La Rioja
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Noventa gramos en lata
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Mayte Ciriza | 06-06-2007 | 09:59| 0

        Estos días la Tizona, la espada del Cid, ha librado, ella sola,
una nueva batalla, no sabemos si la última. Resulta que el Ministerio de
Cultura no ha querido comprar la espada, que estaba en manos de un particular,
y lo ha tenido que hacer la
Junta de Castilla y León, que ya la ha depositado en un
Museo, en medio del fragor del debate sobre la autenticidad del arma.
 

Esto me recordaba que una cosa es la tradición, la
cultura, la historia de una sociedad, lo que son sus raíces y sus señas de
identidad, y otra muy distinta esta locura colectiva que se ha desatado con los
nuevos mitos de nuestra sociedad: famosos, cantantes, actores y demás.

 

Las reliquias de los santos o de los personajes de la Historia han sido
sustituidas por los nuevos iconos, por los que se pagan cifras millonarias.
Para los admiradores de las estrellas, poseer uno de sus objetos no tiene
precio. Así, por ejemplo, se han pagado cantidades desorbitantes por el piano
en el que ensayaba John Lennon, por la guitarra de Paul McCartney, por el
certificado de matrimonio de Elvis (la Beatlemanía y la Elvismanía son capítulo
aparte), por el sombrero de John Wayne o por la peluca de Andy Warhol. Uno de
los mitos modernos que más cunde es Marilyn Monroe, de la que se ha subastado
casi todo, ¡hasta sus bragas!

 

Hay todo un negocio montado alrededor de estos
fetiches, lo que es una muestra más de los excesos de esta sociedad de la
opulencia. Para diferenciarse, para sentirse únicos, algunos quieren poseer ese
objeto que les contagie del glamour del mito, como si esto les hiciera
parecerse a ellos: lo último es un frasco de “aire” envasado, respirado por
Angelina Jolie y Brad Pitt. Algo similar a los globos hinchados por un artista
italiano, Piero Manzoni, y que, bajo el título de “Aliento de artista”, los
vendió como una de sus obras de arte.

 

El no va más son, precisamente, las latas de mierda
que llevan la firma de ese mismo artista. Sí, como suena. El tal Piero decidió
enlatar sus propios excrementos en la década de los sesenta. 90 latas de 90 gramos. Pues bien, a
finales de mayo, la famosa casa de subastas Sotheby’s subastaba y lograba
vender una de estas latas, la número 18, por nada más y nada menos que 124.000
euros. Ojo, que en 2002 la prestigiosa Tate Galery de Londres compró la número
4 por unos cuantos miles de libras en medio de una gran polémica al tratarse de
dinero público.

 

Cualquier día nos encontramos con una subasta de
latitas de éstas de los famosos del cine, o del fútbol, o de la canción. Unas
latas que demuestran hasta qué punto lo excéntrico y lo irracional anidan en
nuestra sociedad. Quizá en el fondo el joven Manzoni, al enlatar sus
excrementos, no hacía otra cosa que criticar esta sociedad mitómana en la que
vivimos. Quizá quiso pagarle con la misma moneda: con una provocación de 90 gramos en lata.

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¡Qué bien te veo!
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Mayte Ciriza | 23-05-2007 | 10:28| 0
  

“¡Qué bien te veo!”, le dijo, aunque estaba más
arrugada que una pasa. Fue hace dos fines de semana en Madrid, en una de esas
cenas de hace veinte años que acabamos la carrera. Me llamó la atención lo
mayores que vi a algunos de los compañeros de clase, supongo que ellos también
a mí, pero sólo se oían expresiones del tipo “qué bien te veo”, “estás en
forma”, o la de “estás estupenda”, que todavía es peor.

Mentiras cotidianas, trolas del día a día: “ahora te
envío el informe” (le dices a tu jefe cuando todavía ni lo has empezado), “me
estoy quedando sin batería” (acabas de cargar el móvil, pero no te apetece esa
conversación), o ese “luego te llamo, estoy reunida” (mientras te estás tomando
un café).

Mentiras de convención social. ¿Cómo serían las
relaciones humanas si no mintiéramos? ¿Por qué mentimos? Mentimos para ocultar
nuestros pensamientos y emociones. Mentimos para relacionarnos, para parecer
amables y para halagar (“te veo más delgado”). Mentimos, muchas veces, para no
discutir; o para presumir, para inflar nuestro ego. También lo hacemos para dar
pena, “estoy agotada”, “llevo una semana de infarto”. Por no hablar de las
mentiras en la cama, “me ha encantado, cariño”. Las de las invitaciones a comer
en casa son de las más piadosas, “el asado estaba exquisito” (en realidad
estaba como una suela de zapato). Las motos que nos intentan vender los hijos
son capítulo aparte: “Me voy a casa de Pablo a hacer un trabajo”. Y el tal
Pablo resulta que es Paula y que el trabajito lo están haciendo en el parque.

Ojo, no digo que esté bien, pero las relaciones
sociales serían imposibles sin estas mentirijillas, porque no estamos
preparados para que nos digan toda la verdad sobre nosotros mismos. Me refiero
a estas mentiras sin trascendencia, en las que, además, a quien se lo dices
sabe o sospecha, a su vez, que le estás mintiendo. Estas mentiras piadosas no
tienen consecuencias negativas, son inofensivas ¿Cuánto llegaremos a mentir al
día? Mentimos mucho más de lo que creemos, ¡incluso nos mentimos a nosotros
mismos!

Otra cosa muy distinta son las mentiras que dañan o
perjudican a los demás, las mentiras por ambición o poder. Desde luego, por ahí
no pasa nadie: las del adulterio, las mentiras de las bajas laborales, las de
la cuenta de resultados, las de la política, las de Hacienda, ésas son
intolerables.

En el día a día, sinceramente, todos mentimos, y el
que diga lo contrario, es que miente. Aunque, claro, no todo vale. Las relaciones que de verdad nos importan,
la verdadera amistad, se basa en la franqueza, en la autenticidad, en la
lealtad, en la honestidad, en la no mentira. Porque todas esas mentiras
cotidianas e inofensivas solo resultan comprensibles -y tolerables- en personas
que hacen de sus actos y sus palabras una verdad permanente. De estos sí que
reconforta oír ¡qué bien te veo!

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La buena educación
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Mayte Ciriza | 13-05-2007 | 12:48| 0

 
Pocas noticias he agradecido tanto en este nuestro periódico como la de que varios institutos riojanos han decidido marcar unas normas sobre la vestimenta de los escolares en clase. Y es que me toca pelear cada día con la ropa del mayor, por esos vaqueros caídos o por esas zapatillas que son como balsas para huir de Cuba a Miami. Veo a la salida de los institutoslos superescotes de las chicas, la exhibición de tangas, pañuelos piratas y gorras: vamos, una auténtica pasarela en clase.
Como los padres no podemos con la ropa de los hijos, ni sabemos decirles que no, tienen que ser los propios profesores los que marquen los límites. Y es que en educación estamos dejando todo, cada vez más, en manos de profesores y políticos. 
Por eso es tan importante la educación de nuestros hijos, no sólo porque, claro, es donde se forman las futuras generaciones -y se empapan de los valores y de los comportamientos que tendrán toda su vida-, sino porque se ha trasladado a los centros educativos una parte importante de lo que tradicionalmente era responsabilidad de las familias.
Si hay algo donde de verdad nos la jugamos, es en la educación. Por ello, he agradecido mucho también la noticia reciente de que se van a incrementar en La Rioja las horas de lengua y matemáticas, y que se va a estudiar en condiciones la historia de España, de manera que los chavales de aquí sabrán quién era Cristóbal Colón o qué pasó en la Guerra de la Independencia.
Pero, con tres hijos en edad escolar, todavía me parece más positivo que en los colegios riojanos se insista en el esfuerzo, en el trabajo y la perseverancia del estudiante como garantía de éxito frente al igualitarismo a la baja; o que se haga hincapié en valores como el respeto a los compañeros y maestros; o que se refuerce la autoridad de los profesores, que se valore la disciplina en clase y que se luche contra la violencia escolar.
Dos principios irrenunciables en nuestra educación han de ser el de la libertad y el de la calidad: libertad en la elección de centro y calidad en la enseñanza, que debe adaptarse a un mundo totalmente cambiante y cada vez más competitivo, con la apuesta por la enseñanza bilingüe, las nuevas tecnologías en clase, la integración de los alumnos inmigrantes y que los profesores estén al día. Y para que los padres puedan implicarse en la educación, como deben, hay que seguir fomentando la conciliación de la vida familiar y laboral.
Hablando de modas en clase, las más peligrosas no son las de vestir, sino las pedagógicas. Si hay algo que ha de estar alejado de las modas, es la educación, expuesta en nuestro país a los vaivenes del color político de cada Gobierno; si tiene que haber un gran acuerdo social en algo, es en esta materia. Así tendremos asegurada la buena educación.

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Abejas descarriadas
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Mayte Ciriza | 09-05-2007 | 10:45| 0

He aprovechado este comienzo lluvioso de mayo para
hacer limpieza de libros infantiles ya leídos y vídeos de dibujos animados que
ya ni mi hija pequeña ve. Y afanada en esta tarea, me encuentro con los vídeos
de la serie “La abeja Maya”. Recuerdo que en mi infancia, como también mis
hijos luego, pasé muchos ratos divertidos con aquellos dibujos animados que
transcurrían en un país multicolor en el que las abejas eran las protagonistas.

 Ahora también lo son, pero por otra razón bien
distinta: están desapareciendo millones de abejas en todo el mundo sin que
apicultores ni científicos puedan dar una explicación segura. Es una noticia
que puede no parecer importante, pero sin abejas no sólo no hay miel (ni la
jalea real de los estudiantes a fin de curso), sino que nos quedaríamos sin
polinización y, por tanto, se verían amenazados muchos cultivos, desde los
melones hasta las almendras. Las pérdidas económicas previstas en las cosechas
de los países afectados están valoradas en miles de millones de euros.
 
        La voz de alarma se ha dado primero en Estados
Unidos, donde lo que se conoce como “síndrome de despoblación de la colmena” ha
afectado, por ahora,a una cuarta parte de los
enjambres del país, y se está produciendo yaen
todo el mundo. Es, de nuevo, la globalización, en este caso apícola.
 
       Se han apuntado como causas desde los pesticidas a
las ondas de los móviles, pasando por el cambio climático, pero parece que es
un parásito asiático lo que acaba con las abejas en un santiamén. Lo cierto es
que no se trata sólo de la disminución del número de estos insectos tan
necesarios para las personas. El asunto va más allá porque, según apuntan
muchos de los expertos, el propio comportamiento de las abejas se ha
trastornado drásticamente: una vez que salen de sus colmenas, las abejas no
saben volver a «casa», están desorientadas.
         Siempre se han utilizado las colmenas como modelo de
organización en la naturaleza. Mucho me temo que lo que les ocurre a las abejas
podría ser un reflejo de lo que pasa en nuestra sociedad. Soportamos tantos y
tan bruscos cambios -no sólo el climático-, tantos comportamientos anómalos e
inexplicables, que estamos también un poco desorientados. La pérdida de muchos
puntos de referencia, el relativismo moral, ese vivir en un permanente y
frenético estrés, quizá en busca de las mieles de un falso éxito social o
profesional, nos tiene más desorientados que a las abejas. Valores básicos como
la familia, el esfuerzo, la compasión, parece que, como las abejas, están de
capa caída.
    
           De momento seguimos siendo capaces de volver a
nuestra colmena particular, pero no es menos cierto que en ocasiones nos
parecemos a esas abejas, en este caso descarriadas.
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Desvelos
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Mayte Ciriza | 25-04-2007 | 07:17| 0
Saco la ropa de verano y veo que a mi hija pequeña no le vale nada, así que no hay más remedio que ir a comprar ropa y compruebo que, cada vez desde edades más tempranas, se incita a las niñas a vestir con modelos que imitan a sus ídolos adolescentes más transgresores. Parece como si las etapas se hubieran acortado y las niñas tuvieran que parecer desde pequeñas unas jóvenes precoces, supuestamente “sexys”, cuando ni siquiera saben lo que eso significa ni están preparadas para ello.
 
Mientras aquí se da esta erotización temprana, esa misma noche, al llegar a casa, veo en el telediario que en Irán han impuesto un plan “para la lucha contra el mal velo”, de forma que la policía y el ejército velan (nunca peor dicho) para que las mujeres lleven el velo de una forma adecuada. Aunque llega el calor, se prohíbe también el uso de pantalones cortos o faldas estrechas, y los castigos pueden llevar a que las mujeres acaben en comisaria, donde permanecerán hasta que un varón de la familia les obligue a llevar el velo de una forma correcta.
 
                                 
 
Hay que distinguir entre el velo que tapa toda la cara (y que impide la comunicación, eso es lo peor) y el pañuelo que sólo cubre la cabeza. En el Reino Unido, Blair ha respaldado la prohibición del “niqab” (el velo negro que cubre completamente el rostro y sólo deja una rendija para los ojos) porque esa prenda que lucen muchas mujeres musulmanas “es un distintivo de separación”. En Francia ha tenido un intenso debate sobre el velo, que llegará a España: ¿es el velo una imposición sexista o un signo cultural, o ambas cosas a la vez?
 
No estoy de acuerdo con que se prohíban los símbolos religiosos, otra cuestión es que el velo sea una manera de someter a las mujeres o que la religión sea una excusa de discriminación femenina. Lo que no se debe tolerar de ninguna manera es que un país obligue, se quiera o no, a ir con esas prendas, porque eso es una expresión de la opresión machista más atroz. ¿Por qué no se pronuncia la ONU sobre este atentado constante a los derechos humanos?
 
¿Alguien se imagina que los hombres tuvieran que ir vestidos de -por decir algo- costaleros de Semana Santa con la cara tapada todo el año, argumentando que es por su honor o por su seguridad? Las mujeres han de ser libres de elegir lo que quieran, lo que más les convenga. Una mujer debe ser respetada, lleve velo o minifalda. No es justo que las mujeres sigan sufriendo, en muchos lugares del mundo, tantos desvelos.
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Mirando a Marte
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Mayte Ciriza | 16-04-2007 | 23:31| 0

            Según un reciente artículo de National Geographic (“Mars melt hints at solar, not human, cause for warming, scientist says“, de Kate Ravilious) que recoge los datos aportados por los científicos a partir de las misiones de la NASA a Marte, también este planeta “sufre el cambio climático”, tal y como titulaban muchos medios en España estos días, haciéndose eco de la información.

 Como el título del artículo de la veterana y prestigiosa revista indica, “el calentamiento de Marte apunta a causas solares y no humanas”. Por lo visto, Marte se derrite, y está disminuyendo la capa de hielo de su polo sur.
 
El responsable del famoso Observatorio Astronómico de San Petesburgo ya se ha apuntado a señalar que lo que está sucediendo en Marte sugiere que el calentamiento global en la Tierra se debe a cambios en el sol: “El incremento a largo plazo de las radiaciones solares está calentando tanto a la Tierra como a Marte”. Algo tendrán que ver las radiaciones extraordinarias del sol, claro, lo malo es que algunos se agarrarán a esto como a un clavo ardiendo -nunca mejor dicho- para negar el impacto de la actividad humana en el calentamiento global.
 
Definitivamente lo que queda claro es que no hay planeta rojo al que escapar cuando nos hayamos cargado todo. Paraísos o infiernos futuros, lo que sea, está aquí y sólo aquí y es nuestra responsabilidad. Algunos, que parecen marcianos, siguen mirando hacia otro lado, ¿a Marte?, en lugar de tomarse en serio esto de cuidar nuestro planeta Tierra.
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Cambio superficial
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Mayte Ciriza | 11-04-2007 | 10:11| 0
Me acordaba la pasada Semana Santa, en la playa, del
programa “Cambio radical”, porque unos días de vacaciones sí que suponen un
cambio radical, y sin tener que pasar por el quirófano. Te sacudes radicalmente
el estrés, los horarios de trabajo y del cole, las actividades extraescolares y
los problemas, aunque sólo sea por unos días. Es un cambio radical pero al
revés: te pones ropa cómoda, deportivas, te olvidas del rimel, del maquillaje y
hasta del móvil.

En el programa de televisión, sin embargo, los
concursantes se sacuden los complejos a base de bisturí, con operaciones que
cambian su aspecto. Por lo visto hay muchas personas que piensan que su vida
cambiará radicalmente si tienen más pecho, menos michelines o la nariz más
pequeña. El programa original viene de Estados Unidos y desde luego no ha
pasado desapercibido.

Una cosa es ese legítimo deseo de querer tener el
mejor aspecto posible: por eso hacemos ejercicio, cuidamos nuestra alimentación
o elegimos nuestra ropa (de hecho nuestro aspecto físico es la tarjeta de
presentación inicial). Y otra cosa muy distinta es que la apariencia física sea
el valor supremo, por encima de todo. Pero en este caso creo que la clave es
otra.

Lo fácil es meterse con el programa, pero para los
participantes es, sin duda, una oportunidad de reconciliarse consigo mismos. Lo
malo de no tener medios económicos para hacerlo de otra forma es que tienen que
airear todas sus miserias y desgracias en público. Esta es la clave, no el
hecho de que se operen, sino esta otra forma de telebasura: que unas personas
se arriesguen a humillarse públicamente para conseguir el bisturí que les de la
felicidad, esa mejoría en su aspecto que les aportará la autoestima que no
tienen.

Por desgracia estamos ya acostumbrados a programas en
los que se airean las miserias morales, sexuales, de celos o de negocios, pero este
es un paso más en la telebasura. Tienes que desnudarte emocionalmente ante la
audiencia -el nuevo circo romano- para que levanten el pulgar y te concedan la ansiada
cirugía. Definitivamente, la intimidad no es fácil en una época como la
nuestra, en la que parece que hay que contarlo todo: con quién te acostaste la
noche anterior o ese complejo que no te deja vivir. Nuestra sociedad quiere
visibilidad y la intimidad se ha convertido en un lujo.

Ojalá se pudiera hacer un programa de cambio radical
de valores, en el que se saliera queriendo leer más, sabiendo apreciar una obra
de arte, con más armonía o con más capacidad de perdón y de afecto (los afectos
son el mayor patrimonio de las personas). Ese sí que sería el verdadero cambio
radical, porque esto otro, mucho me temo, que sólo sea un cambio superficial.

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Generación videojuego
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Mayte Ciriza | 28-03-2007 | 07:25| 0

Tengo a mis hijos todo el día dando la paliza con la Play Station 3 que acaba de salir la semana pasada. Por lo visto, es imprescindible tenerla para la próxima Semana Santa. Pues… ¡lo tienen claro!
 
Vivimos rodeados de pantallas: televisión, Internet, la Play… A la tele hay que añadir las nuevas modalidades de ocio juvenil en casa: Internet y las videoconsolas. Internet, además de ser un impresionante instrumento de trabajo, ha revolucionado la comunicación, hasta el punto de que los jóvenes hablan menos por teléfono desde que utilizan el Messenger. La generación videojuego se mueve como pez en el agua en el ocio digital y en la interactividad y, es más, si tienen que elegir, se quedan con los videojuegos e Internet; por eso, la tele pierde terreno entre los jóvenes.
 
Los niños siempre han jugado a ser piratas que roban tesoros o monstruos que cortan cabezas o polis y cacos que se disparan. Pero una cosa es la fantasía infantil y otra que los chavales puedan comprar sin ningún problema juegos en los que se simula pegar a prostitutas o atropellar ancianas. ¿Por qué en las tiendas los videojuegos están clasificados por fabricantes y no por edades? Si a un adolescente no se le permite comprar alcohol o tabaco, ¿por qué se le permite acceder a juegos tan violentos y hasta vejatorios? No hay una institución independiente que clasifique las edades a las que están dirigidos los videojuegos, son los propios fabricantes los que lo hacen.
 
Como en todo, hay un peligro si se abusa, porque los videojuegos pueden convertirse en una nueva adicción: chavales “enganchados” a la pantalla con lo que eso supone de pérdida de relación social. Desde que las mujeres han comenzado a tomar los mandos (también de los videojuegos), se están fabricando más juegos sociales en los que puede participar toda la familia y que fomentan los lazos entre padres e hijos. Juegos que permiten cantar a toda la familia, practicar deportes virtuales o bailar siguiendo unas coreografías determinadas.
 
Nos encontramos en los periódicos con crítica de cine, de gastronomía o de literatura, y sería muy útil una sección de crítica de videojuegos, pero no para los chavales, sino para los padres, porque más del 80 por ciento de los padres no sabemos realmente a qué juegan nuestros hijos. Los padres nos despreocupamos de los contenidos del ocio de los hijos, con tal de aparcarlos en la pantalla nos conformamos, pero no nos damos cuenta de que no hay nada más serio que el juego. Por eso, creo que también los padres debemos tomar nota y hacer un esfuerzo por adaptarnos a esta generación videojuego.

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Modernos Peter Pan
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Mayte Ciriza | 14-03-2007 | 07:20| 0

Evitan cualquier responsabilidad, eluden el compromiso, la culpa es siempre de los demás, no asumen las consecuencias de sus actos… ¿quién no conoce a alguien así? Son las personas que padecen lo que se conoce como el síndrome de Peter Pan, los que no quieren crecer, los eternos inmaduros, preocupados únicamente por satisfacer sus propias necesidades.
 
 Viene esto a cuento, porque la semana pasada se presentaba en Londres la versión restaurada del “Peter Pan” de Disney, tras un largo y complejo trabajo, después de su estreno en 1953. Este personaje ha cumplido ya más de cien años, desde que en 1904 se publicara la obra del escocés J. M. Barrie (interpretado hace un par de años por Johnny Depp en la película “Descubriendo nunca jamás”, que recreaba la biografía del autor).
 
Estos eternos adolescentes son personas inseguras, inmaduras emocionalmente, con temor a no ser queridos, a la soledad; no quieren crecer porque supone esforzarse, siempre echan balones fuera y no cogen el toro por los cuernos: madurar es asumir que uno es responsable de sus actos, es tener ideas propias, es no esperar el aplauso de los demás para tener una opinión, es aceptar que te pueden criticar por lo que dices o por lo que haces.
 
Los niños y adolescentes mimados en exceso no son capaces de superar los momentos difíciles o las adversidades de la vida, y no descubren que hay una felicidad en afrontar y superar el dolor, la tristeza o el sufrimiento. Es imposible vivir siempre en el País de Nunca Jamás.
 
En el último informe “Jóvenes españoles” de la Fundación Santa María, los jóvenes se consideraban a sí mismos consumistas, pensando sólo en el presente y con poco sentido del deber. La tendencia de los jóvenes españoles a permanecer prácticamente la mitad de su vida en el “Hotel Mamá” es algo que confirman las estadísticas y que no deja de sorprender a nuestros vecinos europeos, quienes acuñaron precisamente esa expresión para referirse a la elevada media de edad a la que nuestros jóvenes abandonan el hogar familiar. Una media que ronda los 35 años, una edad más que razonable para dejar de ser un talludito Peter Pan.
 
Es ésta una sociedad en la que abundan los padres sobreprotectores, que dan todo masticado a sus hijos y que no saben transmitir que quienes son capaces de sufrir son los que, al final, más disfrutan de la vida y más valoran lo que tienen. ¿O también vamos a echar la culpa a los profesores por estos modernos Peter Pan?

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Sexo con velo
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Mayte Ciriza | 07-03-2007 | 23:27| 0

Triunfa en las pantallas de Oriente Medio un programa semanal de la tele egipcia sobre sexo. Los medios recogen la paradoja de que la médico egipcia que lo presenta, Heba Kotb, lleva el velo islámico. El que dicen es el primer programa de sexo en una cadena árabe lleva por título “Hablando en serio”. En efecto, el sexo es algo muy importante.
Con llamadas de los espectadores y consultas de muchas mujeres (llaman incluso de países vecinos), el sexo se aborda sin tapujos: masturbación, sexo oral, orgasmo femenino… Los consejos están dentro de la óptica del Islam, muy conservadora, pero al menos hablan de sexo. Y eso es un avance para las mujeres en una cultura, la islámica, en la que éstas están en una enorme posición de inferioridad con respecto a los hombres.  
¿Serán las mujeres las que lleven al Islam a la apertura social y evolución cultural que necesita?

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