Para más inri

         

        Durante esta semana de Pasión hemos conocido que a Silvio Berlusconi le han impuesto una pequeña penitencia para dar cumplimiento a una más que benévola condena, por un nada minúsculo fraude a la hacienda pública. Fue condenado a cuatro años de cárcel pero gracias a una amnistía, totalmente casual, la pena ha quedado reducida al cumplimiento de 10 meses de servicios comunitarios. Así que el antiguo Cavaliere ve rebajada su condena a pasar cuatro horas a la semana cuidando a abuelitos, de su misma edad, en el geriátrico de la Sagrada Familia de Cesano Boscone. Creo que este apaño es un mazazo para la higiene necesaria en la vida pública. Anticipo que no hay duda de que Berlusconi se lo va a pasar bomba con la pequeña mortificación que le va a redimir de uno de sus variados y múltiples pecadillos, públicos y privados. Como estamos en el punto álgido de la Semana Santa diré que, para más “inri” y dolor de estómago de sus detractores, sin haber transcurrido el primer mes, Berlusconi se habrá hecho amigo de todo el geriátrico. El condenado por fraude se entretendrá jugando a la baraja y al parchís con sus nuevos amigos y puede que incluso les organice una gala musical para cantarles letrillas de amor que para eso el Cavaliere se inició en la vida como cantante de cruceros. Tiempo al tiempo.

          Lo relatado sobre Berlusconi parece una broma pero no lo es. En España también se indulta a condenados por corrupción y todos sabemos que hay casos sangrantes que afectan a la financiación de los partidos que van a quedar impunes pese a la evidencia y a la convicción generalizada en la población de que los hechos son tan ciertos como la profundidad de la crisis que sufrimos. En los países del sur de Europa y en ello, Italia y España son muy semejantes, el fraude y la corrupción están siendo el abono perfecto para conseguir desacreditar la democracia al dejarla desprovista de los sistema de control y de castigo necesarios para erradicarla en vez de favorecerla. En los países del Norte también existe corrupción pero la expulsión de la vida pública y la dimisión son inmediatas, aunque el fraude sea por cosas que en España darían risa a muchos, como una multa de tráfico o plagiar una tesis doctoral.

         Según el informe de Transparencia Internacional para 2013, España ha caído en 10 puestos en el índice de percepción de la corrupción situándose a la cola de la Unión Europea junto a Grecia. Podemos decir que somos campeones europeos en paro y en corrupción y que, en los últimos comicios, el 70% de los políticos imputados fueron reelegidos. Evidentemente la tolerancia social con la corrupción pública y privada es uno de nuestros grandes dramas y mientras la población no la censure electoralmente el cáncer que está destruyendo nuestra débil democracia no se erradicará.

          Estos días que la mayoría de la clase política asiste a multitudinarias procesiones, no por convicción, sino con el único objetivo de dejarse ver entre sus conciudadanos y fotografiarse para la posteridad, debieran presentarse al desfile tras leer el evangelio de Lucas sobre los fariseos y la parábola del administrador infiel. Porque “el que es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho” y “si, pues, no fuisteis fieles con la riqueza injusta, ¿quién os confiará lo verdadero? Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo nuestro?”. Lo urgente en España es recuperar la condición de servidor público del político y su vocación debe determinarla su pasión por el interés general  y no por el engranaje clientelar de su partido ni por la relevancia social que otorga el cargo. La democracia sólo se fortalece con transparencia y la corrupción se combate con voluntad política y aplicación del código penal. Es penoso que, para más “inri”, algunos se rían en nuestras narices haciéndonos creer que se dedican a la política para salvarnos de un destino que predicen terrible sin ellos.

Huir de sí misma

          Una puede fugarse del país o huir de la policía pero nunca jamás puede escapar de sí misma. Digamos que eso le ocurre a Esperanza Aguirre a la que su particular histrionismo la atrapa vaya donde vaya y esté donde esté. En un estudiado golpe de efecto abandonó la presidencia de la Comunidad de Madrid, tras designar un sucesor que por algo es condesa y grande de España. Como bien sabemos, ella jamás dio un paso atrás de la primera línea de la política y su empeño en hacerse presente en los medios de comunicación ha sido una constante desde entonces. Esperanza sabe perfectamente que lo que no se ve a menudo en los televisores ni se escribe en el papel couché termina por olvidarse y ella quiere optar a la alcaldía de Madrid aunque, en realidad, lo que de verdad añora es suceder a Mariano Rajoy. No es de extrañar que el episodio con la policía madrileña y el consiguiente espectáculo posterior haya sido visto con satisfacción en Moncloa y en su partido donde un elevado número de correligionarios han disfrutado de lo lindo con el traspiés de doña Esperanza.       

          Como bien hemos recordado estos días, tras el fallecimiento de Adolfo Suárez, no hay peor cuña que la de la propia madera y ella levanta tan encendidas pasiones como indisimulados odios dentro y fuera de su partido. Es cierto que un aparcamiento indebido, en la calle de más tráfico de Madrid, puede considerarse un suceso menor en un país con tantos problemas, pero lo ocurrido define al personaje. No olvidemos que son los detalles, la reacción espontánea ante un hecho no previsto, los que nos muestran el verdadero talante de la persona. Las excusas que dio inicialmente tras su salida de tono ante los agentes nos muestran cómo es ella en realidad y cuál es su concepto de un poder que todavía cree que ejerce. Ha querido ridiculizar la actuación de los agentes acusándolos de machismo y de otras lindezas que no vienen a cuento. Cumplir y hacer cumplir la ley es el juramento de cualquier cargo público en su toma de posesión, así que la ejemplaridad debe ser la norma de actuación y si se comete un error es mucho mejor reaccionar con humildad que con soberbia, pero claro, estas cosas no pasan por la mente de Terremoto Esperanza.

          Imaginemos por un momento que igual comportamiento contra los policías, con huida y persecución incluidas, lo hubieran tenido un dirigente de la marea por la Sanidad Pública, de la Plataforma Antidesahucios o del 15-M. Es fácil imaginar las demoledoras palabras de doña Esperanza. No me cabe duda de que hubieran sido acusados de filoterroristas que ponen en duda la autoridad de la policía y por supuesto que atentan contra el Estado de Derecho, la Constitución, la unidad de España, deteriorando nuestra imagen internacional, el turismo estacional y el amanecer español. Todo ello sin olvidar que sus palabras hubieran sido amplificadas hasta el infinito por un coro mediático que la defiende, haga lo que haga, al tiempo que denigran a quien ose criticarla. Esta es la realidad. Ella, que con tanto denuedo ha buscado el protagonismo de los medios de comunicación, no puede ahora extrañarse de que todos los focos se vuelvan hacia quien busca ser siempre la novia en la boda o el niño en el bautizo, porque toque o no toque ser la protagonista ella siempre está presente.

           Por cierto, su petición de disculpas no es por arrepentimiento sincero sino que es, de nuevo, un movimiento táctico interesado para no malograr sus aspiraciones políticas que permanecen intactas. Está claro que en un país en el que nadie asume responsabilidad alguna y en el que no dimite ni dios ella no va a inmolarse en el altar de la humildad. Como los penitentes en Semana Santa ella recorrerá televisiones y radios para ser aplaudida y reconfortada. No olviden que sobrevivirá a esta y a otras guerras porque si los gatos tienen siete vidas la condesa de Murillo tiene, como mínimo, diecisiete. ¡Buena la tienen en la calle Génova como aparque en doble fila Esperanza!

Metepatas

          Nuestro idioma es rico en palabras que definen con atinada ironía situaciones y personas. Para ser educada, aunque un pelín mordaz, diré que esta semana que concluye ha tenido como protagonistas a dos destacados metepatas. Todavía perdura el eco de las palabras del ministro Montoro, el genio del déficit encubierto, poniendo en duda el informe de Cáritas sobre el incremento de la pobreza infantil en España que nos sitúa a la cabeza de Europa, detrás de Rumanía. Es digno de resaltar que el primer metepatas de esta semana tiene una forma peculiar de hacer amigos. No hace falta realizar investigación alguna para concluir que no es Cáritas la que miente. El empobrecimiento creciente de la sociedad es incuestionable salvo para quien vive, como Montoro, lejos de la realidad. Resulta más sencillo, incluso para un profano, rebatir al alza las cifras de déficit que ha publicitado Montoro que los datos de Cáritas, tan ciertos como dolorosos. Si estamos a la cabeza del desempleo en Europa, con muchos parados de larga duración y hasta dos millones sin prestación alguna, no es de extrañar que resulte imposible hacer frente a las necesidades de la familia.

          No puede obviarse que los datos de Cáritas proceden del propio Instituto Nacional de Estadística (INE), dependiente del ministerio de Economía, y de Eurostat. Además organizaciones, como Save the Children, hablan de que hasta 2,5 millones de niños viven por debajo del umbral de la pobreza. Cruz Roja está desbordada y UNICEF ha afirmado que «no es sólo que haya más niños pobres en España, sino que cada vez son más pobres». Llevamos meses siendo advertidos por maestros y voluntarios de que la desnutrición y el hambre viven entre nosotros pero Montoro y su gobierno se niegan a admitirlo. Conclusión: la credibilidad de Cáritas crece en igual proporción que disminuye la del ministro Montoro. No queriendo ver la realidad resulta difícil combatir la miseria.

            Si hay otro genio de la inoportunidad y de la mala fe sobresaliendo en el panorama público español, ése es el cardenal Rouco Varela. Se ha visto obligado a irse pero procura que su despedida sea a lo grande, quiere dejar una huella inolvidable para que la posteridad le reserve una página de la historia, aunque sea negra y oscura como el mal y la noche de los tiempos. El funeral de estado para despedir al primer presidente de la democracia, Adolfo Suárez, ha sido el lugar elegido para su última salida de tono y, por qué no decirlo, de educación y respeto a los españoles. Mientras hablaba de la virtud de Suárez para conciliar voluntades, el cardenal ha advertido de que puede estar creándose un clima semejante al que propició la Guerra Civil. El desacierto de sus palabras, pronunciadas cuando se dice adiós al primer presidente de la democracia española tras la dictadura y la víspera del 75 aniversario del final de la Guerra Civil, es mayor cuanto más se medita sobre ellas.

            Es posible que Rouco sienta especial predilección por el Apocalipsis, en vez de por otras partes del Evangelio, también desconozco si sus palabras son muy católicas, pero permítanme que dude que sean de un buen español. Teniendo en cuenta que la Guerra Civil fue la consecuencia de una sublevación militar, me aterroriza pensar que esté anunciando un nuevo golpe de estado. Si se refiere a la situación política y social, Rouco debiera tomar nota de lo que Suárez practicó tendiendo la mano a sus adversarios y buscando en la Constitución el punto de encuentro. Quedó demostrado que pueden superarse las diferencias cuando se busca la convivencia y el entendimiento, evitando actuar desde la intolerancia y la soberbia de quien cree que su verdad es de categoría superior a la del que piensa diferente. En fin, resumiendo, invoco a los dioses para que nos libren de los metepatas.

Vieja y nueva política

          La hoguera de las vanidades ha estado en su total apogeo estos días para aparentar amistad y cercanía con el presidente Suárez, en especial, por aquellos que pervivieron gracias a sus traiciones. ¡Así es la vida! En el momento del adiós sólo cabe la generosidad en el juicio hacia quien pilotó la transición democrática en España. A sus detractores furibundos, sólo recordarles que a veces un acierto, si es notable, puede tapar cientos de errores. Es indiscutible que, mayoritariamente, el pueblo español ha decidido recordar de él lo mejor de su aportación a la política y dejar el resto para el análisis de la historia, yo a ese reconocimiento también me sumo.

         Como todo está ya dicho sólo añadiré que, por azar o por un capricho del destino, la fecha de su fallecimiento ha coincidido, cien años después, con el discurso que el filósofo, ensayista y fugaz político, José Ortega y Gasset pronunció el 23 de marzo de 1914 en un abarrotado teatro de la Comedia de Madrid, bajo el título Vieja y nueva política. El pensador realizó una radiografía de la España del momento y en su discurso certificó la defunción del sistema político de la Restauración construido al amparo de la Constitución de 1876, impulsada por Cánovas. Ortega y Gasset consideraba que “la España oficial, es el inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie los elefantes” y todo ello porque los partidos que se turnaban en el gobierno “tienen a su clientela en los altos puestos administrativos, gubernativos, seudotécnicos, inundando los Consejos de Administración de todas las grandes Compañías, usufructuando todo lo que en España hay de instrumento de Estado. Todavía más; esos partidos encuentran en la mejor Prensa los más amplios y más fieles resonadores. ¿Qué les falta? Todo lo que en España hay de propiamente público, de estructura social, está en sus manos”. La similitud con lo que está ocurriendo en la España actual resulta evidente. Los españoles de hace cien años y los de hoy vemos, como Ortega, “dos Españas que viven juntas y que son perfectamente extrañas: una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia”.

            He meditado sobre estas reflexiones de Ortega mientras visionaba o leía los múltiples reportajes sobre Suárez y la Transición y ahora que tan de moda está criticar ese período, que algunos consideran fallido, sobre todo los que no la vivieron, yo creo que ha llegado el momento de reivindicar su auténtico valor. Pasado el tiempo es bueno preguntarse: ¿qué fue un error?, ¿democratizar el país, aunque fuera a través de una reforma y no de una ruptura, en la que yo creía entonces, o el uso corrupto y sin escrúpulos que se ha hecho de ella años más tarde de su consolidación?

         Yo creo que el deterioro ha sido posterior y se ha producido por no salvaguardar sus valores. Estamos asistiendo a una decadencia del sistema por la carencia de grandeza y de visión de Estado de unos gobernantes de pequeña estatura para la impresionante dimensión de la catástrofe en la que vivimos. Pensar que parcheando la economía se solventarán todos los problemas significa no tener idea ni de la realidad de España ni de su historia. Ahí radica la distancia entre la España oficial y la España real y las cosas sólo cambiarán cuando el ejercicio de la política recupere la grandeza de aquel tiempo y haya generosidad de miras en sus gobernantes. Suárez se ha ido para siempre y es el momento de que otros, incluido el Rey, se retiren para cerrar un ciclo y facilitar la apertura de otro tiempo nuevo. Suárez decía que el futuro no está escrito y yo estoy con él. Unas generaciones pelearon la democracia y las actuales deberán remediar el cáncer que la invade. En la Transición cantábamos un poema de Gabriel Celaya que decía “españoles con futuro y españoles que, por serlo, aunque encarnan el pasado no pueden darlo por bueno”. Ha llegado el momento de cambiar, para lo cual será necesario remover la conciencia colectiva y eso, créanme, no se consigue ni abominando de la política ni tumbándose en el sofá.

 

Jesús, el pobre

            Algunos creen que conseguir el poder conlleva alcanzar, por arte de magia, la sabiduría. Es éste un gran error y más en estos tiempos en los que los altos cargos se alcanzan, no en función de la valía, sino del nivel de sumisión al jefe. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz es un buen ejemplo de este malentendido. En unos momentos de ausencia de violencia terrorista, lo que debía facilitar la gestión al frente de su ministerio, los errores se suceden. No comprende el señor ministro que la realidad no cambia porque él lo ordene ni por grande que sea el poder que administra su partido.

          Su anteproyecto de Ley de Seguridad Ciudadana, que pretendía amordazar ciudadanos y limitar derechos, ha recibido tremendas críticas no sólo de influyentes sectores de la sociedad sino también del Consejo de Estado y del Consejo de Europa. Podemos decir que su buque insignia ha naufragado en las aguas de nuestra propia Constitución y en la legislación internacional sobre derechos humanos. Asimismo, la tragedia humana acontecida en las playas de Ceuta, con el balance de quince personas muertas, ensucia su errática y desafortunada gestión. Un ministro que hace ostentación de sus creencias religiosas y que ha otorgado la medalla al mérito policial a la cofradía “de Nuestro Padre Jesús ‘El Rico’ y María Santísima del Amor”, en vez de esconderse detrás de la Guardia Civil, debiera saber que si Jesucristo hubiera estado esa noche en las playas del Tarajal hubiera pertenecido a la cofradía de “Jesús, el Pobre” y  acudido con su lancha a salvar a sus hermanos.

          Ha intentado Fernández Díaz lavar su imagen y tranquilizar su conciencia acudiendo a Ceuta y Melilla, pero la propaganda no remedia ni lo uno ni lo otro. Para tapar sus errores ha querido meternos el miedo en el cuerpo repitiendo que hay más de 30.000 subsaharianos preparados para invadirnos y que son las mafias las que están detrás de los asaltos para cruzar ilegalmente la frontera. Sin embargo, el jefe de la Brigada de Extranjería y Fronteras de la Policía Nacional, Ramón Caudevilla, tuvo la sinceridad de expresar que los asaltos masivos son más “un movimiento impulsivo de los inmigrantes” que fruto de la acción de las mafias, entendiendo “como mafia un grupo organizado”. A su juicio es imposible que puedan “manejar tantas nacionalidades y dentro de cada nacionalidad cada tribu”. Este policía que lleva 16 años en extranjería cree que estos movimientos obedecen a la unión espontánea de los inmigrantes para conseguir su objetivo, un sueño planificado durante años y “nada más”. Caudevilla ha sido cesado de forma fulminante por rebatir al ministro, una rapidez que no ha mostrado a la hora de destituir al director general de la Guardia Civil tras negar la realidad de lo ocurrido y contradecirse reiteradamente. Fernández de Mesa ha desaparecido, nadie sabe dónde está, a lo mejor comiendo paella con Tejero.

          El problema de la inmigración no es fácil, nadie lo niega, pero no olvidemos que Ceuta y Melilla, están en África, aunque son España, y que son la puerta más accesible para entrar en Europa. Hace unos días 500 inmigrantes, de los  más de 1.000 que lo intentaron, han saltado la valla de Melilla. En el centro de acogida reinaba la alegría, al menos por unas horas o por unos días, la mayoría eran de Mali, huyen del horror y solamente son dueños de su propio sueño: Europa. Nadie les llama, ninguna valla les puede parar, perder la vida no les asusta porque, en el lugar de donde vienen, tampoco la tenían. Unos se arriesgan por los otros, lo saben. Ellos aprovechan cualquier circunstancia favorable, ayer fue la niebla y mañana será el sol. Señor ministro analice la realidad para afrontarla y deje los prejuicios y las consignas en la puerta del consejo de ministros, será más eficaz en su tarea si en vez de la mentira utiliza la inteligencia.

¡Ojalá que le vaya bonito!

         

          Se necesita más grandeza que la mostrada por el cardenal Antonio María Rouco Varela para practicar la humildad que tan reiteradamente predica el Evangelio. No puede decirse que en sus últimos discursos el cardenal haya ejercitado esa virtud cristiana, ni tampoco que sus palabras hayan estado presididas por la generosidad y la concordia que se espera de quien representa a la Iglesia española. En la catedral de la Almudena, creyéndose el centro de la ceremonia, durante el homenaje a las víctimas del mayor atentado terrorista perpetrado en nuestro país, su discurso no se ha caracterizado por mostrar comprensión con la parte humana del desastre ni por la aproximación al dolor ajeno, únicas cuestiones que importaban a los congregados que, por primera vez en diez años, se unían para compartir el infortunio.

          Como siempre, Rouco politizó el sermón practicando un ejercicio de soberbia que, según aprendí en el colegio, era uno de los siete pecados capitales cuya práctica te llevaba directamente al infierno. Su referencia a que los terroristas buscaban “oscuros objetivos de poder” lo sitúan junto a quienes han sostenido, contra toda prueba, la teoría de la conspiración con ETA de por medio. El cardenal se ha colocado junto a los que han protegido más el interés político o su negocio empresarial que la solidaridad con las víctimas. Además lo hace ahora que algunos ya reniegan de la patraña aunque sin pedir disculpas por haber mentido a sabiendas (por cierto, otro grave pecado). Me pregunto, ¿era ese el momento de mencionar esas elucubraciones que tanto han separado a las víctimas y que tan gran dolor les ha causado? Yo creo que era ocasión de arroparlas en su desgracia y nada más.

         En su despedida ante los obispos Rouco se ha permitido el lujo de criticar abiertamente el “nivel intelectual” del discurso político por considerarlo “más bien pobre y afectado por el relativismo y el emotivismo”. Es cierto que la actual clase política goza de poco afecto y escaso prestigio, además de andar enfangada en mil miserias, pero, ¿es el representante de los obispos el más indicado para realizar ese reproche? Yo creo que no, demasiadas cosas que ocultar en su propia casa y mucha lejanía de su propia feligresía que no se identifica con sus extremismos. Es cierto que la política y los políticos necesitan una profunda regeneración, pero la Iglesia también. Lleva meses el nuevo papa Francisco realizando declaraciones sobre la necesidad de que la Iglesia católica practique la humildad para difundir sus creencias y poniendo el acento en los problemas sociales, pero Rouco no ha debido entender el mensaje.

        El arzobispo de Madrid ha situado su discurso, político y no religioso, en la época del nacionalcatolicismo, evoca aquellos tiempos de alianza entre el poder político y el poder eclesiástico. Su referencia al riesgo de quiebra de la unidad de la nación española, es una prueba más y nos traslada a los tiempos en los que la Iglesia y el Estado confundían sus ámbitos de actuación considerando que la comunidad nacional coincidía con la religiosa y, por ello, se resistieron a aceptar el principio de libertad religiosa que aprobó el concilio Vaticano II. Desde la presidencia de la Conferencia episcopal Rouco ha ejercido su poder con mano dura y pretendiendo siempre influir en las decisiones políticas practicando una intolerancia que, en ocasiones, constituye una afrenta hiriente hacia quienes no piensan como él, practican otra religión o simplemente no tienen ninguna. La afirmación del cardenal de que España necesita una nueva evangelización y que, hoy por hoy, es tierra de misión es un balance demoledor de su larga gestión. Quizás  sea yo la equivocada y él simplemente quería reconocer, humilde y públicamente, su estrepitoso fracaso al frente de la Iglesia católica española. En cualquier caso, señor cardenal, desde mi modesta ventana le dejo con su Dios y, en el adiós, le deseo: ¡ojalá que le vaya bonito!

El martillo pilón

          Cada vez que un dirigente de la Comisión Europea abre la boca para referirse a España, aunque haya una previa enumeración de alabanzas, ya intuimos que lo siguiente será colocarnos una diplomática “recomendación”. En realidad ya sabemos que se trata de una orden a la que, más pronto que tarde, Mariano y sus muchachos darán sumiso cumplimiento. Mientras, a los ciudadanos nos invade la sensación de que, de repente, nos han dado un golpetazo en la cabeza con un martillo pilón y nos quedamos como si nos hubiera atropellado el tren en una historieta de Mortadelo y Filemón: remostados contra el suelo y sin ver la luz al final del túnel.

          Según el comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn, España va mejor, pero… necesita profundizar en la moderación salarial y aumentar su productividad para conseguir mejorar la competitividad. En definitiva, lo que plantea es una nueva rebajita salarial y una vuelta de tuerca más a la reforma laboral hasta que sintamos los grilletes en los huesos. Para animarnos un poco, el señor Rehn ha dado como dato positivo el descenso en un 0,04% del desempleo porque se trata -dice- de un cambio de tendencia. Cuando los éxitos en materia de empleo se miden no ya en décimas sino en centésimas, es decir, cuando seguimos estando como estábamos, no es extraño que crezca el pesimismo sobre la velocidad de la recuperación. Si a esta enclenque mejoría añadimos que todo indica que la previsión de déficit público no se va a cumplir y que tenemos al lince de Montoro ocupado en esconder bajo las alfombras del ministerio el exceso de gasto público, ya me dirán si está el patio para fiestas. Lejos de la realidad que nuestros ojos ven se encuentra el presidente del gobierno, Mariano, el héroe del Cabo de Hornos que para amplificar estos imperceptibles triunfos se ha organizado un Foro en Bilbao con lo más granado de la economía mundial para anunciar el fin de la recesión en España. Mientras, su ministra de Desempleo, doña Fátima, reza a su asesora la Virgen del Rocío mientras suenan clarines y trompetas para anunciar que hay 1.949 parados menos que el mes pasado. Un éxito demasiado exiguo para tanto festejo y muy poca sensibilidad ante el tremendo drama que vive España.

           Lo único cierto es que la incredulidad se ha instalado en la ciudadanía. Según el último barómetro oficial del CIS, un 42% de los españoles considera que el año que viene la situación económica seguirá igual y un 28,6 que será peor, sin olvidar que un 87% cree que la realidad actual es mala o muy mala. No es de extrañar, pues el gobierno es desmentido cada día, señal inequívoca de que nos engaña.  Una tomadura de pelo fue aquella ocurrencia de Montoro de que los salarios no bajaban sino que estaban moderando su incremento, palabras que han sido ridiculizadas por el propio Banco de España que acaba de anunciar que los salarios caen el doble de lo que dice la estadística oficial. Ahora se han inventado un nuevo contrato con tarifa plana como fórmula para combatir el paro. Ya verán como cuando leamos la letra pequeña comprobaremos que por el precio de un trabajador se van a poder contratar a dos, es decir que, como en los mercadillos, se ofertarán dos al precio de uno. Este es el futuro que se nos ofrece en España y que Europa promociona con la excusa de la competitividad. Los españoles teníamos enormes esperanzas puestas en esa federación de naciones que iba a ser la Europa de las personas y no de los mercaderes. Hoy sabemos que es la Europa de los especuladores, que se muestra débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Mi conclusión es sencilla, no hay mal que cien años dure: saldremos adelante, pero nuestro reto pasa por replantearnos el futuro. Tenemos que decidir si vamos a tolerar resignadamente que nos arrebaten nuestros derechos y nos roben todos nuestros sueños o si, por el contrario, estamos dispuestos a luchar por ellos.

Prueba de vida

         

          El hijo de Leopoldo Panero y de Felicidad Blanc, llamado también Leopoldo como su padre hoy, 6 de marzo de 2014, a los 65 años, ha sido abrazado por la muerte aunque es muy posible que él llevara tiempo esperándola. En realidad la muerte siempre le había inspirado. Se le ha tenido siempre como un poeta maldito por su continuo deambular por los submundos, por las cloacas de la vida siempre tan próximas a la muerte. Él odiaba esa leyenda pese a que se consideraba una reencarnación de otro poeta maldito por excelencia, Charles Baudelaire. El 27 de octubre de 2001, explicaba en El País, que estaba harto de ser Leopoldo María Panero y que “todo ese rollo del malditismo vendrá de que tiene morbo que esté en un manicomio”.

         Ciertamente en los manicomios pasó gran parte de su vida, aunque él creía “que la psiquiatría era una estafa”, como ya había demostrado Foucault. “Los manicomios, las cárceles y los cuarteles son lugares de privación de la vida. Los manicomios son el Estado de no-derecho, por eso para mí salir de aquí cada día es como el descendimiento de la cruz. Por la noche vuelven a clavarme”. Y-añadía Panero- “Aquí odian el pensamiento como en toda España. Por eso delirar y soñar es una defensa. Y por eso para curarte se empeñan en quitarte las fantasías”. Yo no sé qué pensareis vosotros pero yo nunca he visto tanta clarividencia.

         Hace dos años, en la Feria del Libro de Madrid vi a Leopoldo María Panero en la caseta de la editorial Huerga y Fierro, presentaba su Antología Esencial, bajo el título Sobre la tumba del poema. He de confesar que hablar con él me supuso una sensación contradictoria: el poeta me imponía respeto y admiración sincera, pero el hombre me pareció que vagaba desesperadamente por un mundo que, al menos a él, le resultaba tan incomprensible como inaceptable. Sentí, que aquellos días Panero en realidad transitaba a través del dolor o al menos eso me pareció a mí.

          Le dije que quería comprar su libro, su último libro que era el que se presentaba ese año y él me contestó que prefería que me llevase otro publicado en el año 2002, Prueba de vida. Autobiografía de la muerte. Yo le dije que ya lo tenía y el editor le insistió en que entoces era mejor que me comprase el otro. Pero él me explicó que a él le gustaba más y que por tanto prefería que me llevase el otro. Garabateó una especie de dedicatoria y yo me fui con los dos libros y una sonrisa embargada de un halo de tristeza.

         En España no se da importancia a los poetas, ¡menudo rollo! Pero los poetas alumbran la reflexión y el pensamiento, son la cordura interior transmitida desde las entrañas y mostrada a los lectores con toda su crudeza y en toda su belleza.

Con todo mi cariño os transcribo unos textos del poeta que se ha ido.

En Last River Together, Endymion, 1980 escribió

El loco:

He vivido entre los arrabales, pareciendo/ un mono, he vivido en la alcantarilla/ transportando las heces, /he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas/ y aprendido a nutrirme de lo que suelto./ Fui una culebra deslizándose/ por la ruina del hombre, gritando/ aforismos en pie sobre los muertos,/ atravesando mares de carne desconocida/ con mis logaritmos./

 Y sólo pude pensar que de niño/ me secuestraron para una alucinante batalla/ y que mis padres me sedujeron para/ ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos./ He enseñado a moverse a las larvas/ sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír/ cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran./

 Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,/ y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien/ «no hay nada que pueda/ ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas» /y «qué oscuro es tu nombre». /He vivido los blancos de la vida,/ sus equivocaciones, sus olvidos, su/ torpeza incesante y recuerdo su/ misterio brutal, y el tentáculo/ suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies/ frenéticos de huida. /He vivido su tentación, y he vivido el pecado/ del que nadie cabe nunca nos absuelva.

Leopoldo María Panero escribió en Prueba de vida. Autobiografía de la muerte lo siguiente:

“Tengo miedo de mí mismo, soy algo parecido a un verso de mi padre, ah terror del poema, terror del instante en que ya nada queda por escribir, y una mano sale de la tumba, señalando el camino a nadie, ah boca del poema, humedad del verso, señor de la nada y de las formas, señor tenebroso del dolor”.

Foto: Mi cariño a Leopoldo Maria Panero. He reunido sus libros para releerlos. Mi recuerdo

Salvados

 

          Sentada frente al televisor creí haber perdido el sentido de la realidad, pensé si no estaría viendo un programa de ficción o una broma de mal gusto de algún periodista desalmado. Cuando iba a frotarme los ojos me pareció que Mariano me hablaba desde el otro lado de la pantalla, se acercaba tanto el plano que tuve la sensación de que estaba sentado en mi sofá, a mi lado. Entonces, sin pestañear siquiera, me preguntó:

         -¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?

         Al darme cuenta de que la frase era del gran Groucho Marx supe que no estaba soñando, sino que estaba viendo el debate del Estado de la Nación mientras que Mariano relataba a todos los españoles sus aventuras como capitán de esa nave maltrecha que se llama España. Mientras, yo repasaba mentalmente todos los datos que nos ofrece la realidad cotidiana: paro, exclusión social, comedores de Cáritas, de Cruz Roja, jóvenes emigrantes, salarios cada vez más bajos, contratos de días y horas, recortes de todos nuestros derechos, servicios públicos colapsados que se sostienen gracias al buen hacer de los profesionales,…Recordé también que tenemos la mayor deuda de los últimos cien años, incrementada en 24 puntos desde que Mariano tomó el timón de la nave. ¡Que no se desanime nadie!, estamos casi como en el desplome de 1898, cuando nuestra deuda llegó a superar el 100% de nuestro PIB, pero no pasa nada, salvo que nuestra fragilidad es tal que cualquier turbulencia puede hundir la nave, sin olvidar, que, según la Comisión Europea, ni vamos a cumplir el objetivo de déficit ni se va a frenar el desempleo hasta dentro de varios años.

          Según  el capitán Rajoy, gracias a su pericia marinera, hemos doblado el Cabo de Hornos con éxito. Ya saben ustedes que atravesar este punto, al sur de la Tierra de Fuego y en la unión de los océanos Pacífico y Atlántico, tiene un toque legendario, casi épico, que elevaba a la categoría de héroes a aquellos primeros navegantes que luchaban contra un mar tan enfurecido que parecía la antesala del infierno. Si los marineros que lo surcaban con éxito tenían ganado el derecho a ponerse un aro en la oreja para demostrar su gallardía, está claro que Mariano ha querido colgarse un medallón de oro a costa nuestra. No olvidemos que, condenados a galeras y sudando la gota gorda, somos los ciudadanos los que hemos remado contra viento y marea, para sostener la nave sabiendo que mientras, en los camarotes de primera, las corrupciones que rodean el poder, hacen que otros atraviesen la tempestad viviendo a papo de rey.

          A estas alturas, ya sabemos quienes van a pagar la factura de la reparación de la maltrecha nave España. No obstante, pretendiendo estar en la realidad, Mariano añadió: “es una gran noticia que ya no caminemos hacia la ruina”. Tuve la sensación de que el señor presidente rememoraba otra frase de Groucho Marx: “aprendan de mí, que he pasado de la nada a la más absoluta miseria”. Digamos que estamos ahora en ese punto, nadando en la miseria económica, política y moral, rodeados de corrupción por todas partes y sin ningún propósito de la enmienda. Seguramente los ciudadanos acabaremos salvando la nave España pese a la impericia de nuestros gobernantes, pero mientras, la distancia entre la realidad y la ficción es infinita. Continuo viendo en la pantalla del televisor la parodia de debate parlamentario y pienso en lo enfadados que algunos están con el periodista Jordi Évole por su programa del 23-F. ¡No se juega con las cosas de comer!, argumentan. Bueno, pues con ellas juegan cada día desde el poder, nos mienten en la cara, nos damos cuenta y en vez decirnos la verdad y pedirnos disculpas, nos siguen engañando mientras les aplaudimos, les perdonamos y hasta les votamos. Yo prefiero que nadie me salve, con mentiras, de la realidad que niegan.

Morir nadando

           Nadan con fuerza sí, con toda la que tienen, llevan años almacenando la energía que proporciona la esperanza de lograr un sueño. Su anhelo es simple, un trabajo y poder vivir con dignidad, en fin, una añoranza universal del ser humano ya sea blanco o negro, africano o americano, chino o europeo. Nadan huyendo de la miseria, del hambre o de la violación reiterada de sus derechos más elementales. Hace unos días, algunos de esos anónimos inmigrantes, agotados de nadar, ya por fin conseguían ver la costa de Ceuta aunque, en ese momento, no pensaban en el futuro sino en la supervivencia. El agua estaba gélida y ellos agotados, braceaban ateridos y anidaban la angustia de no alcanzar nunca la playa. Sabemos que, al menos quince, llegaron a ella cuando ya la muerte les había arrebatado toda esperanza. A falta de pocos metros, en la imponente oscuridad del mar, comenzaron a escuchar disparos, se asustaron, no entendían qué pasaba. Hubo un momento en que el desconcierto y el miedo superaron el impulso de sus brazos, sucumbieron ante la fuerza del mar y de un material antidisturbios disparado cumpliendo órdenes de algún energúmeno que dice defender la integridad de nuestras fronteras y de España. No son invasores armados sino personas con más valentía y grandeza moral que la que han mostrado el director general de la Guardia Civil, el ministro del Interior y, con efecto retardado, como siempre, el propio presidente del gobierno Mariano Rajoy, que enmudece ante los problemas exhibiendo ese toque de cobardía que adorna todos sus silencios.

          Mientras los inmigrantes subsaharianos nadan para intentar entrar en España y en Europa, muchos españoles emigran a otros países a buscarse un futuro que aquí ya no encuentran. En realidad, inmigrantes o emigrantes, personas iguales y sueños parecidos. Hay una diferencia, afortunadamente nuestros compatriotas no tienen que ir nadando a sus destinos, sería terrible que los recibieran a pelotazos de goma como señal de bienvenida. Todo es demasiado tétrico y las explicaciones y las reiteradas mentiras que nos están dando darían risa si no estuviéramos hablando ante quince cadáveres de personas que, en vez de recibir ayuda, fueron atemorizados hasta ahogarse en presencia de una patrullera española que no hizo nada para socorrerlos. Ante una intervención de carácter humanitario no hay frontera que sirva de excusa para no intervenir y el argumento de que los disparos de balas de goma eran disuasorios es además de inhumano, una excusa de descerebrados. Unos hombres agotados de nadar, sin más ayuda que la de sus brazos ¿qué esperaban que hicieran, volverse de nuevo a nado por donde habían venido? ¿Qué levantaran los brazos en medio del mar para entregarse? Desgraciadamente no sólo se han violado las leyes sino los más elementales principios de humanidad. No es fácil el problema de la inmigración, pero hay procedimientos para repatriar a las personas que entran ilegalmente en un país sin recurrir a estos vergonzosos e incalificables métodos. Si hubieran venido con maletines llenos de dinero, aunque fuera de ilícita procedencia, habrían sido recibidos por las principales autoridades del Estado, el dinero no tiene ni color ni raza y la desvergüenza tampoco.

           Me pregunto si algún día llegaremos a saber quien dio las órdenes a la Guardia Civil para actuar de forma tan intolerable desprestigiando así la trayectoria de una institución a la que dicen defender. Está claro que aquí nadie va a pagar por esto. Por cierto, apuesto que Suiza, aunque va a limitar la entrada, incluso de ciudadanos europeos, agasaja a los políticos españoles que viajan con maletines a sus bancos. Me indigna que, aunque cada semana aparece un chorizo nuevo, aquí nunca pasa nada. Yo, como española, me muero de vergüenza ante tanta variedad de sinvergüenzas.

La Rioja

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