La Rioja

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Traidores

¿Quién no ha estado alguna vez en un McDonald’s? Aunque no me gusten y representen todo lo contrario de la cultura gastronómica y de la conversación en torno a la mesa, hay que reconocer que son uno de los símbolos del siglo XX. Se estrena estos días la película “El fundador” a propósito de la historia del mayor imperio de comida rápida del mundo. El título es irónico, porque en realidad el fundador no fue Ray Kroc, que ha pasado a la historia como tal, sino los hermanos McDonald. Dick y Mac tuvieron la idea y pusieron en marcha el primer McDonald’s, pero Ray Kroc les compró, con engaños, el negocio y la marca. Una de las ideas más rentables se convirtió en uno de los peores negocios de la historia. La historia de una traición, llevada ahora al cine.
Y es que la historia está llena de traiciones. Una de las más conocidas es la de Judas Iscariote, que vendió a Jesús de Nazaret por 30 monedas de plata y lo delató dándole un beso. El beso, que representa el afecto y el cariño, como símbolo de la traición. De hecho se utiliza la expresión “es un Judas” como sinónimo de traidor.
Las guerras y la política son muy dadas a historias de traiciones, porque es en las situaciones límite donde se ve la verdadera calidad de las personas, y donde se pone a prueba la lealtad o la fidelidad que se guarda hacia alguien o algo. Además, tanto en las guerras como en la política, la traición cambia el curso de los acontecimientos en un momento.
Pero no solo las grandes páginas de la historia están llenas de traiciones, sino el día a día de cada uno. La infidelidad en una pareja es quizás la forma más común de traición, pero se da también en el trabajo, en las relaciones personales, dentro de la familia (la familia es lo que queda después de repartir una herencia)…
¿Por qué la traición deja tan tocado a quien la sufre? Porque rompe la confianza que se ha depositado en alguien con quien hay un vínculo especial. Por eso produce tanto dolor e incredulidad y hace que incluso uno mismo se reproche, ¿cómo no lo vi venir? La traición es un golpe a las expectativas que se tienen de otra persona de quien se espera lealtad. Como para ser feliz conviene tener mala memoria, es mejor no recrearse en la traición sufrida y seguir adelante.
No todas las historias de traidores, como la de Ray Kroc, acaban bien. Judas terminó ahorcándose y los traidores, en general, acaban amargados y aislados. Cuando me encuentro con alguien que ha traicionado la confianza de un amigo, de un compañero, no me fío de él, y recuerdo la historia de aquel cónsul romano que contaba mi santo en su espacio de radio “Verba Volant”, que se negó a recompensar a los tres compañeros de Viriato, al que asesinaron de noche, traicionándolo: “Roma no paga traidores”.

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Ni en carnaval

Con escote, minifalta, taconazos, brazo en jarra marcando la cadera y una pose sensual. Así aparece la imagen de la niña, ¡una niña!, en la caja del disfraz de “policía sexy” destinado a niñas de 4 a 6 años. Junto a este se venden también el de enfermera sexy, bombera sexy, vikinga o vampiresa sexy. Nos sorprendemos con el repunte del machismo en la adolescencia, pero permitimos esta sexualización de las niñas, que las muestra como un objeto sexual.
Las fotos de estos disfraces, denigrantes para las niñas, han sido muy criticadas en las redes sociales, y la asociación de consumidores Facua ha denunciado estos disfraces ante la Fiscalía de Menores, recordando que la ley recoge que los menores de edad deben estar protegidos de este tipo de imágenes que fomentan su sexualización.
Los disfraces de los chicos suelen ser de Superman, de héroes, de bombero, de policía, de médico…, mientras que los de las niñas son la mayoría con minifalta, enseñando la mayor parte posible del cuerpo, con una clara connotación sexual. Aunque el disfraz sea de vikinga, enseñan todo lo posible, como si los vikingos proviniesen del centro de África. ¡Y todos los disfraces, sean de bomberas, de enfermeras o de vikingas, con tacones de aguja!
Lo malo no es solo que se puedan vender estos disfraces para niñas de 4 a 9 años, sino que haya padres que los compren, esto es lo tremendo. Cuando uno tiene hijos, hay que inculcarles que podrán ser lo que quieran en la vida si estudian y se esfuerzan, pero con este tipo de disfraces se traslada el mensaje de que la belleza y el erotismo son los únicos valores ligados a la mujer, de que lo que más importa es su imagen y que esté guapa, con los problemas que esto, por cierto, conlleva después en la adolescencia. Porque si solo importa lo guapa que se esté, pueden producirse una baja valoración personal o desórdenes psicológicos y alimentarios (que en España van en aumento).
La educación sexual es imprescindible, pero eso no tiene nada que ver con la venta de este tipo de disfraces sexys para niñas de 4 a 9 años. ¿Por qué se permite esto? ¿Por qué no hay sanciones para los fabricantes y para los vendedores de estos disfraces? ¿Para qué queremos tantas leyes si luego no se cumplen? Se trata de que a las niñas se les permita ser niñas, y que desarrollen su imaginación y se diviertan disfrazándose con creatividad. ¿Por qué ellos tienen que estar divertidos y ellas tienen que estar sexys?
¡Y si solo fueran los disfraces! También muchos videojuegos y programas de televisión trasladan mayoritariamente un estereotipo, un modelo de mujer erotizado, la chica como objeto sexual.
El carnaval es transgresión y saltarse los roles establecidos, pero veo que no rompemos las normas sociales que imponen estos estereotipos machistas ni siquiera en carnaval.

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Lo que no cambia

Me pongo a ordenar el trastero una mañana lluviosa de sábado y me doy cuenta de la cantidad de cosas que ya no voy a utilizar nunca, y no sé para qué las guardo. Un atlas y un diccionario enciclopédico que subí cuando los chavales pasaron a Bachillerato, la videocámara con la que hemos grabado horas de vacaciones y tantos días de Reyes cuando abrían los regalos, los álbumes de fotos de aquel viaje a Eurodisney, un par de cafeteras italianas de las de toda la vida –cuando las veo arrinconadas, aún recuerdo el olor a café de madrugada y el sonido al subir el café-, unas cintas de casette con todos los niveles de un curso de inglés y unos DVD’s de películas de aventuras, entre otras cosas.
Ahora, en lugar de los DVD’s vemos las series en Netflix o HBO, hacemos el curso de inglés online, consultamos cualquier duda en internet, si queremos localizar un sitio lo buscamos en Google Maps, las fotos y los vídeos los tenemos en el móvil y en la nube, y por la mañana ya no hay que poner la cafetera en la vitro, basta con introducir la cápsula en la maquinita.
Y como esto nos pasa a muchos, el Instituto Nacional de Estadística acaba de actualizar los productos y servicios que entran en la cesta de la compra, para calcular el IPC y adaptar así la inflación a los hábitos de consumo. A partir de ahora se tienen en cuenta las cápsulas de café, los servicios en línea de vídeo y música o los juegos de azar (loterías y demás). Y quedan fuera de la lista la videocámara, el DVD y el brandy. Esto se revisa cada cinco años, en 2011 se incorporaron las tabletas y los discos duros portátiles, y salieron los CD’s y los alquileres de películas (todavía veo en Logroño algún videoclub, me parece algo heroico).
Hoy en día, ¿quién envía un fax?, ¿quién utiliza las páginas amarillas?, ¿quién cambia monedas para llamar desde las pocas cabinas de teléfono que quedan?, ¿quién usa una agenda de direcciones en papel?, ¿quién compra carretes de fotos?, ¿quién escribe cartas a mano o envía un telegrama?, ¿quién busca una calle en un mapa de papel?, ¿quién tiene en casa un teléfono fijo con cable? Alguna de las cosas que utilizábamos son piezas de coleccionista, como las máquinas de escribir o los teléfonos con rueda.
Ahora no podríamos vivir sin cosas que hace pocos años no existían: el teléfono móvil, internet, las tabletas, las redes sociales, la wifi, las teles de pantalla plana o los servicios online. Todos los cambios en los hábitos de consumo están marcados por la tecnología, ¡de qué manera y a qué velocidad! Pero seguimos disfrutando del placer de ver una buena película o una serie, nos gusta recordar los buenos momentos y compartirlos, no hay nada como tomarse un café recién levantada o una buena conversación con los amigos. Esto es lo que no cambia.

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Ridículo

Después de la cena fuimos a un karaoke, y aunque era la primera vez que íbamos a una cosa así y al principio nadie del grupo se atrevía a salir al escenario, después a algunos no había manera de sacarlos de allí (como a mi santo, que esa noche se descubrió todo un experto en Raphael). Vuelvo a ver los vídeos que grabamos con el móvil y me pregunto ahora cómo es posible que hiciéramos el ridículo de esa manera. Claro, que eso me lo parece ahora, porque aquella noche lo pasamos genial. Hacer el ridículo de vez en cuando y reírse de uno mismo es sanísimo, como recomendaba en sus clases mi querido compañero de columnario y antiguo profesor, Félix Cariñanos.
Otra cosa muy distinta es hacer el ridículo sin querer hacerlo, como cuando pretendes contar algo gracioso pero nadie se ríe, o cuando le pregunté a la amiga de mi prima que para cuándo le tocaba dar a luz y me dijo muy seria que no estaba embarazada.
En televisión no faltan los programas en los que aparece gente haciendo el ridículo. Alguno se titula incluso así, “Vergüenza ajena”, donde seleccionan vídeos virales de internet. A la mayoría nos da miedo hacer el ridículo, ese miedo a no estar a la altura de lo que los demás esperan de nosotros es muy frecuente. Para vencerlo es muy importante ser natural y nunca darse demasiada importancia, porque el miedo al ridículo puede llegar a ser muy paralizante.
Me llama la atención, en cambio, el poco miedo al ridículo que hay en política. Las campañas electorales son momentos muy propicios para hacer el ridículo porque los candidatos sobreactúan. Pero el ridículo en política no solo está en las campañas, sin ir más lejos, hace pocos días, Puigdemont nos obsequió en Bruselas con uno de esos momentos de vergüenza ajena en un acto de su propaganda independentista al que solo fueron ellos mismos, sin que fuera recibido por ningún representante institucional europeo ni siquiera de medio pelo.
El lenguaje políticamente correcto resulta muchas veces ridículo. Me enviaban hace unos días un guasap en el que llega un niño a casa y le dice a su madre: “mamá, mamá, en el que colegio me llaman ridículo”; la madre le pregunta: “¿y quién te lo llama, hijo mío?”; y el chaval contesta: “todos y todas mis compañeros y compañeras”.
Y es que hay que diferenciar muy bien cuándo uno hace el ridículo sabiendo que lo hace para divertirse y cuándo lo hace sin pretenderlo, que eso es lo malo, porque ahí se quedan. Porque, como decía aquel, se vuelve de cualquier sitio menos del ridículo.

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Vivir más y mejor

Ante un vaso con agua hasta la mitad, como se cuenta habitualmente, el pesimista dice que está medio vacío y el optimista que está medio lleno, pero no se incluye al que ante ese mismo vaso exclama: “¡un vaso!, ¡no me lo puedo creer! ¡un vaso!”. Ese es el optimista de verdad, al otro podríamos llamarlo sencillamente realista.
Cuando nos encontramos con alguien y le preguntamos al saludarle ¿qué tal?, la contestación más habitual es “no me puedo quejar”, “podría ser peor”, “bien, sin entrar en detalles” o “bueno, ahí vamos”. Raro es el que, como mi amigo Víctor, dice: “entre muy bien y excelente”. El optimismo en nuestro país no está bien visto, vende más la queja, se lleva más resaltar lo negativo.
En España, por ejemplo, las redes sociales se usan sobre todo para expresar quejas, críticas o visiones negativas, mucho menos para elogiar a alguien, resaltar lo positivo o dar las gracias por algo que nos ha gustado. Vivimos en la cultura de la queja. Como decía Rojas Marcos hace unos días, “en España ser positivo tiene mala prensa y se exhibe la queja”. Sin embargo, lo que necesitamos para avanzar es centrarnos en los aspectos positivos, porque las quejas son un agujero negro por donde se escapa la energía.
Por eso hay que reivindicar el optimismo, el optimismo inteligente, sensato, que no hay que confundir con la ingenuidad. Como dijo Eric Kim, “ser optimista no significa estar siempre alegre, los optimistas son los que creen que pasarán cosas buenas en el futuro”. El tener esperanza, el pensar de forma positiva hace que tus defensas se refuercen, se fortalezcan. Los optimistas tienen menos estrés, por tanto son más eficaces, no anticipan el futuro con angustia y de esta manera son más resilientes, no se dan por vencidos, se adaptan mejor a las situaciones y obtienen mejores resultados.
Esto que siempre hemos sabido, ahora lo han demostrado los investigadores de la Escuela de Salud Pública de Harvard: el optimismo tiene un impacto directo sobre la salud y, así, las personas optimistas tienen un 52% menos de riesgo de morir de infección, un 39% menos por ictus, un 38% por enfermedades cardíacas o respiratorias y un 16% menos por cáncer.
La perseverancia, el entusiasmo, la esperanza, la fuerza mental, la confianza en uno mismo, la pasión por lo que se hace, todo eso que forma el optimismo, nos hace más felices. El optimista no solo nace, sino que también se hace, se puede aprender a serlo. El optimismo es una de las armas más poderosas que tenemos para vivir más y mejor.

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Sin desperdicio

“A ver si se van a quedar con hambre”, piensas mientras haces la compra para las comidas y cenas de Navidad. Llevas la lista ya hecha con todo apuntado para el menú de estos días navideños, pero al final acabas comprando más de lo que viene en la lista y de lo que se va a comer. ¿A quién no le ha pasado? Y esto sucede durante todo el año, pero sobre todo en esta época: el 25% de la comida que se compra en Navidad acaba en la basura.
Se habla de la cadena alimenticia, pero hay también una cadena de desperdicio alimentario, de comida que se desaprovecha. ¿Dónde se produce este desperdicio? Principalmente en los hogares. Según datos de la Comisión Europea, el 42% de lo que se desperdicia en comida se produce en casa, en la industria alimentaria el 39%, en la restauración el 14% y en la distribución, es decir, grandes superficies y comercios, el 5%.
Los riojanos desperdiciamos al mes más comida de la que reparte el Banco de Alimentos en un año. Tiramos de media 5 kilos al mes de comida en buen estado, alimentos que no han sido consumidos o sobras de la comida. Este despilfarro alimentario es una cuestión económica, porque se malgasta dinero. Es también un problema medioambiental, porque son millones de residuos los que se generan, en España casi 8 toneladas de alimentos se tiran al año, que al descomponerse contaminan 23 veces más que la misma cantidad de dióxido de carbono, por no hablar de toda la energía y agua que se consumen antes, en su elaboración.
Pero, por encima de todo, tirar comida es algo ético. Mientras una parte del mundo pasa hambre, otra parte tira un montón de comida cada día. Comer es un acto moral, y tirar la comida debería ser algo inaceptable, pero se asume como algo tan normal.
Con independencia de lo que hagan los gobiernos y de las leyes que se puedan aprobar, la solución al desperdicio de comida está en cada una de nuestras casas, depende de nosotros mismos. Todo empieza al planificar la compra. Haz la lista y no te salgas de ella. De ti depende que lo que compras no acabe en el cubo de la basura: compra lo que vas a comer y come lo que compras.
Una buena idea es promocionar lo que ahora se llama cocina de aprovechamiento, es decir, recetas para cocinar con las sobras. Vamos, lo que toda la vida han hecho nuestras abuelas, ¿por qué se tira si se puede comer?
En La Rioja se ha acaba de publicar, a iniciativa de la Academia Riojana de Gastronomía y de su Presidente, Pedro Barrio, un libro solidario con el Banco de Alimentos de La Rioja, que incluye platos para aprovechar los alimentos, con recetas de 10 Chefs con Estrella Michelín, y de destacados estudiantes de la Escuela de Hostelería de Santo Domingo, titulado “100 recetas estrella para el aprovechamiento de alimentos”, con prólogo de Carlos Herrera. Un buen regalo de Reyes, un libro sin desperdicio.

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