La Rioja

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Lo siento mucho
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María Antonia San Felipe | 19-04-2012 | 20:59

 

El rey ha dicho: “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”. Todos insisten en destacar que el gesto real no tiene precedentes y así es, pero, a renglón seguido, conviene apuntar que la topinada cometida tampoco los tiene. Los contextos son muy importantes en política y en historia y el marco en que se ha producido la memorable imprudencia no es ajeno al sentimiento mayoritario de rechazo que ha producido entre la ciudadanía con independencia de su adscripción ideológica. Mientras los mercados bombardeaban sin tregua la deuda soberana española, se fraguaba el conflicto con Argentina, los anuncios de profundos recortes en educación y sanidad se multiplicaban y las escasas posibilidades de que se reanime nuestra economía en el corto plazo hundían la moral de los más de cinco millones de parados, el jefe del Estado planificaba confortablemente desde el sofá del palacio real una cacería en África. A sus 74 años y con una salud relativamente frágil irse de safari a matar elefantes, al estilo de las superproducciones cinematográficas tipo las Minas del Rey Salomón,  no parece la terapia más indicada para un anciano ni una actividad propia de un jefe de estado que se precie de estar al lado de su pueblo y, mucho menos, cuando los escándalos de corrupción rondan el palacio de la Zarzuela.

Las crisis anticipan cambios, así ha sido siempre y en este caso podemos decir que las salvas de honor para recibir a la república las ha disparado el propio rey de España. Casualmente la noticia se conoció cuando amanecía el 81 aniversario de la proclamación de la II República española, toda una casualidad no exenta de tintes simbólicos y, quién sabe, si premonitorios. Las imágenes sobre la petición de perdón del rey han mostrado un rostro consternado y probablemente avergonzado, que recuerdan la voz y las palabras de un niño que ha sido sorprendido en una travesura de tamaño más abultado que la pillería anterior, con la diferencia de que estamos hablando de rey, que tiene asignado un papel constitucional que debe cumplir escrupulosamente y, a ser posible, con  un notable grado de ejemplaridad. A nadie se le oculta que si, en cualquier otro país europeo, el jefe del estado hubiera sido descubierto en una actividad semejante hubiera tenido que dimitir y de no hacerlo las posibilidades de perder unas elecciones se hubieran multiplicado por 100. Si además la aventura es financiada con el dinero de un magnate que gestiona intereses económicos saudíes, cuando todos sabemos que nadie da algo a cambio de nada, no cabe duda de que la torpeza ha sido mayúscula. No es de extrañar el enfado de la reina. A estas alturas, todo el mundo conoce las desavenencias por las aventuras del rey aunque esa parte sí que pertenezca al ámbito privado. El rey tiene un papel asignado y debe cumplirlo con igual diligencia y dedicación que se exige al maestro que imparta bien sus clases aunque le incrementen los alumnos por aula, al barrendero que tenga limpia la calle, al funcionario que trabaje más aunque le bajen el sueldo, al médico que atienda a más pacientes por hora o al parado que no desespere. A todos se nos piden esfuerzos suplementarios y los estamos haciendo, por ello la indignación por este hecho ha incendiado España de punta a cabo, pues crece la sensación de que a algunos siempre les toca tragar por la parte ancha del embudo.

No es extraño que en España existan hoy motivos para el pesimismo: hay que replantear la viabilidad de nuestro estado del bienestar, de nuestro sistema autonómico, incentivar un nuevo modelo de desarrollo económico y por qué no, el futuro de la Corona. Para comenzar debe ser más transparente y estar sujetos sus actos a mayor nivel de fiscalización, pública e institucional, única manera que se conoce de evitar tentaciones. Está claro que como en la vieja película de Henry Hathaway, Juan Carlos I ha protagonizado su último safari.