La Rioja

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Lo esencial

Un montón de chicas acudieron en un momento a la plaza junto al Centro Cultural, en cuanto corrió la voz de que estaban allí, en el rodaje de la serie policiaca de TVE “Olmos y Robles”. Su objetivo era hacerse una foto con uno de los actores, el guapísimo Rubén Cortada, que, por cierto, pasó bastante de todo, supongo que estará saturado de estas cosas. Por allí estaba también Pepe Viyuela, el otro protagonista de la serie, el personaje opuesto, más bien bajito y feucho.
Mientras veía a todas esas adolescentes agitar, nerviosas, sus móviles para conseguir un selfi con el apuesto actor protagonista de la serie “El príncipe” y pasaban del simpático paisano Viyuela, pensaba en lo superficial de la sociedad y en los modelos sociales de comportamiento que ofrecemos a los jóvenes.
Más allá de hacerse una foto con un actor famoso, que es una cuestión menor, quién no se la haría –yo también me la hice-, la cuestión es que a nuestra sociedad parece importarle más el aspecto externo que ninguna otra cosa, sin ver más allá, sin detenernos a pensar en nada más.
Es lógico, para quien no tiene experiencia, fijarse más en lo superficial, sin tener una visión larga de las relaciones personales, sin reparar en aspectos cruciales de la otra persona con la que se relaciona: su personalidad, sus valores, su forma de ser. Para enamorarse, te tiene que gustar físicamente la otra persona, eso está claro, pero más allá de esa atracción inicial, lo que mantiene una relación es lo que no se ve.
No hay manual de instrucciones para el amor. ¿Cómo enseñar que lo difícil no es enamorarse sino mantener el enamoramiento? El amor no es solo un sentimiento, es un acto de voluntad, querer a otra persona es una decisión, y una relación de pareja es un acto de voluntad permanente. Frente a todo ello, los medios de comunicación ensalzan modelos de comportamiento vacíos y estúpidos, no hace falta dar nombres, basta con darse una vuelta por alguno de los programas más vistos –por desgracia- de algunas cadenas.
Pensaba en todo esto mientras las adolescentes se arremolinaban para hacerse una foto con el escultural actor. Mientras tanto, aproveché para estar un rato hablando y hacerme una foto con Pepe Viyuela, un tipo encantador, agradable, amable, cercano y divertido, que me hizo recordar lo del Principito, “lo esencial es invisible a los ojos”.

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Como a ti mismo

Empezamos el día ya cansados por el calor insoportable que sufrimos. Sí, ya sé que estamos en julio y que ahora toca calor, pero se están batiendo récords de máximas temperaturas. Encadenamos las olas de calor, de manera que no ha acabado una y ya empieza la otra. Supongo que algo así es el cambio climático, aunque cuando oímos hablar del cambio climático siempre pensamos que es cosa de los demás, pero algo tenemos que ver cada uno de nosotros en esto.
Todo está relacionado y tenemos que ser conscientes de la huella ecológica que dejamos, del impacto que tiene nuestro consumo y nuestro consumismo en el medio ambiente. Como cuando hacemos la compra, por ejemplo. Entre los envoltorios de plástico, las bandejas del material espumoso blanco de los alimentos y los envases de cartón, la mitad del bulto que traemos mi santo y yo en la compra a casa se nos queda en la basura de reciclaje.
¿Por qué cada vez que compramos jabón para la lavadora hay que comprar el envase? ¿No podría rellenarse con una nueva dosis y así ahorrarnos el recipiente del jabón? Lo mismo podría hacerse con muchos productos: gel, champú, crema hidratante… Al menos hemos reducido las bolsas de plástico: ahora que se cobra por ellas en los supermercados casi todo el mundo reutiliza las suyas.
Esto que pasa con la compra, lo podemos trasladar del ámbito doméstico a cualquier otro: a la oficina, a las industrias, a la hostelería. El cambio climático no solo tiene que ver con arrasar el Amazonas, sino también con ir solos en nuestro coche a trabajar, en lugar de utilizar el transporte público, la bici o quedar con un compañero para aprovechar el trayecto. En nuestras propias manos está reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar solo lo que razonablemente se podrá comer o apagar las luces innecesarias. Eso es luchar contra el cambio climático.
Estos días publicaba el Papa Francisco la llamada encíclica “verde”, sobre la protección del medio ambiente, donde da una dimensión ética y moral a la ecología y reivindica el medio ambiente como un bien colectivo, responsabilidad de cada uno. Al margen de creencias religiosas, es positivo que un líder global como él se ocupe de este tema y que proponga un cambio radical de estilo de vida para evitar el “uso desproporcionado de los recursos naturales”. Para que los líderes mundiales se tomen en serio de una vez esta cuestión, nos la tenemos que tomar nosotros y apoyar a quienes presionan en este sentido. De momento, Bergoglio ha dado unos mandamientos ecológicos que podrían resumirse en dos: “amarás al medio ambiente y a la tierra como a ti mismo”.

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Deberes para el verano

Al acabar el curso, si me quedaba en Logroño, tenía que hacer siempre un rato de deberes por la mañana. En verano adoraba ir a Tormantos con mis abuelos, entre otras cosas, porque no me ponían deberes en todo el día, y eso que mi abuelo era maestro.
No recuerdo el detalle de los cuadernos repetitivos, aburridos, monótonos y sin creatividad de los deberes de verano, aunque doy por hecho que algo aprendí y afiancé en esas tareas. Pero sí recuerdo, y con qué emoción, cuando mi abuelo nos llevaba a ver las colmenas, a coger los tomates en el huerto –y nos explicaba lo que cultivaba y la época de cada cosa-, las excursiones en bici a Leiva y a Herramélluri, hojear los fascinantes atlas y los libros de ciencias naturales y, a falta de móviles e internet, las historias que nos contaban por la noche.
Me viene todo esto a la memoria cuando leo que un profesor italiano se ha hecho famoso en las redes sociales y en los medios de comunicación por sus originales propuestas para las vacaciones. Cesare Catà ha sugerido varias tareas (que, por cierto, tendrían que ser de obligado cumplimiento para todos, no solo para los escolares): recomienda pasear por el mar o el campo y pensar mientras en las cosas que más felices nos hacen. Pone como deber de verano utilizar palabras nuevas porque cuantas más cosas seamos capaces de expresar, más lograremos pensar, y cuanto más pensemos, más libres seremos.
También recomienda leer tanto como se pueda, pero no listas obligatorias, leer porque es la mejor forma de rebelión que existe. Otra de las tareas que pone es estar con los amigos, con los que te aprecian por lo que eres. Entre otras cosas propone hacer todo el deporte posible, bailar sin sentir vergüenza por ello, ver películas (mejor en versión original), ser bueno y amable, expresar los sentimientos, no darse nunca por vencido, mirar el amanecer en silencio y no perderse las noches estrelladas de verano, sin hacer otra cosa que mirar al cielo.
Resulta que lo que ahora se reivindica como una innovación en vacaciones era lo que hacíamos en aquellos veranos, tan creativos: ir al campo, jugar sin hora fija, aburrirse hasta inventar, leer lo que nos apetecía, explorar con entusiasmo. Años después me he dado cuenta de que precisamente porque mi abuelo Pedro era maestro no nos ponía a hacer cuadernillos de verano, porque disfrutar de la alegría y de la fuerza vital de las vacaciones son los mejores deberes para el verano.

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No hay vacuna

Difteria. He tenido que buscar en Google en qué consiste la enfermedad, de la que recuerdo el nombre porque la estudié en su momento y porque figuraba en el calendario de vacunaciones de mis hijos. Difteria ha sido una de las palabras de la semana porque, en Olot, un niño de seis años se ha convertido en el primer afectado de difteria desde hace 28 años. ¿Por qué? Pues porque los padres decidieron no vacunarle. Hasta ahora llevamos ya 8 chavales más que han dado positivo, pero que no desarrollan la enfermedad porque estos sí estaban vacunados.
Nunca se me hubiera ocurrido pensar que hay padres que no quieren vacunar a sus hijos. Como en España las vacunas no son obligatorias –tan sólo se recomiendan-, entre un 3 y un 5% de los padres se niegan a que vacunen a sus hijos. No los vacunan por prejuicios sin base científica: porque creen que no hay que vacunarse contra enfermedades erradicadas en nuestro país (la difteria lo estaba y el niño de Olot la ha contraído por no vacunarse) o porque piensan que con unas buenas condiciones higiénicas no se contagian las enfermedades. Aunque parezca mentira, hay gente que piensa que una meningitis se puede curar tomando menta-poleo.
Uno de los mayores avances de la civilización son las vacunas, siempre me ha parecido grandioso el poder inmunizarte contra una enfermedad sin haberla pasado. Las vacunas son seguras, se ha demostrado su eficacia, son la mejor garantía para la salud personal y para la salud pública. Gracias a las vacunas se ha conseguido controlar muchas enfermedades
Además de una tranquilidad (“este niño no va a coger sarampión y si lo coge será mucho más leve”), es un privilegio. Sí, un privilegio. En África mueren millones de niños porque no tienen las vacunas más elementales, no pueden ser vacunados contra el tifus, el cólera, la fiebre amarilla, el ébola y tantas otras enfermedades que los llevan a la tumba. ¡Lo que darían por ser vacunados!
El derecho a ser vacunado es de los niños, no de los padres, y los niños no pueden ser privados de este derecho ni siquiera por sus padres. Cada vez nos regulan más todo, el Estado se mete en nuestras vidas cada vez más y, en cambio, no nos asegura la salud pública a través de la vacunación obligatoria. Porque esta es también una cuestión de salud pública, ya que se pueden propagar y contagiar enfermedades que estaban erradicadas en nuestro país.
Por tanto, la vacunación infantil no puede ser optativa; tiene que haber un paquete básico, imprescindible, de vacunación obligatoria, aunque no quieran los padres. Lo peor de todo esto es que contra la irresponsabilidad o la insensatez de algunos padres no hay vacuna.

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Fofisano

Mi amigo Domingo estaba tan ufano esa mañana. No lo estaba porque hubiera ganado su equipo de fútbol (que, por cierto, no había ganado) o porque le hubiese tocado la lotería (que no le había tocado). Me enseñaba un artículo con unas fotos de los famosos actores Leonardo DiCaprio y Ben Affleck en las que se les ve en bañador con unos razonables michelines, y en las que, en lugar de criticar su estado de forma, se alaba su barriguita cervecera.
Ronaldo ya no está de moda, ni los abdominales de tableta ni el tradicional cachas. La tendencia estética masculina de moda es el equivalente a la “belleza real” femenina: un hombre que practica ejercicio de vez en cuando, pero que no se machaca en el gimnasio y que no se priva de tomarse unos vinos o unas cañas con unas tapas. DiCaprio ya no es el de Titanic, pero sigue siendo objeto de deseo, y marcando estilo, nuevo estilo, con su moderada barriga. El rey de los llamados fofisanos.
“Fofisano” es un nuevo término que define esta nueva tendencia estética de un cuerpo ligeramente fofo, sin estar fondón ni gordo. Ahora “lo más” es estar fofisano. No es cuestión de hacer una exaltación del barrigón, pero parece que ya no despiertan tanta atracción los hombres que viven por y para el gimnasio, con cuerpos atléticos y sin un gramo de grasa, obsesionados con su físico. Vamos, que es una muestra de normalidad esa corbata con la punta respingona a la altura del ombligo. Como dice Domingo, ¿qué hay más entrañable para tu pareja que un abdomen mullido donde recostarse en el sofá al acabar el día?
Ahora se trata de que esto llegue a las mujeres. A ver cuándo a las chicas no se les exige un cuerpo de modelo, se les perdonan las arrugas y resultan también atractivas sus canas. Una de las formas de dominación hacia las mujeres es esa esclavitud hacia cuerpos imposibles, irreales, fruto de las dietas y el bisturí. A ver para cuándo las mujeres pueden ser “fofisanas” en lugar de tener que ser esculturales.
Mientras tanto, bienvenido sea este nuevo canon de belleza de cuerpos más naturales, más reales, más normales, siempre que sean saludables, claro. El metrosexual, el esculpido, el fibroso, el musculitos, ya han pasado de moda. Ahora lo que se lleva es el hombre de cuerpo ligeramente fofo, que no gordo. Como dirían los clásicos –y con permiso de mi santo-, “mens sana in corpore fofisano”.

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Lo mejoramos

“No te digo que me lo mejores, sino que me lo iguales”. Esta frase forma parte de un personaje de José Mota, el Fumi de Morata, un joven de voz resacosa, siempre cubata en mano, que a sus treinta y tantos años presume, desafiante, de vivir a costa de sus padres y de no dar un palo al agua, que ni quiere estudiar ni es esfuerza en trabajar. El propio Fumi confiesa: “vivo a cuerpo de rey”, a lo que sus padres, que le secundan y defienden en esta actitud vital, contestan: “¡esa es la verdad!
Sí, es verdad que hay jóvenes que viven así, como el Fumi de Morata, y sus padres lo consienten y alientan; pero también es verdad que son más, muchos más, los jóvenes que quieren salir adelante, que se esfuerzan, que estudian, que están mucho mejor preparados que sus padres, que saben idiomas, que son innovadores, que tienen ideas, que son nativos digitales y se mueven por la red como pez en el agua.
Jóvenes preparados, educados para llegar lejos, pero que no encuentran trabajos adecuados a su formación y, por tanto, tardan cada vez más en irse de casa de sus padres. Si les pagamos unos sueldos miserables, si los tenemos como eternos becarios, no pueden emanciparse, lo que produce frustración y alarga el infantilismo. Como consecuencia, si quieren tener hijos no pueden tenerlos pronto, así que somos uno de los países europeos con el índice de natalidad más bajo.
Los jóvenes españoles están entre los que más tarde se van de casa de toda Europa, a los 29 años, mientras que la media europea es a los 26 años. Donde antes se van de casa es en Suecia, Dinamarca y Finlandia, con 20. Más tarde que en España se van en Italia, Grecia, Portugal y Bulgaria, y los más tardíos son los de Croacia, Eslovaquia y Malta, más allá de los 30 años.
Como vivo rodeada de jóvenes, puedo comprobar que esta nueva generación tiene otros valores predominantes: no pretenden tener cuanto antes un piso propio o un coche, sino que valoran más las experiencias vitales y el bienestar emocional. Hay una falta de generosidad con esta generación de jóvenes porque la sociedad no les da paso. Están ahí, son capaces, están preparados, nos piden que les demos una oportunidad, saben hacerlo, tienen ganas, empuje y energía. Al contrario que el personaje del Fumi de Morata, están pidiendo paso y nos están diciendo “no queremos igualar lo que hay, sino que os lo mejoramos”.

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Sobre el autor Mayte