La Rioja

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Excusas

“El césped estaba seco y un poco alto y no nos ha dejado hacer nuestro juego” o “el campo era un patatal, estaba muy irregular, así no hay quien juegue”. Lejos de entonar el mea culpa y reconocer el mal partido que ha jugado su equipo, es más fácil para el entrenador o para los jugadores echar balones fuera, nunca mejor dicho, con frases como esas. O “no suelo hablar de los árbitros, pero su actuación ha sido una vergüenza y ha influido en el resultado final”.
No solo en el fútbol o en el deporte en general. También se echan balones fuera en la política, como hemos podido comprobar en las pasadas elecciones: “la culpa ha sido de las encuestas, nuestro electorado se fio y no fue a votar” o “ha funcionado el voto del miedo”. No hace falta que haya elecciones; cuando a un cargo público le sacan unas declaraciones desafortunadas, siempre queda eso de “esas palabras están sacadas de contexto”. O cuando dicen algo contrario a lo que defendían en el pasado, “hay que entender que eran otras circunstancias”.
Por no hablar de los pretextos que utilizamos en el día a día. Nos decimos “en cuanto llegue a casa me cambio y voy al gimnasio una hora”, pero luego llegamos a casa y estamos tan cansados que nuestro cerebro acaba pensando “hoy ha sido un día agotador, mejor descanso un poco en el sofá y ya mañana, si eso, voy a hacer deporte”.
Siempre hay una buena excusa para escaquearnos, para no asumir responsabilidades, para librarnos de lo que no nos apetece, no nos interesa o nos aburre. “No pude asistir, tenía un compromiso previo”, “no me sonó el despertador”, “había un tráfico horrible” o “perdí el bus” son clásicos para excusarnos por no ir a una cita o llegar tarde a una reunión. Y cuando no tenemos el informe a tiempo, “un virus me borró el disco duro del ordenador”.
Hay dos tipos de excusas: las que les contamos a los demás y las que nos contamos a nosotros mismos, y lo malo es que a veces nos las creemos, nos engañamos a nosotros mismos. Lo hacemos por pereza, para no salir de la zona de confort, para justificar un error, para retrasar una situación que genera estrés, para huir de la responsabilidad. El “yo no he sido” de los niños, pero más elaborado.
Es más fácil poner una excusa que enfrentarnos a la realidad, reconocer que no hemos hecho bien las cosas y decir la verdad. Lo que hay que hacer es actuar, resolver los problemas y asumir la situación. En la vida hacen falta disciplina, coraje, valentía, perseverancia, honestidad y autenticidad frente a las excusas. Quien de verdad quiere hacer algo encontrará la manera para hacerlo; quien no, siempre tendrá una buena excusa.

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Te lo dije

Le habían advertido que no era una buena idea, que aquella persona no era de fiar, pero se empeñó, decidió colaborar con ella, dejó su trabajo y se embarcó en una nueva aventura, sin tener en cuenta los consejos de los más íntimos. Se equivocó, la historia no salió bien. Y a alguno de sus amigos le faltó el tiempo para decirle “lo ves, ya te lo dije”.
¿A quién no le han soltado un “ya te lo dije” alguna vez? Cuando algo te ha salido mal, siempre viene el listillo o listilla de turno que te restriega tan ufano la frase mágica “ya lo decía yo” y se queda tan ancho, como si eso arreglase algo la situación una vez que has metido la pata.
¿Sirve realmente para algo decir a alguien “no es por nada, pero ya te lo dije” cuando ha cometido un error y no ha seguido los consejos que le han dado? No soluciona absolutamente nada, no puedes volver atrás. Solo sirve para hacer leña del árbol caído. Y el que se ha equivocado bastante tiene con sufrir las consecuencias de su equivocación. Opinar desde fuera siempre es muy fácil, pero hay que ponerse en la piel de la persona que ha tomado esa decisión.
Además, lo que se quiere recalcar con esa frase, “ya lo decía yo”, es la humillación de la persona por el error cometido. El que te lo dice, lo que hace en realidad es fortalecer su ego, reafirmar su propio yo, porque a todos nos encanta llevar razón y tener la última palabra. Con el “te lo dije”, en realidad te está diciendo “yo soy mejor que tú”.
Desde pequeños vivimos en una sociedad que penaliza el error y por eso hay gente que, por baja autoestima o por inseguridad, no sabe tomar decisiones, no son capaces de asumir ningún riesgo, por pequeño que sea. Y, claro, si no decides, no fallas, no te equivocas y, por tanto, no te sientes culpable. Si no decides, tampoco avanzas. Puedes acertar o equivocarte, pero del error también se aprende.
“Si ya te lo decía yo” es una de las frases más odiosas que hay en las relaciones personales. Lo que hay que hacer es apoyar a los que se atreven, que emprenden, que arriesgan y que por eso se equivocan. Solo a través de la propia experiencia del fracaso se aprende: “cuando acierto triunfo y cuando me equivoco aprendo”. Y es que no hay que tener miedo a equivocarse, porque es la manera de aprender. La vida es un constante ensayo y error.
Para ayudar al amigo o al hijo que se han equivocado, desde luego la mejor manera no es meter el dedo en la llaga o echar sal en la herida. Para ser realmente constructivos, para de verdad aportar algo y ayudar, la mejor manera de hacerlo no es soltar el reproche “ya te lo dije”.

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Tacones

“Ayer Garbiñe Muguruza ganó el trofeo Roland Garros y hoy domingo se ha quitado las zapatillas y se ha puesto ya los tacones”. Este era el comentario de la periodista antes de entrevistar a la tenista española, el pasado fin de semana en una cadena de televisión. “Se ha puesto los tacones”, es decir, ya está presentable, ya es una mujer
Hace unas semanas, en el Festival de Cannes, uno de los titulares de todos los medios fue que Julia Roberts desfiló descalza por la alfombra roja, no lo hizo porque sí, sino como simbólico acto de protesta por el estricto código de vestuario, según el cual las mujeres tienen que llevar tacones altos durante la gala del Festival. El año pasado ya se lió porque impidieron entrar a una directora de cine sin tacones altos.
La tenista y la actriz pueden subirse o bajarse de los tacones cuando les dé la gana, lo malo es cuando para trabajar te exigen que lleves tacones, entonces sí que hay un problema. Esto no es nuevo, pero ha arreciado estos días la polémica a propósito del despido de Nicola Throp, una chica inglesa a la que sus jefes pusieron de patitas en la calle el primer día por presentarse a trabajar en despacho financiero de la City londinense con un zapato negro plano en lugar de tacones de aguja.
Su trabajo consistía en pasarse ocho horas de pie al día como recepcionista, atendiendo y acompañando a los clientes. Throp ha hecho una petición al Parlamento y al Gobierno del Reino Unido avalada por más de 140.000 firmas, para que se revisen los códigos de vestimenta porque los actuales son “sexistas y están pasados de moda”.
Una cosa son unas pautas razonables de imagen, en fin, una no va con chándal a trabajar a la oficina, y se quiere siempre causar buena impresión, y otra cosa muy distinta es que te obliguen a llegar tacones para trabajar. Se puede exigir un determinado aspecto corporativo, pero hasta unos límites. Y siempre los casos que sobrepasan los límites son contra la dignidad femenina: mujeres a las que despiden por no maquillarse, camareras que tienen que servir con minifalta, o tener que hacer de guía turística con tacones.
Llevar tacones cansa, duele, maltrata los pies y la columna, es incómodo, un martirio ¿Por qué se utilizan? Como un signo de feminidad, como un modelo impuesto de belleza. Es algo discriminatorio porque supone una limitación de las mujeres para desarrollar sus funciones.
Y no avanzamos socialmente, porque las pautas de moda de nuestras adolescentes pasan por llevar taconazos, cuanto más altos mejor, no hay más que darse una vuelta un sábado por la noche por la puerta de cualquier discoteca de Logroño. Para presumir no hay que sufrir. Se puede ir trabajar o salir de fiesta, se puede ser eficaz o ser una mujer elegante sin llevar tacones. Julia Roberts desfiló muy elegante por la pasarela de Cannes. Y lo hizo descalza, con un par…de tacones.

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Tú tampoco

Me produce admiración que Amancio Ortega haya donado la semana pasada 40 millones de euros para la lucha contra el cáncer. Aún recuerdo la que se organizó cuando entregó 20 millones de euros a Cáritas, y la feroz retahíla de críticas por parte de unos cuantos. En lugar de animar a seguir el raro ejemplo en nuestro país de donaciones de este tipo, algunos se dedicaron a poner en cuestión, en los medios y en las redes, el trabajo de este hombre y de su empresa. Si no hubiese entregado ese dinero, no le habrían criticado como lo hicieron. En cualquier otro lugar esto habría sido objeto de reconocimiento; en el nuestro, todo lo contrario, y por envidia, porque aquí no se perdona el éxito, una muestra más de que la envidia es uno de los motores sociales en nuestro país.
Al que triunfa en la vida se le envidia, cuando lo que hay que hacer es admirarlo. Pero, claro, la admiración es un sentimiento muy difícil, no se nos enseña a aplaudir lo bueno e intentar imitarlo. La excelencia en lo que se hace no acaba de estar bien vista, y el igualitarismo mal entendido impide la admiración por la excelencia. La envidia es una emoción negativa provocada por un fracaso, el de no haber conseguido lo que el otro ha logrado. Por eso se minusvaloran los méritos ajenos con “no es para tanto”, “eso lo puede conseguir cualquiera” o “es una cuestión de suerte”.
La envidia ataca a todo el mundo, no tiene edad, sexo, religión ni clase social. ¿Cómo evitarla? Lo que hay que fomentar y cultivar es la admiración, reconocer lo que otros consiguen con su esfuerzo y su trabajo. Un gran triunfo suele llevar detrás un gran sacrificio. Además, si admiramos lo bueno que hacen otros, empezamos a cultivarlo en nuestro interior, y si somos capaces de admirar, lo seremos también de construir. En cambio, si hay algo destructivo, es la envidia.
Si uno piensa que es feliz, es la prueba de que es feliz. La envidia, en cambio, te quita la felicidad, y en la vida, de lo que se trata es de acumular momentos felices. Por eso el envidioso es, por encima de todo, infeliz, desgraciado, no perdona el éxito de aquéllos a los que conoce, no soporta el entusiasmo de los que le rodean, no aguanta que alguien destaque o sobresalga, siempre está al acecho para difamar, para calumniar, para afear cualquier logro o conducta ajenas.
Detrás del envidioso hay alguien inseguro, con un sentimiento de inferioridad, que no es capaz de reconocer sus propias limitaciones, cuya única manera de sobresalir es evitar que los demás brillen, y aplica ese principio que para más de uno es un mandamiento: “si yo no puedo, tú tampoco”.

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Levantar cabeza

“Me encanta hablar con mi perro. Es uno de los pocos que cuando hablo con él no está mirando el móvil”. Esta broma define perfectamente el mundo en que vivimos, en el que todo gira en torno al teléfono móvil. Por cierto, que me llegó a través del móvil, por guasap.
Me venía esto a la memoria al leer, el pasado domingo, el reportaje en este nuestro periódico sobre los riojanos que no quieren utilizar el móvil, el 4,5%, lo que me recordó, en parte, a los amish –conocidos sobre todo por la película “Único testigo” con Harrison Ford-, que tienen abstención tecnológica. Las nuevas tecnologías son extraordinariamente positivas y nos mejoran la vida pero, como siempre, todo es cuestión de sentido común, depende del uso que se haga de ellas.
El smartphone ha transformado completamente nuestras vidas, si hay algo que ha cambiado el mundo en estos últimos diez años es el teléfono móvil. Lo utilizamos para despertarnos, para ver el tiempo, como reloj, como agenda, ahora también para pagar desde el propio aparato, como una tarjeta de crédito, para leer la prensa, para escuchar la radio o música, para medir el deporte que hacemos o los pasos que damos, para conectarnos a las redes sociales, para intercambiar mensajes, para consultar algo en internet o como gps en el monte o navegador en el coche. Algunos incluso lo utilizan para hablar.
Ha cambiado también las conductas sociales. Si estamos comiendo con un amigo o tomando un café con alguien, y uno de los dos se pone a leer un libro, esto se tomaría como una muestra de mala educación; en cambio, nos parece tan normal ponerse a ojear el móvil.
Al despertarnos, al acostarnos, durante todo el día, estamos siempre pendientes del móvil. Más del 90% de los jóvenes españoles menores de 15 años tiene uno, según el INE. Un estudio sobre su uso revela que un 75% de los estudiantes se duerme por la noche usando el móvil, y cerca del 90% lo primero que hacen al despertarse es consultarlo. Incluso se ha acuñado ya el término “psicopaTICologías”.
Vamos por la calle mirando el teléfono, hasta tal punto que, ante el aumento de los atropellos, ya hay señales advirtiendo del peligro de peatones mirando el móvil. Cómo será la cosa que, ante los atropellos de peatones que cruzaban la calle sin atender a las señales, porque no dejaban de mirar la pantalla, en varias ciudades alemanas se están poniendo semáforos especiales para los adictos al móvil. Son luces rojas en el suelo, que se encienden para avisar que no hay que cruzar. Antes se decía “levantar cabeza” para expresar que alguien se recuperaba de una situación dolorosa o problemática. Ahora, sin embargo, se puede seguir mirando la pantalla del móvil por las calles de nuestras ciudades sin que haga falta levantar cabeza.

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Perdonar

Aquel sábado por la tarde, los tres amigos volvían a su pueblo en Ávila, desde Plasencia, adonde habían ido a comer, cuando el coche derrapó en una curva, se salió de la carretera y chocó con un talud. José, de 33 años, murió a los diez días en el hospital y David, el conductor del coche y amigo del alma de José, dio positivo en el control de alcoholemia.
Tres años después, en 2014, David fue condenado a dos años y medio de cárcel por homicidio imprudente. Siendo esto dramático, no se hablaría de ello si no fuera por la petición de la madre de José -el joven fallecido en el accidente-, que, además de pedir con insistencia el indulto para David, se ha dedicado a recoger firmas para conseguirlo. Tienen ya más de 200.000 solicitándolo, entre otras las de toda la familia del joven fallecido.
“Mi José iba dormido en el asiento de atrás, no se enteró de nada, le operaron de la cabeza pero no pudieron hacer nada por él. Ese día le tocó a su amigo inseparable ser el conductor, podría haber sido mi José, pero le tocó a David. ¿Qué ganamos metiéndolo en la cárcel? ¿Para qué le van a separar de su mujer y de sus hijos de siete y cinco años? David perderá su trabajo y nunca volverá a ser el mismo, ya ha padecido un suplicio”, dice la madre del joven fallecido. Y añade: “Él no es un criminal, no necesita ir a la cárcel para ser una buena persona”.
David ha pedido perdón y no solicita el indulto, sino que la pena de cárcel se le sustituya por trabajos para la comunidad, de forma que no tenga que ingresar en prisión. Aunque el perdón personal no implica el perdón de la sociedad, es decir, la decisión de perdonar no exime de hacer justicia, son cosas muy distintas.
Cuando perdonamos, salimos de una situación que también a nosotros nos provoca sentimientos negativos. Perdonar requiere una buena dosis de introspección y esfuerzo, hay que esforzarse en perdonar y, al hacerlo además de recuperar la paz interior, obtenemos también beneficios físicos: es bueno para el corazón, la tensión arterial y el sistema inmunológico.
“Yo no entiendo mucho de leyes, pero sí de sentimientos y generosidad y por eso pido clemencia para David, que no se provoque más dolor”, añade la madre de José. Perdonar en la vida seguramente es una de las cosas más difíciles; si ya lo es en el día a día, y con cuestiones menos dramáticas, más aún en un caso de estos, en el que ha muerto un hijo.
Entre el ruido y la furia que llenan las noticias de nuestros días, entre tantas cifras y titulares grandilocuentes, esta humilde historia me ha parecido una muestra extraordinaria de la humanidad y de la generosidad que implican perdonar.

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Sobre el autor Mayte