La Rioja
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¡Ella se lo ha buscado!
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María Antonia San Felipe | 17-11-2017 | 23:09| 0

la-manada¡Ella se lo ha buscado! Cuántas veces hemos oído esa frase sin asumir que, por muy compleja que sea la ecuación, si en ella hay una mujer el resultado siempre es “culpable”. Siento indignación, dolor y angustia al ver lo que está ocurriendo en el juicio por la acusación de violación presentada por una joven contra La Manada. No hay aspecto que no ponga los pelos de punta.
Está tan arraigado desde el origen de los tiempos, se ha mamado durante tantos siglos que la mujer es la tentación, la maldad y la provocación que no es posible para muchos aceptar la igualdad y la libertad y mucho menos en el campo de la sexualidad. La mujer es la víctima ancestral de todas las religiones, en su malignidad pecaminosa encandila a los ingenuos hombres con sus faldas cortas y sus escotes largos. Estos chicos tan majos, que temen que se vulnere su derecho a la intimidad, fueron a Pamplona a rezar a San Fermín. Confío que después de este juicio quede claro que no fueron a correr el encierro sino a cazar una víctima.

Solo tener que rememorar lo sucedido ya tiene que ser espeluznante para la víctima. La historia de los violadores enseña que su defensa pasa por argumentar que la relación fue consentida. Tener que justificar que no se resistió más porque entró en estado de “shock” es humillante para esta mujer. Me la imagino rodeada por La Manada presintiendo lo que le podía ocurrir y me bloqueo yo incluso en mi casa. Pero todavía habrá, también mujeres, que piensen que no luchó bastante por su honor, que quizás La Manada que, actúa en grupo, se hubiera entonces conmovido. Pues no.

Todo esto es indignante y aun más que el Tribunal haya admitido como prueba un informe de un detective privado pagado por uno de los acusados. Si el machismo no existiera, los detectives, en su código ético, tendrían prohibido seguir a la víctima para comprobar si sufría lo suficiente como para deducir a simple vista que había sido violada. Por haber aceptado el encargo debiera perder la licencia y contratarlo debiera ser un agravante. Pero el machismo existe, vive entre nosotros, crece y se reproduce.

Sabemos que todavía hoy hay mujeres que son violadas y que sobreviven en silencio porque tienen miedo a contarlo, al rechazo social, a tener que justificar que fueron violadas porque no pudieron psicológicamente resistir más, que viven en un pozo temiendo no poder rehacer su vida. Y esto no pasa solo en países lejanos, pasa en España donde, según el Barómetro 2017 de ProyectoScopio elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, uno de cada cuatro jóvenes ve normal la violencia machista en la pareja. Y donde dos de cada diez creen que la violencia contra las mujeres se exagera porque el problema está “muy politizado”.

Esto lo piensan los jóvenes y desgraciadamente también el resto de la sociedad. Hay quienes creen que el feminismo está pasado de moda, que ya se ha conseguido la igualdad y que las feministas son unas pelmas, unas feminazis aburridas y amargadas. Como no se aborda la dimensión real del problema a pocos importa que durante la crisis se hayan suprimido recursos formativos porque no se consideran prioritarios. Negando que el monstruo del machismo crece, nadie se rebela. Pero la realidad se impone. En España este año se han asesinado a 55 mujeres, la última delante de su hijo a la salida del colegio o se ha degollado a una niña de dos años en Alzira para castigar a su madre.

Estos días nos ha indignado la frialdad de estos cinco encantadores jóvenes que sostienen que no violaron a la joven sino que la amaron colectivamente con ternura. Nosotros pronto lo olvidaremos, la joven no lo hará jamás. Ellos son fuertes en La Manada pero hay muchas manadas silenciosas o cómplices. Desgraciadamente nada de esto es una fatalidad del destino, es el fruto de nuestra resignación.

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Fascistas
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María Antonia San Felipe | 10-11-2017 | 18:34| 0

ariza-justiniano

Estábamos ciegos hasta que Puigdemont y quienes le apoyan nos han abierto los ojos. Desde su acomodado exilio ha proclamado a toda Europa que el fascismo ha vuelto, que en España el franquismo ha resucitado. No puedo dejar de escuchar estas afirmaciones sin sentir un escalofrío, ya que la acusación no solo se refiere al gobierno de Rajoy, destacado generador de independentistas, sino a todo el que disiente de ellos. Ahora muchos ciudadanos, incluso los que pasaron por las cárceles y combatieron el franquismo para conseguir las libertades democráticas, también son fascistas.

Desconcertados se sienten hoy muchos viejos luchadores por las libertades de este país. Entiendo al antiguo secretario general del PCE, Francisco Frutos, preocupado por la actitud de quienes se proclaman de izquierda mientras alientan al independentismo que ignora a los no nacionalistas y se proclama “traidor al racismo identitario que estáis creando”. A esta preocupación se ha unido Borrel y líderes históricos de Comisiones Obreras como Julián Ariza que ha recordando que costó mucho conquistar la democracia y, por respeto al sufrimiento pasado, “hubiera sido necesario evitar el insulto de compararla con el franquismo”. Conmueve la opinión de Justiniano Martínez, un sindicalista, preso político del franquismo, torturado en la cárcel, al que “algunos pijos” “llaman burgués y fascista, mientras asisten a huelgas pagadas por patrones y gobiernos”. Justiniano denuncia a estos revolucionarios de coche oficial a los que sería conveniente recordar que para conseguir las instituciones democráticas y restaurar la Generalitat, hubo huelgas de semanas, cajas de resistencia para pagar salarios no cobrados mientras “hoy se hacen huchas para los responsables de la corrupción del tres per cent”.

Justiniano grita apenado: “No me hablen de libertades quienes solo las han disfrutado”. Es doloroso ver como se está banalizando la dureza del franquismo y la crudeza de su represión comparándola con la situación actual. Puigdemont asegurando en Bruselas que en España se tortura a políticos independentistas nos está insultando a todos. Su afirmación de que “Cataluña solo ha prosperado cuando se ha gobernado ella misma”, no solo niega la historia sino que es la prueba del supremacismo insolidario que promueve, un ultranacionalismo tan sectario como el supuesto autoritarismo que denuncia.

Este discurso de que España no es una democracia que sostiene el independentismo está calando al coincidir con el de esa nueva izquierda que considera que el régimen del 78, así lo denominan, fue en realidad una estafa a los españoles. La Transición no fue de color de rosa, hubo muertos y detenidos, hubo consensos y también renuncias. El éxito fue conseguir la democracia con una constitución homologada, por eso entramos en la Unión Europea. El fracaso vino después cuando, lograda la estabilidad, la enfermedad de la corrupción y la incapacidad para frenar los abusos especulativos del poder deterioraron el sistema. En los años de bonanza a nadie escandalizaron estas cosas hasta que llegó la crisis y nos expoliaron los derechos. A partir de ahí nos instalamos entre la decepción y la indignación. Todavía no hemos salido de nuestro asombro ni erradicado la corrupción. No es justo echar la culpa de lo que somos hoy a esos luchadores del antifranquismo que nos trajeron la democracia. Por el contrario, en su memoria, tenemos la obligación de perfeccionarla.

No creo que sean los nacionalismos quienes nos iluminen el camino. Hace falta mucha generosidad, desterrar el enfrentamiento e instaurar el diálogo. Las personas son la prioridad porque cuando una familia no llega a fin de mes, cuando una anciana no puede pagar la luz, cuando el autónomo cierra, cuando una mujer es maltratada o un trabajador explotado no importa el lugar donde nacieron. Volvamos a lo importante y olvidemos las supuestas revoluciones de autoafirmación identitaria que patrocinan las élites para su bienestar que nunca será el nuestro.

el-abrazo

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Superar el ridículo
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María Antonia San Felipe | 03-11-2017 | 19:49| 0

puigdemontLa Generalitat emprendió, a toda velocidad, un viaje hacía Fantasía y finalmente el conductor del “tren bala” lo ha estacionado en Ridículo. Esta sensación me produce la desconcertante escapada de Puigdemont a Bruselas. El chiste no puede ocultar el desgarro social que se ha producido en Cataluña. El expresident no huye de España sino de una realidad paralela construida con persistencia y derroche de medios presupuestarios. Puigdemont está huyendo de sus propios errores que lo han convertido, en héroe y traidor al mismo tiempo. Tras el vértigo, la República Catalana quedó proclamada entre titubeos y naufragó sin reconocimiento exterior. La convocatoria electoral, derivada de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, ha sido aceptada por todo el independentismo pese a aparentar que todo sigue igual. Esta contradicción certifica su fracaso. Ahora la Justicia ha llamado a su puerta y la realidad les ha recordado las consecuencias de su irresponsabilidad. Las leyes existen aunque ellos las ignoren. Fueron advertidos por los letrados de los riesgos pero siguieron adelante.

Los problemas políticos no se resuelven en los tribunales sino en la mesa de negociación, este es el inmenso error que han alimentado ambas partes pero ni aun así puede justificarse lo que han hecho. El desafío no ha sido contra Rajoy y un gobierno enfangado en la corrupción sino contra el Estado y contra una democracia en cuya restauración también Cataluña participó y que les ha dotado de un autogobierno más amplio que el de muchos estados federales como Alemania.

Ahora el miedo les ha llevado a Bruselas a tratar de internacionalizar el conflicto buscando justificar que huyen de un estado represor y de un país sin libertades. En Bruselas no han encontrado pancartas de bienvenida. El viceprimer ministro belga, Kris Peeters, les ha recordado lo evidente, que tienen los mismos derechos que cualquier europeo y que “cuando llamas a la independencia y la declaras lo mejor es permanecer junto a tu pueblo”. Se mire como se mire esta huida no es un acto de grandeza sino una falta de respeto a los suyos. Son los hechos y no los discursos los que definen a los políticos. Hablar de gobierno en el exilio supone un insulto a los cientos de miles de exiliados que salieron de España al final de la Guerra Civil en unas condiciones durísimas tratando de salvar la vida, entre ellos, Lluís Companys (fusilado por Franco el 15 de octubre de 1940) y Josep Tarradellas, presidentes históricos de la Generalitat. Solo la necedad lleva a burlar la historia comparando lo incomparable.

Entiendo que todos los nacionalismos buscan construir un relato épico en el que anclar las columnas de su nacimiento pero en esta parte del “procés” se han situado más cerca de la cantinflada que del heroísmo. Puigdemont y sus fieles, en la realidad paralela en la que viven, argumentan que son víctimas de una persecución a causa de sus ideas y que no volverán a España si no se les dan garantías de un juicio justo. Todos esperamos que lo sea, España es un estado de derecho, pero una cosa es reclamar justicia y otra impunidad. Quienes hablan de venganza y de represión de las ideas no pueden olvidar que sus propios asesores legales les advirtieron de la responsabilidad penal que contraían, sin olvidar que la reiteración en el incumplimiento y la escapada protagonizada por Puigdemont van a ser agravantes y no eximentes para él y para el resto. La causa judicial es seria, los delitos graves y la división entre ellos, evidente. Veremos lo que ocurre.

Mientras, ocurren cosas que no me gustan. No me gusta que insulten por la calle a los representantes políticos, ni me gusta que los políticos nos roben y nos tomen por idiotas; no me gusta que se fomente el odio ni tampoco que se boicoteen los productos catalanes porque también son los nuestros; no me gusta que se persigan las ideas pero tampoco que traten de imponerse. Prefiero el diálogo al enfrentamiento, no deseo que metan a nadie en la cárcel pero tampoco quiero que se eludan responsabilidades. No quiero víctimas ni mártires y no quiero que si todos somos iguales ante la ley haya alguien que se sitúe por encima de ella. Quiero que el tiempo destierre el odio y que el afecto restaure la convivencia.

Nota: De nuevo la crónica queda superada por los acontecimientos inmediatamente posteriores a cuando fue escrita, pero la esencia es la misma. Gracias

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Después de la batalla
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María Antonia San Felipe | 27-10-2017 | 22:59| 0

ana-gabriel-y-puigdemontEstamos instalados en el vértigo que produce la incertidumbre. Cuando escribo estas líneas para mi encuentro semanal con todos ustedes, aunque se divisa el humo del incendio, nadie sabe cómo terminará el conflicto catalán pero hay cosas que sí sabemos.

Sabemos que ocurra lo que ocurra el fracaso huele a desastre. Los ciudadanos lo sabemos desde el principio ya que los platos rotos los vamos a pagar, como siempre, la mayoría social de este país integrada por trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y, no lo olvidemos, un importante porcentaje de españoles (y catalanes) en riesgo de exclusión social o directamente pobres. No resulta sencillo comprender cómo hemos llegado hasta aquí, pero sí conocemos que hasta este punto nos han traído una ristra de irresponsables que han liderado la travesía sin mirar más allá de sus propios intereses. La irresponsabilidad política en toda España es muy barata, con culpar a los otros y hacerse las víctimas algunos esperan que se les perdone lo imperdonable.
Hay un poco de hartazgo en la gente, pero el hastío no debiera sofocar nuestro compromiso social. Tras sufrir una penosa crisis económica que se ha solventado sobre nuestros riñones y a costa de nuestros derechos ahora nos han instalado en este punto de no retorno. En la incertidumbre hay una única verdad que pase lo que pase las heridas, los daños colaterales, las pérdidas de empleo, es decir, la factura va ser nuestra.

Sorprende que a lo largo de esta crisis se hayan agitado muchas banderas, convocado en las plazas públicas las emociones identitarias mientras se han ocultado los problemas sociales. Los independentistas de izquierda o los herederos de los anarquistas catalanes de la CUP no hablan de la factura social en términos de empleo y de ruptura de la convivencia que la secesión unilateral va a acarrear. Se habla de un nuevo Estado en el que, como en las utopías del siglo XIX, todo será de color de rosa. Pero el sueño, por legítimo que sea, no alcanza a solventar los problemas de muchos catalanes que, en torno al 20% como en el resto de España, no están de ánimo para manifestarse porque tienen el frigorífico con telarañas. Pero no, de esto no se habla.
Los nacionalismos son en esencia insolidarios por eso no entiendo como hay una supuesta izquierda que pueda creer que una República catalana será más igualitaria que la democracia española. No puedo entender que para conseguirla pacten con la burguesía que siempre va a tener una supremacía económica y probablemente política. No entiendo que quieran levantar fronteras en vez de derribarlas, pues el internacionalismo siempre ha sido una seña de identidad de esa izquierda que no son. No entiendo que quieran abandonar Europa salvo que quieran unirse a los ultranacionalistas que pretenden dinamitarla. Como explicó el poeta alemán Bertolt Brecht, rememorado estos días por Nicolás Sartorious, “el nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba”.

Entiendo más a Puigdemont, al fin y al cabo, con su temeraria hazaña pretende defender a los suyos y conseguir la gloria. De sus predecesores en la Generalitat, en la memoria colectiva, solo queda honorable el histórico Josep Tarradellas que, tras su regreso del exilio, fue consciente de la clase de político que era Jordi Pujol, hace tiempo sepultado por la corrupción. De los fracasos de Artur Mas habrá tiempo de hablar si consideramos que Puigdemont es su mayor éxito.

Cuando esto escribo, no sé si habrá Declaración Unilateral de Independencia y a renglón seguido activación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Me gustaría que ninguna de ambas cosas sucediera pero lo cierto es que pueden ocurrir las dos al mismo tiempo. Desde el amor a España y a Cataluña invoco al sentido común de Rajoy y Puigdemont. Las consecuencias son imprevisibles pues los daños siempre se evalúan después de la batalla.

Nota: este artículo fue escrito el miércoles 25 de octubre. La peor previsión se ha cumplido. Hoy sabemos el desenlace y la tristeza que produce una situación incontrolable. Por muy bien que se hagan las cosas el desgarro social tardará décadas en superarse.

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Quemados
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María Antonia San Felipe | 20-10-2017 | 19:08| 0

jordi-cuixart-sanchezPortugal y Galicia han pasado días terribles luchando contra la desgracia sobrevenida o provocada. Han perdido a seres queridos, sus hogares, sus pueblos, sus bosques y todo aquello que ahora forma parte de sus recuerdos. Han combatido con valentía y dolor contra los elementos, la indignación camina junto a su dolor tras muchos años de cíclicas desgracias no siempre bien atendidas por los poderes públicos.

Pero ni la virulencia de esta catástrofe ha podido desplazar el foco de atención de Cataluña. Quienes apostaban a que cuanto peor, mejor, ya han conseguido su objetivo. Partidarios de ello los hay en ambos lados y se alimentan entre sí. Esta historia no es nueva, es la rueda de los extremos que se tocan y que no para de dar vueltas en el tiempo de la historia. Los malos siempre son los otros, un juego muy beneficioso porque las culpas y las responsabilidades siempre quedan en el otro lado.

Últimamente está de moda criticar el período de la Transición, sobre todo por quienes no la vivieron. Es uno de esos mantras que de tanto repetirlos pueden parecer verdad, eso es porque vivimos tiempos de la posverdad, es decir, tiempos en los que la mentira brilla con más fuerza que la desnuda verdad. Ahora se lleva decir que vivimos prácticamente en una dictadura. Quienes la vivieron y sufrieron la vulneración de derechos universales, que ni siquiera les eran reconocidos, sienten un revoltijo en el estómago porque ellos sí conocen la diferencia. En la Transición, hubo errores, a qué negarlo, pero en aquellos momentos el objetivo era dar un portazo a la dictadura para conseguir la democracia. Cuarenta años después no dudo que es momento de mejorar algunas cosas, de fortalecer los mecanismos democráticos, de poner coto a ciertos abusos que pervierten nuestro cuerpo legal o de encajar un modelo federal pero nuestra democracia, aun imperfecta, tiene mecanismos y cauces que deben utilizarse.

Puedes considerar excesiva la decisión judicial de decretar prisión preventiva sin fianza para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, por la presunta vulneración de las leyes que no por sus ideas. Puedes manifestarte en solidaridad con ellos, puedes criticar la decisión judicial pero afirmar que son presos políticos me parece fuera de lugar. No hay que ser muy listo para deducir que esa decisión judicial ha dado un nuevo balón de oxígeno a los independentistas y ha encendido de nuevo las calles, pero todo ello son excusas para conseguir un relato épico con el que justificar el mantenimiento de una decisión, de una declaración de independencia unilateral que nadie sabe adónde lleva.

Hemos llegado a un punto en el que, aunque hubiera un acuerdo, aunque se adoptara la salida menos mala, que debiera ser la celebración de elecciones convocadas por Puigdemont, el destrozo a la convivencia es un hecho no reversible en el corto plazo. Los muros de odio perduran más que los de piedra. Creo que la Transición tuvo errores pero también generosidad y ello consiguió evitar una fractura social como la que actualmente se está viviendo en Cataluña. Las heridas abiertas costará décadas cerrarlas. Desde lo alto del precipicio, que es donde nos encontramos, echo en falta gente que mire lejos, que cohesione en vez de cavar trincheras, que renuncie a vencer para que todos ganen. Echo en falta a valientes que sepan reconocer errores en vez de empecinarse en ellos. Echo en falta ver en el horizonte el arco iris que anticipe el final de la tormenta.

Sumida en esta tristeza confieso que la mejor noticia de la semana ha sido pequeña pero hermosa. Un perro ha salvado a una niña de dos años perdida en el monte de la pequeña localidad de Gil García (Ávila). El podenco ladró hasta que el dispositivo montado por la Guardia Civil la encontró dormida al calor de su regazo. La ternura de la escena que podemos imaginar esbozando una sonrisa reconozco que no logra ocultar el incendio en el que Cataluña y España se queman.

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Principio de incertidumbre
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María Antonia San Felipe | 13-10-2017 | 19:36| 3

puigdemont-junqueras-forcadell¿Cómo se gestiona la frustración? Después de liderar, como Moisés, el camino hacia la tierra prometida, tras haber hecho creer a sus seguidores que el sueño estaba a punto de hacerse realidad, ¿cómo se cuenta la verdad? Puigdemont bajó el martes del monte Sinaí. Tras haber evaluado las fugas de empresas señeras y la ausencia de apoyos internacionales decidió, ante los ojos asombrados de quienes le seguían desde la calle, romper las tablas de la ley, de su propia ley, en el centro del hemiciclo del Parlament de Calaluña. Tras la larga caminata los suyos quedaron atónitos. Según las imágenes se quedaron boquiabiertos e incluso se pronunció la palabra traidor. Tras la rocambolesca sesión parlamentaria, pensé: ¿cómo van ahora Puigdemont y Junqueras a gestionar la decepción que su irresponsable actitud ha generado entre quienes les han acompañado, de buena fe, en este camino que termina en una gran mentira con apariencia de verdad?

Tras el discurso de Puigdemont nadie sabía si se había proclamado la independencia para suspenderla a los ocho segundos o si se había suspendido la mentira hasta que un mago saque su varita mágica y la transforme en verdad. Después en otro ditirambo parlamentario, cuyos precedentes se desconocen, firmaron una declaración de independencia pero nada se votó, con lo que les gusta votar. En el Parlamento, que es donde se votan las declaraciones y se adoptan las resoluciones, no hubo votación porque en el parlamento de mentira que gobierna Forcadell solo se vota para vulnerar la ley, ya sea propia o ajena. Así que al final de la función nadie estaba seguro de nada. El independentismo de Puigdemont y Junqueras se instaló en el principio de incertidumbre (del físico Heisenberg), también conocido como principio de indeterminación por la dificultad que entraña conocer el valor de la posición y la cantidad de movimiento de una partícula.

Los únicos que sabían dónde estaban eran los anticapitalistas de la CUP que respiraban un monumental cabreo tras haber creído que yendo de la mano de la burguesía liberarían al pueblo de la opresión. En fin, que entre dos millones de catalanes, que teóricamente votaron, el disgusto tiene que ser monumental porque como se dice por aquí, para este viaje no hacían falta alforjas.

Si el tema no fuera tan serio yo diría que estábamos viendo una película cómica entre el Gordo y el Flaco y el camarote de los hermanos Marx, un delirio de despropósitos. Querer transformar esta ridícula caricatura del vértigo que les ha producido el salto al vacío y el miedo a las leyes burladas en una generosa y sincera oferta de diálogo con el Estado español no deja de resultar llamativa viniendo de estos magos de la manipulación. El mal está causado y en estos momentos lo peor de las rencillas, incluso del enfrentamiento, no se está produciendo entre catalanes y el resto de españoles sino entre los propios catalanes. Por eso la situación asusta y conmueve.
Este es el fracaso de quienes ignoran que la política no es un juego de naipes ni una competición de orgullos sino una vocación de servicio y de subordinación al interés común, quedan pocos políticos que miren lejos (Borrell, es uno de ellos), pero si quedan debieran relevar a muchos de los que nos han conducido a esta encrucijada jalonada de miserias.

¿Y ahora qué hacemos?, pues creo que se impone volver a empezar. Ya he criticado severamente los errores que nos han traído hasta aquí y la ceguera de Rajoy y su partido. Pero, en medio de este despropósito, ahora no queda otro camino que la legalidad constitucional. Puigdemont todavía quiere ser mártir de la causa que ha traicionado, tiene que salvar la cara y de ahí no va a moverse. Rajoy no merece el apoyo que pide pero España y Cataluña, sí. Restablecida la legalidad, confío que sin recurrir a la violencia, sería muy higiénico para la democracia que cada cual cargue con sus responsabilidades que no son pocas. En octubre han ondeado muchas banderas pero ninguna ha curado la herida abierta. No perdamos la cordura, la esperanza está en ella.

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Tengo miedo
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María Antonia San Felipe | 06-10-2017 | 18:10| 0

chicas-banderasDesde el domingo no abro las ventanas tengo miedo, miedo de que penetre la desesperanza y esa creciente tristeza que inunda a toda España, también la que habitan los que quieren irse. Me siento, como la mayoría, desolada. No creo que estemos al borde del precipicio, más bien observo que estamos cayendo por el abismo a velocidad de vértigo. Percibo la caída tan real que ya me duelo solo de imaginar la potencia del impacto. Creo que la bofetada se anuncia monumental, salvo que, como en las películas, en el último momento alguien sea capaz de desplegar una red que la amortigüe. De momento no veo a nadie. 

Quienes negaron el problema dejando que el tiempo lo acrecentase están paralizados, atónitos porque todo lo que no iba a ocurrir, ha ocurrido y todo el mundo lo ha visto. Nos han dejado asombrados. Tras años de negar la realidad, cuando ha llegado la hora de la verdad su torpeza e improvisación han sido evidentes. El resultado de su acción ha dado una coartada de legitimidad a quienes la habían perdido por completo en una sesión parlamentaria tormentosa en la que se pusieron al margen de la legalidad. Han caído en todas las trampas diseñadas milimétricamente por quienes desde el Govern no han hecho otra cosa que planificar este momento. Desconcertados en su propio error se han escondido cobardemente detrás de policías y guardias civiles, ya saben, siempre sacrificando peones para salvarse ellos. Al otro lado, quienes irresponsablemente han desafiado la legalidad se han parapetado detrás de su propio pueblo al que han partido en dos, quien sabe si para siempre. Así que incluso su éxito es un clamoroso fracaso.

El balance es desolador porque quienes han vulnerado las normas básicas de convivencia que nos dimos se han envalentonado con los errores ajenos y han tomado las calles con la ficción de quienes creen estar haciendo historia para conseguir la Arcadia feliz. El problema es que todo eso es mentira. Este momentáneo éxito camina hacia el precipicio de la realidad y más si, como todo apunta, se declara la independencia de forma unilateral. Al día siguiente no habrá independencia pero Cataluña y España estarán rotas, fragmentadas de dolor.

La constatación de que un río de emociones recorre las calles y los pueblos es hoy desconcertante porque la racionalidad ha quedado aparcada. Es lo que ocurre cuando se sacan a pasear los sentimientos y unos se creen con más derechos que los otros. En estos momentos no vivimos el otoño sino los preludios del enfrentamiento. Ya lo dije la semana pasada, el hijo del enfrentamiento es el odio y, si no se impone la cordura, lo que florece es la malquerencia y un chispazo puede acabar en pelea. Ahí estamos, en el insulto y la bilis, entre el resentimiento y la hiel, diciéndonos barbaridades unos a otros sin poder taponar la brecha.

El mal ya está hecho y las heridas van a quedar tan repartidas como las culpas. El problema es que las vendas, las consecuencias de tanta irresponsabilidad política, de tanta manipulación de las emociones colectivas, siempre las sufre el pueblo, los pueblos, conducidos por líderes de pacotilla hasta el desencuentro.

No sé cuál es la solución aunque presiento que quienes nos han traído hasta aquí tampoco la conocen, pero hemos llegado a un punto que no podemos tolerar más despropósitos. España es una democracia y quienes lo niegan es porque no saben lo que es una dictadura, si lo supieran no jugarían con fuego. Hay una sociedad civil que debe reaccionar. No quiero tener miedo, nos jugamos el futuro, el de todos, así que es mejor que no nos perdamos el respeto. Todavía queda mucha inteligencia en este país, usémosla, alejemos el odio porque hay cauces democráticos y legales para enmendar el desastre, nunca es demasiado tarde para ganar el futuro y hoy es demasiado pronto para perderlo.

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Los otros
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María Antonia San Felipe | 29-09-2017 | 20:41| 0

diada
El enfrentamiento, como arma política, genera siempre peligrosos resultados porque con el tiempo almacena un rescoldo de odio que puede convertirse en un arma de destrucción masiva. Se utiliza para enfrentar territorios e identidades y para oponer personas o colectivos pero los resultados son siempre lamentables.

          El procedimiento es sencillo. Ya sabemos que lo más fácil de agitar son las emociones porque nacen de esa parte oculta que tiene más que ver con los sentimientos que con las razones, emotividad y racionalidad no siempre van unidos. De ahí que sea más fácil apelar a la emoción que a la razón por eso nos duele más cuando nos hieren en lo sensible que cuando lo hacen, desde la argumentación, en lo que pensamos.
          Ocurre en la vida y también en política por eso es muy arriesgado jugar al enfrentamiento apelando al corazón.  En estos momentos vivimos en un continuo asalto a las emociones y, como siempre, hay quienes para autoafirmarse en los gobiernos pulsan continuamente el botón de los sentimientos identitarios para ganar voluntades para otras causas que no son las de los pueblos a los que dicen representar y defender, sino las suyas propias. Agitan las patrias porque la patria y su pasión por ella siempre ha sido un exitoso argumento para esconder grandes miserias. En realidad, el fin último siempre es el mismo: el poder. No olvidemos que el poder es ese impulso hegemónico que para evitar ser reconocido en su ambiciosa desnudez se viste con banderas. Por eso los nacionalismos, todos los nacionalismos son, en esencia, excluyentes.
          Nadie se pone en el lugar del otro y así comienza a construirse el muro de la intolerancia. El otro, el contrario, es denostado para afirmarse en lo propio, para fortalecerse en la propia idea. Los políticos escondidos tras las patrias practican este juego para fidelizar seguidores, para crear adeptos. A este coctel explosivo solo le falta un condimento, la palabra libertad. Libertad se pronuncia tan alto y se grita desde los adentros tantas veces que queda desprovista de sentido, sobre todo cuando con los hechos se cercena o niega la libertad de los otros, de los traidores que no son los míos, que no son los nuestros. Por eso los contrarios se fortalecen mutuamente en este juego infernal. Se necesitan tanto como aparentan odiarse. También reparten medallas de demócratas y títulos de fascistas, los primeros son los nuestros y los segundos los otros, da igual el bando. Los adictos gritan consignas inducidas por los patrocinadores del entuerto y ondean banderas en las calles. Muchos guardan silencio y ocultan su miedo, a veces las banderas asustan tanto como las botas de los generales. Los días pasan y nadie cede, solo la desconfianza crece.
          Habrá un día en que todos al levantar la vista no sé si veremos, como cantaba Labordeta, una tierra que ponga libertad pero si lamentaremos no haber practicado más el viejo principio revolucionario de la fraternidad. Quizás un día la fraternidad, con el abrazo de la tolerancia, destierre para siempre la supremacía de las identidades sobre las personas, sobre los ciudadanos libres e iguales en su patria y en las patrias ajenas.
          No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio, canta Joan Manuel Serrat y ciertamente la amarga verdad es que se ha construido una bomba repleta de soberbias que está a punto de estallar. El muro del enfrentamiento ya está concluido y las consecuencias son imprevisibles. Se llega a un punto en que la razón queda escondida en un armario, porque no se quiere convencer sino derrotar al oponente. El hijo del enfrentamiento es el odio y generarlo la prueba palmaria del fracaso. El problema es que el naufragio será de todos y la victoria de ninguno. Todavía amanece, que no es poco.

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La niebla
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María Antonia San Felipe | 25-09-2017 | 17:04| 0


puigdemont-rajoyHay una niebla que lo cubre todo, hace días que la bruma es tan intensa que desasosiega. No hay forma de ver el sol, todo lo oculta la incertidumbre. Mientras se agitan patrias y se esgrimen banderas como si fueran lanzas se esconden los auténticos problemas y se camuflan las impúdicas vergüenzas que nos sonrojan como personas.

            En estos días de penumbra regresa la reflexión recurrente sobre si son primero los ciudadanos o las patrias, si son antes las personas o los territorios. Las leyes se enfrentan a sentimientos y la insumisión a la democracia. Crece la intolerancia. El horizonte dibuja un fracaso aunque se revista de esperanza. No conozco algarada que no deje huella, no hay desobediencia que no deje marca. Digan lo que digan en España y en Cataluña hay una herida que supura y sangra.
           Mientras nos afanan en estas guerras que enfrentan a familias y a pueblos, a amigos y a gobiernos o a ciudadanos con sus representantes nos olvidamos de las auténticas miserias que acechan a las personas. No acertamos a ver la brecha social que crece a nuestro alrededor porque solo miramos lo que quieren que veamos. Aunque no lo cuentan, lo único que crece es la desigualdad. Cada vez hay ricos más ricos y una creciente legión de pobres y empobrecidos. Entre 2011 y 2015 se han contabilizado 58.000 nuevos ricos y 1,4 millones de pobres. En España, el patrimonio que administra un 0,4% de la población supera en valor el 50% del PIB, mientras las rentas bajas se desploman y 5,4 millones de contribuyentes ingresan ya menos de 6.000 euros al año. El trabajo que se oferta es efímero y mal pagado con lo que llegar a fin de mes tiene tintes de epopeya. Contemplamos esta evolución, consecuencia de una crisis financiera, como si fuera una ley del destino. Se acepta como irremediable lo que antes se consideró intolerable. Ante la resignación no hay manifestaciones, solo silencio.
           El Banco de España reconoce que de los 60.000 millones de euros que se dedicaron a salvar a la banca no vamos a recuperar ni un tercio, aunque se dijo lo contrario, pero de este tema solo hemos escuchado un atronador silencio. Los juicios sobre la Gürtel, el 3% de mordidas en Cataluña y la larga lista de sinvergüenzas que han corrompido las instituciones sigue creciendo, lo que demuestra que toda la corrupción que intuíamos y nos fue negada, es tan verdad que debiéramos gritar de ira, pero solo se escucha el silencio. No pueden quejarse los secesionistas de que en España haya más corruptos que en Cataluña, en esta materia el reparto de estafadores está equilibrado.
          Por eso en vez de tratar de salvar personas, redistribuir riqueza y proteger derechos básicos, se reivindican patrias y se agitan enseñas. Las banderas aglutinan sentimientos pero también cubren vergüenzas y hay demasiados iluminados que ocultan tras ellas las auténticas dimensiones de sus fracasos políticos.
          En estos momentos de agitación pasional, interesadamente acelerados, resulta difícil diferenciar Estado y Gobierno. Es hoy necesario defender la legalidad constitucional, que no es igual que defender al gobierno, porque es la esencia de nuestra democracia. No hacer nada, despreciar el problema, ha sido el pecado de Rajoy pero la insumisión o la desobediencia no son el camino, ni tampoco una declaración unilateral de independencia que parece ser adónde vamos. Negando el diálogo han abonado el enfrentamiento. Veo a Puigdemont declarar la independencia desde un balcón. Un gesto efímero con pretensión de perdurar en la memoria colectiva.
          El desastre ha llegado ya demasiado lejos. Cansados de tanto cuento, no olvidemos que los gobiernos de Rajoy y de Puigdemont, carcomidos ambos por su propia corrupción y por su prepotencia ciega, son astillas de la misma madera aunque agiten distintas banderas. Ambos buscan ser los héroes de sus pueblos así que no los alentemos, porque cuando amanece el día la mayoría camina, con sus problemas a cuestas, abriéndose hueco entre la corrupción y el paro, la decepción y el miedo.

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El tsunami
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María Antonia San Felipe | 15-09-2017 | 22:52| 0

diadaA veces llegados a un punto del camino nos invade el desasosiego y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta ahí si nunca pensamos caminar tan lejos. Tengo la sensación de que con el asunto de Cataluña ocurre algo así. Bajo la presión de las noticias y en un clima de elevada crispación muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible que nuestra convivencia esté a punto de despeñarse por el precipicio.

Estamos desconcertados, unos buscan culpables, otros van de víctimas y la mayoría esperan respuestas. Lo cierto es que no sirve ya mirar atrás porque quienes nos han traído hasta aquí no están valorando la magnitud de sus errores sino cómo salir indemnes de toda esta hecatombe. El pasado lunes se celebró la Diada con un marcado sello independentista como evidenciaban las banderas utilizadas, la estelada sustituyó a la senyera (bandera oficial de Cataluña) y las consignas secesionistas al sentimiento catalanista. Entrar en la guerra de cifras es como entrar en una guerra de orgullos. Resulta irrelevante la precisión del dato. Es cierto que había muchos catalanes que pedían votar y se merecen el mismo respeto que el resto de multitud que no asistió. Esta es la esencia de la democracia: el respeto al otro. Es tan básico y tan de sentido común que debe hacer reflexionar sobre si lo que está en juego en Cataluña es la independencia o la democracia.

En el resto de España los ánimos están exaltados, las discusiones suben de tono, los chistes se multiplican y finalmente queda formulada una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿qué pasará el día 2 de octubre? Creo que en Cataluña la cuestión es todavía más grave. Los independentistas se han envalentonado con un gobierno y un parlamento que están alentando a los suyos con una quimera imposible a costa de cercenar los derechos de los que no piensan como ellos. Cuando muchos tienen miedo a expresarse para no ser señalados con el dedo, para no ser insultados como esquiroles o acusados de traidores a patrias y banderas es que alguna enfermedad aqueja a esa sociedad. Cuando la intolerancia crece, la democracia agoniza. Esta es la esencia del problema.

Vivimos en democracia y sin embargo parece que no hemos aprendido cuáles son los principios básicos que la sustentan. Además de poder votar, se basa en la legalidad que nos hemos dado para preservar la convivencia. Tenemos iguales derechos y no hay mayoría, ni menos parlamentaria, que pueda vulnerar los derechos del otro. Cuando se pretende sustituir las leyes democráticas, aunque no te gusten, por la ley de las calles, el riesgo es hermano del peligro. Si además se hace desde la soberbia de atribuirse la representación de todo un pueblo, la cosa es más grave. Los independentistas están olvidando los derechos civiles de quienes discrepan, apoyando a quienes utilizan arbitrariamente las instituciones del Estado que pretenden destruir, están disfrazando de legitimidad su autoritarismo. Si además de invocar las calles se alienta la insumisión y se acorrala a quienes defienden la legalidad se está eligiendo el camino del enfrentamiento y esos vientos siempre anuncian tempestades.

El consejero de Presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, dice todo ufano que en Cataluña el día 1 de octubre se producirá un tsunami de democracia. Escuchándolo me echo a temblar porque estos fenómenos siempre dejan a su paso destrucción y dolor. Así que el día 2 de octubre no habrá independencia pero habrá que reconstruir el desastre. Se ha apostado por destruir la convivencia, un precio muy elevado para sustituirlo por la nada. Ese día ninguna de las dos partes querrá que realicemos un ejercicio de memoria, querrán que olvidemos su inmensa ineptitud. Quizá ese día Rajoy y Puigdemont debieran convocar elecciones tras presentar sus dimisiones. Antes de que llegue el tsunami soñemos que, quizás, todavía quede alguien con sentido común para reconstruir la convivencia y la esperanza en Cataluña y en España.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.