La Rioja

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Las Kellys
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María Antonia San Felipe | hace 12 horas| 0

…Y entonces el hombre mordió al perro. Ya sabemos que esta sería una noticia de primera plana por eso cuando un empresario ha denunciado la explotación laboral de las trabajadoras de hotel, sus palabras han sorprendido en un país donde ya nada nos asombra. Antonio Catalán, presidente de AC Hotels by Marriott, ha advertido de que en España se está produciendo una explotación en el sector turístico con las camareras de piso que cobran entre 3 y 4 euros por habitación y, en algunos casos, incluso menos (2,15 €). La subcontratación de ese servicio, hasta ahora realizado por personal propio, pone en manos de empresas, ajenas al sector, la realización de ese trabajo. La intención no es otra que eludir los convenios que fijan unos 1.000 euros de salario para aplicar otros que contemplan apenas 600, teniendo que trabajar seis días a la semana en lugar de cinco. La crítica de Catalán ha sido contundente y ha cuestionado la reforma laboral del año 2012 que facilita los despidos, destruye los salarios y favorece una forma de fraude laboral que se multiplica en el sector. Sin olvidar, que esto también deriva en bajas cotizaciones lo que mengua la financiación de la Seguridad Social.  Esto está ocurriendo cuando España recibe más turistas que nunca por haberse convertido en un destino preferente por la situación de inseguridad que se vive en el norte de África o en el Próximo Oriente.
           Pese a que la subcontratación hace que las camareras de piso tengan problemas para organizarse sindicalmente, ellas han decidido luchar para que la sociedad visibilice una realidad que sólo es un ejemplo más de los derroteros que está tomando el mercado laboral en España. Hay que reconocerles valor porque al hacerlo algunas corren el riesgo de ser despedidas. Desgraciadamente la dignidad en el trabajo, algo que parecía conseguido tras promulgarse la legislación laboral que emana de la Constitución Española de 1978, también la estamos perdiendo en esta crisis eterna que en vez de un desequilibrio económico parece una continua humillación.
           Así que, en defensa de su dignidad, las “que limpian” hoteles, han creado “las Kellys”, una asociación de camareras de planta, que se ha presentado primero en Barcelona y después en el resto de España. Las Kellys cuentan que pasaron de desahogarse en corrillos o en internet a autoorganizarse. Piden cosas de sentido común: iguales derechos laborales para todas (en plantilla, subcontratadas, en prácticas, eventuales, fijas y fijas discontinuas), derechos para las embarazadas, inspecciones laborales o que la categoría del hotel se vincule a la calidad del trabajo que genera.
           Supongo que el capote que les ha echado Antonio Catalán ha sido importante pero ya veremos si la denuncia pública tiene o no consecuencias prácticas para ellas. Lo que las Kellys denuncian es la punta del iceberg de una realidad laboral que se multiplica en España y que comienza a generalizarse. El elevado desempleo lleva a situaciones que empujan a los trabajadores a acceder a trabajos en condiciones extremas por salarios de miseria y si no los aceptan en la fila hay cientos que sí lo harán.
           A este paso vamos a volver a ver a la gente concentrarse en las plazas de pueblos y ciudades pero no para  manifestarse en defensa de sus derechos, sino a la espera de que venga alguien a ofrecerles trabajo para el día, a destajo y por un jornal de miseria.
           Cuando veo que en este país tiene más éxito una campaña para desacreditar a un director de cine, porque se siente más o menos español, que una manifestación para exigir que no se recorten los recursos en educación o en sanidad me desanimo sin remedio. Me entristezco cuando veo que se sigue vitoreando, entre otros, a Ronaldo o a Messi, tras burlar a la hacienda pública del país que los acoge o a otros muchos enfangados en la corrupción. Por eso reivindico la dignidad de las Kellys y me escandalizo porque observo que seguimos aplaudiendo los goles que nos meten en nuestra propia puerta.

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Las vueltas que da la vida
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María Antonia San Felipe | 03-12-2016 | 08:09| 0

Las vueltas que da la vida, pensé al conocer la muerte de Fidel Castro. El año en que yo nací se firmaba el Manifiesto de la Sierra Maestra, una promesa democrática que quedaría para siempre en el rincón del olvido. El primer día del año 1959 los revolucionarios cubanos, que tanta pasión habían contagiado en muchas partes del mundo, hicieron su entrada triunfal en Santiago y después, en La Habana. Fidel proclamó que la “tiranía” había sido “derrotada” y millones de cubanos se sintieron libres ganando la confianza en su propio futuro. Más de medio siglo después el balance tiene luces pero también muchas sombras.  Cuando llegué a la adolescencia los ecos de los revolucionarios todavía perduraban y sobre las camas de los jóvenes, que habían bebido en las fuentes del movimiento de Mayo del 68, continuaban las fotos del Che Guevara en blanco y negro con la estrella roja sobre la boina. Recién estrenada la democracia en España ya había mucha división de opiniones sobre los derroteros que había tomado el castrismo, incluso descontando los deplorables efectos del bloqueo económico norteamericano.
           En plena transición Silvio Rodríguez y Pablo Milanés llegaron a España, los recintos se llenaban de universitarios y trabajadores que anhelaban un país mejor. Se alimentaban sueños y se peleaban cambios. Eran tiempos de grandes esperanzas, los jóvenes luchaban por un futuro que no les amenazase sino que les brindara oportunidades en justa correspondencia a su propio esfuerzo. Superando las dificultades este país se transformó, pero la ruleta de la vida gira a gran velocidad y de nuevo hemos vuelto a encallar en la decepción que es la estación previa al pesimismo.
Con Fidel hemos vuelto a comprobar que los líderes, incluso los que se creyeron eternos y se convirtieron en dictadores, se van y los problemas permanecen en sus pueblos porque jamás los abordaron.  Nos lo recuerda la famosa canción de Carlos Puebla: “Aquí pensaban seguir/jugando a la democracia/y el pueblo que en su desgracia/se acabara de morir/Y seguir de modo cruel/sin cuidarse ni la forma/con el robo como norma… /y en eso llegó Fidel”. Pero Fidel no va a volver, el de la canción, el revolucionario, ya partió hace tiempo y sólo ese será absuelto por la historia.
           Como nos toca vivir el tiempo presente me pregunto si a los pueblos del mundo les quedan tantas esperanzas como tuvieron los jóvenes de las anteriores generaciones. La sátira de la canción sigue vigente. Mientras las democracias languidecen, muchos ciudadanos del mundo han sucumbido al desánimo como si ya hubieran sido derrotados y aceptado un futuro peor que el de sus padres. El miedo a perder lo que tienen, poco o mucho, se ha instalado en jóvenes y mayores, sólo están seguros de su propia inseguridad. Este es el mejor caldo de cultivo de los ultranacionalismos, de la insolidaridad y de la injusticia. Cuando la verdad no importa, el análisis crítico se destierra y el discurso extremo es el que triunfa. Sólo así se explican el éxito del Brexit y Nigel Farage en Inglaterra, de Víktor Orbán en Hungría o el ascenso de Marine Le Pen en Francia. Lo del país vecino es paradigmático, Hollande se ha hundido por traicionar su propio ideario y François Fillon, mucho más conservador que su oponente Alain Juppé, ha ganado tratando de imitar a la ultraderecha. Europa vive un momento límite y para acabar de hacernos temblar sobre el futuro que nos espera sólo hay que recordar que Putin, en Rusia y Donald Trump, en EEUU son los nuevos vigías de la civilización. Sabemos que se admiran mutuamente y que juntos pueden llevarnos a alguna nueva hecatombe mundial. De los revolucionarios de todos los tiempos, en especial de los poetas represaliados, he aprendido que para desterrar la resignación hay que luchar porque “cuerpos que nacen vencidos/ vencidos y grises mueren” (Miguel Hernández).

 

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Demasiados hipócritas
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María Antonia San Felipe | 25-11-2016 | 18:32| 0

Cuando Miguel de Unamuno murió, el último día del año 1936, José Ortega y Gasset estaba en el exilio, en París. Al enterarse del fallecimiento del hombre con el que había mantenido interminables polémicas filosóficas escribió en La Nación que desconociendo las razones médicas estaba seguro de que había muerto de “mal de España”. Al conocer la muerte de Rita Barberá lo he recordado y he presentido que a ella le aquejaba una dolencia parecida. Ha sido víctima de un mal que no se investiga en laboratorios ni se combate con fármacos. Rita Barberá, durante años buque insignia del PP, ha sucumbido al “mal del partido”, se trata de un potente virus que se alimenta de decepciones y al que engordan los desengaños. El factor humano es una variable que rara vez se tiene en cuenta en los análisis políticos pero no olvidemos que son fundamentales a la hora de comprender a las organizaciones humanas.
            No hay que ser un lince para adivinar que, entre los asuntos que habían quebrado el ánimo de Rita Barberá, el menor era su declaración ante el Supremo acusada de blanqueo de capitales para financiar, presuntamente, al PP. No hay dudas de que el puñal en el corazón se lo clavó su propio partido precipitando el inesperado desenlace. Si Rita es culpable o no, lo dirán los tribunales pero su forzoso silencio cierra las posibilidades de la investigación y protege a los beneficiados por el tinglado económico que son los mismos que terminaron negándole el saludo para salvarse.
            No es éste un elogio de Rita Barberá, no gozaba de mis simpatías políticas, la he criticado abiertamente pero, desde el respeto hacia la persona, es fácil imaginar las causas de su declive y el origen de sus pesares. Lo que mató a Rita no fueron las críticas de los adversarios sino la actitud de sus presuntos compañeros. No hay peor cuña que la de la propia madera. El momento crucial fue el 14 de septiembre cuando el PP le pidió que devolviera su carnet tras cuarenta años de militancia y quedó como una apestada en el Grupo Mixto del Senado. Se lo exigieron los favorecidos por un tejemaneje orgánico urdido para conseguir el mayor poder posible en toda España y ello incluye a Mariano Rajoy que, gracias a ella, ganó el congreso de Valencia.
              Cuando el pasado martes Rita apoyó su cabeza sobre la almohada de la tristeza y el desengaño en un hotel de Madrid, toda su vida política transcurrió ante sus ojos como una tragedia. Gran parte de la película la llenaban los aplausos, las adulaciones, la plaza de Valencia repleta y ella compartiendo escenario con Aznar, Rajoy, Camps y otros figurantes de primera fila, todos ellos miembros de la misma trama. Recordando  momentos felices se le heló el alma cuando en su cabeza retumbó el silencio de quienes hoy la rehúyen despreciándola. Presagiando su fatal destino sintió el martilleo incesante de las despectivas palabras del portavoz del PP, Pablo Casado, declarando sin pestañear, que nada debe decir de quien ya no pertenecía al PP. También recordaría a Javier Maroto y a tantos otros que hoy triunfan en su partido escudados en la hipocresía y olvidando que se cobraban sobresueldos ocultando la verdad.
             La ausencia de ética en el PP es inconmensurable. Campeones del disimulo, con espaldas anchas y conciencia estrecha, ahora que la difunta está de cuerpo presente culpan a otros y fingen estar consternados mientras se sienten a salvo sabiendo que Rita guarda silencio para siempre. Predicar una cosa y practicar la contraria es síntoma de total ausencia de principios. Nadar en la mentira tiene beneficios pero este cadáver ha puesto en evidencia la clase de personas de las que hablamos. La muerte de Rita es su venganza, una bofetada en sus conciencias. Son muchos los ciudadanos que sentimos náusea ante una forma de ejercer el poder tan deplorable que resulta urgente erradicarla para siempre. Insisto, no es un alegato a favor de Rita, es solamente un grito sincero pidiendo regenerar la política evitando reciclar la basura.

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Morir quemada de frío
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María Antonia San Felipe | 18-11-2016 | 18:48| 0

Ella ahora está muerta. Horas antes, su nieta le había dejado la cena y le había traído más velas. Desde hacía tiempo ella era su contacto con el mundo exterior y la única razón para continuar viviendo. Entre las dos sorteaban, como podían, los interminables obstáculos que el destino disponía para ellas cada día. Los trabajos de Hércules serían hoy una minucia comparados con la lucha por la supervivencia cuando el destino te lo ha quitado todo y te deja con una exigua pensión que da para comer y no para cenar.
           Desde que Gas Natural le cortó la luz su vida se había hecho todavía más complicada. Hacía más de dos años que no encendía la estufa pero, al menos, la nevera funcionaba y, en la soledad de la noche, podía ahuyentar los fantasmas con la lámpara de la mesita. A veces se preguntaba cómo era que lo había perdido todo y entonces, recordando otros tiempos más felices, se le llenaban los ojos de lágrimas y el corazón de hielo. ¡Cuánto frío albergaba su casa y su alma desde hacía tiempo! La rueda de la vida gira pero nunca hacia atrás. Ella era consciente de que a su edad era imposible reiniciar el camino, por eso se preguntaba, ¿adónde ir que no haga frío? Algunas veces, cuando todavía salía a pasear, advertía miradas furtivas de quienes percibían en su aspecto la pobreza de su día a día. Sentía en sus ojos el reproche que la culpabilizaba cómo si ella  hubiera sido libre para elegir su destino.
           Aquella tarde media España lloraba con el anuncio de la lotería de Navidad, ella jamás podría verlo. Se asomó a la ventana y observó la superluna que alumbraba en ese momento su habitación. Por eso, encendió las velas un poco más tarde y se quedó dormida envuelta en todas las mantas que tenía. En medio del frío, el calor le despertó, estaba ardiendo. Mientras se ahogaba toda su vida se agolpaba en su mente. Al caer recordó a su nieta, era la única que la echaría en falta en este mundo de mierda que, por fin, terminaba para ella.
           Pudo ser así o, quizás, de otra manera. Lo único cierto es que ella ha muerto y no hay protesta que pueda salvarla. Cuando fue posible nadie quiso tomar nota de que una mujer de 81 años no podría por sí misma sobrevivir a la desgracia. La noticia de su muerte saltó muy de mañana y circuló rápida por el universo mediático español. Cuando ocurren tan graves infortunios una bofetada de realidad nos sacude y nos escandaliza porque, seamos sinceros, tratamos de ignorar lo que presentimos cuando no nos concierne directamente.
           En este caso ya nada puede hacerse, salvo enterrarla con la dignidad que no se le tuvo cuando vivía en la soledad de su vivienda. El final de esta historia es tan desgarrado como la inmensidad de nuestras contradicciones. Esta muerte se convierte en un grito que, desgraciadamente, perdurará hasta que otra nueva desgracia la cubra con el velo de la actualidad. Mientras el ayuntamiento de Reus, Gas Natural y la Generalitat se echan las culpas mutuamente y nosotros nos indignamos para tratar de aligerar nuestra conciencia, otra verdad emerge con fuerza. En la época de más progreso y, supuestamente, mayor inteligencia estamos perpetuando un mundo insolidario confiando únicamente en que no nos roce la tómbola de la desgracia.
           El destino de esta anciana es una lotería que nadie quiere pero que toca sin necesidad de comprar boletos. Por eso, cuando el anuncio de la Lotería Nacional de este año le haga llorar mostrándole a una anciana despistada pero rodeada de afecto, no olviden que miles de ancianos viven solos y abandonados en torno a unas velas que sólo calientan su añoranza de otros tiempos. Una anciana ha muerto para confirmar que hace tiempo que murieron la decencia y la dignidad públicas simplemente porque lo consentimos.

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Tiempos de incertidumbre
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María Antonia San Felipe | 11-11-2016 | 22:56| 0

           Noto que un suspiro agrio me estremece desde lo más hondo, es la certeza de que no queda esperanza. Hay más posibilidades de que el mundo empeore que de lo  contrario. Estas cosas ocurren cuando el miedo arraiga y la gente al asomarse al día siguiente a la ventana no distingue el sol en la línea del horizonte. Donald Trump ha alcanzado su sueño y ha sido votado por millones de americanos lo cual resulta perturbador y desconcertante. Cuando pase el tiempo la historia nos contará las hazañas de este bufón ignorante y pendenciero que va a dirigir la política exterior del país más poderoso del mundo sin saber situar en el mapamundi al resto de naciones de la tierra. 
             No duden que la mayoría social que lo ha votado va a ser la principal perjudicada por su acción de gobierno y si no, al tiempo. Un millonario es un millonario aunque se disfrace de revolucionario. Coincido con Noam Chomsky en que la popularidad de Trump y la buena acogida de su incendiario discurso son el resultado de una sociedad quebrada por el neoliberalismo que vive instalada en el temor al futuro.  El origen está en las llamadas ‘medidas globalizadoras’ neoliberales que fueron diseñadas para poner a la clase trabajadora en competencia a nivel global. Las políticas de los últimos años han producido una bajada de los salarios y un empobrecimiento creciente de la mayoría social. Mientras se asegura la protección de las élites, se desampara a la clase trabajadora. La eterna rueda del destino que cíclicamente destruye lo conseguido.
           En los últimos años la clase política tradicional a la que pertenece Hillary Clinton, al igual que la que gobierna Europa, ha vivido de espaldas a la problemática cotidiana de sus ciudadanos y ello alienta el surgimiento de líderes y partidos ultranacionalistas y xenófobos que con recetas preñadas de simpleza alimentan los odios y los instintos viscerales. Hay motivos para la preocupación no sólo por lo que haga o deje de hacer Trump, el bufón de América, sino porque en los últimos años en Europa se han arruinado sus mayores logros desde la Segunda Guerra Mundial: democracias fuertes y un estado del bienestar que protegía a la mayoría.
             Visto lo ocurrido en EEUU algunos deben poner las barbas a remojar y muchos políticos debieran ponerse a pensar más en las generaciones venideras y menos en sus sillones. La ultraderecha está feliz y al acecho tras la estela de Trump. No es de extrañar porque, a veces, no hay que ganar sino dejar que el otro pierda. No olvidemos que el triunfo de Trump, un espontáneo de la política, es el desplome de Hillary Clinton, una profesional del establishment, que no ha podido conectar con el electorado demócrata ni con los jóvenes algo que quizás su oponente Bernie Sanders pudo haber conseguido. Clinton ha tenido 6,5 millones de apoyos menos que Obama en su victoria de 2012 y Trump va a ser presidente con 59,3 millones de votos, es decir, menos que John McCain (59,9 millones en 2008) y Mitt Romney (60,9 millones en 2012).
            Ni Clinton ni los presidentes europeos, ni los líderes de la oposición son conscientes de que la desafección ciudadana hacia la política tradicional es el resultado de sus propios errores. En Europa todos han aplicado la misma política económica sin contrapesos sociales que amortiguaran su impacto. Receta única a problemas diversos y complejos. La mayoría de la clase política europea, conservadores y socialdemócratas, han defendido iguales medidas. Además de agredir a sus votantes no han sabido generar esperanzas, muy al contrario, nos han enseñado que nuestros hijos vivirán peor y los nietos no quiero ni pensarlo.
              El 9 de noviembre de 1989 caía el muro de Berlín y se iniciaba un tiempo de esperanzas. El 9 de noviembre de 2016 un personaje, tan adinerado como ignorante, llegaba a la Casablanca. Cuando llame a Vladimir Putin se levantarán nuevos muros, se abrirá el tiempo de la incertidumbre y resurgirá la intolerancia.

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El suicidio
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María Antonia San Felipe | 02-11-2016 | 20:08| 0

El pasado sábado Rajoy veía caer el último obstáculo para acceder por segunda vez a la presidencia del gobierno. La abstención de la mayoría de los diputados socialistas obró el prodigio. El triunfo de unos sentencia la derrota de otros. Por eso, al tiempo que un Rajoy ufano salía del hemiciclo, el PSOE, su tradicional adversario, ardía en su propio incendio. El rescoldo durará tiempo, siempre hay voluntarios para avivarlo. Un vistazo a las redes sociales es suficiente para advertir la dimensión de la herida dentro del PSOE, las descalificaciones entre partidarios de una u otra postura, de uno u otro líder superan la cordialidad y el respeto.
          En este clima compareció Pedro Sánchez en el programa de Jordi Évole. Parecía un hombre dolido, herido por otros y, por sí mismo, vencido. Cuando la situación anímica es de fragilidad es aconsejable tomar distancia para sobreponerse. Nadie supera de golpe las decepciones y menos cuando los puñales son tan próximos y recientes. Es lo que tiene el poder, aparecen amigos que nunca lo fueron. Sánchez no hizo autocrítica, reconocer los propios errores es más doloroso que identificar a quienes te han abandonado, engañado o maltratado. Resultó candoroso que Sánchez reconociera ante la audiencia que hay poderes económicos que tratan de condicionar el poder político, grupos de presión inmisericordes en defensa sólo de sus intereses. En fin, algo que los ciudadanos saben sin pretender aspirar a la presidencia del gobierno. A estas alturas nadie ignora que los gobiernos mandan poco pero, muchos saben, que un gobierno decente intenta, cuando menos, contrapesar la influencia y la supremacía de esos tentáculos más omnipotentes que los estados. Si hemos llegado hasta aquí ha sido precisamente por no poner límites a esos poderes que nadie elige y que nos han sumergido en una crisis en la que unos engordan y otros sobreviven.
          Pedro Sánchez dejó claro que va a competir en unas primarias para regresar a la Secretaría General del PSOE y lanzó un mensaje a Susana Díaz para que comparezca en la carrera sin ocultarse detrás de sus peones. El problema es que la cosa es más complicada que un duelo entre narcisos competidores cuyas diferencias políticas desconocemos porque han reducido el debate a un problema de poder y no de proyectos.
El PSOE hace tiempo que arrastra dos problemas endémicos, el primero es ideológico y el segundo es de liderazgo. Desde hace tiempo la socialdemocracia europea transita sin rumbo claro. La crisis económica lo ha hecho más evidente al carecer de una alternativa potente a las políticas neoliberales impuestas. Se han aceptado las políticas de austeridad que no están impulsando el crecimiento en toda Europa y de aquellos polvos vienen estos lodos. El expresidente Zapatero en mayo de 2010 se rindió a las exigencias de Merkel, modificó el artículo 135 de la Constitución (con el apoyo de Sánchez) y los votos del PP. Al no convocar elecciones por haber incumplido su programa, socialdemócratas y conservadores aparecieron como aliados y el electorado dejó de percibir las diferencias entre la izquierda hegemónica y la derecha tradicional. Ahí cristalizó la desconexión con el electorado. A esta circunstancia se une el problema de liderazgo que hubiera sido menos relevante si la fuerza ideológica del partido lo hubiera acompañado, pero Pedro Sánchez no ha conseguido en este tiempo establecer sintonía con el votante tradicional del PSOE de ahí sus menguados resultados. Los ciudadanos que permanecieron fieles ya no votaban con la alegría de antaño y eso propició el nacimiento del 15-M y de Podemos.
          A estos dos problemas hay que unir ahora el desengaño y la indignación que la deriva actual ha producido. Si el acuchillamiento público entre dirigentes y militantes continua, el PSOE puede pasar a la irrelevancia. Pedro Sánchez ya nos ha mostrado sus debilidades. Susana Díaz ha acreditado ser más diestra con la espada que con las ideas. Lamento repetirme pero los dos son protagonistas del desastre. Enzarzados en la pelea de gallos están más cerca de romper el PSOE que de convertirse en su vanguardia ideológica. Suicidarse es una forma romántica de morir pero sería demoledor para un partido con tanta historia. Esperemos que el PSOE albergue todavía más inteligencia que rencor.

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El cadáver de su enemigo
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María Antonia San Felipe | 28-10-2016 | 18:54| 0

Cuenta la historia reciente que, un día como hoy, el 28 de octubre de 1982 el PSOE concitó las esperanzas de cambio de más de 10 millones de españoles que le otorgaron 202 diputados. El triunfo fue la demostración inequívoca de que el partido que fundó Pablo Iglesias en 1879 había conseguido una espectacular sintonía con la mayoría de los españoles. En aquel tiempo, las filas del PSOE se llenaban de ciudadanos procedentes tanto de la universidad como del taller o la fábrica, había abuelos con historia y jóvenes, muchos jóvenes, mujeres y hombres, impelidos todos por una necesidad de cambio. Es innegable, incluso para sus adversarios, que los socialistas asentaron nuestro estado del bienestar y modernizaron este país. Contemplando lo que queda del PSOE resulta imposible no sentir un ramalazo de nostalgia y una sobredosis de decepción.
            Sin duda, mañana sábado cuando Rajoy consiga la investidura como presidente del gobierno muchos revivirán ese pasado, menos los más jóvenes que ni siquiera lo recordarán. La fractura del PSOE con su electorado es una evidencia. De esa falta de sintonía no se ha hecho reflexión alguna y la pérdida de respaldo y credibilidad social la ha incrementado el tiempo sin remedio. En las elecciones de 2011, el PSOE logró 7 millones de votos, perdió más de 4 millones respecto a las últimas elecciones que ganó Zapatero. En 2015 añadió a la pérdida otros 2 milloncitos más. En las elecciones del 20 de diciembre obtuvo 90 diputados, el peor resultado desde la restauración democrática. Los 85 diputados de junio fueron el demoledor balance de su alejamiento de la ciudadanía y la constatación de la escasa fortaleza ideológica del proyecto presentado. Ante la histórica debacle debieron asumirse responsabilidades y producirse dimisiones a la altura de la tragedia. La excusa de que un nuevo partido, Podemos, surgido de la indignación del 15-M produce un escenario distinto que “roba” los votos del histórico PSOE no es suficiente para justificar la tragedia. Como en el juego de las sillas, cuando un espacio electoral queda desatendido, alguien lo ocupa. Este es el catón de la política.
           Todo indica que las nuevas generaciones de dirigentes del PSOE se han hecho viejos sin serlo. Proceden, la mayoría, de la escuela de Juventudes Socialistas. Quienes escalan en tan selecto club se curten por igual en oratoria, intrigas palaciegas, control de asambleas y redes clientelares, instrumentos muy útiles en las organizaciones políticas. Por el contrario, nada saben de las dificultades del mundo laboral o del día a día de una sociedad que se transforma a gran velocidad y en la que crece la desigualdad al mismo ritmo que las nuevas tecnologías que revolucionan el mundo. Hace un tiempo la savia del PSOE se nutría del tejido social, se alimentaba de sus latidos y no de estrategias de marketing y de eslóganes sin contenido ideológico. Hay algo que no cambia en la historia, la fuerza de las ideas siempre ha sido la que ha transformado la sociedad y los líderes, cuando de verdad lo son, se convierten en instrumentos a su servicio y no al contrario. Quizás el PSOE lleva mucho tiempo viviendo de las rentas del pasado mientras la ciudadanía ha dejado se sentirse reflejada en la descolorida oferta socialista.
           El infame e interminable espectáculo que está ofreciendo el PSOE resulta deplorable en un partido construido sobre el principio de la fraternidad, sin olvidar que las consecuencias de los enfrentamientos se adivinan catastróficas. No va a ser suficiente pedir perdón como creen algunos. Ese es sólo es un gesto hipócrita y gratuito para intentar conmover sin reconocer errores. Una cortina de humo que no puede ocultar tan ingentes desatinos. Algunos creen que la tormenta pasará y el electorado volverá por donde solía. Ya veremos. De momento, tras un balance gubernamental lamentable y sitiado por la corrupción, Rajoy ganó las elecciones aun perdiendo tres millones de votos. Mañana, sin mancharse, mientras él es elegido presidente, un PP triunfante verá pasar ante sus ojos el cadáver del PSOE, hasta entonces, su mayor enemigo.

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El dilema
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María Antonia San Felipe | 21-10-2016 | 22:15| 0

Los casi cinco millones y medio de votantes que tuvo el PSOE en las elecciones de junio observan con asombro el inesperado espectáculo que les está ofreciendo el partido al que apoyaron. También los militantes contemplan la indiscutible división y en esa guerra de pasiones y sentimientos transitan entre la indignación y la desesperanza. Las últimas semanas han sido un viaje por el corazón de las tinieblas buscando la luz al final de un túnel que, se decida lo que se decida en el Comité Federal del domingo, va a dejar al PSOE como una arquitectura que se resquebraja tras un terremoto y que puede desplomarse si se produce una réplica del seísmo.
         Ya no cabe preguntarse si, tras el 26 de junio, debió dimitir alguien por el desastroso resultado electoral. Tampoco es tiempo de valorar si tras el NO al primer debate de investidura de Rajoy, en el que todos estaban de acuerdo, debió pedirse la cabeza de Rajoy, manteniendo el NO si el presidente del PP no daba un paso atrás. Cualquier hipótesis en ese sentido es ahora ciencia ficción. El PSOE se ha colocado a sí mismo en una situación tan insólita que cualquiera que sea la decisión de su Comité Federal va a resultar muy complicado restablecer la sintonía con su electorado.
          Si la resolución del PSOE fuera votar en bloque No a Rajoy, lo más probable es que no hubiera ni debate de investidura sino directamente elecciones. La parte buena para el PSOE es que la mayoría de su electorado y de sus militantes no se sentirían defraudados aunque posteriormente si quedarían decepcionados. ¿Por qué? Porque todo indica que, pese a los obscenos cánticos de Francisco Correa en la Audiencia Nacional sobre el reparto de comisiones millonarias en la sede del PP, Rajoy volvería a ganar con mayor porcentaje y más diputados. No hay que engañarse, en el PP ni se avergüenzan de la corrupción que se está juzgando ni tienen miedo a nuevas elecciones. Muertos de risa, sin quitar ojo al espectáculo, esperan tranquilos y unidos que finalice la función protagonizada por, hasta ahora, su adversario más directo.
          Si por el contrario el PSOE se inclina, como parece, por la abstención está claro que Rajoy será investido presidente sólo unos meses antes que si hubiera terceras elecciones. Esta decisión supone que, dada la debilidad del PSOE, no está ahora en posición de pedir condiciones del calado que hubiera podido exigir con anterioridad. Por eso muchos pueden interpretarlo como una rendición incondicional ante su perpetuo contendiente, lo que dejaría a sus votantes desencantados, descorazonados o indignados según el grado de identificación con el partido.
La parte positiva, que no mejor, de esta decisión es que, sin más compromisos que permitir la investidura, podrían ejercer una oposición exigente ganando tiempo para reconstruir el partido. Para ello, debieran firmar un armisticio interno que serenase los ánimos de los militantes para después elegir un nuevo líder, hombre o mujer, capaz no sólo de restañar las heridas sino de propiciar un debate ideológico que reoriente el rumbo del PSOE y lo reconcilie con un electorado a fecha de hoy totalmente desilusionado.
          En cualquiera de los dos casos, es decir, perdiendo por tercera vez las elecciones de forma más estrepitosa que la anterior o permitiendo la investidura, el PSOE tendrá que refundarse armándose de valor e ideas. La tarea exige de tanta generosidad interna como inteligencia y de ninguna de ambas cosas anda sobrado el actual PSOE. Reconozco que mi análisis puede estar totalmente equivocado pero creo que quienes han hundido al PSOE en el desastre no van a sacarlo de él. Algunos debieran abandonar sus cargos devolviéndolos a los militantes ya que, siendo todos necesarios, nadie es imprescindible. El PSOE ha hipotecado su presente pero el futuro siempre está por escribir.

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Gana Trump, no lo duden
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María Antonia San Felipe | 14-10-2016 | 20:10| 0

Mientras “Miura”, la cabra de la Legión, atraía las miradas  de los presentes en el desfile militar del 12 de octubre, por no sé qué extraña asociación de ideas, me vino a la cabeza uno de los infinitos excesos verbales de Donald Trump sobre las mujeres. De pronto lo vi sentado en una tribuna preferente en el desfile de mujeres candidatas a Miss Universo, en uno de esos certámenes que él patrocinó durante años. Seguramente le parecerían un magnífico espectáculo de carne fresca y tersa de la que poder disfrutar como el seductor de tres al cuarto que cree ser, más gracias a su cartera que a su encantador tupé. No menciono su atractivo intelectual porque a estas alturas ya intuimos que es un recurso natural del que anda bastante menguado.
           Si Abraham Lincoln levantara la cabeza y escuchara su desparpajo impertinente volvería a pronunciar su acertado aforismo, “es mejor estar callado y parecer estúpido que abrir la boca y disipar las dudas”. Después correría a refugiarse en su tumba, con cierto desasosiego, tras comprobar qué clase de estadistas presenta a la presidencia el Partido Republicano.
 A continuación lo imaginé con Putin, uno de sus políticos preferidos, departiendo sobre el futuro de la humanidad y, sinceramente, sólo como hipótesis me echo a temblar. Los veo en una cumbre ruso-americana compartiendo un brindis de vodka y bourbon y el resultado puede ser la mundial (la tercera guerra mundial, quiero decir). Me acordé de Silvio Berlusconi, otra destacada figura del machismo triunfante. No me digan que no resultaría alucinante una recepción oficial con Putin, Berlusconi y Trump que concluyera en un discreto festejo (sólo para hombres) en una villa del Cavaliere practicando el “bunga-bunga” que, como sabemos, es muy de machotes.
           Como no tengo remedio cuando me pongo a fantasear me introduje a mí misma en el divertimento mental de especular qué ocurriría en España si este peculiar personaje en vez de candidato a la Casablanca lo fuera a la Moncloa. Reconozco que me tuve que tomar una tila porque, de pronto, vi con claridad meridiana que podía arrasar como lo hizo Berlusconi en Italia en sus mejores tiempos.  Sabemos que Trump es un machista irredento, xenófobo convencido y un contribuyente que ha evitado durante dieciocho años pagar los impuestos que le correspondían. Sin embargo, se presenta como el defensor de las clases trabajadoras que pelea (él solito) contra el establishment político, como si fuera un moderno revolucionario, pese a ser un multimillonario que, cuando venían mal dadas en sus negocios, estafaba a los pequeños inversores. Todo esto es lo que conocemos de Trump.
           De nuestra querida España sabemos que durante años hemos tenido ministros y políticos con cuentas opacas en paraísos fiscales y en Suiza, cobradores de sobresueldos en negro, adjudicadores de contratos públicos a cambio de mordidas y donaciones para el partido gobernante. Ya saben, incontables tropelías, todas presuntas. Lo que está probado, en nuestras propias carnes, es que han recortado nuestra sanidad, nuestra educación y restringido las ayudas a la dependencia para salvar unas cajas de ahorros, como Bankia, en la que destacados políticos y otros padres de la patria no sólo se forraban con sueldos astronómicos sino que tenían tarjetas, en negro, para sus gastos y caprichos personales. En esta negrura, resulta muy patriótico que el partido al que pertenecían la mayoría esté siendo juzgado por ser beneficiario, a título lucrativo, en la causa por corrupción más importante desde el inicio de la democracia. Pese a que el cesto de manzanas podridas está repleto, el PP sigue invocando su pretendido amor a España insistiendo en que los buenos españoles son ellos y los malos todos los demás. Por eso, el día de la fiesta nacional, tras contemplar nuestra patria herida, imaginé que en EEUU puede que no gane pero en España es seguro que triunfaba Donald Trump.

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El incendio
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María Antonia San Felipe | 08-10-2016 | 06:21| 0

En la sede central del PP y en Moncloa reina la tranquilidad. Si alguna  preocupación había por el inicio del macrojuicio sobre la corrupción de la trama Gürtel el PSOE les ha devuelto la calma tras la hecatombe de su último Comité Federal. Una vez comprobado que la corrupción no les pasa una factura tan elevada como creían y dado que su principal competidor, el PSOE, ha decidido achicharrarse en la hoguera de las vanidades, sus temores se han tornado en jugosas expectativas.
           El conflicto interno del PSOE surge, aparentemente, por la posición del partido respecto de un posible nuevo debate de investidura de Mariano Rajoy. A estas alturas es muy probable que los diputados socialistas no tengan siquiera la oportunidad de votar. Cualquier observador percibe que la nueva perspectiva del PP pasa por propiciar nuevas elecciones que incrementen su número de diputados. No es extraño que ésta sea su mejor opción, alegarán que no hay garantías de gobernabilidad ni aun en el caso de que una abstención socialista diera la presidencia a Rajoy. El PP tiene ahora enfrente a un PSOE descabezado, dividido, sin rumbo claro y que se ha acuchillado públicamente en una guerra interna por el poder de un partido ya muy debilitado electoralmente. El error estratégico del PSOE para sucumbir a esta pelea interna es evidente. Ni era el momento ni las formas empleadas han transcurrido por los caminos de camaradería y fraternidad que se supone a quienes se llaman compañeros. En cada uno de los bandos enfrentados ni todos son héroes, ni todos son villanos pero todos son culpables del despropósito.
           A muchos les gustaría regresar al pasado para evitar lo ocurrido. El problema, como todo en la vida, es que lo hecho, hecho está. Ahora toca recoger los restos del naufragio para intentar que la llama del socialismo perdure y reflote con el tiempo. La tarea es complicada sobre todo porque muchos no están por el armisticio. En ambos bandos hay quienes han decidido retirarse a sus cuarteles de invierno para rearmarse. Es decir están a la espera de una mejor ocasión para conseguir sus objetivos, cuando lo que debieran hacer las partes enfrentadas es deponer las armas para empezar de cero.
           El camino va a ser largo y el trayecto plagado de dificultades. Hay retos ideológicos que completar en una Europa cada vez más débil, más oxidada democráticamente y más alejada de la ciudadanía. Por otro lado estaría el problema del liderazgo y este aspecto es tan complicado como crucial. Si hubiera terceras elecciones tendrán que improvisar un candidato a la presidencia del gobierno. En este clima, tan complicado resulta encontrar un mirlo blanco que acceda a pilotar el avispero que es hoy el PSOE como seducir a los votantes tras el incendio de Ferraz.
           Para el liderazgo a largo plazo la cosa sigue siendo complicada. Creo que ninguno de los que han participado en las trincheras de este combate está legitimado moralmente para recomponer la unidad, elemento imprescindible para dar fortaleza a un partido ante su electorado. Tanto Pedro Sánchez como Susana Díaz son víctimas de sus respectivas ambiciones y de sus constatados enfrentamientos por esa causa. Ni el órdago intempestivo de Sánchez ni asumir la capitanía del motín contra secretario general por parte de Susana Díaz ha dejado impolutos a ninguno. Si Sánchez está debilitado, Susana Díaz se ha quemado en el incendio. Es muy difícil que pueda sellar heridas quien es vista por los partidarios de Sánchez como la inspiradora de su caída y, al contrario, por quienes consideran a Sánchez y su ejecutiva causantes de la pérdida de rumbo y de votos del PSOE. Creo sinceramente que los liderazgos fuertes se forjan en sintonía con la sociedad no en las intrigas de los aparatos de los partidos, estando más atentos al sentir de la calle que a las trincheras internas de la organización. El testigo debe tomarlo quien borre de la memoria de los electores tan descarnado enfrentamiento. Se precisa de alguien, con suficiente trayectoria y bagaje intelectual y humano, que pueda reconciliar al electorado socialista con sus ideales históricos. El PSOE es un partido con una historia muy vinculada a las aspiraciones colectivas de este país, por eso en el corazón de militantes y votantes sólo queda una esperanza: que lo que no mata, fortalece. El tiempo lo dirá.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.