profesora de gimnasia que te suspendió por no saltar el plinto, de recorrer los pasillos que aún te resultan familiares y de comprobar el estrago que los años habían hecho en todas.
Pero el recordar esos años me reafirma en que son los más importantes de nuestras vidas, los años decisivos, en los que nos formamos como personas. La educación que recibimos antes de los 18 años es la más importante, la esencial. Recuerdo de los maestros de entonces que no sólo nos transmitieron conocimientos, sino que nos educaron para ser felices, que nos inculcaron valores, que contribuyeron -ahora me doy cuenta- de forma decisiva a conformar nuestra personalidad, porque el éxito en la vida casi nunca depende sólo de la inteligencia (como explica J. A. Marina en su último libro, La inteligencia fracasada), sino de otros muchos factores, como la capacidad para resolver los problemas que van surgiendo a lo largo de la vida. En la sociedad actual se produce una exaltación de la inteligencia, pero para ser feliz, que es el auténtico éxito, hace falta coraje, esfuerzo, empuje, capacidad de decisión, fuerza de voluntad y disciplina. La finalidad de la inteligencia no es el conocimiento, sino la felicidad y la dignidad. Todos tenemos ejemplos de compañeros muy inteligentes, pero que han tomado decisiones que los han llevado a ser muy desdichados veinticinco años después.
En fin, tuvimos la jornada de celebración, pero eso es otro capítulo. Unos días después, poniendo en común las fotos, pude contrastar que, a cada una, nuestros respectivos nos habían dicho que éramos la que mejor se conservaba del grupo. Mentiras piadosas al margen, cualquier tiempo pasado fue peor, y no hay nada como entrar en los cuarenta, porque siempre he estado de acuerdo con mi santo en que la nostalgia es un error y que lo mejor está por venir.

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