La Rioja

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Chistes prohibidos
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María Antonia San Felipe | 01-04-2017 | 07:16

El humor es una peculiaridad intrínseca del pueblo español. Cualquier suceso es un reto para nuestra desbordante imaginación. La producción de chistes incrementa, exponencialmente, el PIB por habitante y supera la media mundial de cualquier índice productivo. Sin chistes España no sería España y por supuesto el porcentaje de depresivos se incrementaría considerablemente. Si el humor es un síntoma de inteligencia la prueba de que el pueblo español lo es se demuestra en su capacidad de superar momentos muy difíciles a base de ingenio y agudeza.
           Recordemos la dureza de la posguerra, el hambre y la miseria embaldosando todos los rincones del suelo patrio. Pese al lema del franquismo, que rezaba (nunca mejor dicho) en las paredes de ciudades y pueblos: “en la España de Franco nadie pasa hambre”, lo cierto es que los muertos de hambre se contaban por millones. La agudeza culinaria era tal que se hacían tortillas de patatas sin huevos ni patatas, el café no era café sino achicoria, el pan era negro y los gatos parecían liebres, en realidad en la vida cotidiana a los españoles siempre les daban gato por liebre.
          Estas adversidades se superaban con humor, los chistes de chorizos, del estraperlo y de los que aparentaban comer pero no lo hacían eran el pan (negro) nuestro de cada día. Para replicar al lema del régimen nació el personaje de Carpanta, aquel hombre que, bajo un puente, soñaba con un pollo asado todas las horas del día. Y llegó Gila, a poner en entredicho todos los tabúes de un país con el alma encogida por las heridas de la guerra. Había un código de sobreentendidos, de lugares comunes en el pensamiento de los españoles, gracias a los cuales, los humoristas conseguían, en un país sin libertades, superar la censura con inteligencia y con la complicidad de los lectores.
          Cuando Carrero Blanco fue asesinado por ETA un 20 de diciembre de 1973, entre las calles Claudio Coello y Maldonado de Madrid, la noticia conmocionó al país e, indudablemente, supuso un punto de inflexión para la aparente fortaleza de un régimen totalmente anacrónico respecto al resto de Europa. Sin embargo, ningún asesinato, ni el del personaje más siniestro, es justificable en defensa de ninguna causa. No podemos dejar de constatar que el hecho cierto de que la fuerza de la explosión produjera la elevación del vehículo oficial a más de 35 metros de altura fue objeto, por aquellos días, de numerosos chistes.
          En 1983, en el corazón de los llamados “años de plomo” de ETA, es decir, cuando más dolor causaba la banda terrorista, los españoles pudieron reírse con chistes de Tip y Coll, amparados por el artículo 20 de la Constitución Española. Nadie se molestó ni tampoco los españoles pensaron que el famoso chiste sobre la prodigiosa carrera del presidente del gobierno, Luis Carrero Blanco: “De todos mis ascensos, el último fue el más rápido”, fuera una apología de ETA por parte de los humoristas. Por eso sorprende que cuando ETA ha sido derrotada, cuando el estado democrático ha vencido, se condene a una activista por difundir chistes de Carrero Blanco. Las víctimas cuentan con una enorme consideración social, por eso, cabe preguntarse qué está pasando en este país con la libertad de expresión. Es preciso recordar que se está produciendo un retroceso en nuestros derechos, en general. ¿Cómo es posible que una democracia asentada y estable limite más este derecho que una democracia incipiente?
          A muchos nos escandaliza que en este país la Audiencia Nacional haya condenado a la joven Cassandra a un año de prisión y siete de inhabilitación por unos tuits y, sin embargo, los que han saqueado España se vayan de rositas y quienes los amparan nos sigan mintiendo  día tras día. Está claro que esta sentencia no solo es un mal chiste sino la evidencia una democracia enferma. ¡Qué prohíban los chistes!

 

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.