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Cuñadismo

“Este cordero me lo consigue a mí por la mitad de precio un conocido de Cornago, y con un sabor que le da mil vueltas”. “El jamón no se corta así, déjame a mí, anda”. “Estos mazapanes que has puesto no están mal, pero luego te digo donde tienes que comprar unos buenos de verdad, y seguramente más baratos”. Frases típicas de cuñados, en las comidas y cenas navideñas, aunque no sean en realidad cuñados (yo solo tengo uno, Ángel, y es un tipo estupendo, que conste), pueden ser tíos, primos, cualquier familiar que se sienta a la mesa estos días de Navidad.
Después de estar horas preparando con mucho esmero la mesa, es el típico que se sienta y dice: “¿para qué tanto cubierto y tanta copa?”. Durante la conversación saben de todo, opinan de todo, lo mismo hablan de política internacional que de economía o del último invento tecnológico. Y, por supuesto, se han visto todas las series. Es toda una corriente filosófica, el cuñadismo. No hay tema que se le resista al cuñado, ni aplicación de móvil que no maneje, y siempre es capaz de conseguir cualquier cosa con el doble de calidad y a mitad de precio.
El cuñadismo nos invade, hay una epidemia en nuestro país. Cómo será la cosa que la Fundación del Español Urgente (Fundéu) -cuyo objetivo es promover el buen uso de la lengua española en los medios de comunicación- publicó hace unos días que se puede utilizar esta palabra con normalidad, que no es ningún atropello lingüístico, se puede escribir sin tener que ponerla entre comillas, y amplía su significado al explicar que “este sustantivo se está empleando en España para denominar la actitud de quien aparenta saber de todo, hablar sin saber pero imponiendo su opinión o se esfuerza por mostrar a los demás lo bien que hace las cosas”.
No hay que ser familia política para ser un cuñado. Una de sus especialidades es restregar por la cara cualquier cosa, “te lo dije” es una de las coletillas más utilizadas en el cuñadismo. Están en todas partes, siempre tienen algo que decir, tienen a mano una de esas muletillas desgastadas y sin gracia, aunque siempre pretenden ser graciosos. Da igual lo que opines ante un cuñado, porque el cuñado no escucha. Si para de hablar es porque está cogiendo carrerilla para seguir hablando luego. Le da igual lo que digas, no presta atención, solo quiere escucharse.
Todos llevamos un cuñado en nuestro interior. Es como cuando sales un domingo de verano al campo y junto al río, en tu mesa de camping, piensas “esto está lleno de domingueros”, como sí tú no fueras uno de ellos. Las comidas y cenas de Navidad son el hábitat por excelencia del cuñado. Hay que tener cuidado para no convertirse en uno de ellos, porque si hay algo contagioso es el cuñadismo.

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Me las vas a pagar

Cuando Cristina descubrió las conversaciones amorosas de guasap de su novio con otro, las fotografió, fotocopió y colgó por todo el barrio. “Te vas a enterar”, pensó mientras lo hacía. Después de que no le dieran el ansiado ascenso, Juanjo registró la dirección oficial de correo electrónico de su jefe en una página de pornografía y le colapsaron el buzón con correos con sexo explícito. “Te vas a enterar”, pensó también mientras lo hacía.
En el trabajo, en las relaciones personales, en todos los ámbitos de la vida la sed de venganza es algo cotidiano, está a la orden del día. Cuando alguien se siente herido, el primer impulso es devolver el daño recibido, es un sentimiento universal. Precisamente para evitar la venganza tenemos las leyes, la educación y la moral. Hay que controlar la venganza para mantener la cohesión social, si no, esto sería la ley de la selva.
Pero me refiero a las venganzas cotidianas, a las personales, a las del día a día. Vengarse siempre es un error, es agotador, muy cansado. Además, para vengarse hay que guardar mucho rencor, te conviertes en alguien amargado, resentido, alguien que no sabe pasar página. Dicen que la venganza es dulce, pero en realidad deja un sabor muy amargo. Solo se vive una vez y las personas que se quedan instaladas en el rencor y solo piensan en vengarse, dando vueltas a las afrentas, pierden mucho tiempo y energía en ello.
Algunos creen que aplicar el ojo por ojo les va a hacer sentirse mejor, pero no es así, porque la venganza perjudica a uno mismo, te hace concentrarte en la ira y en la furia, en pensamientos y emociones negativas, y entras en un círculo vicioso que te causa daño a ti mismo. Por eso, la venganza siempre es una apuesta perdedora.
La venganza implica tener muy buena memoria, tener siempre las heridas abiertas, por eso es mucho más saludable olvidar. Como escribió Borges, “yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón”. Los que están siempre rumiando la venganza viven intoxicados por el resentimiento. Algunos incluso, envidiosos, mediocres y acomplejados, se vengan sin tener motivo.
Lo contrario de la venganza es el perdón. Vengándose uno se iguala a su enemigo, en cambio perdonando se muestra superior a él, y es que el grado superior de la inteligencia es la bondad. Por eso es más feliz quien no se obsesiona con las cuentas pendientes, quien no vive instalado en el rencor de viejas deudas –como dice la letra de “Libertad de ira”-. A todos alguna vez nos han ofendido, seguro, pero una de las mayores desgracias personales es levantarse cada mañana pensando “me las vas a pagar”.

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El mayor premio

Ya está aquí, ya llegó, el anuncio de la Lotería de Navidad, uno de los más esperados del año, que inaugura oficialmente la campaña de Navidad. El anuncio muestra cómo una abuela, maestra jubilada, cree que le ha tocado el gordo de la lotería de Navidad, un día antes de que se celebre el sorteo, y de cómo todo el pequeño pueblo en el que vive le sigue la corriente con ternura para no chafarle la alegría.
Es una historia sencilla, que apela a la ilusión y a las emociones y que está en esa línea de cercanía lacrimógena de los últimos anuncios de la Lotería de Navidad, recordemos el del inolvidable bar de Antonio o el de Justino, el guardia de seguridad de una fábrica de maniquíes.
Si hay algo tradicional en nuestro país es la Lotería de Navidad, y después de los años de la magia del calvo, estos últimos años los anuncios tienen una carga emocional enorme. Para que compremos lotería hay que apelar a la emoción, y es que la mejor manera de que nos rasquemos el bolsillo es tocar el corazón. La verdad es que, si solo aplicáramos la razón, no compraríamos lotería, porque hay que tener mucha, pero que mucha suerte, para que te toque el gordo de Navidad, las probabilidades son bajísimas. Por eso, los anuncios de los últimos años muestran personajes cotidianos (no salen famosos) que van directos al corazón a través de los amigos, de la familia, con la ilusión de que nos puede tocar.
¿Por qué este anuncio nos hace llorar? Porque no nos deja indiferentes, nos hace sentir, nos recuerda la importancia de las cosas sencillas y que lo fundamental son la familia y los amigos. Frente a la incertidumbre de lo global, nos refugiamos en lo próximo, el pueblo, el barrio, los vecinos. Nos recuerda también el sacrificio de las personas mayores, que siempre están pensando en los hijos y en los nietos, que están dispuestas a darlo todo por su familia, y nos recuerda lo egocéntrica que es esta sociedad con ellos, que tantas veces los relega y olvida.
Pero la clave del anuncio es el final, lo que da sentido a todo es la generosidad de la abuela. El premio pasa a un segundo plano, a la abuela maestra no le ha tocado la lotería, pero más importante que el dinero que cree que le ha tocado es el valor de compartir. Nos recuerda que lo que merece la pena en la vida es lo que se da, solo tenemos lo que compartimos, en este caso con familia y amigos, y es que, como dice el lema de la Lotería de Navidad, “el mayor premio es compartirlo”.

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Deberes

Me he pasado la vida con los deberes, primero haciendo los míos cuando iba a clase y después estando al tanto de los de mis hijos. De hecho te das cuenta de lo que te puede cundir el tiempo cuando no tienes ya que estar al tanto de los deberes de tus hijos. ¿A quién no le ha tocado tener que renunciar a los planes de un fin de semana? ¿Quién no ha podido ir al cine porque al día siguiente había que entregar los deberes de matemáticas o de lengua?
Los deberes escolares te acompañan durante una buena parte de tu vida. Como cuenta Eva Bailén, la autora de “Cómo sobrevivir a los deberes de tu hijo”, cuando vas a tener un hijo, todos los que los han tenido te advierten sobre las noches en vela, los pañales, los biberones, las visitas al pediatra, cómo con la edad todo se complica, la adolescencia, etc., pero nadie te advierte de que lo que más tiempo te va robar, lo que te va a fastidiar más planes, son los deberes de tus hijos.
Hay ahora un gran debate a propósito de las tareas escolares e incluso se ha abierto una guerra contra los deberes. La Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos ha convocado huelga de deberes durante todos los fines de semana de noviembre. Es oportuno, conveniente y necesario el debate sobre los deberes, pero no parece la mejor manera de contribuir al mismo poner en cuestión la autoridad del profesor no llevando a clase los deberes que ha encargado.
Que levante la mano el que no haya tenido que repasar en casa la lección cuando estudiaba. Nuestros hijos tienen que adquirir hábitos de trabajo, los valores del esfuerzo y la perseverancia, y los deberes son un instrumento para ello. Claro que hay que hacer deberes, pero como todo, en su justa medida, no se trata de asfixiar a los niños ni de sobrecargarlos de forma que no tengan tiempo para jugar cuando salen del colegio (porque lo más importante que tienen que hacer fuera del aula cuando son pequeños es jugar).
Y lo que resulta chocante es que mientras algunos quieren suprimir los deberes, muchos niños al acabar el horario escolar tienen una agenda de actividades extraescolares que ni muchos ejecutivos, bien por las necesidades de conciliación y los complicados horarios de los padres o bien porque estos quieren que hagan muchas cosas, de manera que cuando los niños llegan a casa, están agotados y además es ya la hora de cenar y de irse a la cama.
Entre los deberes pendientes en nuestro país está el pacto por la educación, en el sobra debate ideológico y posiciones partidistas y hará falta decidir cosas importantes, como por ejemplo hasta dónde llegamos con los deberes.

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Crecepelo

8 de noviembre. Ese martes, el 8 de noviembre, el mundo entero va a estar al tanto de las elecciones en Estados Unidos. Se sigue en los medios la campaña americana casi como si fueran nuestras elecciones. La verdad es que el resultado tiene un impacto enorme más allá del propio país y, además, la campaña es en sí misma todo un espectáculo.
A ello contribuye de manera decisiva uno de los candidatos, el impresentable Donald Trump. Me sigue pareciendo increíble que después de todo lo que dice, las encuestas le den un apoyo de más del cuarenta por ciento. Más allá de su machismo repugnante, de su narcisismo inagotable, su discurso es un ejemplo del populismo que nos rodea.
Durante años han sufrido el populismo en América Latina, ahí está Maduro en Venezuela, pero la fiebre del populismo amenaza ahora a Estados Unidos y ha contagiado a las democracias europeas. Le Pen en Francia, la extrema derecha en Alemania o en Austria, el movimiento de Beppe Grillo en Italia o mis parientes de Syriza en Grecia son muestras del auge de los populistas, a derecha o izquierda, en nuestra Europa. El triunfo mismo del Brexit se explica por la demagogia antieuropea que defienden también los populistas radicales.
Prometen lo que no se puede cumplir, cuestionan el sistema de democracia parlamentaria y, en la era del espectáculo, apelan a las emociones frente a la razón y al sentido común. No conozco a nadie que defienda las ideas de Trump, pero ese populismo lo tenemos también aquí, y también pone en cuestión nuestro sistema democrático.
Es más fácil gritar eslóganes y consignas que defender y rebatir argumentos, pero la democracia es precisamente esto último. De la misma manera que Trump dice que “aceptará el resultado de las elecciones, si gana”, en España los populistas han dicho que no aceptarán el resultado de la investidura y ya están calentado en las redes sociales rodear el Congreso como presión ante un resultado que no les gusta.
Aprovechándose de los efectos de la crisis y de los casos de corrupción, los populistas han capitalizado el descontento de muchas personas, que ellos llaman “gente”. Pero ¿quién es la gente? Todos somos gente, como si los que no piensan como ellos no fueran gente, fueran alienígenas. La cuestión es que han engatusado a mucha “gente” con fórmulas fracasadas y que nunca han funcionado en la historia. Escribe Savater que el populismo es dar respuestas falsas a problemas verdaderos. Vamos, como aquellos charlatanes de feria que para curar la calvicie te vendían fórmulas crecepelo.

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Eso no

“Para, eso no”, les dijo la chica con la que practicaban sexo cuando se dio cuenta de que estaban grabando todo con el móvil. Los dos jugadores del Eibar, Sergi Enrich y Antonio Luna, siguieron grabando sin el consentimiento de la mujer. Lo grabaron, no lo borraron… y el vídeo acabó en internet. Ellos dicen que no lo han subido a la red, pero no les han robado el móvil y el vídeo se ha hecho viral.
Las relaciones eran consentidas y entre adultos, pero no la grabación. ¿Por qué se graban unas relaciones sexuales sin permiso de la mujer? ¿Qué pasa por esas cabezas para enseñar después el vídeo y difundirlo –al parecer- por guasap? Lo que pasa está relacionado con los estereotipos machistas: cuantas más relaciones tengas, cuanto más sexo practiques, eres más macho. Es un éxtasis de vanidad, un orgasmo de exhibicionismo, la muestra de la dominación sobre la mujer; aunque ella diga “no grabes”, aquí se hace lo que quiere el hombre, se trata de forzar la voluntad de ella. El vídeo no consentido es sencillamente una forma de violencia machista.
En cuanto el vídeo estuvo en las redes sociales, se viralizó. ¿Qué pasa por las cabezas de los que lo reenvían y llenan las redes de comentarios jocosos y elogiosos hacia la hombría de los jugadores? Empezaron a circular parodias y bromas sobre el vídeo y se llegó incluso a utilizar la etiqueta #DaleEibar.
Por un caso parecido, una joven italiana se suicidó hace unas semanas. Esta vez, Tiziana Cantone había consentido la grabación de varios vídeos manteniendo relaciones sexuales, pero su exnovio los subió a la red para vengarse de ella al abandonar la relación.
Salvando las distancias, los cinco violadores en grupo de San Fermín no tenían bastante con violar a la chica, sino que encima lo grabaron también en vídeo y lo enviaron por guasap a sus amigos. En esas fiestas, el peligro, más que en la manada de toros, estaba en los machos en manada (el grupo de guasap que tenían se llamaba “manada”), que se aprovechan de la diversión y de la desinhibición de la fiesta para sacar su espíritu depredador y psicópata y cometer la violación en grupo y grabarla.
Hay algo común en todos estos casos, cosifican a las mujeres y alardean de ello. Vejar y violentar a la mujer les hace sentirse más machos. Ahí tenemos a Trump con sus impresentables comentarios machistas. No piensan en la mujer como una persona, ni respetan su intimidad, utilizan el sexo para humillar y someter a la mujer, por eso graban y difunden el vídeo sexual sin su consentimiento. La chica del vídeo ha denunciado a los dos jugadores de fútbol, porque no hay impunidad para quien no respeta que cuando ella dice “eso no”, es “eso no”.

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