La Rioja
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El subidón de los 46
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Mayte Ciriza | 09-02-2011 | 06:46| 0

Siempre me ha gustado cumplir años y nunca he ocultado mi edad, porque soy de las que piensa que cada año va a ser mejor que el anterior, que cualquier tiempo pasado fue peor y que lo mejor siempre está por llegar. Hay quienes ocultan su fecha de nacimiento, como si la edad fuera una losa que cae sobre ellos, incluso como si se avergonzasen de los años cumplidos. Los hay que incluso se quitan años. Vivimos en una sociedad que sobrevalora la juventud, y es fantástico ser joven, pero no envidio la juventud, porque la vida, desde luego, no acaba a los 40.

En general las mujeres llevan peor esto de la edad, y ese a una mujer no se le pregunta la edad es un residuo machista, como si la valía y el atractivo de una mujer estuviera en función de su juventud. Las propias mujeres caen en esta trampa y creen que tienen que tener siempre la cara perfecta o el tipo ideal. Una cosa es querer tener una buena imagen y otra obsesionarse con ello; una cosa es querer llevar bien los 45 y otra querer aparentar 30, de esa forma acabamos viendo auténticos esperpentos. Como leía hace unas semanas en una entrevista, una mujer solo empieza a ser bella a partir de los 30 años.

Precisamente de las ventajas de la madurez se ha hecho eco la revista The Economist en uno de sus números de diciembre pasado, que ha sido especialmente citado y comentado en todo el mundo. Y no trataba de estrategias geopolíticas, ni de previsiones de futuro en la economía mundial, sino sobre la felicidad: La alegría de envejecer.

El artículo menciona diversos estudios en los que se confirma que el repunte anímico empieza a partir de los 46, la llamada teoría de la vida en U, según la cual la vida no es un declive, sino que hay un momento ascendente a partir de una cierta edad, cuando se alcanza la plenitud a través de la serenidad mental y de la sabiduría emocional que te dan los años, la madurez que supone lo vivido.

Mientras eres joven vas siempre persiguiendo un reloj: las cargas familiares, los niños pequeños, las hipotecas o la preocupación por asentar una posición personal y profesional. Hay un momento en la vida en que ya has superado todo eso, casi no te das cuenta de que ha llegado, y está entre los 40 y los 50 años, y es entonces cuando empiezas a ver las cosas de otra manera, cuando la línea vital que iba para abajo comienza a ascender.

Al leer el reportaje me daba cuenta de que, es verdad, cada vez necesito menos cosas para ser feliz; la felicidad depende sobre todo de la fuerza que tienes dentro y está más en lo interno que en lo externo. Y es que a una determinada edad, más o menos a los 46 o 47 (los que tengo yo), tienes más claras tus prioridades, sabes lo que quieres, lo que de verdad te hace feliz, te centras más en lo fundamental, tienes más serenidad, más armonía. Porque, como dice el subtítulo del artículo de The Economist: La vida comienza a los 46. Vamos, el subidón de los 46.

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¿Me puedes hacer un favor?
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Mayte Ciriza | 26-01-2011 | 06:21| 0

No llegaba a la salida del entrenamiento de fútbol para recoger al chaval y me llamó a ver si podía acercárselo a casa, en la otra punta de la ciudad, vamos, media hora entre ir y volver, ya siento que te tengas que desviar con lo liada que andas, y el tráfico que hay a esas horas, pero tengo que acabar una cosa en el trabajo y es que no llego a por él.

Era al comienzo de la temporada de entrenamientos, el chaval y los padres eran nuevos en el equipo y no tenía relación con ellos, pero la verdad es que me agradó que me lo pidiera. Porque pedirte un favor es una muestra de confianza al fin y al cabo, no se pide un favor a cualquiera sino a quien sabes que puede hacértelo y sirve para estrechar relaciones.

Vivimos en un mundo tan individualista, en el que nos creemos tan autosuficientes que parece que pedir un favor es un síntoma de debilidad. O como si solo se pudiera pedir un favor cuando es algo de extrema necesidad, más de una vez he oído me veo obligado a pedirte un favor, lo que inmediatamente me aleja de esa persona.

Hablamos de favores privados, personales, claro, no de favores que impliquen ejercer un poder o una influencia. No es lo mismo pedir arroz a la vecina cuando tienes el sofrito de la paella preparado, es domingo y son casi las 3 de la tarde, que adjudicar una obra pública a un constructor por hacerle un favor.

Pedir un favor te da el nivel de la confianza o de la amistad, hay quien antes muerto que pedirlo y hay también quien parece que te hace el favor de pedirte un favor. Las personas que no piden favores suelen estar solas o amargadas. También hay quienes están a favor de no hacer favores y estos suelen ser más bien cascarrabias. Aunque una cosa hay que tener muy clara: cuando se hace un favor, es mejor no esperar nada a cambio, porque esto suele llevar a más de una frustración. Te puedes hartar de hacer favores, pero si no haces el último se olvidan todos los demás, y como decía Luther King, nada se olvida más despacio que una ofensa y nada más rápido que un favor.

Pedir ayuda fortalece una relación personal y también favorece la cohesión del grupo, al fin y al cabo la sociedad se basa en esto, hoy por ti, mañana por mí. Porque hay un punto implícito de interés, cualquier día puedes necesitarme tú”; no es que cuando haces un favor lo hagas pensando en que te deben una, pero sí que se contrae una especie de deuda moral con el otro.

Por eso hay quien está deseando que le pidas algo para que le debas un favor, como escribió un filósofo, la amistad es un contrato por el que nos obligamos a hacer pequeños favores a los demás para que los demás nos los hagan grandes. Hay que pensarlo bien antes de decirlo o hacerlo, porque un complejo mundo de relaciones personales y sociales se abre cuando decimos u oímos “¿me puedes hacer un favor?.

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Prohibido mirar
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Mayte Ciriza | 12-01-2011 | 22:03| 0

En estas Navidades mis hijos, al tener vacaciones, han estado más tiempo en casa, sin exámenes a la vista, y no nos hemos librado de más horas de tele, algo que se reduce mucho durante el curso por las clases, el deporte y el estudio. Y como me gusta estar al tanto de lo que ven, he salido indignada y espantada de cuánta porquería se emite por televisión. Auténtica porquería, sin paliativos.

Los chavales tienen mucho y malo donde elegir: desde las cadenas temáticas pensadas para preadolescentes con series superficiales (protagonizadas por niñatos estúpidos, egoístas, insolidarios, poco dados al esfuerzo, consumistas, incompatibles con el estudio y sexistas: Hanna Montana, Los magos de Waverly Place, Esta es mi banda, Zack y Cody, Patito Feo…), hasta las tertulias del corazón en horario de tarde (que se supone es infantil y juvenil) y noche, donde el que más grita tiene razón, el único argumento es el insulto, se difama con impunidad, donde impera la mala educación, la chabacanería, y se considera normal despreciar y reírse de los demás (Mujeres, hombres y viceversa, Sálvame de Luxe, Dónde estás corazón, Gran Hermano…).

¿Cómo es posible que no se haga nada al respecto? Creo que todo no puede valer en televisión. Los adolescentes son como esponjas, reproducen ese tipo de modelos que ven en la tele, y asumen el insulto, los malos tratos y los comportamientos sexistas como algo normal.

Creo que muchos de los que están enganchados a estos programas mirarían como a un marciano a quien no supiera quién es Belén Esteban, pero les parecería normal no saber quién es Arturo Pérez Reverte o Chillida (por citar a alguien). Estamos anestesiados por este tipo de programas de encefalograma plano. La semana pasada mi santo me enseñaba una de las geniales viñetas de El Roto, en la que ponía: cuando enciendo la tele se me van las ideas.

La mayor parte de las tertulias del corazón son sonrojantes, penosas, producen vergüenza ajena, y encima están entre los programas más vistos. Sin ir más lejos, el canal ese de Gran Hermano 24 horas que sustituye al elitista CNN+ le ha superado en audiencia.

Por un lado, están los jóvenes que se empapan de estas series y de estos programas basura y hasta canales basura; por otro lado, los adultos que también los vemos, los permitimos, los comentamos y compramos los productos que se anuncian en ellos. Es el imperio de lo chabacano. El triunfo de la vulgaridad. Hemos empezado el año con la prohibición del gobierno para fumar en espacios públicos. Ya que nadie parece dispuesto a detener el bombardeo diario de la telebasura, que también perjudica a la salud (mental), a ver si a ciertos programas les ponen un cartelito que diga prohibido mirar.


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Diccionario de 2011
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Mayte Ciriza | 29-12-2010 | 17:50| 0

Estos días se ha escrito mucho sobre ortografía en los medios de comunicación, a propósito de la reforma que ha aprobado la Real Academia, pero lo que de verdad ocupa las páginas de los periódicos, los informativos y tertulias de radio y televisión es el diccionario, y no precisamente el de la RAE, sino el diccionario de 2011. El diccionario que podríamos hacer con los titulares y las palabras más destacadas y repetidas para el año que empieza pasado mañana.

Ajuste (brutal), agujero (en el sistema), subida (de la luz, y del gas, y de todo), incremento (de los impuestos), paralización (de infraestructuras) lo que nos faltaba en La Rioja-, rebaja (de los sueldos), congelación (de las pensiones), supresión (del cheque bebé), eliminación (de las ayudas a los parados sin prestación), retraso (en el cobro de las prestaciones por dependencia), desbandada (de los fondos de inversión hacia otros países), caída (de la bolsa), desplome (de las inversiones), retrasar (la edad de jubilación), recortes (sociales), hundimiento (del PIB), paro, déficit, reconversión, deuda”…, y no hay día que no leamos, escuchemos o utilicemos varias veces la palabra crisis, crisis, crisis.

Vamos, que no dan ganas de comer las uvas viendo el panorama tan oscuro que nos pintan por todos los frentes. Siempre se puede una consolar pensando que los fumadores lo tienen todavía peor. La cosa está difícil en nuestro país, es verdad, no vamos a engañarnos, pero no podemos dejarnos llevar por el derrotismo, no solo por nosotros sino por nuestros hijos.

Frente a lo que leemos estos días, creo en cambio, que lo que acabe escribiéndose a finales del año que ahora empieza, por estas mismas fechas, depende de nosotros. Tenemos que tener confianza en nosotros mismos y pensar que somos un país que puede superar esta crisis, que juntos podemos salir adelante, que por difíciles que estén las cosas siempre será mejor intentarlo que tirar la toalla, cada uno desde donde pueda.

Austeridad, honradez, eficacia, productividad, esfuerzo, trabajo, rigor, sacrificio, responsabilidad, reformas, sentido común, valores, generosidad, solidaridad, compartir, ayudar, escuchar, respeto, fortaleza, diálogo, esperanza, confianza, autoestima, optimismo, son todas palabras que también están en el diccionario de la RAE. Se trata de que a lo largo de 2011 seamos capaces de hacer de este vocabulario una realidad. No podemos cambiar el pasado, pero sí que podemos moldear el futuro. Estoy segura de que somos capaces de hacerlo mejor, de que si nos lo proponemos de verdad y empezamos a trabajar para ello desde ahora, llenaremos de hechos y de palabras positivas el diccionario de 2011.

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Estado de alarma
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Mayte Ciriza | 15-12-2010 | 07:54| 0

No me puedo creer que los finlandeses sean más listos que los españoles. Ni mandaría a mis hijos a estudiar a Corea. Todavía no doy crédito a que países perdidos en el mapa, como Eslovenia o Estonia, sean mejores que España. Pues resulta que estos países y otros muchos están por delante del nuestro en la calidad de la educación.

Hace unos días un estudio sobre la calidad de la educación en los países desarrollados volvía a dar otro revolcón a nuestro país. El llamado informe PISA examinó el año pasado a alumnos de 15 años en 65 países. En España han sido unos 27.000 estudiantes y los resultados han vuelto a ser demoledores: no sólo seguimos muy por debajo de la media de los países de la OCDE, sino que las diferencias entre unas comunidades autónomas y otras son enormes (¡hasta 55 puntos en lectura!).

Por cierto, el nombre del informe, PISA, no tiene nada que ver con la ciudad italiana, sino con las siglas en inglés de la denominación del programa. Se hace cada tres años y seguimos igual de mal. Si se compara con el informe de 2000 -una década permite una cierta perspectiva-, la compresión lectora (una de las cosas que se examinan) ha bajado 12 puntos en diez años. Nos vuelve a suspender PISA, es decir, que no progresamos adecuadamente y seguimos instalados en la mediocridad en algo tan fundamental para una sociedad como la educación.

En fin, los datos, se miren por donde se miren, son dramáticos para España. Sin educación no hay futuro, un país que no tiene una buena educación, que no tiene un buen sistema educativo, no puede aspirar a un buen futuro. Si los jóvenes que tienen que tirar del carro no salen bien preparados, ¿cómo vamos a salir de la crisis?

Algo no va bien cuando un tercio están repitiendo curso, nada más y nada menos que uno de cada tres alumnos evaluados. Bueno, algo más de un tercio, el 36%, uno de los porcentajes más altos de todas las naciones: somos un país de repetidores. Si tenemos tantos repetidores y aún así no mejoramos en la nota final, ¿para qué repiten? A la vista de los resultados, parece que repetir curso es repetir fracaso. Finlandia, en cambio, tiene un 5% de repetidores.

Hay muchas razones que nos han llevado a esta terrible situación, y cada curso que pasa sin que se haga algo va a suponer una mayor dificultad en remontar la situación. Entre otras cosas, necesitamos más autoridad y mejores sueldos para los profesores (para que a la educación se dediquen siempre los mejores), fomentar el esfuerzo entre los estudiantes, reforzar la disciplina, más apoyo familiar, que los padres se impliquen más, menos telebasura, que se estudie más lengua española, más matemáticas, más inglés, más ciencias y que lean más (a mi hijo de 16 años sólo le mandan leer tres libros en todo el curso).

En La Rioja, al menos, estamos mejor que la media, y entre las primeras comunidades autónomas, pero de lo que se trata es de que España avance, que nuestro país mejore la calidad de su sistema educativo. Este país pide a gritos una profunda reforma del modelo educativo. Parece que algunos no se quieren dar cuenta de que en educación sí que estamos en permanente estado de alarma.

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FIB
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Mayte Ciriza | 01-12-2010 | 08:05| 0

Hace unos días me llamaba la atención que David Cameron va a preguntar a los ingleses qué les hace felices, esto semanas después de que el gobierno inglés presentara un enorme recorte de gasto público, que no creo que haga precisamente muy felices a los británicos. Plantea el primer ministro inglés un debate previo para definir qué se pregunta y después una gran encuesta nacional para medir la felicidad de los ingleses.

La propuesta no sólo viene de Cameron. Otros muchos se han sumado a este debate: ya el año pasado Sarkozy y, más recientemente, la Comisión Europea, la ONU, la OCDE o el Banco Mundial. Hasta ahora se mide la calidad de vida de un país y de sus ciudadanos en función de los datos económicos, del crecimiento económico, del Producto Interior Bruto (PIB)… No creo que esto cambie a medio plazo, pero me parece que la propuesta merece una reflexión. ¿Por qué? Porque, cuando se ven los índices de satisfacción de los ciudadanos de un país, esto no guarda relación directa con los índices de riqueza económica del mismo país.

Hay una cosa obvia: si no tienes qué comer, o un techo bajo el que vivir, o un puesto de trabajo que te permita salir adelante y formar una familia, es imposible tener una vida digna y, por tanto, es imposible siquiera plantearte si eres feliz. Pero una vez aseguradas determinadas cuestiones básicas, cabe preguntarse si el PIB puede ser el único índice de nuestra calidad de vida. O dicho de otra forma: si no se es pobre, tener más no significa ser más feliz.

¿Quién mide el tiempo que tenemos para estar con nuestros hijos? ¿Quién mide el estrés que sufrimos? ¿Cómo se mide el impacto ambiental, el cuidado del entorno natural? ¿De qué me sirve ese último modelo de coche si tengo que trabajar más horas y no tengo tiempo para mi familia ni mis amigos? Puede aumentar mucho el PIB, pero ¿y qué esperanza de vida tiene ese país? Por no hablar del reparto equitativo de la riqueza, auténtica piedra de toque de la justicia social, es decir, que los recursos se repartan de una manera equilibrada. Vamos, que el PIB no lo es todo. Pueden darse contradicciones, como que si hay muchos atascos sube el PIB porque se consume más gasolina, pero eso nos hace profundamente infelices.

Me gusta la idea de Cameron de querer hacer de Gran Bretaña una nación “más acogedora para las familias”, donde cuente también “la salud de nuestros niños, la calidad de su educación, la alegría con la que juegan o la compasión o la devoción por nuestro país”. Vamos, que no se trata tanto del Producto Interior Bruto, sino de la Felicidad Interior Bruta, no tanto del PIB como del FIB.

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Cuestión de peso
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Mayte Ciriza | 17-11-2010 | 07:25| 0

Teníamos una celebración el pasado fin de semana y mis sobrinos, de 8 y de 6 años, estaban empeñados en que el cumpleaños del mayor fuera en una de esas hamburgueserías americanas que tanto triunfan entre los chavales. Uno de los motivos era porque, junto a la hamburguesa y la tarta, daban unos muñequitos de goma. Y, a propósito de eso, recordaba que precisamente hace unos pocos días en San Francisco, se aprobaba prohibir el “Happy Meal”, un menú para niños que en una atractiva caja contiene una hamburguesa, patatas fritas, un refresco y un postre dulce, e incluye también algún juguete.

Según lo aprobado, se trata de evitar que los menús altamente calóricos vayan en vistosas cajas de colores con juguete incluido. No se trata de que no se puedan dar juguetes con la comida, sino con determinada comida, de forma que cuando se den muñecos u otro obsequio infantil, el menú no deberá superar las 600 calorías y deberá tener frutas y vegetales. En cualquier caso, el problema no está en ir un día a tomar el “Happy Meal”, sino en tenerlo por costumbre.

En España no tenemos la dimensión que tiene la obesidad en Estados Unidos, pero empezamos a tener un problema. Se ha hecho público esta semana que los gastos sanitarios derivados de la lucha contra la obesidad en España suponen unos 5.000 millones de euros, nada más y nada menos que un 7% del gasto sanitario de todas las comunidades autónomas. Casi el 30% de los chavales de hasta 17 años tienen sobrepeso u obesidad, y en el caso de los adultos el 51%, según los datos de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición.

Como la obesidad no tiene consecuencias en la salud de los chavales de forma inmediata, la sociedad no lo percibe como un problema, pero luego tenemos que pagarlo entre todos. Hay que limitar el consumo de la bollería industrial y comida de ese tipo en los colegios. De nada sirve mandar a los chavales al colegio con un bocadillo de jamón o una pieza de fruta si en la máquina expendedora de la entrada se compran un bollo lleno de nata, chucherías o una bolsa de patatas.

A esto hay que añadir la vida sedentaria que llevamos, favorecida por la tele, el ordenador, la play station y demás. Llama la atención la paradoja de que, mientras en una parte del mundo hay que luchar contra el hambre, en cambio en la otra hay que luchar contra el sobrepeso.

Con la crisis, además, comemos peor. Somos uno de los países que más rápidamente está perdiendo la dieta mediterránea; resulta que comemos menos frutas, verduras y hortalizas, y menos pescado. No sólo perdemos el empleo, sino que perdemos la salud, porque la alimentación es la principal herramienta para tener un buen nivel de salud y está empeorando nuestra alimentación. Vamos, que la crisis nos engorda.

La cuestión es si la obesidad es un problema individual o es una cuestión social y, por tanto, se puede legislar al respecto. No sé si alguien se atreverá a abordar este problema, pero desde luego debemos tomar conciencia de su importancia ya que, dadas todas las implicaciones que tiene el tema, se trata de una cuestión de peso.

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Vivir el tiempo
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Mayte Ciriza | 03-11-2010 | 07:06| 0

“¡Ay! ¡Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo, no hablarías de malgastarlo, y mucho menos de matarlo! Se trata de un tipo de mucho cuidado, y no de una cosa cualquiera”, le dice el Sombrerero a Alicia en uno de los pasajes más conocidos, y divertidos, de “Alicia en el País de las Maravillas”, el de la Merienda de Locos, en el que Alicia comparte mesa con el mencionado Sombrerero, la Liebre de Marzo y el Lirón. Después de un diálogo al respecto, el Sombrerero termina explicándole a Alicia que “si te llevaras bien con el Tiempo, él haría cuanto quisieras con tu reloj”.

A falta de llevarnos bien con un personaje que no encontramos, el Tiempo, el pasado fin de semana hemos decidido hacer lo que queremos con el reloj y nos hemos regalado una hora más. Como, además, el lunes era fiesta, nos ha dado más tiempo de adaptarnos a un cambio horario, que supone un cambio en nuestros ritmos vitales, porque no es lo mismo levantarte de noche que hacerlo de día, aunque sea la misma hora.

Si hay algo elástico, es el tiempo. Hay personas a las que no les da tiempo nunca de nada y otras a quienes les cunde que para qué –como a mi santo-, aunque el tiempo es el mismo, es cuestión de organizarse y saber aprovechar el tiempo. Hacer siempre lo mismo, las rutinas, hace que los días pasen más rápidos, que el tiempo se nos pase volando. Si queremos alargar el tiempo, hay que salirse de la normalidad: un viaje o una nueva experiencia alargan el tiempo. Nuestra cultura valora mucho el tiempo, como decía aquel anuncio, “el tiempo es oro”.

La humanidad siempre ha soñado con controlar el tiempo, con pararlo, volver al pasado o regresar desde el futuro. Mi abuela, que ha cumplido ya los 92, dice que al tiempo le han hecho algo -no creo que se refiera al Tiempo de Alicia-, porque dice que ahora pasa mucho más rápido que cuando era joven, que cuando era pequeña. Y es que en cada época de la vida percibimos el tiempo de manera diferente. El tiempo es más lento en la niñez, cuando todo es nuevo, cuando el mundo está por descubrir, y por eso tenemos muchos más recuerdos de la infancia que, por ejemplo, de los cuarenta a los cuarenta y siete, que se me han pasado en un suspiro.

Como dice el Sombrerero, el Tiempo es un tipo de mucho cuidado, y es mejor controlarlo, antes de que se nos lleve por delante. Que marquemos nosotros las horas, antes de que nos las marque él, priorizando y llevando las riendas de nuestra vida. Precisamente porque vivimos en un mundo donde se ha acelerado el tiempo –y la vida- se hace más necesaria una adecuada gestión del tiempo. Saber gestionar el tiempo no sólo es una garantía de eficacia profesional, sino también un modo de organizar y disfrutar de nuestra vida. Quizá el mensaje del autor de “Alicia”, Lewis Carroll, sea que más que a matarlo, debemos aprender a vivir el tiempo.

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Desautorizados
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Mayte Ciriza | 20-10-2010 | 08:19| 0

“¡Es que no sabes lo que le cuesta al pobre levantarse por las mañanas!”. Me contaba una amiga maestra que eso es lo que le decían unos padres –a los que había convocado ella- para justificar que su hijo llega habitualmente tarde a clase. Esto es lo más suave de padres sobreprotectores que siempre amparan a sus hijos y se ponen de su lado contra el profesor. Niños mimados que tienen todo lo que piden y que acabarán siendo adolescentes conflictivos. Educar y saber decir “no” es una tarea difícil para muchos padres que llegan agotados a casa, pero esta es una de las claves de lo que está pasando en la educación.

Esta semana me impactaban unos datos de la OCDE sobre la situación de la educación en España: los profesores dedican cerca del 40 por ciento del tiempo de clase a mandar callar, pero, ¡cómo van a enseñar su asignatura si tienen que dedicar tanto tiempo a mantener el orden en clase! En el 75 por ciento de los institutos se insulta al profesor y 13 de cada cien docentes han sufrido una agresión física. Después de estos datos, no le extrañará a nadie que la educación sea uno de los principales problemas para los españoles según la última encuesta del CIS.

Cómo estará la cosa para tener que regular por Ley algo obvio, que los profesores y maestros son autoridad, algo que es absolutamente fundamental para que funcione la educación. Que tengamos que regular por Ley la autoridad del profesor es la mejor muestra de la falta de valores de nuestra sociedad, una muestra del relativismo moral en el que vivimos, una muestra de la igualdad mal entendida (el profesor no es igual que tú, es alguien que te enseña y te manda). Los padres han transferido a la escuela y a los maestros y profesores sus responsabilidades en la educación de los hijos, muchas veces más por impotencia que por comodidad.

Lo que pasa en la escuela es un reflejo de lo que pasa fuera de la escuela. No se puede educar sin autoridad, pero es que sin autoridad no puede funcionar tampoco la sociedad. De hecho, donde primero falla la autoridad es en casa, en la familia, con unos padres cada vez más desorientados. Hemos pasado una época en la que sólo existían derechos y hoy necesitamos que nos recuerden que también tenemos obligaciones y tenemos que reclamar el respeto por Ley. Por lo menos en nuestra Comunidad, vamos a contar con esta Ley, pero lo que haría falta es una Ley nacional de autoridad del profesor (más que una Ley para que no abucheen a los políticos).

Y, por supuesto, una ley que los que primero debemos cumplir somos los padres. Porque tenemos que reflexionar sobre lo que queremos para nuestros hijos, para su mejor educación y predicar con el ejemplo el respeto hacia maestros y profesores. Si su tarea ya es muy difícil, al menos colaboremos a facilitarla, seamos corresponsables con ellos en la labor educativa, y no caigamos en la trampa de creernos mejores padres por defender a ultranza cualquier comportamiento de nuestros hijos. Y menos frente a unos maestros y profesores cuya misión es clave y quedan entonces desautorizados.

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Enfadados
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Mayte Ciriza | 06-10-2010 | 07:00| 0

Como mis hijos son madridistas, estoy al tanto, quiera o no, de las noticias relacionadas con el club blanco. Es inevitable oír sus comentarios o ver las reacciones que producen en ellos no sólo los resultados del equipo, sino el comportamiento de jugadores y entrenador. No me gusta el fútbol, pero hay que reconocer que este deporte trasciende lo puramente deportivo y ofrece modelos de comportamiento para la sociedad, de forma muy especial para los jóvenes. Frente a la famosa frase “fútbol es fútbol”, puede decirse que el fútbol es mucho más que fútbol (y el Barça más que un club).

Por eso me llama la atención la actitud del entrenador, de Mourinho, en una mezcla permanente de enfado y provocación. En una rueda de prensa antes del último partido de la Champion de hace un par de semanas, harto de las preguntas sobre un jugador no convocado, se levantó cabreado de la silla y se fue de la sala de prensa. Como escribía una periodista deportiva (no era Sara Carbonero, lo que le faltaba ya): “Mourinho llegó, vio… y se enfadó”. En un partido en su propio campo contra la Real Sociedad, lanzó una botella de agua contra su banquillo tras una pérdida de balón de un jugador del Madrid que estuvo a punto de costarle un gol a su equipo. Todo esto antes de la goleada del pasado fin de semana.

Cualquier persona, pero sobre todo quien, como el técnico portugués, ocupa espacios públicos y tiene los ojos de tantísimos jóvenes sobre él, debiera haber aprendido a controlar mejor sus emociones. Es normal cabrearse, en la vida es normal enfadarse, faltaría más, y a través del enfado se expresan también emociones negativas que es bueno que salgan de tu interior. En cualquier caso, habría que guardar el enfado para cosas importantes.

El problema es cuando el enfado es de una intensidad tan elevada que se pierden los papeles y uno no es capaz de controlarse. Cuando la ira o el cabreo son muy intensos, nunca son útiles, y pueden transformarse en furia, en violencia. La ira no te deja ver la realidad, es un veneno para la mente, que te ciega y hace que todo se magnifique y se exagere. Además, el mal humor es contagioso (como el buen humor también lo es).

Por eso hay que ver más allá de uno mismo, añadir a las cosas siempre perspectiva, saber dimensionar cada situación y, sobre todo, ponerse en el lugar del otro (eso que llamamos empatía). Relajarse, ver lo bueno de la vida, ser amables, cordiales, generosos, tomarse las cosas con humor, o tan sólo respirar profundamente y contar hasta diez antes de responder cabreado, supone siempre una ventaja y sirve para solucionar los problemas. La vida es demasiado corta para andar siempre enfadados.

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