La Rioja
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Aquí al lado
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Mayte Ciriza | 18-05-2011 | 07:21| 0

Mono o morro. Al final la UEFA ha desestimado la denuncia contra Busquets, jugador del Barça, por el presunto insulto racista a un jugador del Madrid, porque ni los más expertos lectores de labios pueden aclarar si dijo mono o morro. En cualquier caso, con esta polémica se han vuelto a poner de manifiesto los insultos y actitudes racistas en el fútbol.

No sería la primera vez, y no solo en el fútbol. Recuerdo cómo se metían con Hamilton por el color de su piel, puto negro, en el pique con Alonso, en Montmelló, en España, y llegó incluso a presentarse una protesta por el Gobierno inglés ante el Gobierno de nuestro país. Incluso los que no seguimos el fútbol recordamos el coro vergonzoso de gritos racistas en más de un estadio contra Etoo, hace años. Y no hace tanto, en octubre del año pasado, en un partido de la liga italiana, el árbitro suspendió varios minutos el encuentro por los cánticos xenófobos contra Etoo.

No solo insultos racistas, también cánticos contra la procedencia de un jugador o entrenador (ese portugués qué hijoputa es, dedicado a Cristiano Ronaldo o a Mourinho), o los bochornosos gritos contra la novia de Piqué, con el objetivo de desconcentrar al jugador.

Lo peor de todo esto es que los chavales ven estas cosas y luego las imitan. El fútbol y el deporte en general son fuente de valores: la superación, el esfuerzo, el trabajo en equipo, el saber perder, el respeto por el rival… No hay que confundir la rivalidad con la violencia verbal ni con los insultos (de esto ya podían tomar nota algunos políticos, sobre todo en campaña). Esos radicales que insultan a los jugadores por el color de su piel no merecen entrar a un campo de fútbol, y no debería bastar con una sanción económica al club por ello. Si además de la multa se le quitasen unos puntos al equipo cuya afición hace eso, ya veríamos cómo no se hacía más.

Siempre pensamos que esto pasa en otros sitios, nunca aquí, ¿verdad? Pues a propósito de la polémica sobre si el jugador dijo mono o morro, le contaban a mi hijo mediano, que juega al fútbol en categoría juvenil, que se disputaba hace unas semanas en los campos de Pradoviejo, en Logroño, un partido de juveniles para subir de categoría, a división de honor. Como en uno de los equipos jugaba un chaval de piel negra, la grada (habitualmente integrada por padres y compañeros de los chavales que juegan) profirió durante el partido insultos racistas, negro de mierda, y se dedicaban a imitar el sonido de los monos, uh, uh, uh, cada vez que el chaval tocaba el balón. No hay que irse a un partido de champions ni a equipos lejanos, el racismo lo tenemos también aquí, aquí al lado.

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Cascarrabias
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Mayte Ciriza | 04-05-2011 | 07:31| 0

El caso es quejarse de todo. De que hace frío en invierno y calor en verano, de que sea lunes o de que sea jueves. Siempre tienen algún problema o algún dolor: cuando no les duele una cosa, les duele otra. Si les cuentas que te ha pasado algo, a ellos también les ha pasado en algún momento de su vida, pero mucho peor, lo tuyo no es nada. A cualquier nuevo proyecto le ven todo tipo de pegas, no sabes dónde te metes, eso no va a salir adelante. Están descontentos con el mundo, permanentemente insatisfechos. Me agotan, son los cascarrabias.

Da igual lo que les digas o lo que hagas. Da igual que te esmeres en ser agradable con ellos, dirán que eres una pesada, nunca están contentos porque siempre encuentran algo que no está del todo bien. Si no les haces demasiado caso, se quejan de que pasas de ellos y no les tienes en cuenta.

Una cierta dosis de inconformismo es buena, es necesaria, mueve el mundo, te hace avanzar, te hace emprender, te hace superarte a ti mismo. Sin ello no habría inventores, no habría avances. Es como si un deportista se conformara con la marca que ha alcanzado y no intentara mejorarla. Todos necesitamos enfrentarnos a nuevos retos, superarnos a nosotros mismos, esto forma parte de la propia estima y de la satisfacción con la vida. Pasa como con el estrés, es necesario un cierto grado, necesitamos un nivel razonable de tensión. El problema es cuando esta insatisfacción deja de ser equilibrada, entonces deja de ser productiva.

Muchas veces se llega a esta situación por perfeccionismo, porque somos tan exigentes con nosotros mismos y con los demás que nos convertimos en intolerantes y no se perdona el más mínimo fallo. La vida te enseña, precisamente, que nada es perfecto, que todo es mejorable. Aceptar esto, que parece tan obvio, nos hace más felices y hacemos felices a los que nos rodean.

Los cascarrabias no valoran lo que tienen, no aceptan las situaciones. Y en la vida ni se puede tener todo ni se pueden cambiar todas las situaciones. Hay un área del cerebro que regula el nivel de insatisfacción. Vamos, que hace que seamos más o menos gruñones. Y es muy difícil convivir con los que refunfuñan por todo, con los que lo ven, como decía aquel entrenador del Barça, “siempre negativo, nunca positivo” (con acento holandés).

Todos conocemos a personas así, pero lo importante es plantearnos cuántas veces somos nosotros mismos así. Por un lado, porque a nivel personal no aporta nada, más bien un insoportable estado de insatisfacción permanente que no hace sino hundirte en el pozo del mal humor o la amargura crónica. Por otro, acaba por aislarte socialmente, porque francamente a nadie nos gusta estar todo el día escuchando la queja eterna, por todo y contra todo. Solamente por este último hecho ya habría que hacer un gran esfuerzo para evitar caer en esa actitud tan negativa ante la vida, porque si uno no se merece ser así consigo mismo, tampoco los demás se merecen tener que aguantar a un cascarrabias.

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Sin techo
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Mayte Ciriza | 20-04-2011 | 07:09| 0

No es una cuestión de estética, sino de ética. No se trata de evitar los problemas, sino de abordarlos. No estamos hablando de tener limpias las plazas, sino de la dignidad de las personas. No se trata de esconder a los sin techo que habitan en las calles de nuestras ciudades, sino de atenderles y de protegerles.

La ha liado Gallardón al meter en plena precampaña la propuesta sobre los “sin techo”. Ha pedido el alcalde de Madrid una ley nacional que obligue a los sin techo a dejar la calle. Y ha abierto la caja de los truenos quizá en el momento menos indicado para el análisis sosegado y para conseguir una propuesta de consenso, en un tema tan sensible y sobre el que habría que alcanzar grandes acuerdos. Sostiene Gallardón que “la situación de los mendigos se puede eludir, ignorar o abordar”, que se trata de no tener una mirada indiferente hacia los que duermen en las calles y que su ley “no es una prioridad estética de la ciudad, sino social”. Pero, ¿quién no está a favor de esto, aunque lo diga Gallardón?

Nadie duerme a la intemperie entre cartones por gusto estando en su sano juicio. Según un informe sobre las personas “sin hogar”, cerca del cuarenta por ciento de los que viven así sufren problemas mentales o de adicciones. Al resto, la vida los ha ido dejando tirados. Nos sorprendería conocer las historias que hay detrás de estas personas, con problemas de rupturas, desamparo, desesperanza, desarraigo y de infinita soledad. Han perdido la capacidad de tirar hacia delante, en su horizonte no existe la esperanza y sufren un problema dramático de falta de autoestima.

Un porcentaje muy alto de ellos han sido insultados, robados o agredidos. Y eso que, como viven al margen del sistema, muchas de las agresiones ni se denuncian, pasan desapercibidas. Solamente cuando es algo muy grave salta a los medios de comunicación, como cuando la semana pasada podíamos leer en este periódico que cinco menores habían intentado quemar a un indigente en una calle de Valencia.

No vamos a acabar con la marginalidad, siempre habrá quien caiga en esta situación. Lo que no podemos hacer es permitirla y abandonar a estas personas a su suerte. Hay que tener programas de integración social y laboral y de atención psicológica para sacarlas de esa espiral destructiva en la que están metidas y, por supuesto, unos buenos servicios asistenciales. No ser capaces de atender a estas personas nos debiera avergonzar como sociedad.

No es una cuestión de colores políticos, es una cuestión de humanidad. No tener un lugar donde caerse muerto no es progreso, ni social ni moral. A quienes dicen que no se puede ir contra los derechos de los que quieren vivir entre piojos, basura y cartones en medio de la calle, les recordaría que a lo que tienen derecho es a la higiene, a la alimentación, a la salud, al trabajo, al respeto, a la dignidad. Y a vivir bajo techo.

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Y tan normal
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Mayte Ciriza | 06-04-2011 | 08:03| 0

Mi madre no me dejaba, cuando éramos pequeñas, llamar a una casa a la hora de comer o después de las 10 de la noche, no son horas de llamar. De hecho, incluso hoy en día esta especie de norma de urbanidad en cuanto al teléfono fijo se sigue manteniendo, aunque también es verdad que cada vez se llama menos al fijo de una casa.

En cambio, esto no vale para los móviles o los smartphones (en realidad son miniordenadores, es como tener el despacho en el móvil). Estos aparatos han llegado para quedarse en nuestras vidas. Y nos las han cambiado. Ya no hay horarios para contestar una llamada, un sms o un correo electrónico, o para colgar un comentario en facebook o en twitter.

Ni horarios ni espacios, porque da igual dónde estés, en una comida de trabajo, en una cena con amigos, en el tren, en el cine o en un funeral. En el último en el que estuve, por cierto, sonó más de uno. Todos nos podemos despistar, pero cuando le ha pasado a otro siempre miras a ver si lo tienes en modo silencio o vibración. Pues no, en ese funeral sonaron varios y, esa es otra, ¡qué politonos!, por sus politonos los conoceréis.

El que llama no sabe lo que haces, el hecho está en los que contestan, y lo hacen en público, te clavan la conversación, les da igual (habitualmente hablan chorradas), pero qué gritos pegan, en la consulta del médico me pasó hace días-, en el transporte público, en una tienda, en la peluquería también hace poco, estaban con el secador del pelo, nos podemos imaginar el volumen de la conversación-. Lo del avión es la mejor definición de esta dependencia, en cuanto se aterriza todo el mundo enciende con rapidez el móvil y lo mira compulsivamente a ver si ha tenido alguna llamada, mensaje o correo electrónico.

Cómo será la cosa, que cuando llegamos a una zona sin cobertura parece que nos falta algo, nos sentimos perdidos. Estar en un pueblo sin cobertura, o en una zona del monte, es sentirse como los que hace siglos se aventuraban a descubrir mundos desconocidos e inhóspitos. Volver a la zona con cobertura es volver a la civilización.

Nunca me han gustado mucho las películas del oeste, pero recuerdo esas en las que el sheriff requisaba las pistolas a los que entraban en el pueblo, y claro, se liaba parda porque siempre se quedaba algún revolver en la bota. Pues bien, en algunos establecimientos o momentos habría que hacer lo mismo, poner a alguien a requisar los móviles hasta que acabase la reunión, la comida, la película o el funeral.

Si estás con alguien, en una reunión de trabajo o en una comida, siempre será más importante la persona con la que estás que atender las llamadas o mensajes que te entran, salvo que sea algo realmente urgente. De lo contrario, vamos camino de convertirnos en una sociedad de individualistas interconectados, de maleducados digitales. Y parecerá tan normal.

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180
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Mayte Ciriza | 23-03-2011 | 07:23| 0

Solo se sabe que son 180. Se han ofrecido voluntarios para trabajar en la central nuclear japonesa de Fukushima e intentar, contra reloj, enfriar los reactores y que no vaya todavía a más el desastre nuclear, luchando contra la temida catástrofe. Al parecer, son todos ingenieros, en cualquier caso trabajadores de la central, la mayor parte jubilados, porque así las consecuencias de la radiación, que pueden tardar tiempo en desarrollarse, les afectarán ya en un momento más próximo a la muerte.

No solo son de allí, alguno se ha presentado voluntario procedente de otras centrales nucleares. Trabajan en turnos de 50, entre una maraña de hierros y escombros, en una situación para la que no hay manual de instrucciones, con trajes especiales que parecen espaciales… y trabajan a la desesperada. Se les llama samuráis, héroes, kamikazes, los últimos de Fukushima, y entre tanta desolación, después del terremoto y el tsunami, entre tanto miedo y tanta desesperanza, me parece sobrecogedor el ejemplo de estos 180, que al parecer son todos hombres.

Mientras se ha evacuado a miles de personas que vivían cerca de la central, ellos vuelven en turnos al origen del desastre. Como el bombero que entra en una casa en llamas a rescatar a alguien, como quien se lanza al mar a rescatar a uno que se ahoga, como tantas otras historias que hemos podido leer de héroes anónimos que arriesgan su vida por salvar la de los demásla de estos 180 es una historia de generosidad.

Ya sé que esto no vende, que el altruismo y la solidaridad no venden tanto como lo contrario, que incluso se considera un poco ñoño hablar de estas cosas, pero son estos valores los que, en pequeña o gran medida (desde un pequeño gesto del día a día hasta el arriesgar su vida, como los de Fukushima), nos hacen seguir funcionando como sociedad.

Y es que frente al egoísmo, frente al individualismo, frente al sálvese quien pueda, frente al escaquearse, la actitud de estas personas anónimas (¿cómo no han pregonado todavía quiénes son?) vuelve a recordarnos que la humanidad es una historia de generosidad, de lealtad, de responsabilidad. Es la historia grandiosa de la gente corriente, no de los personajes de los manuales de historia. Es la historia que ahora mismo están escribiendo en un paisaje apocalíptico, con riesgo para sus vidas, dentro de una nube radioactiva, tres turnos de personas voluntarias cuyos nombres nunca aprenderemos. Son héroes. Son 180.

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No hay problema
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Mayte Ciriza | 09-03-2011 | 07:28| 0

Centro de Logroño. Un sábado cualquiera a las 8 de la tarde. Hemos quedado con unos amigos a dar una vuelta y tomar unos vinos. La Glorieta y la acera de la discoteca de enfrente están llenas de jóvenes adolescentes, muchos no llegan a los 15, casi todos con cara de niño todavía. Ellas intentan andar con unos tacones que parecen haberse puesto por primera vez, caminan tambaleándose, como patos mareados, pintadas para parecer mayores y con minifaldas que son poco más que un cinturón. Ellos van de duros, de machotes, estética de pandilleros, de vez en cuando se provocan entre ellos a distancia y fuman ostentosamente, ¡pero si no se puede vender tabaco a menores!

Todo esto sucede en la calle durante la llamada sesión light de la discoteca, para chavales de 14 a 18 años, en la que no se sirve alcohol dentro porque son menores, pero da igual, porque lo beben fuera. En los grupos que se forman en torno a los bancos y las escaleras del Sagasta se van pasando las botellas de licor. Si no se puede vender alcohol a menores, ¿dónde lo han comprado? En la pared, unas quinceañeras sujetan a su amiga mientras vomita. Otro chaval está tumbado unos metros más allá. Aparece una ambulancia y se lo lleva. Hay botellas de vodka, de ron, de más alcoholes, tiradas por las aceras. Me cuenta un vecino que es el pan nuestro de cada sábado. Por lo que leo, una escena parecida se repite en casi todas las ciudades de nuestro país.

El alcohol avanza imparable, sobre todo entre los más jóvenes. Según el último estudio de la FAD (Fundación de Ayuda a la Drogadicción), lo más dramático se refiere al aumento del consumo de alcohol. ¿Por qué las Administraciones no hacen cumplir la prohibición de la venta de alcohol a los menores? Esto no se soluciona con más leyes, sino con que se cumplan las que hay.

No solo me pregunto dónde están las autoridades y dónde están sus padres, sino qué modelo de sociedad estamos ofreciendo a estos chavales, qué modelo de ocio, por qué salir es sinónimo de beber. Y lo que todavía es peor, que a quien no bebe cuando sale por ahí se le considera el friki del grupo, un bicho raro. Hace unos días podíamos leer en este nuestro periódico, bajo el titular El botellón reaparece con fuerza, que los vecinos de General Urrutia se quejan, y con toda la razón, del ruido y los problemas del botellón nocturno en fin de semana. ¿Y qué pasa con el botellón diurno? Porque en este caso es de adolescentes, que no llegan a los 15, y muchos de ellos ni siquiera a los 14. Pero bueno, mientras lo hagan antes de las 10 de la noche, parece que no hay problema.

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Esperanza
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Mayte Ciriza | 23-02-2011 | 07:08| 0


Todos conocemos a alguien que ha tenido cáncer, aunque hasta hace poco se evitaba la palabra, y aún hoy se sigue evitando, sin ir más lejos la semana pasada podía leer ha muerto de una larga enfermedad, en lugar de ha muerto de cáncer. La acepción negativa de la palabra cáncer como algo destructivo no ayuda a afrontar la enfermedad. Según el diccionario de la Real Academia cáncer, además de la enfermedad, también es la proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos, como cuando decimos que la droga es el cáncer de nuestra sociedad. Este sentido de la palabra hace mucho daño a las personas que están luchando contra la enfermedad, y a sus familiares.

Este lunes saltaba la noticia de que Esperanza Aguirre hacía público que va a ser operada de cáncer de mama. El ejemplo de la presidenta de la Comunidad de Madrid, y de otras muchas personas con dimensión pública, explicando sin tapujos su situación, dando la cara, y afrontando abiertamente el cáncer, ayuda a hablar de la enfermedad, a que no sea tabú, a que la afrontemos con serenidad y a que nos solidaricemos con todos aquellos que la padecen. Es muy importante hablar claramente de la enfermedad, y con normalidad no siempre es fácil- sabiendo que las cifras de supervivencia mejoran año tras año.

A uno de cada tres hombres y a una de cada cuatro mujeres se le va a diagnosticar cáncer a lo largo de su vida, así que hay asumir, no sólo individual sino colectivamente que vamos a tener que convivir con la enfermedad. La investigación contra el cáncer avanza permanentemente, se diagnostica antes, cada vez hay más tratamientos, mejoran los pronósticos, los índices de supervivencia, los protocolos son más personalizados y mejora la calidad de la vida de las personas que lo padecen o que lo han superado.

Yo lo he vivido muy directamente. Al padre de mi santo le diagnosticaron un cáncer de estómago que se le estaba literalmente comiendo, un cáncer muy extendido y maligno (ahí me entere de que hay muchos tipos de cáncer). Fue un año muy duro, en el que pasas por muchos estados emocionales, pero siempre tuvimos claro que había que pelearlo, no tirar la toalla, intentarlo todo, confiar en los médicos, tener ganas de salir adelante, y que se podía ganar al cáncer. Y ahí lo tienes ahora, sin estómago, pero llevando una vida normal.

El 4 de febrero se celebraba el día mundial contra el cáncer y entre los muchos reportajes de los medios recuerdo a una chica de 20 años que, después de haber superado un duro cáncer, decía si no eres positivo con esta enfermedad, te come. La medicina es fundamental, claro, eso es algo obvio, pero la actitud mental es también muy importante, el ser positivo como dice esa chica-, el afrontar la enfermedad con energía, con coraje, con ganas de vivir, con esperanza. Porque hay esperanza contra el cáncer.

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El subidón de los 46
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Mayte Ciriza | 09-02-2011 | 06:46| 0

Siempre me ha gustado cumplir años y nunca he ocultado mi edad, porque soy de las que piensa que cada año va a ser mejor que el anterior, que cualquier tiempo pasado fue peor y que lo mejor siempre está por llegar. Hay quienes ocultan su fecha de nacimiento, como si la edad fuera una losa que cae sobre ellos, incluso como si se avergonzasen de los años cumplidos. Los hay que incluso se quitan años. Vivimos en una sociedad que sobrevalora la juventud, y es fantástico ser joven, pero no envidio la juventud, porque la vida, desde luego, no acaba a los 40.

En general las mujeres llevan peor esto de la edad, y ese a una mujer no se le pregunta la edad es un residuo machista, como si la valía y el atractivo de una mujer estuviera en función de su juventud. Las propias mujeres caen en esta trampa y creen que tienen que tener siempre la cara perfecta o el tipo ideal. Una cosa es querer tener una buena imagen y otra obsesionarse con ello; una cosa es querer llevar bien los 45 y otra querer aparentar 30, de esa forma acabamos viendo auténticos esperpentos. Como leía hace unas semanas en una entrevista, una mujer solo empieza a ser bella a partir de los 30 años.

Precisamente de las ventajas de la madurez se ha hecho eco la revista The Economist en uno de sus números de diciembre pasado, que ha sido especialmente citado y comentado en todo el mundo. Y no trataba de estrategias geopolíticas, ni de previsiones de futuro en la economía mundial, sino sobre la felicidad: La alegría de envejecer.

El artículo menciona diversos estudios en los que se confirma que el repunte anímico empieza a partir de los 46, la llamada teoría de la vida en U, según la cual la vida no es un declive, sino que hay un momento ascendente a partir de una cierta edad, cuando se alcanza la plenitud a través de la serenidad mental y de la sabiduría emocional que te dan los años, la madurez que supone lo vivido.

Mientras eres joven vas siempre persiguiendo un reloj: las cargas familiares, los niños pequeños, las hipotecas o la preocupación por asentar una posición personal y profesional. Hay un momento en la vida en que ya has superado todo eso, casi no te das cuenta de que ha llegado, y está entre los 40 y los 50 años, y es entonces cuando empiezas a ver las cosas de otra manera, cuando la línea vital que iba para abajo comienza a ascender.

Al leer el reportaje me daba cuenta de que, es verdad, cada vez necesito menos cosas para ser feliz; la felicidad depende sobre todo de la fuerza que tienes dentro y está más en lo interno que en lo externo. Y es que a una determinada edad, más o menos a los 46 o 47 (los que tengo yo), tienes más claras tus prioridades, sabes lo que quieres, lo que de verdad te hace feliz, te centras más en lo fundamental, tienes más serenidad, más armonía. Porque, como dice el subtítulo del artículo de The Economist: La vida comienza a los 46. Vamos, el subidón de los 46.

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¿Me puedes hacer un favor?
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Mayte Ciriza | 26-01-2011 | 06:21| 0

No llegaba a la salida del entrenamiento de fútbol para recoger al chaval y me llamó a ver si podía acercárselo a casa, en la otra punta de la ciudad, vamos, media hora entre ir y volver, ya siento que te tengas que desviar con lo liada que andas, y el tráfico que hay a esas horas, pero tengo que acabar una cosa en el trabajo y es que no llego a por él.

Era al comienzo de la temporada de entrenamientos, el chaval y los padres eran nuevos en el equipo y no tenía relación con ellos, pero la verdad es que me agradó que me lo pidiera. Porque pedirte un favor es una muestra de confianza al fin y al cabo, no se pide un favor a cualquiera sino a quien sabes que puede hacértelo y sirve para estrechar relaciones.

Vivimos en un mundo tan individualista, en el que nos creemos tan autosuficientes que parece que pedir un favor es un síntoma de debilidad. O como si solo se pudiera pedir un favor cuando es algo de extrema necesidad, más de una vez he oído me veo obligado a pedirte un favor, lo que inmediatamente me aleja de esa persona.

Hablamos de favores privados, personales, claro, no de favores que impliquen ejercer un poder o una influencia. No es lo mismo pedir arroz a la vecina cuando tienes el sofrito de la paella preparado, es domingo y son casi las 3 de la tarde, que adjudicar una obra pública a un constructor por hacerle un favor.

Pedir un favor te da el nivel de la confianza o de la amistad, hay quien antes muerto que pedirlo y hay también quien parece que te hace el favor de pedirte un favor. Las personas que no piden favores suelen estar solas o amargadas. También hay quienes están a favor de no hacer favores y estos suelen ser más bien cascarrabias. Aunque una cosa hay que tener muy clara: cuando se hace un favor, es mejor no esperar nada a cambio, porque esto suele llevar a más de una frustración. Te puedes hartar de hacer favores, pero si no haces el último se olvidan todos los demás, y como decía Luther King, nada se olvida más despacio que una ofensa y nada más rápido que un favor.

Pedir ayuda fortalece una relación personal y también favorece la cohesión del grupo, al fin y al cabo la sociedad se basa en esto, hoy por ti, mañana por mí. Porque hay un punto implícito de interés, cualquier día puedes necesitarme tú”; no es que cuando haces un favor lo hagas pensando en que te deben una, pero sí que se contrae una especie de deuda moral con el otro.

Por eso hay quien está deseando que le pidas algo para que le debas un favor, como escribió un filósofo, la amistad es un contrato por el que nos obligamos a hacer pequeños favores a los demás para que los demás nos los hagan grandes. Hay que pensarlo bien antes de decirlo o hacerlo, porque un complejo mundo de relaciones personales y sociales se abre cuando decimos u oímos “¿me puedes hacer un favor?.

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Prohibido mirar
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Mayte Ciriza | 12-01-2011 | 22:03| 0

En estas Navidades mis hijos, al tener vacaciones, han estado más tiempo en casa, sin exámenes a la vista, y no nos hemos librado de más horas de tele, algo que se reduce mucho durante el curso por las clases, el deporte y el estudio. Y como me gusta estar al tanto de lo que ven, he salido indignada y espantada de cuánta porquería se emite por televisión. Auténtica porquería, sin paliativos.

Los chavales tienen mucho y malo donde elegir: desde las cadenas temáticas pensadas para preadolescentes con series superficiales (protagonizadas por niñatos estúpidos, egoístas, insolidarios, poco dados al esfuerzo, consumistas, incompatibles con el estudio y sexistas: Hanna Montana, Los magos de Waverly Place, Esta es mi banda, Zack y Cody, Patito Feo…), hasta las tertulias del corazón en horario de tarde (que se supone es infantil y juvenil) y noche, donde el que más grita tiene razón, el único argumento es el insulto, se difama con impunidad, donde impera la mala educación, la chabacanería, y se considera normal despreciar y reírse de los demás (Mujeres, hombres y viceversa, Sálvame de Luxe, Dónde estás corazón, Gran Hermano…).

¿Cómo es posible que no se haga nada al respecto? Creo que todo no puede valer en televisión. Los adolescentes son como esponjas, reproducen ese tipo de modelos que ven en la tele, y asumen el insulto, los malos tratos y los comportamientos sexistas como algo normal.

Creo que muchos de los que están enganchados a estos programas mirarían como a un marciano a quien no supiera quién es Belén Esteban, pero les parecería normal no saber quién es Arturo Pérez Reverte o Chillida (por citar a alguien). Estamos anestesiados por este tipo de programas de encefalograma plano. La semana pasada mi santo me enseñaba una de las geniales viñetas de El Roto, en la que ponía: cuando enciendo la tele se me van las ideas.

La mayor parte de las tertulias del corazón son sonrojantes, penosas, producen vergüenza ajena, y encima están entre los programas más vistos. Sin ir más lejos, el canal ese de Gran Hermano 24 horas que sustituye al elitista CNN+ le ha superado en audiencia.

Por un lado, están los jóvenes que se empapan de estas series y de estos programas basura y hasta canales basura; por otro lado, los adultos que también los vemos, los permitimos, los comentamos y compramos los productos que se anuncian en ellos. Es el imperio de lo chabacano. El triunfo de la vulgaridad. Hemos empezado el año con la prohibición del gobierno para fumar en espacios públicos. Ya que nadie parece dispuesto a detener el bombardeo diario de la telebasura, que también perjudica a la salud (mental), a ver si a ciertos programas les ponen un cartelito que diga prohibido mirar.


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