La Rioja

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El verdadero déficit
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María Antonia San Felipe | 07-12-2012 | 22:07

Cada vez que escucho la manida frase de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades se me riza el pelo sin necesidad de rulos ni líquidos permanentados. Los que han vivido por encima de sus posibilidades y del mínimo nivel ético exigible son los mismos que ahora nos predican esta cantinela para justificar recortes y sacrificios que llegan a todos menos a ellos. No es esto lo peor, hoy después de festejar la Constitución y observar el deterioro de nuestra democracia, percibimos con asombro que el mayor desequilibrio que padecemos no es el déficit fiscal sino el déficit moral, es decir, la total ausencia de ética y de escrúpulos en los comportamientos de los que habían sido ensalzados como referentes sociales e inundaban las primeras planas de la prensa como iconos a los que imitar. Ahí tenemos al ilustrísimo señor don Gerardo Díaz Ferrán, el supuesto empresario modelo, jefe de los empresarios españoles, financiador directo de campañas electorales de la expresidenta Aguirre y doctor honoris causa por varias universidades. Por cierto, las Universidades, lugar donde se cultiva la inteligencia del futuro, debieran tener más cuidado cuando otorgan distinciones. Ya metieron muchas la pata con Mario Conde, el exbanquero, expresidiario, hoy reconvertido en político con un currículum que no engaña. En fin, que Díaz Ferrán ese hombre envidiado por sus notables éxitos, acaba de ingresar en prisión acusado de una larga lista de delitos. Es sólo uno de tantos sinvergüenzas que jalonan el variado paisaje de esa España de cartón piedra construida durante los años de aparente bonanza. Hoy sabemos que el raterillo habitual, el carterista, la prostituta tantas veces insultada, el excluido que hurga en el contenedor de la esquina, el mendigo en la calle debieran ser nombrados doctores honoris causa de la universidad de la vida en la que se forjan la mayoría de los perdedores que son en realidad la buena gente de este país.

Cuando el viento de la crisis arreciaba, Díaz Ferrán dejó escrita una frase para la historia: “trabajar más y cobrar menos”. No hay duda de que nos la han aplicado a rajatabla y, mientras, el ilustre sinvergüenza seguía viviendo por encima de sus posibilidades, atesoraba lingotes de oro, evadía capitales y recibía créditos de la extinta Caja Madrid, de cuyo Consejo era  miembro y en el que fue sustituido por su cuñado, Arturo Fernández, presidente de la patronal madrileña muy proclive a dar consejos de esos que para mí no tengo. Ya saben, todo ello supuestamente, porque en el caso de ser condenado tiene muchas más posibilidades de ser indultado por el gobierno que el pobre David Reboredo, el extoxicómano de Vigo que no ha conseguido el indulto tras su larga rehabilitación. No es de extrañar que se extienda la teoría de que siempre pagan los mismos, bien con sacrificios o bien con prisión. Mientras se rescata e indulta a banqueros saqueadores del patrimonio ajeno o a policías torturadores se hace caer todo el peso de la ley sobre rateros, prostitutas y otras gentes, antiguamente consideradas de mal vivir y que a mí me parecen personas de bien comparadas con tanto sinvergüenza por metro cuadrado como hay en este país de pícaros. Lo que más sorprende es que todos declaran tener la conciencia muy tranquila, quizás porque cuando se carece de ella es difícil atormentarla con remordimientos.

Tengo la impresión de que el déficit que va a llevar a este país a la verdadera ruina es la falta de ética en los comportamientos públicos y privados, ya que muchos referentes sociales de los últimos años son, simple y llanamente, rufianes de guante blanco que se permiten darnos consejos mientras ellos ponen a buen recaudo el botín. La fracasada amnistía fiscal es un buen ejemplo de cómo se pone más interés en recortar un euro en la sanidad pública que en detectar las bolsas de fraude castigando a los que lo cometen. Tengo la impresión de que nosotros, que nunca saldremos de pobres, cuando remontemos la dichosa crisis tendremos menos derechos y un esparadrapo en la boca para no molestar al poderoso con el ruido de nuestros lamentos.